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ASÍ TE CONTAMOS EL BAM 2014

VIERNES 19

A primera hora de la noche, en cuanto la última universitaria abandona la Facultad de Comunicación y Relaciones Sociales que desemboca en la plaza Josep Coromines, la atención se dirige hacia los dos jóvenes que se manejan como operarios detrás de una mesa que ocupa la mitad de un escenario prestado. Junto a ellos, una batería varada como el esqueleto de un cetáceo espera a los galeses Islet, que actuarán más tarde aunque nosotros no vamos a verlos.
En esta plaza de pasear perros empezamos nuestro recorrido por la vigésimo primera edición del BAM (Barcelona Acció Musical), en el contexto de la fiesta mayor de la ciudad, escuchando a Cristina Checa, a quien conocimos por su efímero proyecto Granit, ahora en coalición con quien fuera allí productor, el exSelenitas Eloi Caballé. Ambos hacen el total de Desert, el grupo de dos que ahora es atendido por un público todavía frío y en buena parte casual, pero que muestra cierto interés en dejarse subyugar.

 

Salvo imprevistos, los horarios se cumplen a rajatabla en el BAM. Desert se ha de bastar con tres cuartos de hora que les van a ser suficientes para derramar su pop volátil y entonar este recodo en el corazón de Barcelona. Cristina lo hace con voz de membrana y canto de blusa, sobrevolando el sonido sintetizado de las máquinas, y cuando se cumplen los cuarenta y cinco minutos, pese a que ha sido un directo sin despegue, más por la propia naturaleza evanescente que define la propuesta que por el minutaje impuesto, el personal está más o menos ensimismado. Al fin y al cabo, ha de ser lo que se pretendía, al menos si tenemos en cuenta el título del EP por el que se conoce a Desert, “Envalira”, que cruza los verbos catalanes embadalir (embobar) y delirar. Un neologismo que tal vez habría gustado a Coromines, el filólogo al que se tributa esta plaza entre dos acrónimos siniestros, el del MACBA y el del CCCB.
Mucho más céntrica, aunque en realidad a diez metros, está la plaza dura llamada dels Àngels, otro de los escenarios del festi donde de inmediato arrancan Blouse, combo de Portland de patrón clásico, espolvoreado de un sintetizador perezoso y sin magia, que con su sonido más orgánico va reuniendo vecinos, lateros y paseantes atolondrados. Los Blouse cultivan aspecto retro, la actitud displicente y monótona del roquero alternativo y a lo suyo lo llaman dream-pop, pero yo creo que es porque están dormidos. La plaza no la cohesionan, esto no es un problema de ellos porque va a ocurrir toda la noche y en todas partes, el público mixto es el peaje de los conciertos gratuitos, pero tampoco malgastan talento porque saben cuánto les queda. Y no es mucho.

 

Bajamos las Ramblas que un día fueron nuestras (las bajamos anegados en llanto como hace todo barcelonés desde 1992) y ahora sí, el ritmo. En el Moll de la Fusta, fachada marítima de la ciudad, Sonny Knight & The Lakers despliegan su dispositivo de relojería. Soul añejo y vibrante, sin novedad pero de altura, con un Knight radiante tras el “I’m Still Here” que hace un par de años lo recuperaba para los escenarios tras décadas inactivo, y un cuadro de siete músicos en diálogo. A Knight le falta un poco de negro en la voz, pero lo suple todo vestidito de blanco (que es lo que más raza hace) y termina de convencer en esa modulación suya precisa y vitalista, con la que es muy difícil no empatizar.
Al borde de la dársena, en primera línea de mar, una parte inope del público se deja mecer por los temas más souleros. Cuentan los veteranos que hace años rondaban la zona lanchas de la Cruz Roja, porque en los conciertos siempre había algún borracho que se caía al agua, y aunque hoy eso no ocurre, la gente en el meollo se lo está pasando bien, al menos por arrebatos. El repertorio, con cierto espíritu de pachanga, está muy bien trenzado y guarda mucho lugar para la alusión al respetable, que responde a las trompetas de alerta vital y brinca si hay que brincar aunque siempre dentro de un orden, el que dictan estos profesionales del soul genérico.

 

Hora exacta más tarde, una docena de técnicos hacendosos, dos de ellos con barba, remodelan el escenario para dar lugar a Lisa Kekaula, voz en melocotonazos imbatibles como el “Good Luck” de Basement Jaxx o capitana de The BellRays, que ahora conduce, junto a su marido Bob Vennun, Lisa & The Lips, un equipazo con músicos de Diamond Dogs, The Right Ons o True Loves.
Lisa es un fuego, una madre. En la vida corriente ha de ser un remanso, porque lo da todo aquí. Viste pantalones ajustados que evitan que le vibren los muslos como las tartas, eso nos lo escatima, pero el resto es torrente y supremacía. No logra el caldo completo porque lo que no puede ser, no puede ser, pero consigue por fin que el público se muestre expansivo y por momentos parezca cuajarse con el espectáculo. Ayuda la sofisticación de los lateros, que aquí además de cerveza ofrecen mojitos en bandeja que parecen muy del gusto de las guiris, pero el principal mérito está en la energía de una banda bien ensamblada que, sin hacer derroches, borda la operación tan difícil e inversa a la memoria histórica: dar auténtico soul con genuina alma de rock.
Lo negro, definitivamente, le sienta muy bien a Barcelona.
La estructura supersónica del bolo de Lisa nos lleva a regañadientes, recorriendo el litoral, hacia el recinto del Fòrum…

 

Las fiestas de los pueblos ocurren en la plaza mayor, donde el vínculo ya está hecho, y con el Fòrum sólo se sienten vinculados los visitantes y los primaveras, así que esto, para un barcelonés, ya no es la Mercè, ya no lo parece porque el Fòrum, en su ajenidad natural de bosque cadavérico, opera en contra del ambiente festivo, pero Javiera Mena va a saber cómo reparar eso.
La media de edad baja enteros para escuchar a la chilena, que aunque parapetada tras el dichoso mac que le da autonomía, se muestra confiada y defiende muy bien ese romanticismo suyo basado en una nostalgia temprana de niña del primer mundo. Hay mayoría de seguidores que se delatan tarareando las canciones de la radio en “Sol de invierno”, aunque son los temas más furiosos, los de amoríos menos preocupantes y los que desechan el sosiego del acento chileno, los que ensalzan el bolo, que cuenta con sorpresas poco celebradas como la intervención de Gerard Alegra Dòria, El Último Vecino, poniendo voz y aspaviento en “Al siguiente nivel”.

 

Aunque una buena tropa de mantas no se mueve de las escaleras del anfiteatro, Javiera sintoniza enseguida con propios y extraños gracias a sus modos de diva manejable y a una puesta en escena sencillísima y de absoluto cutrelux, que cristaliza en petardeo y alza el vuelo, como era de esperar, en “Espada”, cuando sus cuatro bailarinas se frotan en vaivén inguinal sendos sables láser que ilustran la metáfora más chabacana y gloriosa del último pop: “Quiero que tu espada me atraviese solamente a mí”. Enlaza con “Luz de piedra de luna”, abrocha con una selfie colectiva y a otra cosa.
Cuando Frikstailers dejan ir sus primeras pulsaciones en la explanada del Fòrum, somos exactamente siete personas delante. Se pueden contar porque sólo son siete. Siete personas sin amigos ni familia que de inmediato se harán multitud, en cuanto Rafa Caivano y Lisandro Son pisen el pedal de su nave suborbital.

 

Frikstailers, con sus pelucas traídas de Fraggle Rock, sus gafas cegadas y su desmodulador de voz, resultan diáfanos y adorables aun siendo argentinos. Se les ve la ingeniería, son puro folklore y su cumbia digital con arranques hip hop saca a bailar a todo el mundo, incluso a algún catalán. En su primitivismo, la sesión se emparenta a otros recuerdos de esta noche, y si bien el público sigue siendo de su padre y de su madre y odioso en su abundancia de personajes despreciativos con lo que tienen delante, en su perseverancia el dúo se certifica en chamán y a golpe de cadera nos concilia con el cosmos, aunque ocurre poco antes de que decidamos abrirnos paso entre los indígenas y tirar para casa a escribir en absoluto silencio esta primera crónica de cuatro.

 

SÁBADO 20

Todo no puede ser. El BAM es un festival que se dispersa por Barcelona y al que en las jornadas de fin de semana es imposible atender en su totalidad. Luego está el nulo interés que suscitan ciertas bandas para el cronista, quien esta tarde, sin ir más lejos, se ha quedado en su casa. La otra opción era acudir arrastrado por bueyes a la Antiga Fàbrica Estrella Damm, donde Coriolà y Mishima tenían previsto dar lo suyo y, al menos según nuestro deseo, triunfar bien triunfados.

 

 

Declinando lo inocuo, nos conducimos como peatones por los márgenes y empezamos la velada con la chufla de Andrés Schteingart, un pibe en la onda de El Guincho, de filiación más psicotrónica, que encarrila el sábado en el escenario de la Joan Coromines, la plaza que acoge los pases más menudos y en teoría atrevidos del festival y donde la tónica es en cierto modo la de los sonidos un poco abúlicos, la banda sonora de una generación nacida escasa de rabia incluso en sus individuos más inconformes. Pese a lo que digan los mayores, es una opción que también conlleva discurso, de ahí el nombre artístico de Schteingart, El Remolón, que además nos engaña la tensión porque va a propulsión con su cumbia, siempre hacia arriba, incluye cambios de vestuario y aquí secunda sus ritmos de cepa latina las piezas del VJ Ovideo Opendesktop, que hace unos audiovisuales en descomposición que si los chupas te llevan a la fase cuatro. El público, bien bonito, se cimbrea. Es todavía familiar pero augura buena noche.

 

 

No tenemos manera de quedarnos a escuchar la sesión que sigue, cut-up a cargo de Den Sorte Skole, porque la llamada del mainstream nos obliga a subir a la Fàbrica, donde la presencia internacional con más tirón del festi emite su alegría de vivir pero de vivir en casa de los padres, que puestos a hacer balance es donde mejor hemos vivido todos. Nada que objetar a los Klaxons, que actúan en un lugar muy adecuado a su propuesta: la cuadrícula que es el Eixample. La calle esta a rebosar, la convocatoria es multitudinaria, hay personas con ropaje de futbolista y abunda el crío repeinado, uno de ellos con un paraguas, el chaval se ha traído un por si acaso de su madre, pero está en contexto. Los Klaxons salen pidiendo palmas, como los delfines, y en dos temas corroboran que ni tienen power ni tienen poética ni tienen nada. Aspiran a las melodías, pero en tres discos no han dado todavía un himno. En el cuarto tampoco lo harán. Fijar el sentir de una generación no es cosa fácil, simularlo está tirado. El trío, que en directo son cuarteto para echar masilla en los huecos que en estudio cubre la producción, esgrime su mejor baza en los breves momentos de compresión sónica, justo los instantes que su público desatiende. No queremos estar aquí, esto es una música que militariza el pensamiento.

 

 

Eludimos también la cita con Modern Baseball, un guapito, un galán, un simpático y un chistoso que juntos hacen música con sentido de la comedia, piezas de instituto concisas y flechadas. Los hemos visto en YouTube, muy frescos, ejecutando un punk-rock apócrifo y candeal, sin asperezas, que los condena a convertirse en yernos en el momento menos pensado. Los eludimos no por nada, sino porque elegimos acudir de vuelta al refugio del Raval, siempre más estimulante en sus sorpresas. Teníamos ganas de escuchar el hip-hop bailón (o grimcore, de acuerdo) de Linkoban, que ha resultado una tía divertida, ambiciosa y muy hábil gestionando su exotismo de danesa con ascendencia china. Sale a pelo, con un encapuchado al secuenciador y otro a la batería, y sostiene muy bien la faena, locuaz y con un punto insolente, jubilosa y sentimental, entre temas que cantan a SuperMario (“Fire Flower”) o a los chicos de nariz grande (“Big Boys”).

Antes hemos hecho parada eventual y muy nutritiva en la plaza dels Àngels para ver a Grey Filastine, norteamericano afincado en Barcelona que ofrece una puesta en escena tan sencilla como efectiva: candiles de barco y cacharrería, megáfono, chelo, triángulo, bases y mimbres tecnológicos y querencia por la batucada simple. Es en ese reduccionismo de la percusión donde mejor funciona su concepto de sermón sociopolítico, ilustrado por un ciclorama de vídeos que van haciendo geometría del zeitgeist. Sonidos hondos que casan muy bien con el sentir de este barrio. Las plazas, ya todas, hasta la bandera.

 

 

Junto al mar, los británicos Basement, veloces pero sin prisa, hacen la suya mientras el iniciado se va engorilando para sus adentros, agradece las guitarras predominantes y gozará, si la tocan, su versión empacada del “Animal Nitrate” de Suede (donde el “oh-oh-oh”, y esto es significativo, se ha trocado en “ah-ah-ah”). No sabemos si la tocan porque en cuanto llegamos percibimos sobre la capa de gasoil de las aguas una marejadilla procedente del Fòrum, una llamada de la tiniebla que se llama High Tone, viene del sur de Francia y allá que vamos de cabeza.

La fiesta requiere disolución y desorden para merecer ese nombre, y aunque en el Fòrum no hay nada que desordenar porque en el Fòrum no hay nada, el lugar es hoy un océano de niños, de miles de niños y algún que otro gañán molestando a las niñas que nos pone agresivos. Con mucho esfuerzo nos abrimos paso hasta la primera fila del anfiteatro, donde los amplis nos hacen sentir flotante el esternón, y allí damos con una baldosa suelta desde la que surfear lo que queda del día.

 

 

High Tone toman la noche, la templan con su drum and bass contaminado de verbo y nos entregan la condensación, que no sabemos si nos abraza o si nos está abrasando. Los lioneses no atienden a razones, están a oscuras porque no es necesario mirarlos, el público mixto dificulta la comunión pero al cronista, que es un cursi, le baja el santo y siente la música hecha sexo mundial, logra la abstracción y danza desvestido la tralla ascendente. Cuando alzamos los cuernos de saludo para agradecer el final del pase, una onda expansiva de realidad se abre a nuestro alrededor, y aunque los malagueños BSN Posse acaban de tomar el relevo y abren apuntando maneras, van a tener que disculparnos porque, ahora sí, nos vamos a la casa nuestra, dulce y calladita, con la cabeza festiva, un poco rota y a rebosar del residuo que hay que dejar aquí escrito.

En la calle, la temperatura ambiente, según indican los farmacéuticos de guardia, ronda a estas horas los veintitantos. El metro es una aventura difícil y agotadora pero a no perdérsela, incluye cánticos ebrios que alternan la independència con el camarero-qué-una-de-mero, eventuales riñas femeninas con hostias, patadas y hasta palabras malsonantes e incluso una chica que le cuenta a otra, entusiasmada, que tiene un amigo que es poeta.

Barcelona sigue siendo muy bella pese a estar tan tocada de miedo y coerción. En los alrededores del Fòrum, apostados en los semáforos, unos guardias urbanos prohibían a los chavales cruzar con el disco en rojo. La temperatura será la que sea, pero la sensación de bochorno es considerable en estos últimos días del verano.

 

DOMINGO 21

El BAM es un festival escarpado y casi inabarcable en el espacio, pero muy manejable en el tiempo. Su estructura es amable: nos camela el viernes, nos arrastra por el sábado hasta el final de la noche y nos mece el domingo con una programación escueta y balsámica para que el lunes nadie falte a sus clases. Luego, el miércoles, se celebrará la Mercè, patrona de la ciudad, así que en cuanto caiga el sol del martes volverá a llenarse la parrilla, por fin descartando ese Madrid Arena planetario que es el Fòrum, que ya solo acogerá actuaciones de fiesta mayor ajenas al BAM, como Fundación Tony Manero, La Troba Kung-Fú o Delafé y las Flores Azules. Delafé y las Flores Azules, ¡menuda fiesta! Perdón, perdón, perdón.

Hoy salimos de casa con buena luz, pero cuando llegamos al centro es de noche. Llamamos a información y nos mandan a tomar por culo. Nos ocurre algo más que no nos había pasado en cuarenta años, y es que bajamos las Ramblas creyendo que las estamos subiendo. Son los efectos secundarios del tercer día de festival, desorientación y sonambulismo, un estado de conciencia que resultará adecuado para la primera actuación de la velada.

 

 

De los artífices de Ursula y McEnroe llega Viento Smith. Pop afligido. Temas acuarelados. Muchachos sensibles con la camisa desplanchada. Nanas para arrullar osos panda. Una llantina un poco demasiado afectada que en otra plaza, o en ésta misma de haber existido en otra época, se habría resuelto a pedradas, pero que aquí, en un momento dado, se hace con la parroquia. Esto es un mérito. Su disco “Campos Magnéticos” da en el título, si lo dices en inglés, la aspiración primera de Viento Smith, que hacen una música de estarse quietos, un poco inquietos, incluso. Estamos siendo expeditivos, tal vez no es justo, pero es que nos resultan muy morosos en la lírica (la única audacia verbal de su repertorio es la línea “el amor que nos hicimos”, así está el tema) y no tenemos el día para encajar guitarras ultrajadas por arcos de violín.

Ahora toma dos tazas. En la plaza dels Àngels nos espera una segunda ración de melancolía con voluntad luminosa. Lo que habíamos escuchado de ellos no nos convencía nada y tampoco es que ahora lo haya hecho, pero es justo decir que Lanterns on the Lake toman en el directo un cuerpo inesperado. El primer bolo en España de estos británicos pretende bañarnos de pop ululante pero nos resbala, aunque su narratividad plomiza podría estar indicada para muchachas sietemesinas y estandarizadas. Bajo los pies les corre un arroyuelo subterráneo de folk y tienen aspecto de funcionar como el mecanismo de los Sea Monkeys: si los mojas un poco despiertan con forma de hipocampo y se vienen arriba en los epílogos instrumentales, pero en general son pisaflores y una murga. ¡Oh, no, otro arco de violín rasgueando una guitarra eléctrica!

 

 

En el BAM no hay ninguna banda con actitud de sabemos dónde vives, que es algo que de vez en cuando apetece, pero ya nos hemos hecho a la idea y hoy no dejamos de repetirnos que es el día del sosiego. Seguimos trabajando. Trabajamos en la calle. Nos lo pasamos cañón. Ahora el foso de los fotógrafos se alboroza y se pone contento: los que vienen llevan la cara pintada con brillantina.

Moodoïd nos levanta el ánimo con su glam telúrico y su psicodelia acolchada. Pablo Padovani, guapo como un demonio recién nacido, se acompaña de una banda de cuatro mujeres, pero la única sirena es él, que nos conquista y nos fecunda con este proyecto paralelo a su ocupación como músico de sesión, o más bien guitarra de ruta, en los directos de Melody Prochet con su proyecto de dream pop Melody’s Echo Chamber, que involucra a su expareja Kevin Parker de Tame Impala, quien a la postre mezclaría el EP con que se presentó Moodoïd.

A Barcelona llegan con su primer disco, “Le Monde Möö”, todavía caliente tras su publicación hace apenas un mes. Tal vez les faltan temas y un hervor, nada, un baño maría, todavía no son formidables, pero no nos resistimos a emparentarlos, en una primera impresión, con el nunca bien ponderado en nuestro país Matthieu –M– Chedid en sus conatos de espectáculo, sus dejes étnicos, sus falsetes sinceros y su todo sensación. En Barcelona, esta noche, el público no está a la altura, pero goza en silencio canciones como “La lune” o “Je suis la montagne”, tal vez está asimilando la sorpresa y cae en la cuenta de que lamenta que la banda se vaya a retirar cuando suena “De folie pure”, con la que cae telón. Moodoïd elabora una música que se rompe y se recompone y que en esta noche de domingo es la música de nuestros pequeños corazones europeos. Estos parisinos son nuestro descubrimiento de este BAM 2014. Nos los llevamos puestos.

 

 

El último pase del fin de semana corre a cargo de Seward, que vienen con bagaje de auditorio y muy bien afianzados en escena. No deja de ser sintomático que en estos tiempos sin memoria se llame experimental a lo arcaico, que es lo que desarrollan Seward, autóctonos, en su mejunje estrambótico de free jazz, rock enajenado y charanga de aliento sinfónico. El patio se muestra algo reflectante, no atiende, consulta sus redes sociales y sus tonterías. Hay uno que se hace una foto con un palo. Un picado majestuoso con esa ampliación tecnológica consistente en un palo, qué te parece. Seward, que se toman la prerrogativa de una hora larga rompiendo la regla de los tres cuartos clavados por bolo, se hacen un poco esnobs en sus citas a Nicanor Parra o Miguel Piñero y, aunque brindan una actuación con momentos de excelencia, suenan algo cargantes en la plaza del pueblo, donde su indiscutible poso de compostura, tal día como hoy, nos abruma y nos aturde y nos recuerda que se va haciendo tarde y que mañana es jornada lectiva en Barcelona, ciudad de negociantes, emprendedores y pequeñas y medianas empresas.

 

MARTES 23

Cuando retomamos el festival, el día vacío del lunes nos ha incorporado una sensación extraña, como de reencontrarse en la oficina con la propia esposa. A lo largo del martes hay más de una veintena de conciertos repartidos por la ciudad, aunque solo media docena es atribución del BAM, que hoy dedica su programación a Estocolmo, ciudad invitada de las fiestas de la Mercè. Auguramos una noche entre la gravedad y la levitación, sentimos un pesar anticipado, una aflicción nórdica. No va a ser así.

 

 

Los meteorólogos vaticinan lluvia en la plaza Joan Coromines, pero Mariam Wallentin, mitad del dúo de alt pop Wildbirds & Peacedrums, ahora protagonista de un nuevo proyecto, va a disipar toda amenaza. Con un piececito en el lado oscuro, que es el único lugar desde donde se puede vislumbrar la luz, Mariam The Believer suena a acecho, a ritual, pero más tirando a santuario que a funeral. Su música es agorera en los bajos, y su voz, que mana en inglés, da todos los colores e incluso sus excedentes. Mariam la sobreelabora y la humilla y la humilla y la sobreelabora, a voluntad, rebañándose por dentro como las brujas del soul. Hoy elude sus temas de estructura más dentada para ofrecernos clarividencia pop, pagana y un poco justa en la banda, que aunque es funcional se hace monótona y no acaba de arroparla. Da un concierto lineal pero embriaga, da gusto, es buena, sabe lo que hace, vive inspirada y vive en su canto, en el que deja intuir capacidad para transformarse a capricho, si quisiera, en una ristra de latas atadas a la cola de un perro. Si un día le dan un disgusto, puede llegar a convertirse en una Diamanda Galas de bolsillo. Empezamos contentos.

 

 

Cambio de tercio radical. Con un solo álbum en su haber, Postiljonen suena, pues como suena el dream pop, a carajillo de líquido amniótico. Sus reflujos ochenteros emergen encabritados en los sintes, crecen, van encaramando plataformas, se pasan la pantalla de los noventa y echan a arder como una pirotecnia avistada a lo lejos en el cielo gris de este siglo XXI. Una precipitación nostálgica, una nostalgia del futuro un poco gaseosa. Es curioso que la memoria artística de cada generación se limite a la década anterior a la que nacieron, pero eso es un mal ya muy asimilado que no sólo impregna de tristeza esta manera de hacer música, si no que por lo general la sostiene y la hace ternura. Postiljonen, un trío joven que esta noche en Barcelona anuncia su último concierto con esa formación (diríamos, leyéndoles lo gestual, que porque largan a la vocalista), son unos horteras del tamaño de Mónaco, pero el dream pop es así y en esta casa nos gusta y nos pone cara de arpegio. Una pena que hoy no funcione. Son muy bien recibidos pero pronto el escenario de la plaza dels Àngels, donde se manejan a contraluz, se les ha hecho grande. La chica hace el avión pero el público, con perdón, se hace un poco el sueco, y todo resulta en un no se qué muy poco imaginativo, no hay plenitud.

 

 

Volvemos a la Joan Coromines para escuchar a Seinabo Sey, escandinava de incógnito en el pop soulero que practica, sin rastro de frío. La explicación está en sus raíces gambianas y un poco en Destiny’s Child. Llega con sólo dos singles registrados, “Younger” y “Hard Times”, con los que cerrará, en orden inverso, su pase triunfal de hoy. El público, tras el primer impacto que supone descubrir tal madurez de voz en una muchacha de 23 años, pasa al alboroto y en cero coma la está adorando. No hay riesgo pero tampoco hay secreto: buenos temas bien ejecutados. Y un chorrazo natural. Un concierto naturalista, bravo y preciso del que tal vez nos encontremos hablando dentro de un tiempo, porque no es descabellado decir que sí, que tal vez aquí está naciendo una estrella.

 

 

La noche de Estocolmo está muy bien pensada en el irse haciendo boreal, se ilumina, aunque el de Frida Sundemo va a ser un recital un tanto indolente. El público parlante de la plaza dels Àngels dificulta mucho las cosas, pero el combo resuelve. Estábamos convencidos de que veníamos a ver a una chica un poco enfurruñada haciendo pucheros, y sin embargo Frida se gana nuestro respeto, parece tener carretera y disciplina, o al menos bastante determinación, y ahora nos cae bien porque está lejos, ahí arriba, haciendo frente a este público regulero con su pop electrónico sin novedad, algo anacrónico y más expresivo que melódico.

 

 

Pasados treinta minutos de la medianoche tomamos conciencia de que un moderno barcelonés es la cosa más antigua que existe. Zhala lo sabe y llega para darles pábulo con su escenario fluorado y su mamarrachismo kármico. Hace un despliegue de pop neurótico, maquinista y tribal, algo impenetrable, de hecho, casi lésbico y entreverado de sonidos kurdos que lo sofistican. Lo acelera, lo revoluciona y pide volumen brutal a los técnicos de la Joan Coromines, que según hemos ido comprobando a lo largo de la velada, hoy están un poco sopa. Tiene la desfachatez de acabar un tema en fundido pero eso no achica al personal, que se entrega a la euforia y presagia una fiesta que no se va a dar, pues Zhala articula un bolo de apenas media hora para que no se le desparrame en rave, que esto lo paga el ayuntamiento o vete a saber si la embajada.

 

 

El remate es tarea de NONONO, que están pidiendo el chiste en el nombre. Se trata de una banda de un solo tema, “Pumpin Blood”, que con su silbido de jingle ha arrastrado hasta aquí a unos cuantos seguidores atípicos, muy jóvenes, que lo esperan afanosos y que no lo tendrán hasta el final, tras un manojo de medianías. La vocalista, Stina Wäppling, tiene el nombre saltarín y es muy vanidosa, más bien pánfila, con la boca llena de dulzuras. No se sabe si acaba de bajar de Pedralbes y es que ha pasado por un Zara, pero el caso es que ahora canta con los ojos cerrados como quien reza, por darse aires introspectivos y cargar drama en la balada correspondiente. Es una impostura, por supuesto, todo es cuento en el pop ortodoxo de este grupo impropio del BAM, una pochez que, si se la disculpa, viene a completar la panorámica de esta Noche de Estocolmo donde nadie, por cierto, ha cantado ni en finés ni en sueco. No vamos a pedir que nos devuelvan el dinero porque es un festival gratuito.

 

 

Un festival del que aquí termina la edición que hace veintiuno y que hace tiempo que no es lo que era, pero que ahora es lo que es, lo que viene siendo un festival, un mogollón que todo lo devalúa, pero que aporta un agotamiento que hace muy feliz, que nos devuelve al mundo extinguidos y un poco más leves.

Hasta aquí nuestras crónicas impresionistas del BAM 2014. El año que viene, si Dios quiere… ¡Que lo escriba él!

Fotos: Xavier Mercadé (excepto las indicadas)

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