Julio de la Rosa Foto Liberto Peiro portada

ASÍ TE CONTAMOS EL MONKEY WEEK 2015

VIERNES

Dice el reclamo promocional que el Monkey Week es el festival ideal para descubrir hoy las bandas del mañana. No miente. El cartel está lleno de grupos emergentes que, quizá, puedan dar que hablar en un futuro no muy lejano. Otra cosa es que el sonido que despliega la mayoría de ellos mire de manera indisimulada hacia el pasado. Un hecho que vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la muerte del rock como lenguaje expresivo original y creativo, en permanente bucle revisionista. Es lo que hay, amigos. Pero tampoco se trata de lamentarse, sino de constatarlo a medida que los conciertos se van sucediendo en la primera y muy andaluza jornada de un festival que crece a ojos vista en cada nueva edición. Este año ha aumentado el número de bandas, el de salas y, dato especialmente positivo, el de público. La propuesta de anegar de actuaciones cada club, discoteca o garito del Puerto de Santa María (Cádiz), inicialmente suicida, ha demostrado con creces su viabilidad, y hoy es un hecho que el Monkey Week es una iniciativa consolidada.

Pero a lo que vamos: La mirada retrospectiva es la que predomina en muchas de las bandas que ya se han subido a alguno de los escenarios del festival. Es el caso, por ejemplo, de los sevillanos Dienteslargos, practicantes de un rock enraizado en los años setenta, con ocasionales guiños boogie, que reproduce eficazmente no pocos lugares comunes del género. En el caso de los jerezanos El Tubo Elástico, la década de destino histórico es la misma, pero cambia el género. Lo suyo es el prog rock instrumental, también según los cánones, sin que falte siquiera el guitarrista con tendencia al efectismo. Ni unos ni otros son censurables, pero tampoco exhiben particularidades que puedan dotar de personalidad propia a su repertorio. Completando la terna en las primeras horas de la tarde se podría incluir a El Imperio del Perro, también hispalenses. Se miran en un espejo menos añejo, pero bastante más manoseado en los últimos tiempos: El del dance rock indie en la estela de los grupos aupados por la emisora de radio pública de referencia moderna. Ustedes ya nos entienden.

Dienteslargos / Foto: Liberto Peiró

Un par de showcases, fuera del programa oficial, habían dado antes el pistoletazo de salida al festival. Por un lado, el de Lois Brea, a quien Trajano! parecen habérsele quedado pequeños tras un único álbum. Su nuevo proyecto en solitario, todavía en proceso de construcción, se quedó a medias en un directo a base de caja de ritmos, bajo, guitarra, voz (impostada) y letras en inglés. En ocasiones, parecía decantarse hacia la sinuosidad pop de The Monochrome Set; en otras, la guitarra evocaba a The Cure; al final, la sensación de que el proyecto está todavía poco maduro. Su set, en todo caso, tuvo la virtud de la brevedad, como la mayoría de los que se van sucediendo en el Monkey Week. Cuando se trata de bandas emergentes, lo bueno, si breve, mejor. Y lo menos bueno, también.

Lois / Foto: Liberto Peiró

En ese mismo formato escueto pudimos ver a Perlita, una parodia del sonido disco (si no lo es, lo parece, y no sabríamos concluir si eso es bueno o malo) que combinó alguna base funk y cacharrería electrónica (batería incluida) para despachar unas canciones que se sitúan en el punto medio entre Klaus Nomi y Pedro Marín, si es que tal cosa es posible. El desopilante vocalista Pedro Perlés se postuló como showman desatado con resultados desiguales: Le pone ganas (y vocoder), pero las circunstancias no siempre acompañan. Y no hablamos del entorno.

Perlita / Foto Liberto Peiró

El cartel del día incluía 35 conciertos, muchos de ellos en horarios solapados, así que la mejor opción era recorrer los diferentes enclaves de la ciudad y dejar que fueran las bandas las que captaran nuestra atención con sus propuestas. No lo consiguió la Maravilla Gypsy Band, y no porque su fanfarria balcánica no resultara convincente, sino porque, una vez más, se trataba de un ejercicio de estilo. Y otro tanto se puede decir de los gaditanos Detergente Líquido, practicantes de un pop indie de manual con reiterativos ritmos sincopados y vocación bailable que, al menos, presenta melodías trabajadas, según la escuela de Carlos Berlanga. El problema, en este caso, es la escasez de carisma (un hándicap cuando se trata de destacar entre más de una treintena de propuestas) y de actitud, quizá una de las carencias más llamativas en muchos grupos que parecían subir al escenario para cubrir el expediente, y no con la intención de aprovechar la oportunidad de destacar antes decenas de profesionales (que integran un porcentaje muy importante de los asistentes al Monkey Week).

Detergente Líquido / Foto Liberto Peiró

Las cosas empezaron a cambiar (para mejor) con una banda más rodada. El dúo I Am Dive, también procedente de Sevilla, sabe cómo transformar la frialdad sintética en calor emocional, y si bien se trata de otro caso en el que los referentes se detectan con claridad (de los Radiohead que pusieron el ojo en Warp a Beach House o Red House Painters), su música logra calar hondo porque no suena a reproducción caligráfica, sino  a reinterpretación sincera. Aunque si se trata de trabajar con materiales del pasado para regurgitarlos desde una perspectiva contemporánea, nadie como El Lobo en tu Puerta. Como ya hiciera en la edición del año pasado, el trío de Chiclana demostró que es posible hacer colisionar a Blind Willie McTellBeastie Boys y AC/DC para obtener un sonido que solo se puede calificar de bluescore, ya que agarra el blues no para ponerlo en un altar y reverenciarlo, sino para arrancarle la ropa a mordiscos y violentarlo sin piedad, incluso si para ello hace falta echar mano de una armónica filtrada por pedales o un theremin desenfrenado. Dos bandas que, cada una en su estilo (y no pueden estar más alejados el uno del otro), demostraron que la actitud es un ingrediente fundamental a la hora de presentar un repertorio al público desde un escenario.

El Lobo en tu Puerta / Foto: Liberto Peiró

De eso también saben bastante los sevillanos Miraflores, otro grupo que repetía presencia en el Monkey Week tras pasar por el festival en 2014. Sus conciertos son aquelarres sónicos en los que su vocalista ejerce de paroxístico exorcista. De nuevo los referentes son claros (aunque muy amplios, y eso juega a su favor), pero la puesta en escena y la visceralidad de sus planteamientos convierten cada uno de sus shows en un triunfo, aunque a buen seguro debe llevar consigo un desgaste emocional que les convierte en un grupo de intensidad no apta para todos los públicos. En su libro de estilo no hay espacio para el simulacro.

Miraflores / Foto Liberto Peiró

Los mexicanos Carmen Costa no podrán decir que han inventado la rueda, pero un par de elementos juegan a su favor. Por un lado, el uso del castellano. Resulta paradójico (y tremendamente significativo) que la mayoría de grupos españoles se decanten por el inglés, mientras que los pocos representantes de las diversas escenas latinoamericanas que forman parte del cartel lo hacen en su lengua madre. Es, asimismo, el caso del puertorriqueño AJ Dávila, que actuó unas horas más tarde acompañado, precisamente, por los mismos Carmen Costa, que en ambos casos pusieron de manifiesto la otra virtud de que hacen gala: Puede que lo suyo no sea más que rock, pero nunca olvidan el roll, y eso es algo que muchas otras bandas no pueden decir. La electricidad siempre funciona bien con algo de groove, y ellos lo tienen.

Carmen Costa / Foto: Liberto Peiró

En el lado opuesto de la balanza, The Tractor, otra banda sevillana. Trío de negro riguroso y sonido cuidado que, ay, no parece querer otra cosa que imitar a Placebo (especialmente su cantante, de tesituras similares a las de Brian Molko). Los jerezanos Flecha Valona ponen algo más de carne en el asador en su asalto a un pop enérgico que igual bebe de Weezer que de Cheap Trick, y que se afana en conjugar riff y melodía, pero que adolece de una falta de carisma alarmante. El que le sobra al dúo Crudo Pimento, que no pudo desplegar su peculiar sonido en las mejores condiciones (los conciertos de la sala Mucho Teatro sufrieron una hora de retraso por un problema en el fluido eléctrico), pero ofreció una suculenta inmersión en sonidos primitivos con andamiaje blues, derivas tribales, imaginativa instrumentación artesanal, sentido del ritmo y un enfoque que hubiera hecho las delicias de Tom Waits.

Crudo Pimento / Foto: Liberto Peiró

Biznaga podrían liderar, si existiera, el rock radical madrileño. Tienen un frontman con indudable gancho, un Joe Strummer en potencia que si bien no cuenta con su correspondiente Mick Jones, sí que tiene respaldándole una banda que se podría mirar en el debut de los Clash. Sí, hablamos de punk, ese género musical que ya ha cumplido cuarenta años. La sombra del pasado, feroz e implacable, adquiere nuevamente dimensiones que obligan a recordar que, más allá de sus (pírricas) conquistas puntuales, el rock español actual (pues la mayoría de bandas del cartel son de nuestro país) presenta el mismo pronóstico reservado que el anglosajón: Un virus retro que tampoco procede de ninguna cepa nueva (la cosa viene de lejos), pero que hace cada vez más difícil encontrar chispas no ya de originalidad (tampoco exijamos lo imposible), sino de auténtica singularidad.

Biznaga / Foto: Liberto Peiró

En la recta final de la jornada aún tuvimos tiempo de degustar el adictivo free rock del trío madrileño Rosvita, a quienes no sería descabellado erigir como padrinos de la apasionante hornada de bandas underground que han surgido para animar la escena musical española de la última década. Su debut se remonta a 2003, y desde entonces no han cesado de retorcer los códigos del rock a su antojo y con un envidiable sentido del humor, quitando hierro a una actividad tan divertida y desintoxicante como es subirse a un escenario para disfrutar tocando. Y eso, disfrutar tocando, lo hacen también Toundra, y se les nota. Pero se les nota demasiado. Hasta el punto de bordear la impostura. Se han ganado a pulso y a base de trabajo su posición actual, pero son tan conscientes de ello que sus conciertos destilan una innecesaria cualidad masturbatoria. Su impecable instro rock, de raíz post pero con esquirlas doom, ha alcanzado tales cotas de fastuosidad y artificio que podría acabar devorándose a sí mismo.

Toundra / Foto: Liberto Peiró

Tras doce horas ininterrumpidas de conciertos, y a sabiendas de que muchos de los grupos que integran el cartel ofrecerán más de una actuación a lo largo de los tres días que dura el festival, encaminamos nuestros doloridos pies hacia un merecido descanso. El Monkey Week es exigente con el visitante curioso. Y quedan por delante dos jornadas en las que horarios y participantes se multiplican por dos. Permanezcan en sintonía.

SÁBADO

Las cifras de la segunda jornada del Monkey Week abruman. Después de un viernes que fue mucho más que un simple calentamiento, el sábado había que elegir entre más de ochenta conciertos en catorce enclaves diferentes. Organizar horarios para tratar de ver el máximo número de bandas se acercaba bastante al encaje de bolillos, y aún así resultaba imposible acceder siquiera a la mitad de actuaciones programadas. De la ruta elegida depende el resultado final del día, que en nuestro caso arroja un balance algo irregular y con destacado protagonismo femenino, equitativamente repartido entre nombres consagrados y emergentes.

Anari / Foto: Liberto Peiró

No siempre es fácil captar la atención en showcases de corta duración, en recintos de acústica intrincada y con un público en gran medida flotante, puesto que la mayoría de la gente va recorriendo la ciudad de sala en sala echando un somero vistazo a cada propuesta y tratando de llegar a la siguiente. Aún así, Anari es capaz de poner los pelos de punta. Acompañada de su banda habitual, a la que se unió como invitado especial Joaquín Pascual en el piano, la cantautora vasca puso a todo el mundo con el corazón en un puño. La intensidad de su repertorio, unida a su cualidad dramática y a una interpretación intachable, convirtieron su set en uno de los grandes momentos del festival. Fue una tormenta perfecta que, además, coincidió con la caída de las primeras gotas en el exterior, como si la meteorología hubiese querido unirse a la impecable puesta en escena de la banda con una fina lluvia que, sin embargo, no causaría grandes problemas en los escenarios al aire libre.

Dolorosa / Foto: Liberto Peiró

Uno de ellos, el situado en la plaza Alfonso X, es lugar de paso entre varios de los clubs donde se desarrolla el festival, lo cual permite echar un ojo a quien esté actuando en el momento en que se cruza por allí camino de otro destino. Y, a veces, salta la sorpresa. Ocurrió con una voz que obligaba a detenerse y, al menos, escuchar con más atención. Pertenecía a la magnética Natalia Muñoz, una cantante que todavía parece algo insegura en el escenario, pero que posee una garganta con personalidad y sabe cómo utilizarla. Es la frontwoman de Dolorosa, banda granadina en la que militan un par de componentes del Grupo de Expertos Solynieve y que practica un seductor pop de sonido fronterizo, que aún gana más enteros cuando la voz masculina de uno de sus guitarristas dobla la principal. A seguir de cerca.

Núria Graham / Liberto Peiró

Aún hubo otra mujer capaz de provocar emociones intensas. Fue la joven Núria Graham, que se presentó en formato trío y ofreció un concierto que disipa cualquier duda sobre su condición de hype apadrinado por el sello del Primavera Sound. Es cierto que aún se ven con claridad los mimbres con los que construye sus canciones (herederos de otras songwriters femeninas), pero no lo es menos que sabe jugar con la tensión eléctrica cuando la ocasión lo requiere y demuestra una seguridad inusual para su edad. Si no se deja aturdir por el entorno hipster (y no parece que vaya a hacerlo), puede deparar muchas alegrías en un futuro cercano.

The Limiñanas / Foto: Liberto Peiró

También había representación femenina en Tremolina, banda sevillana liderada por Diana P. Morales, que se mira a menudo en las enseñanzas de Belle & Sebastian y ofreció un concierto correcto, que pudo gozar de mejor sonido y estuvo marcado por los apuntes de la trompeta y el violín. Por último, los franceses The Limiñanas, con una batería de técnica simple (pero eficaz), que no utiliza platillos, y una cantante que sabe canalizar a la perfección el componente retro de su repertorio, anclado en la deliciosa tradición yeyé de los años sesenta. Ya comentamos en la crónica del viernes que prácticamente no hay banda que no mire hacia el pasado a la hora de confeccionar su sonido, aunque hay quienes lo hacen de manera más evidente que otros. Como es obvio, no se puede construir si no se dispone de cimientos. La cuestión es, por un lado, la calidad de esos cimientos y, por otro, qué y cómo se construye.

Pájaro Jack / Foto: Liberto Peiró

Vayamos a lo concreto con un ejemplo: Pájaro Jack. Es evidente que les gusta el folk, el pop y la psicodelia. Con esos elementos, han sido capaces de elaborar un discurso de interés, que se basa en el sonido inmaculado, el cuidado de las voces y unas guitarras cristalinas que, no obstante, saben crecer y encabritarse cuando es necesario. Su sonido amable (que no blando) les sitúa entre esa “gente normal” de la que hablaban los catalanes Manel. Tipos corrientes, cuyo principal objetivo es ofrecer a su público buenas canciones. Entre sus seguidores, atentos a lo que ocurría en el escenario, Manu Ferrón y J (Los Planetas). Por algo estarían allí.

Vuelveteloca / Foto: liberto Peiró

El apartado latinoamericano quedó cubierto por dos grupos. Los chilenos Vuelveteloca son otra prueba irrefutable de que algo muy interesante está pasando en la escena musical del país andino. Se lanzan, de cabeza y con férrea convicción, al barro de la lisergia psicodélica para desarrollar canciones de larga duración que se despliegan en bucles próximos al krautrock e inducen al público al trance. Temas tan rotundos como “Shakers” avalan un proyecto que, una vez más, se fundamenta en la mirada retrospectiva, pero ante el que solo cabe quitarse el sombrero y buscar con urgencia a un proveedor de LSD para abastecerse de cara a su próximo concierto.

Fumaça Preta / Foto: Liberto Peiró

En cuanto a los multinacionales Fumaça Preta (brasileños que graban en Ámsterdam y residen en Brighton), podrían parecer un chiste a causa de su estrafalaria imagen y su tendencia a aparecer en escena enfundados en trajes imposibles (la palma se la llevó el maillot de nubes del bajista), pero la argamasa sonora que manejan es de órdago, y combina con fundamento el sonido tropicalista (especialmente las percusiones) con el rock de garage. Cerraron con una versión de “The Witch” (The Sonics), pero antes habían puesto patas arriba la sala Mucho Teatro a base de ritmos desenfrenados y pesados riffs de guitarra.

Ambiente en la Plaza Alfonso X / Foto: Liberto Peiró

En el constante correcalles que es el Monkey Week tuvimos tiempo también para comprobar que el cantante y guitarrista del trío madrileño Cómo Vivir En El Campo tiene vocación de guitar hero de los ochenta, aunque cite a J Mascis y a Nilsson. O que a los sevillanos Sweethearts From America no les cuesta nada convertir el lugar donde tocan en el garito de la película “Abierto hasta el amanecer” (aunque justo es decir que el Milwaukee, el club donde tocaron, se presta a ello). También que los madrileños Matatigre tienden a ponerse espesos cuando se meten en terreno blues y su teclista transmuta en Ray Manzarek. O que Ramírez, al que acompañaron Ángela Pascual (hija de Joaquín) y Jordi Sapena (La Habitación Roja) es un diamante en bruto del pop con síndrome de Peter Pan.

Ramírez / Foto: Liberto Peiró

Más españoles emergentes: Siberian Wolves son a simple vista una versión valenciana de Royal Blood, pero la ferocidad del guitarrista Borja Put y sus referentes inmediatos (de Led Zeppelin a The Stooges), unidos al atronador volumen que se gasta el dúo y el uso que hace de los loops para multiplicar las posibilidades del instrumento, acaban por empatizar con el oyente. Es cierto que resultan más convincentes cuando el sonido arrasa con todo que en los anticlimáticos (e inevitables) respiros, pero tienen tiempo por delante para pulir la piedra.

Siberian Wolves / Foto: Liberto Peiró

En cuanto a los canarios Los Vinagres, su garage rock estruendoso, acelerado y lleno de ímpetu es consecuencia directa de su juventud. A su edad, el objetivo debe ser romperlo todo, y ellos se afanan en la tarea, que seguramente les va a resultar mucho más fácil de la mano de una multinacional. Pasaron por la túrmix el “Flamenco” de Los Brincos, y aunque no se les puede poner al lado de garageros estatales de lustre como Wau y los Arrrghs!!!, se divierten y lo contagian, que no es poco.

Los Vinagres /n Foto: Liberto Peiró

Como el garage, el indie pop español se ha convertido en un género muy codificado que, a causa de su éxito popular y de la inflación festivalera, necesitada de munición para completar los carteles, está sufriendo una peligrosa masificación. Muestra de ello son los bilbaínos Señores, que pagan el pato por ser ellos los que actúan en Monkey Week, pero su sonido a imagen y semejanza de manidos modelos anglosajones se ha extendido por el país como una plaga, y quizá nos lo tendríamos que hacer mirar. No solo porque carece de personalidad propia, sino también porque está mucho más cerca de las radiofórmulas de lo que parece. Un síntoma poco halagüeño, que invita a pensar (y temer) que los clones del indie mainstream patrio puedan seguir multiplicándose en progresión geométrica hasta el fin de los tiempos.

Delorentos / Foto: Liberto Peiró

También ocurre fuera, y la prueba son los irlandeses Delorentos, practicantes de una insulsa papilla pop que muchos calificarán de resultona (y quizá no les falte razón), pero que es de una alarmante inanidad. El vacío convertido en canciones, que todavía quedó más en evidencia por llegar después de que en el mismo escenario el veterano Steve Wynn recordara “The Days of Wine and Roses”, el segundo álbum que grabó con The Dream Syndicate, banda clave del nuevo rock americano de los ochenta que lideró durante casi una década. Guitarra eléctrica en ristre, dejó constancia de su gran clase desde el primer tema, que tocó en solitario. A partir del segundo, se le unió (discretamente, manteniéndose siempre en segundo plano) su amigo Paco Loco, con quien grabó hace quince años el disco “Momento”. Juntos fueron desgranando clásicos como “Halloween” (con cita final al “All Tomorrow’s Parties” de The Velvet Underground) o “When You Smile” hasta que, segunda sorpresa del show, apareció Muni Camón (pareja de Paco Loco) para marcar el ritmo de “Too Little, Too Late” con una caja de batería. Repertorio inmortal, baza ganadora infalible, treta de perro viejo. Otro de los instantes para el recuerdo de la segunda jornada de este Monkey Week que sigue desbordado de público. Queda el domingo. Y también promete. Continúen a la escucha.

Steve Wynn / Foto: Liberto Peiró

DOMINGO

La última jornada del Monkey Week mantuvo el nivel de todo el festival, que cierra su edición de 2015 con un balance netamente positivo. Durante todo el día se sucedieron los conciertos en los diferentes escenarios, y los escasos episodios de lluvia no deslucieron la celebración de las actuaciones. Entre todas ellas, tres destacaron por los nombres propios que las protagonizaron. No pudieron ser más diferentes en cuanto a sonido e intenciones, pero todas serán recordadas entre los momentos álgidos del festival este año.

Niño de Elche / Foto: Liberto Peiró

La fama de Niño de Elche está creciendo como la espuma, y con razón. Su directo despertó tal expectación que llenó por completo el teatro Muñoz Seca, y el cantaor Francisco Contreras no defraudó. Sí, créanlo: Ha nacido una estrella que va camino de convertirse en fenómeno de masas, y lo merece con creces. No actuó con su banda al completo, sino en formato trío, acompañado por el excelente guitarrista flamenco Raúl Cantizano y por Darío del Moral, de Pony Bravo (teclados, secuenciadores). Presentaban “Voces del extremo”, el disco que ha catapultado una carrera hasta ahora circunscrita a los márgenes del flamenco, pero que ha dejado de ser un secreto a voces, porque Contreras es un gigante, un artista total, un personaje más allá de un único género, que aglutina poesía y performance, vanguardia, humor y política. En una hora de concierto, fue capaz de invocar a Neu!, Enrique Morente, Laurie Anderson, Nile Rodgers, John Cooper Clark, Faust, Scott Walker, Chiquito de la Calzada o Brian Eno, entre otros, tomando de cada uno de ellos lo que necesita para elaborar un discurso de rigor inapelable, que va del ambient teñido de lírica literaria al kraut jondo. Sí, Niño de Elche es de esos músicos incatalogables que obliga al periodista a inventar nuevas etiquetas (que él, como corresponde, rechazará), porque su reino no es de este mundo. Tanto su propuesta sonora como su firme postura ideológica se sitúan a distancia sideral de todo lo que se ha podido ver en el festival. Así de rotundo. Una España que parece abocada a padecer una nueva embestida de la cultura de marca blanca necesita artistas con un compromiso ético como el suyo.

Captains / Foto: Liberto Peiró

Fue el nombre que más se recordará del Monkey Week 2015, pero no el único. En una pequeña sala de la ciudad, ante muchos menos espectadores y lejos de los focos de atención mediática, Fee Reega lanzó un grito desesperado que debería haber roto todos los cristales de la ciudad. La alemana afincada en Asturias llegaba a Cádiz con Captains, un nuevo proyecto donde le acompaña David Baldo. Escucharla cantar textos como “Soy tu barco, navégame”, verla lanzarse al suelo en trance o asistir a su capacidad para crear un clima de desafiante sexualidad es una experiencia que no se ve todos los días sobre un escenario. El recurso fácil es citar a la Courtney Love de “Pretty on the Inside”, pero no conviene quedarse en la superficie. Reega posee personalidad propia, y el escaso público supo apreciarlo, pidiendo con insistencia un bis que no se produjo porque los horarios del Monkey Week son muy ajustados. Pero su impactante puesta en escena (y un sonido crudo, directo, sin filtros) es de las que permanecen en la memoria.

Mikel Erentxun, Joaquín Pascual y Paco Loco / Foto: Liberto Peiró

El tercer nombre propio del día fue también el más inesperado. Porque pocos podían imaginar que Mikel Erentxun se colara en el top de conciertos del domingo. No lo hubiera logrado, desde luego, presentándose con la guitarra en ristre para interpretar su repertorio del modo tradicional. Pero su puesta en escena no pudo ser más sorprendente. Acompañado de Paco Loco (secuenciador, caja de ritmos) y Joaquín Pascual (teclados), se transformó en Alan Vega para ofrecer una relectura de algunas de sus canciones en clave de ruidismo sintético. Casi sin haber realizado ensayos previos, y en apenas media hora, el trío fue capaz de resucitar el espíritu de Suicide y cambiar la imagen del solista vasco. El público se frotaba los ojos escuchando temas de Duncan Dhu, como “Cien gaviotas” o “Esos ojos negros”, sonando como auténticos atentados sónicos, a volumen brutal, mientras Erentxun (detrás de los otros dos, casi parapetado) se retorcía y se metía en un papel totalmente nuevo para él. Si todo fue una gran broma, bravo por un músico que ha sido capaz de dar una imagen diferente de sí mismo. Y por sus acompañantes, que también se la jugaban en un experimento que se saldó con un rotundo triunfo. Conciertos como este son los que hacen especial al Monkey Week, un festival en el que puede pasar de todo.

Revolta Permanent / Foto: Liberto Peiró

Por ejemplo, que un joven cuarteto de Barakaldo que toma su nombre de un documental sobre Lluís Llach ponga patas arriba una concurrida plaza de Alfonso X a base de rap de combate cantado en euskera. Revolta Permanent es una apisonadora rítmica que bebe de Public Enemy, Prodigy o Nine Inch Nails y cocina un potente hip hop con base electrónica que va directo al estómago, servido por un Dj y productor que lanza munición de peso desde la mesa y el laptop, un guitarrista con ADN metálico y un par de MC’s con tanto desparpajo como actitud. Se les podrá achacar cierto efectismo, pero se puede justificar cuando se consiguen resultados tan apabullantes.

Baywaves / Foto: Liberto Peiró

Entre las muchas otras propuestas del cartel, también tuvimos tiempo de constatar que los murcianos The Purple Elephants son una muy solvente banda de blues, capaz incluso de salir airosa aunque le toque lidiar con un escenario poco agradecido (el del Monkey Market) y un horario algo intempestivo (el de la siesta). O de echar un vistazo a Baywaves, que practican una simpática psicodelia pop cercana a The Dukes of Stratosphear y cuentan con el mismo bajista que Lois, siempre preocupado porque su melena luzca en la mejores condiciones. Y de atisbar brevemente el pop de raigambre mod con toque sofisticado y aliño soul del trío madrileño Betamotion, que tuvieron un inicio en falso cuando trataban de guiñar el ojo a “All the Young Dudes” (Mott The Hoople), pero después estabilizaron el barco y siguieron echando mano de préstamos ocasionales (como el de “Eleanor Rigby”, de los Beatles).

Jayu / Foto: Liberto Peiró

Más madera: La jovencísima cantautora chilena Jayu, que participaba en el festival dentro del circuito de conciertos Artistas en Ruta, se presentó en trío, con una caja de ritmos que surtió de bases a su pop de sonoridad acústica y aire refrescante, aunque todavía algo bisoño. Los barceloneses Jolly Jumper echaron mano de todo el repertorio de tics del rock americano, acogiéndose al legado de Black Crowes, ZZ Top o Lynyrd Skynyrd para acabar sonando como los primeros MClan. Se les vieron demasiado las costuras. Como a The Loud Residents, que sin embargo saben obtener mejor rédito de su devoción por Neil Young y Sonic Youth. La clave está en su competente guitarra solista, que desata la furia de su instrumento con tanta eficacia como imaginación, destacando claramente entre sus compañeros.

The Loud Residents / Foto: Liberto Peiró

La programación nocturna de la sala Mucho Teatro (que, pese a su atractiva arquitectura, nunca sonó en condiciones) la abrió Julio de la Rosa, que inició su show a capella y luego se colgó la guitarra eléctrica para ofrecer el concierto que lleva rodando desde hace bastante tiempo por los escenarios de todo el país, que domina a la perfección y se basa tanto en las capas de sonido que crea con los pedales de loops como en una interpretación en la que suele echar el resto a nivel emocional. Helena Goch se le unió en momentos puntuales para aportar el siempre agradecido contraste que aporta la voz femenina.

Julio de la Rosa / Foto: Liberto Peiró

Después, Chencho Rodríguez celebró su fichaje con Warner (que reeditará el disco que grabó para el sello sevillano Fun Club) con un concierto de power pop impoluto. Que el guitarrista llevara una camiseta de Big Star era todo un síntoma, y el cantante, con recursos más que suficientes (la experiencia es un grado) y canciones de una corrección fuera de duda, se pudo dar un homenaje más que merecido, en una sala muy caldeada, tanto por la respuesta del público como por la ausencia de aire acondicionado, como consecuencia de una avería.

Beautiful Señoritas / Foto: Liberto Peiró

Una escapada aprovechando un receso entre bandas aún nos permitió asistir al despliegue que ofreció el trío sevillano Beautiful Señoritas, al que comparan, y no faltan motivos, con la Blues Explosion de Jon Spencer. Raw rock and roll en sus diversas variantes (garage, punk) servido con convicción indiscutible, aunque también muy derivativo. La versión de “Chicken Run” (Link Wray) sirve para concretar aún más por dónde iban los tiros, del mismo modo que, ya de vuelta a la sala Mucho Teatro, las pleitesías a The Byrds ayudan a entender las intenciones del Grupo de Expertos Solynieve, que ofrecieron un concierto en su exquisita línea habitual. Otro de sus estimulantes alegatos meridionales, que se topó con un público tan numeroso como parlanchín, aunque no tuvo problemas para imponerse por clase, temple e inspiración.

Grupo de Expertos Solynieve / Foto: Liberto Peiró

Y no hubo tiempo para más. El notorio incremento de público, la variedad del cartel y el excelente ambiente que se ha respirado por las calles del Puerto de Santa María durante tres días hablan por sí solos del éxito de una iniciativa que crece cada año. Profesionales, artistas y público comparten una experiencia que todos los implicados han valorado muy positivamente, aunque desde algunos sectores se apuntaba la opción de dar un enfoque diferente al Monkey Market, con objeto de que resulte más provechoso para las empresas participantes (festivales, tiendas, sellos). En todo caso, son cuestiones que hablan de un proyecto vivo, en desarrollo permanente, que ya es una de las citas ineludibles de la temporada para tomar el pulso a la escena musical española (e internacional, puesto que la presencia de bandas foráneas sigue aumentando). Larga vida al Monkey Week.

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  1. […] comienza el artículo sobre el Monkey Week 2016 que podemos leer en bythefest.com donde nos detalla por día actuaciones, bandas y momentos vividos. ¡Un buen […]

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