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A FAVOR – EN CONTRA: MUSE

Segunda entrega de la sección en que dos redactores de byTHEFEST se posicionan a favor o en contra de un cabeza de cartel festivalero. Esta vez es el turno de Muse, gran baza internacional del festival BBK Live de 2015.

 

 

A FAVOR: RAFA CERVERA

Muse es un grupo que está muy bien durante los cuatro primeros álbumes. Después van perdiendo gradualmente la chaveta hasta convertirse en uno de esos casos en lo que grupo de rock y tostón son sinónimos. Solo de pensar en que van a sacar un nuevo disco ya da pereza. Pero para hablar de los contras ya está mi compañero y tocayo, así que al grano. Cuando Muse surgieron en 1999 eran un grupo impactante, una mezcla de música hiperfísica y etérea que hizo de ellos algo especial. No estaban inventando nada, pero tenían algo. Eran una versión heavy y nada arty de Radiohead, y como consecuencia directa de esto mismo, son de los primeros grupos que incorporan en su música manierismos vocales inspirados en el malogrado Jeff Buckley. “Showbiz” (1999) es un debut deslumbrante que aparece en un momento en el que Muse estaban solos en el plano musical, equidistantes entre Radiohead y Coldplay. A su manera, el trío liderado por Matt Bellamy reivindicaba una manera de afrontar el rock políticamente incorrecta –por sus pretensiones– y que, sin embargo, funcionaba. O, al menos, lo hizo hasta hace algunos años. Muse nunca han tenido complejos a la hora de mostrar influencias de esas de las que solo los miembros de Nirvana podrían jactarse sin peligro de acabar linchados. Una de esas influencias, sin duda, es Queen. Conseguir filtrar ese lado preciosista y excesivo del rock de una manera muy similar a la de Freddie Mercury y compañía, sin saturar, es algo digno de encomio. Muse lo consiguieron durante un tiempo.

Otro punto interesante es la fascinación de Bellamy con una serie de asuntos que podríamos denominar como expedientes X. Teorías conspiratorias, historias paranormales, fenómenos extraños. Muse incorporaron todo un mundo de política y ciencia ficción que les daba otro nivel de interés, no tanto por lo que contaban sino porque te hacían pensar en esos músicos medio pirados que hablaban de otros planetas con tanta familiaridad como si hablaran de su cocina, o incluso aseguraban proceder de ellos, como Von Lmo, que siempre me parecerá mucho más interesante que Muse, dicho sea de paso. Ese interés les llevó a tener una gran portada, la de “Black holes and revelations” (2007), que también se puede decir que es su último gran disco. La autoría es de Hipgnosis, que también firman algunas cubiertas históricas de Pink Floyd, Genesis y Led Zeppelin, y que eran perfectos para un disco de Muse. Esto, en cierto modo, venía a constatar que el trío encarnaba todo aquello por lo cual el punk se convirtió en una revolución necesaria. Sin embargo, y hasta después del 97, Muse siempre mantuvieron ese fino equilibrio entre lo aceptable y lo inexcusable, lo cargante y lo asombroso, lo moderno y lo carca, surcando esa fina línea que a veces separa lo sublime de lo ridículo. “Black holes…” era la máxima expresión de ese equilibrio. Un solo de guitarra de más, un gorgorito extra, un pasaje sinfónico pelín más largo y quizá se habría convertido en un álbum inaguantable. Pero, de alguna manera, el equilibrio persiste y, aquello que escuchado en un disco de Queen –o en algunos de Smashing Pumpkins– puede empujarte a arrojar los altavoces por la ventana, con Muse hacía que uno tuviera ganas de surcar una galaxia cercana.

Dicho esto, “Black holes…” figura entre mis álbumes favoritos de la pasada década –es el único de estas características, y dada su naturaleza no cabe ninguno otro así en ninguna lista–. Y esa fascinación hizo que me tragara enterito el DVD en directo “H.A.A.R.P (Live at the Wembley Stadium)” y me encantara. Una vez más, Muse rizaban el rizo con una puesta en escena que a veces parecía “La fuga de Logan” rodada con medios y que poco menos venía a encarnar todo aquello por lo cual el mundo necesitaba tanto a los Ramones en 1976. Pero entre tanto despliegue y grandiosidad había algo disfrutable, que además hacía que otros grupos de estadio como U2 parecieran un teatro de guiñol comparado con aquello. Pero después Bellamy se convirtió definitivamente en una rock star consagrada y Muse en un grupo con licencia para hacer lo que quisieran. Nadie podía pararles, y como nadie lo hizo, llevan años convertidos en un monumento musical de unas dimensiones insoportables, una suerte de Ciudad de las Artes y las Ciencias del rock, pero con el presupuesto bien saneado y sin trencadís que se caiga. Pero hasta que llegó ese momento, fueron gigantescos.

 

 

EN CONTRA: RAFA RODRÍGUEZ GIMENO

Matt Bellamy, lider de Muse, nunca ha ocultado su admiración por Tom Waits. Posiblemente, porque el músico americano representa todo lo que ni él, ni su grupo, conseguirán jamás: una carrera coherente y con personalidad. Por eso, se tuvo que conformar con tomarle prestado “What’s He Building?” como tema introductorio en alguno de sus conciertos; con fusilarle algún que otro riff de “Blue Valentines” o con aporrear la batería con huesos de animales en “Screenager” (canción incluida en el segundo álbum de la banda, “Origin of Symmetry”, 2001) para sentir lo más cerca posible el aliento del californiano. Un “quiero y no puedo” que bien podría resumir una trayectoria que ha tenido como motor principal el saqueo continuado de la historia de la música.

“Showbiz” (1999) los presentó como una coctelera en la que todo valía con la manida excusa del sonido propio, cuando en realidad buscaban robarle los fans a unos Radiohead en plena crisis creativa post- “OK Computer”. Bellamy se cansó de negar cualquier influencia, mientras imitaba, sin rubor alguno, la manera de cantar de Thom Yorke; encargaban la producción del disco a John Leckie (que había hecho lo propio con “The Bends”, segundo álbum de sus “inspiradores”); y buscaban desesperadamente un éxito en las listas, esperando que “Falling down” corriera la misma suerte que “Creep”.

Para no resultar excesivamente evidentes, edulcoraron su propuesta con un falsete vocal que resucitaba los peores momentos de Freddie Mercury, abrazaron la teatralidad esquivando cualquier intención glam y dirigiendo todos sus esfuerzos a conquistar el rock de estadios, coquetearon con la música clásica y la ópera pero sin afán investigador sino buscando una coartada que les permitiera (junto a sus letras) dotar a su música de una pátina culta, y morían por ir a rebufo de Rage Against the Machine aunque acabaron sonando como años después lo harían Evanescence.

Son muchos los ejemplos que demuestran que cuando un grupo se encuentra en horas bajas de inspiración, opta por la grandilocuencia y la ampulosidad, confiando en que los fuegos artificiales enmascaren la ausencia de ideas. Muse optó desde el principio por ese camino y a nadie debe extrañarle, por tanto, que con sólo dos álbumes de estudio editaran un doble disco con caras b y un directo. Un grupo afectado de progeria que, sin embargo, alcanzaba el éxito masivo. Certero, pero triste análisis, de la situación por la que atravesaba (y atraviesa) la música.

Bellamy y sus compañeros (Christopher Wolstenholme y Dominic Howard, juntos desde los inicios hasta hoy en día) amansaron su sonido con “Absolution”(2003), como si una vez conseguido el objetivo de las ventas millonarias tocara dar el siguiente paso de un plan preconcebido, algo que no habría que descartar del todo dada la querencia por las teorías de la conspiración del vocalista. Ahora ya no estaban Radiohead en el punto de mira, Muse querían ser los nuevos U2. Y en su siguiente entrega, “Black Holes and Revelations” (2006), no se esforzaron en ocultarlo lo más mínimo como lo demuestran canciones como “Starlight”. Su pastiche se completó con guiños a Queen, hurtos a Franz Ferdinand, préstamos de Depeche Mode y pequeños expolios a la música negra. A estas alturas ya, únicamente, eran fieles a su cleptomanía musical.

La cosa empeoró con sus dos últimos discos, “The Resistance” (2009) y “The 2nd Law” (2012), y Muse fueron parasitando en cuerpos ajenos con la misma desvergüenza que cuando empezaron. Atracaron a mano armada a Pink Floyd (en disco y en directo), jugaron con Chopin a lo Luis Cobos, flirtearon con la electrónica con el mismo interés que Bono y sus amigos, convirtieron la hipérbole sonora en su guía musical acabando como una caricatura de ellos mismos (si es que eso no llevara ocurriendo ya unos cuanto años), plagiaron a George Michael y añadieron el dubstep a su larga lista de aburridas novedades.
Seis discos dan cuenta de una discografía que ha disfrazado, de evolución, los bandazos discursivos de un grupo que, engañaron a unos cuantos, haciéndose pasar por los herederos ilustrados del rock sinfónico y han acabado como una versión lírica de Bon Jovi.

 

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