HANDSOME FAMILY

ASÍ TE CONTAMOS EL MONKEY WEEK

La sexta edición del Monkey Week comenzó con suspense. Las previsiones meteorológicas en El Puerto de Santa María auguraban lluvia, y el viernes 10 por la mañana se cumplieron, pero a mediodía escampó y la jornada vespertina de conciertos se desarrolló tal como estaba previsto. Un auténtico alivio para el público, que debido al formato del festival (decenas de conciertos en numerosos espacios repartidos por toda la ciudad), obliga a desplazarse constantemente para ir degustando las actuaciones.

 

 

Tras una mañana de intensa actividad teórica en el Monkey Brain, nuestro periplo comenzó con las gallegas Agoraphobia, ganadoras del Vodafone-yu Music Talent 2013. El quinteto femenino, con varias componentes muy jóvenes, dejó una impresión grata, aunque su sonido no destaque por la originalidad (garaje, hard rock, grunge) y su imagen resulte bastante deslavazada (todas cuidan la estética, pero cada cual tiene una diferente). Le pusieron ganas, aunque les queda trecho por recorrer, circunstancia que resultó evidente cuando fueron relevadas en el mismo escenario (la pequeña terraza del Bar Santa María) por las danesas Nelson Can, la gran sorpresa del día. En su primera actuación en España, el trío dejó claro por qué está llamando la atención allá por donde pasa. Imagen atractiva (todas rubias y de negro) y sonido poderoso, únicamente basado en un bajo proclive a la distorsión y una batería eficaz y sin alardes. La escasez de instrumentación y sus canciones crudas y carentes de adornos han suscitado comparaciones con los White Stripes, aunque la voz y los movimientos de la vocalista Selina Gin remiten a Siouxsie. Sus incursiones entre la gente, impertérrita la mirada y desafiante la actitud, demostraron que tiene madera de estrella. Por la noche, todo el mundo hablaba de ellas.

 

 

A diferencia de otros festivales en que los grupos se alternan en un par de escenarios, en el Monkey Week es imposible asistir a todos los conciertos. Programa de mano en ristre, se trata de organizar una hoja de ruta y escoger un itinerario que puede terminar resultando acertado (el descubrimiento de Nelson Can) o estar salpicado de errores (de los que uno se percata cuando, en los corrillos, se comenta en términos superlativos uno de los conciertos que había descartado). Por eso hay que moverse rápido de un lugar a otro y tratar de cazar todo lo que se pueda. En el escenario del Monkey Market pudimos ver a Pelo Mono, un dúo instrumental de guitarra (Pedro de Dios, de Guadalupe Plata) y batería (Antonio Pelomono) que se presenta enmascarado en escena y se interna por los territorios del blues y el surf pantanoso. Sugestivos. Tras ellos, unos Modelo de Respuesta Polar a los que habíamos visto en el Low Festival y que nos dejaron la misma sensación que entonces: Ejecución impecable, desarrollos instrumentales de connotaciones paisajísticas, una voz que a veces hace demasiadas concesiones a la galería y una actitud que parece impostada (aunque quizá no lo sea). Se puede comprar o no su propuesta con ribetes post-rock, pero no se le pueden hacer reproches.

 

 

Salida de la Bodega Osborne, donde está instalado el mercadillo de stands, y de nuevo a las calles camino de La Cristalera, donde había cierta expectación por ver a Orthodox. El dúo sevillano (trío hasta hace poco) puso una de las escasas notas de metal moderno en el festival, ofreciendo un pase con raigambre doom en el que bajo y batería (los dos únicos instrumentos de la banda) provocaron un tsunami donde se podían detectar barnices jazz e incluso aflamencados (especialmente en la voz). Contundentes.

 

 

Una breve visita a El Cielo de Cayetana nos permitió también echar un vistazo a Royal Mail, finalistas del Circuito Joven Pop Rock de Andalucía. La sombra de los Simple Minds menos estimulantes se cernía sobre los temas que escuchamos, quizá pocos para hacer una valoración completa de la banda, pero la sala Mucho Teatro reclamaba el protagonismo en el cierre de la noche y hacía allí encaminamos nuestros pasos para encontrarnos con Suomo, grupo local (del mismo Puerto de Santa María) que combina reminiscencias de la era siniestra con tecno en la estela de Depeche Mode. Les benefició la reverberación del local, aunque su repertorio no despierta pasiones, pese a los esfuerzos de su vocalista por lucir una imagen (gafas de sol, pelo engominado, larga camisa negra, estatismo en escena) que quizá causara impacto en los ochenta, pero que hoy por hoy resulta retro.

 

 

El sonido no mejoraría con Betunizer, la mejor banda post-punk con que se puede topar uno hoy en día en Europa. Su actuación fue sencillamente apabullante. Incluso Dorian Wood estaba entusiasmado entre las primeras filas (con razón lleva al batería Marcos Junquera en la formación con la que está girando por España). Se ha convertido en tópico hablar de engranajes bien engrasados y máquinas de precisión para describir a las bandas que funcionan con la eficacia de un martillo neumático, pero es que son comparaciones que parecen ideadas pensando en el trío valenciano. Tres músicos excepcionales (a Junquera hay que sumar el bajista Pablo Peiro y el guitarrista José Guerrero) que saben perfectamente lo que quieren y cómo conseguirlo. Una banda que te da un navajazo en el costado y después te proponer bailar mientras te desangras, un mecanismo perfecto en el que la efectividad rítmica se complementa de tal manera con los riffs que es imposible permanecer impasible ante el prodigio matemático que despliegan en sus conciertos. En su caso no cabe hablar ya de grupo emergente ni de promesa. Con tres discos en el mercado y después de varias giras continentales, Betunizer es una de las bandas más importantes de la escena rock estatal.

 

 

Tras su soberbia demostración de fuerza, la bóveda de Mucho Teatro siguió engullendo el sonido que se producía en el escenario, en este caso a cargo de los canadienses Holy Fuck, que parten de una base rock (batería, bajo y ocasional guitarra) para incorporar elementos electrónicos (casios, sintetizador) con los que generan un sonido dance-rock que igual puede remitir al carrusel breakbeat de The Chemical Brothers que a las locuras de Happy Mondays, siempre con un componente personal que se concreta en una puesta en escena que deriva hacia el caos controlado, y en la que también juegan un papel importante el ruido y el aderezo extravagante (una montadora de celuloide utilizada como herramienta generadora de sonidos). Sala a rebosar y show de eficacia incontestable para cerrar nuestro recorrido por la primera jornada de un festival que cumple con lo que promete su acertado lema, que propone descubrir hoy a las bandas del mañana, pero que además ofrece la posibilidad de disfrutar de muchas que ya gozan de un presente deslumbrante.

 

 

 SÁBADO 11

Más de 75 actuaciones en una veintena de recintos. Ese era el menú que ofrecía el sábado el programa del Monkey Week. A todas luces inabarcable. Como bien sabe todo aquel que haya visitado el festival, aquí no se trata de verlo todo, sino de escoger y encomendarse a la suerte. Trazar una ruta y dejarse llevar por la ciudad, de escenario en escenario. Un South by South West en miniatura que convierte el Puerto de Santa María en un hervidero de actividad musical. La lluvia, que fue muy intensa en algunos momentos de la jornada, nos obligó a modificar los planes en algunos tramos del recorrido, al que se añadió, además, un concierto sorpresa. Pero vayamos por partes.

Los cambios de sala forzados por las inclemencias del tiempo (hubo que reubicar los shows al aire libre) provocaron algunos pequeños retrasos que, unidos a lo apretado del cartel, podían derivar en situaciones anómalas, como llegar a conciertos en los que el grupo todavía estaba montando el equipo (o probando sonido) o encontrarse con otros en los que la banda de turno ya andaba recogiendo el material.

 

 

El primer caso nos sucedió con Copo, que regresaban a la localidad gaditana donde grabaron su último disco, “Todos a la guerra” (a las órdenes de Paco Loco), para ofrecer un concierto en el Trocadero que se inició con bastantes problemas de sonido, pero que fue mejorando a medida que desaparecían los acoples y las guitarras comenzaban a sonar. Su pop de ribetes indie en la estela de Niños Mutantes o Lori Meyers podría encontrar hueco en una escena propicia, aunque también bastante saturada. Actuaron para un público bastante escaso, circunstancia que se repite en el Monkey Week con frecuencia, debido a la enorme oferta del festival y a que no todas las bandas despiertan (o son capaces de generar) el mismo interés.

 

 

El menú degustación del día (por la tarde, la única posibilidad de ver muchos grupos pasa por ver quince minutos de cada uno y salir a toda prisa hacia el siguiente local) nos encaminó a continuación hacia el centro cultural donde se había reubicado a los grupos que debían tocar en el Muelle del Vapor. El primero de la lista era Juventud Juché, un trío post-punk madrileño que podría ser el paradigma de una nueva generación de atractivas bandas españolas interesadas en hacer música con aristas, y que han sido capaces de generar un circuito propio (salas, sellos), al margen de los cauces convencionales, que funciona con gran fluidez y crece a ojos vista. La prueba es que ya ha llamado la atención de marcas como Jägermeister, que está patrocinando un puñado de artistas habitualmente olvidados por los grandes medios y los departamentos de marketing de las empresas de bebidas. Sonaron sólidos y vehementes, conscientes de que su mayor virtud es la actitud que derrochan.

 

 

Una rápida escapada a la sala Gold para hacer acto de presencia en la fiesta organizada por el Low Festival con dos aguerridas bandas punk de Benidorm (La Moto de Fernan y Emergency Ponchos) y nueva escala en el Trocadero, para completar el repaso provincial con las alicantinas Rosy Finch. Musicalmente se ajustan a cánones muy reconocibles (grunge, stoner), pero la poderosa presencia de Mireia Porto, su potencia vocal (¿la Courtney Love española?) y el sonido huracanado de su guitarra (Marshall a tope de potencia) son capaces de tumbar a cualquiera. Muy serio lo suyo, y con claras posibilidades de funcionamiento en los circuitos internacionales del género.

 

 

Los siguientes en la lista eran Jardín de la Croix, bestias pardas del rock instrumental con ingredientes math rock, doom y post, que en sus derivas progresivas incluso podían recordar a los italianos Goblin. Tan virtuosos como pétreos, quizá se adornan en exceso, pero es una de las señas de identidad de los estilos que cultivan, así que pocos reproches se les pueden hacer, sobre todo teniendo en cuenta que desarrollaron un show compacto y sin fisuras, de una profesionalidad incuestionable.

 

 

Entonces fue también cuando comenzó a correrse la voz de que en la bodega Grant iba a comenzar un concierto fuera de programa. Un “secret show” que ya estaba amenizando desde los platos Florent (Los Planetas) y que iba a significar la puesta de largo en el festival de “Perspectiva Caballera”, el nuevo álbum de Sr. Chinarro. Así que hacía allí nos fuimos. Como es habitual en estos conciertos secretos, el lugar estaba lleno y no faltaba nadie: promotores, medios, profesionales y demás farándula ya disfrutaban de la primera actuación de la noche, protagonizada por una Maika Makovski dicharachera y parlanchina, que defendió su repertorio únicamente con la guitarra eléctrica y se sintió tan cómoda que incluso se arrancó con una canción en macedonio (según contó, ha viajado recientemente al país en busca de sus orígenes).

 

 

La relevó en el escenario Jero Romero, pero nuestros pasos se encaminaban ya hacia un nuevo destino: Era la hora de Jupiter Lion, que venían de compartir varias fechas por el país con Holy Fuck, pero que nunca se sintieron cómodos en escena. Su repertorio es de los que obligan a mover el cuerpo al compás de sus ritmos maquinales, pero la acumulación de problemas técnicos, que les impedían escucharse en condiciones y establecer las sincronías necesarias para que el animal de tres cabezas que es el grupo funcionara a pleno rendimiento, terminaron por consumir su paciencia, y tras solo media de hora de concierto, y ante la imposibilidad de entendimiento con la mesa de sonido, tiraron la toalla. Una pena, porque pese a los imponderables técnicos, el magma sónico que elaboran a partir de instrumentos rock (batería, bajo) y herramientas electrónicas (sintetizadores) había logrado poner en estado de trance a un público que iba aumentando de manera notoria, mientras en el exterior los relámpagos iluminaban el cielo y una fuerte tromba de agua vaciaba las calles de la ciudad.

 

 

Nada que no tuviera remedio, ya que Sr. Chinarro tocaba bajo techo. Al salir tuvo un hermoso detalle recordando al recientemente fallecido Fernando Cañas y acto seguido la emprendió con un concierto que sirvió para saborear los temas de su nuevo disco y para constatar la renovación de su entente con Jordi Gil y compañía. Como en todas las grandes historias de amor, la de Antonio Luque y sus músicos está llena de desplantes y reconciliaciones, casi un ingrediente más del combustible que permite avanzar al proyecto. El concierto dejó buen sabor de boca y nos devolvió al asfalto, camino de la sala Mucho Teatro, donde Ginferno y los Saxos del Averno ofrecían su show de despedida.

 

 

Ni que decir tiene que se fueron por la puerta grande. Kim Warsen fue el maestro de ceremonias perfecto durante un set en el que la banda hizo trizas cualquier adscripción genérica posible. Ellos hablan de afro-rockabilly, calypso-punk, swing asiático o garage aborigen, pero en realidad su propuesta está más allá de etiquetajes ingeniosos. Música multiforme, que dispara al mismo tiempo al cerebro y a las piernas, dinámica en su concepción rítmica y sobrada de recursos a la hora de sacar partido a su exuberante sección de metal. La fiesta total en un mundo perfecto, hasta el punto de que parecía una broma macabra que estuvieran diciendo adiós desde la discreción justo antes de que la descafeinada (y, claro, exitosa) tropa de Delafé y las Flores Azules ocupara el mismo escenario. Era el momento de salir de nuevo a la calle, donde Cabezafuego y sus amigos animaban al personal desplegando energía hillbilly, y de paso aprovechar para visitar un espacio en el que todavía no habíamos hecho parada: El Teatro Muñoz Seca.

 

 

Un recinto de lujo (acústica perfecta, butacas) para acoger a un artista superlativo, único, irrepetible: Dorian Wood. El viernes, en una comida de hermandad organizada por el incansable Joan Vich Montaner, se había subido a un pequeño tablao flamenco para cantar tres canciones mientras una numerosa y hambrienta parroquia daba cuenta de un sabroso guiso de berza. Su imponente presencia física y la intensidad emocional con que las interpretó hicieron que se detuviera el tiempo. Verlo acompañado de su banda española en el teatro era, sin duda, uno de los platos fuertes de la noche, pese a lo avanzado de la hora y el cansancio acumulado. Y el americano no defraudó. Se plantó en medio del escenario con una camiseta en la que lucía la palabra “Maricón”, y en cuanto comenzó a cantar, la atmósfera cambió. Wood da un sentido a la interpretación que se basa tanto en la voz como en su capacidad expresiva (tiene background como performer), llevando las canciones a otra dimensión, creando una atmósfera especial en la que también juega un papel clave la instrumentación (acordeón, contrabajo, guitarra eléctrica y batería, mayoritariamente tocada con mazas). En la misma liga que Antony Hegarty (tiempo al tiempo), pero con sangre latina en las venas, Wood es un personaje bigger than life al que es difícil olvidar después de haberlo visto en directo. Focalizando la atención desde el centro de la escena o sentado al piano, convierte cada canción en un momento de trascendencia espiritual. Sublime.

 

 

Con el ánimo y el alma machacados, aún quedaba una última parada, de vuelta a Mucho Teatro. En su tercera visita al Monkey Week, los murcianos Perro mostraron la enorme evolución que han experimentado en muy poco tiempo. Son ya una banda de primera división, parte de la magnífica generación a la que hacíamos referencia al principio del texto al hablar de Juventud Juché, y la orgia polirrítmica que imprimen sus dos baterías les otorga un matiz de peculiaridad que impulsa el aquelarre lúdico orquestado por guitara, bajo y voz. Tienen bacalao, tienen melodía, y tienen un talento descomunal, que les permitió meterse en el bolsillo al numeroso público que abarrotaba la sala y que aún tendría premio extra por su asistencia: El show final de los gallegos Unicornibot, siempre una garantía en directo. No obstante, la luz de reserva llevaba ya horas encendida en el panel de mandos de nuestros cuerpos, así que enfilamos hacia el hotel mientras caíamos en la cuenta de que ni siquiera habíamos tenido tiempo para cenar. Es lo que tiene el Monkey Week.

 

DOMINGO 12

Después de la larga travesía del sábado, el Monkey Week amaneció el domingo legañoso y con resaca. Sin jornada profesional matinal, los conciertos comenzaron a recibir el goteo de espectadores a mediodía, especialmente los de carácter gratuito, que se celebran en la plaza Alfonso X, donde nos topamos con Villanueva, banda pop gallega que tiene su mayor activo en Josete Díaz, un vocalista con personalidad. También en la plaza, los chilenos Prehistöricos demostraron poco después que no solo comparten la diéresis con sus compatriotas de Dënver; también el gusto por las canciones pop teñidas de melancolía y con protagonismo de los teclados.

 

 

Un par de aperitivos matinales que dieron paso a un recorrido vespertino iniciado a primera hora de la mano de Little Cobras, trío atípico (dos guitarras y batería) que practica un rock and roll primitivo y directo, con alguna esquirla garagera. Volumen atronador, empatía con el público (jugaban en casa) y chulería (uno de ellos llevaba una camiseta con el lema “Death to Hipsters”) les bastaron para completar un concierto que se hizo corto y congregó a bastante público en el bar Santa María.

 

 

La siguiente parada fue en la sala Gold, donde actuaban los malagueños Tentacles, un trío instrumental (bajo, batería y teclado/sampler) de puesta en escena poco atractiva y sonido a mitad de camino entre el prog-jazz y la música de videojuego. Entre el escaso público que había en el local y la indefinición de su propuesta, el asunto no llegó a cuajar, al menos durante el tiempo que pudimos dedicarles, porque ya se sabe que la simultaneidad es la norma que rige la programación del Monkey Week y otras salas y grupos reclamaban también nuestra atención. Como El Lobo en tu Puerta, banda de Chiclana que se presentaba en la sala Milwaukee y que nos dejó con la boca abierta, porque hay que verlos para creerlos: El batería parece que acaba de aparcar el camión con el que ha llegado desde algún lugar lejano, el guitarrista empuña una Gibson Flying V de la que extrae riffs con un pie en el stoner y otro en el metal, mientras que el cantante salta y grita las letras como si le fuera la vida en ello al tiempo que hace sonar el theremin. Si la mezcla parece extraña es porque realmente lo es, pero de algún modo inexplicable deriva en un todo poderoso y coherente, un espectáculo atronador y caótico, pero de fuerza indiscutible, que a buen seguro haría las delicias de los Beastie Boys.

 

 

 

Aún aturdidos, y sin solución de continuidad, nos dirigimos a ver a Terrier, otra de esas bandas que parece haber encontrado hueco en la escena emergente que saca la cabeza desde el underground, aunque sus miembros ya cuentan con experiencia previa en anteriores formaciones. Una propuesta mixta (dos chicas y dos chicos) y de sonido destartalado (podrían grabar para K Records) que, en el fondo, se sustenta en canciones pop de toda la vida, con las melodías a tres voces como principal baza. Desenfadados y nada pretenciosos, podrían ser el paradigma de cierta actitud amateur (o quizá únicamente despreocupada) que se ha convertido en seña de identidad de muchos grupos estatales de nueva hornada.

 

 

Maria Rodés ya estaba en el escenario cuando cruzamos el umbral de El Cielo de la Cayetana. Casi en penumbra, como si la timidez con que presenta su repertorio se tradujera a nivel visual, desgranó con su guitarra acústica algunas de las coplas que ha reelaborado en su último disco, con el único acompañamiento de otro guitarra (eléctrico) que iba agregando pequeños matices (y ocasionales coros) a los temas. Sencillez y delicadeza extremas, que se vieron perjudicadas por el runrún constante de un sector del público (un mal universal e imposible de erradicar), pero que aún así llegaron hondo a la audiencia de las primeras filas.

 

 

Con Trajano! la sensación es que hay base sobre la que trabajar. Tienen imagen, juventud y las ideas muy claras, pero de momento parecen unos Joy Division a los que hubieran dejado caer en Rock-Ola en 1982. Sonido convincente, aunque muy codificado (con muchas canciones que arrancan a partir de un riff de bajo), en el que reclama protagonismo la personal voz de Lois Brea, un frontman consciente de su atractivo. Podrían haber aparecido en “Arrebato” (Iván Zulueta, 1980), pero su tiempo es el actual, y su público ni siquiera había nacido cuando se grabaron los discos que inspiran su repertorio. Un grupo en desarrollo, que cuenta con unos cimientos bien compactados sobre los que empezar a construir su propia historia, la que les desligue de los nombres que se repiten de manera insistente al hablar de ellos.

 

 

Su caso no es único. De hecho, no hay grupo que no dé sus primeros pasos mimetizando sus influencias más evidentes. También es lo que ocurre, por ejemplo, con Red Buffalo, que viajaron hasta el Monkey Week en calidad de ganadores de un concurso organizado por Ticketea. El rock americano de Kings of Leon, o lo que es lo mismo, la mirada retro que algunas bandas actuales ponen sobre el legado de Creedence Clearwater Revival, The Band o The Jayhawks, es el combustible con el que llenan el depósito de su vehículo sonoro, conducido por tres guitarras a todo volumen, lo cual les hace ganar en rotundidad y perder en matices.

 

 

Rodeo, la sala que acogió su concierto, fue también el lugar donde Miraflores ofrecieron su descarga de rock turbio y enfermizo. Emilio R. Cascajosa es un vocalista convencido de su carisma, que arrastra hacia el abismo a un grupo con las cartas bien a la vista: Una mano ganadora que bebe en la tradición australiana, la suciedad eléctrica y el ruido desafiante. En efecto, se trata de nuevo de una banda derivativa, pero ante la actual avalancha de ejercicios de estilo pop y su hueco desparpajo festivo, también se agradece algo de espíritu malsano. Jeffrey Lee Pierce estaría orgulloso de ellos.

 

 

La insultante juventud de sus miembros es una de las características principales tanto de The Saurs como de Los Nastys, las dos bandas que tuvimos ocasión de ver después. Los primeros se dedican a lo que toca a su edad: Pasarlo bien, gritar y divertirse. Que lo hagan mediante canciones frescas, directas, sin complicaciones y con deje garagero también tiene lógica, ya que es un género que se presta a tales requisitos. El tiempo dirá si pueden convertirse en un hype o si la creciente aparición de grupos en la misma línea acabará por establecer una criba, pero si algo tienen es futuro.

 

 

En cuanto a Los Nastys, ya son presente. Comparten a Alejandro de Lucas con The Parrots (hablando de hypes…) y convirtieron su concierto en la sala Mondongo en una juerga descomunal, que puso al público en órbita y terminó con la banda extenuada y sudorosa. Su impacto es inmediato y va directo al estómago, aunque musicalmente ofrezcan la enésima revisión del garage-punk, que al paso que va el asunto dejará de ser una escena para convertirse en tendencia mayoritaria. En todo caso, convertir un local pequeño en una olla a presión no es tarea fácil, y ellos lo lograron sin dificultad. La juventud vuelve a ser un valor en su caso, aunque el discurso musical que la acompaña no deja de estar basado en el revivalismo. Fresco, entusiasta, provocador, cachondo, empático y desvergonzado, pero revivalismo a fin de cuentas.

 

 

Es el signo de los tiempos, y no lo capitalizan los recién llegados, sino que alcanza a artistas más curtidos como Paul Zinnard, que actuó en El Cielo de la Cayetana. Escuchando sus canciones es inevitable pensar en Bob Dylan, Bruce Springsteen, Elliott Murphy, Tom Petty o Lou Reed, excelentes referentes que, en todo caso, comparte con una ingente cantidad de compañeros de faena, y ya se sabe que para destacar hay que ofrecer algo diferente, o al menos singular. En todo caso, y teniendo en cuenta que no tocó con su banda habitual, dejó sobrada constancia de la honestidad de sus planteamientos. Si con eso basta es una decisión que debe tomar el público.

 

 

Llegada la medianoche, tocaba poner rumbo al Teatro Pedro Muñoz Seca, donde tendría lugar el cierre del festival, de la mano de dos bandas norteamericanas. Abrieron The Handsome Family, de Chicago y en formato trío. La excelente acústica del recinto permitió disfrutar de un concierto antológico, en el que la sobriedad del repertorio no fue óbice para que el matrimonio formado por Brett y Rennie Sparks bromeara constantemente (la mayoría de veces, a costa del español de ella). Una lección magistral de country, en la que no faltó “Far From Any Road”, la canción que les ha reportado algo más de visibilidad gracias a la serie “True Detective”. Gótico americano teñido de oscuridad y tristeza lírica, que se impuso al cansancio del respetable y preparó el terreno para The Sadies.

 

 

Con el cuarteto de Toronto siempre se juega sobre seguro. Imposible que defrauden en directo. Impecablemente vestidos, volvieron a dar un repaso por los géneros musicales americanos (del surf al country & western, de la psicodelia al rock) en un show sin aspavientos de ninguna clase, únicamente sustentado en canciones de muchos quilates, interpretadas con tanta clase como entusiasmo, que pusieron de inmediato en pie al público asistente. Modestos (como todos los grandes) y sobrados de recursos (la alternancia entre guitarra y violín de Travis Good), se dejaron la piel para rubricar el broche de oro de un Monkey Week que ha cumplido con creces sus objetivos, deja alto el listón para el año que viene.

 

Fotos: Liberto Peiró

 

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