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ASÍ TE CONTAMOS EL PRIMERA PERSONA 2016

VIERNES
Estamos de celebración, y eso se nota. Estos días el ciclo de aproximaciones íntimas y peculiares a artistas de diversa índole que en su día se bautizó acertadamente como “Primera Persona” cumple 5 años. La ración extra de entusiasmo y orgullo por el lustro cumplido se podía percibir desde el momento que ponías un pie en el hall del teatro del CCCB, donde se sucedían los saludos nerviosos y sonrientes, el desfile de caras conocidas y los gestos de inquietud justo antes de que se abrieran las puertas hacia el patio de butacas.

Para encender la mecha de dos jornadas de lecturas, conciertos, monólogos, entrevistas, charlas y una histérica variedad de espectáculos con el denominador común de trazar relatos de vida, nadie como la artista libanesa Zeina Abirached. Esta dibujante de cómic plasma a la perfección la principal motivación del festival Primera Persona: dar voz a artistas que han tomado su propia experiencia como materia prima para sus obras. Si bien la historietista de Beirut es conocida por El juego de golondrinas, un álbum donde recupera sus días de infancia durante la guerra civil del Líbano, en su visita a Barcelona la joven creadora nos presentó El piano oriental, una rememoración familiar donde sus andanzas personales se hilan con los destinos de Oriente y Occidente. El último cómic de Abirached relata la inquietud de su bisabuelo por crear un piano “bilingüe”, un instrumento occidental que fuera capaz de tocar los cuartos de tono de las melodías orientales. Curiosamente, la breve presentación de la artista libanesa fue presidida por la presencia de un imponente piano negro sobre el escenario. Un piano que todavía había de traer grandes emociones a aquella tarde en primera persona.

Zeina Abirached / Foto: Miquel Taverna – CCCB

El salón de estanterías llenas y luces tenues que hacía las veces de sancta sanctorum para los encuentros de este ciclo personal se convirtió en una suerte de banquillo con portería al fondo para dar paso al encuentro del escritor Sergi Pàmies con Aitor Lagunas, director de la fabulosa revista de fútbol intelectual Panenka. Con el eje puesto sobre lo narrado en Confesiones de un culer defectuoso, que acaba de publicar la editorial Destino, la charla consistió en un ágil repaso a las etapas de la vida de Pàmies en relación a las diversas épocas del club por el que milita, el F.C. Barcelona. Con esa habitual parsimonia discursiva y sus siempre ácidos comentarios, el escritor se definió como un hooligan moderado y asimilado, dado que en la niñez vivió en su París natal junto a sus padres refugiados, y desde aquella distancia no daba, por ejemplo, con el punto de efusividad necesaria para militar por uno de los grandes mitos del fútbol galo del momento, el Saint-Étienne y el Olympique Marsella. Además, en su candor, Pàmies llegó a animar al Real Madrid antes de que su familia regresara a Catalunya. Quién lo diría. A partir de esa primera premisa, el autor hizo una graciosísima diferenciación entre aquellos que eran culés antes de ser personas, antes de nacer incluso, y los que, como él, se convirtieron en aficionados del Barça cuando ya tenían cierto uso de razón. Esos culés-antes-que-personas eran, en voz de Pàmies, similares a un Obélix caído en la marmita, mientras que él representaría a Astérix, que escoge tomar cada tanto una ración de la pócima, con cierta medida. En determinados momentos, la charla se interrumpía con lecturas de extractos de sus textos ubicados en diversas etapas de la historia del club, y la voz del lector enfundado en una camiseta azulgrana variaba a cada tramo: desde el niño confuso que sigue a un equipo perdedor al adolescente que vive  la etapa de cambio, hasta el joven adulto con voz clara y miras de victoria. Y así, en una conversación fenomenal donde siempre predominó el tono irónico y la comicidad distante del autor, se comentó su fingida rivalidad antimadridista frente a unos mecanismos musculares anquilosados pero todavía efectivos cuando el adversario era el Espanyol, pese a su preferencia por un cuñado perico que uno merengue, así como sus memorables encuentros con Cruyff, un genio carismático que giró el ánimo de toda una afición y plantó la semilla de una ideología a base de pulsiones magistrales. Una manera de entender el fútbol, sus mecanismos y su entorno que Guardiola, como alumno aventajado, perfeccionó y racionalizó hasta dar con todos los acabados, con piezas como un tal Lionel Messi, elemento clave para plasmar de facto el cruyffismo, por mucho que el propio Messi hasta hace poco apenas tuviera idea de quién era Cruyff.

Sergi Pàmies y Aitor Lagunas / Foto: Miquel Taverna – CCCB

El salón del Primera Persona dejó de oler a césped y adquirió un aire de crónica perspicaz cuando ocuparon sus butacas dos mujeres con discurso afilado. La protagonista era Renata Adler, una de las mayores ensayistas estadounidenses de los últimos cincuenta años, quien, después de disculparse por no hablar castellano (pese a dominar a la perfección muchos otros idiomas), respondió con serenidad a las numerosas inquietudes de la periodista cultural Begoña Gómez en torno a su trayectoria. Sabedora de que ha generado un nuevo culto de ensayistas femeninas a su alrededor, Adler declaró que siempre quiso hacer algo que tuviera sentimiento antes que construir un mensaje que fuera coherente. En todo caso, la escritora advirtió que la recepción a su obra no varía demasiado entre las diferentes generaciones. Las protagonistas de sus dos únicas novelas (la primera traducida al castellano, Lancha rápida, publicada en 2015 por Sexto Piso) son periodistas femeninas, personajes que han generado dos tipos de reacciones: la adoración o el odio, por el hecho de no ser en esencia personajes fuertes, que representen el centro de sus vidas. En la deriva de una conversación solapada, Adler, que en su momento llegó a formar parte del Comité Watergate, reconoció sentirse fascinada por la minoría de seres humanos que no son neuróticos incansables hoy en día, y admitió no entender la campaña de candidatos en los EEUU actuales, ni un mundo que está constantemente enfadado y estresado. La ensayista también hizo gala de algunas ideas muy a la contra, como dejar claro que para ella el nuevo periodismo hizo las cosas mucho peores: “El día siguiente del 9/11 los reporteros de investigación estaban debatiendo en televisión, en vez de trabajar para conseguir más información”. Redactora de The New Yorker desde que tenía 29 años, Adler repasó también su faceta como crítica de cine comentando que todavía no entiende la fascinación por películas como 2001, una odisea del espacio, y concluyó, con un planteamiento acerca de lo que pasaría si desapareciera Google, afirmando que le gusta tener memoria y usarla, justo antes de olvidar cuál era el punto de la conversación.

James Rhodes / Foto: Miquel Taverna – CCCB

El gran momento de la tarde culminó y amaneció como todos esperábamos: con las teclas del gran piano agazapado en el teatro del CCCB bailando bajo los ágiles dedos de James Rhodes. El pianista londinense quiso tocar una breve pieza que compuso de adolescente antes de recibir la primera de muchas ovaciones. Cuando Javier Blánquez  le acompañó sobre el escenario, lo primero que quiso el periodista cultural fue hacerle mostrar al público su tatuaje de Rajmáninov y que luciera su sudadera de Bach, la persona más importante de su vida (junto con su mujer y su familia). Instrumental, la exitosísima biografía de Rhodes publicada por Blackie Books, narra cómo el trascendente compositor alemán salvó su vida, y destila que sin el arte y la música clásica, el joven pianista tal vez ya no estaría entre nosotros. Sus experiencias vitales suman abismos tan oscuros como los episodios prolongados de abuso sexual en su niñez, más períodos de drogadicción y largas estancias en instituciones mentales. Para Rhodes fue muy importante escribir sobre todas las cosas que le sucedieron, de la misma manera que los lectores de sus memorias aplauden ahora la importancia de su voz en el tema del abuso infantil. Después de tocar la pieza de Bach que le salvó la vida, Rhodes trató de describir la figura del pianista profesional, alguien muy controlador y solitario, aunque tuvo más reparos en comentar sus manías y neurosis, como lavarse mil veces las manos y temer histéricamente a los gérmenes de un pomo de puerta. De ahí pasó a ensalzar las extravagancias de su gran héroe a las teclas, Glenn Gould, declaró su preferencia por los pianos Steinway (pese que en el CCCB tocara un Yamaha), y se reveló contra la enorme cantidad de normas que rodean los recitales de música clásica. Tras tocar Dedication una emocionante pieza que Schuman escribió en pleno fervor amoroso, el entusiasmo de Rhodes se desbordó: su discurso se aceleró y creció en efusividad al tiempo que adulaba el café de Barcelona y celebraba que conocería a Laurent Garnier en su próximo recital en el festival Sónar. Antes de recoger los aplausos más atronadores del día, el fogoso músico se quitó por última vez las gafas para tocar unas últimas notas al piano en torno al mito de Orfeo y Eurídice.

Pau Riba y Jaume Sisa / Foto: Miquel Taverna -CCCB

Lo de Pau Riba y Jaume Sisa para destapar la sesión nocturna del Primera Persona fue de traca. Un encuentro apoteósico entre dos músicos catalanes que nacen de la contracultura de los sesenta para atravesar odiseas de tiempo, espacio, absurdo y psicodelia. Quique Ramos medió como pudo la imprevisible y desternillante charla entre estos dos excéntricos de la canción, que fue grabada en un casete que, después de resistirse a poner su viejo mecanismo en marcha, registró todos los giros de un encuentro memorable. Algo fácil para empezar: cómo se conocieron. Pues no. Riba, copazo de gin tonic en mano, no recuerda el momento, solo flashes del aspecto de Sisa, con unas melenas apoteósicas, una armónica y unas gafas de culo de vaso que le hicieron entender por qué el tipo era surrealista: lo veía todo muy desde el fondo de aquellos gruesos cristales. Sisa, algo más formal, recuerda un festival de folk en la Verneda, allá por 1968. Entonces los grupos de folk hacían giras por centros parroquiales, destaca entre mofas. De ahí, Ramos intentó llegar a dilucidar sus primeras colaboraciones musicales, de lo que sacamos en claro que Riba tomó su primer ácido entre los dos volúmenes de su álbum doble Dioptria, además de escuchar  las derivas progresivas de Música Dispersa. Con su tono histriónico y teatral, Riba respondió a las puyas de Sisa sobre el éxito y el fracaso vislumbrando un éxito enorme tras su muerte, con un entierro multitudinario y todo. Las risas y los aplausos de la audiencia crecían con cada réplica, y llegaron a su apogeo cuando los dos artistas pusieron la puntilla sobre la acostumbrada diferenciación entre ambos: Sisa galáctico, Riba cósmico. Riba afirmó pícaro que  la galaxia no es más que un barrio del cosmos, y Sisa por una vez coincidió con él. Sisa es de Poble Sec y Riba de los barrios altos. Normal que el de arriba lo vea todo, mientras el otro sea más popular, más de barrio. Cantó una canción vieja y con guitarra uno, otra nueva y a capela el otro, se chincharon sobre su (in)capacidad de trabajo y sus ganancias como músicos, pero quedó claro lo que ya todos sabíamos y a ellos les encanta declamar: Riba siempre ha visto el cosmos en toda su enormidad, hasta perderse en su negrura absoluta, mientras que Sisa, miope, necesita apreciar la realidad de cerca.

El Guincho con Miqui Otero / Foto: Miquel Taverna – CCCB

El Guincho plantó sobre el escenario su germinal timbal y la tabla de conglomerado con los que empezó a crear música como punto de partida de un recorrido bien coreografiado por su trayectoria musical, donde no faltó ni siquiera un cameo desternillante de Miguel Noguera. En compañía de su colega, crítico musical y co-director del festival Miqui Otero, el canario Pablo Díaz Reixa nos enseñó fotos de su primer piso diminuto, donde fraguó unas primeras maquetas que le causaron no pocos insultos, antes de llamar la atención en latitudes alejadas a las nuestras. En poco tiempo, y con la ayuda de aliados como Félix Ruiz, que saludó desde la pantalla, el músico canario logró firmar un contrato de cifras escandalosas para su debut, Alegranza, en parte porque quien firmó el contrato fue el propio Ruiz, que resultó un negociador formidable al no tener ni idea de inglés. Díaz Reixa recordó también el momento cumbre en que le invitaron a tocar en Ghana, después de años buscando casetes de música africana en los rastros de Las Palmas, y cómo finalmente se cansó del tema colorido y buscó un viraje de tonalidades con Pop Negro. En aquel momento le acompañó en escena Alejandro Mazoni, el productor con quien compartió etapa en Berlín, así como después subieron al escenario Borja Rosal y Aleix Clavera, compañeros de banda y parte de otra, Extraperlo. Juntos tocaron una canción que plasmó su nuevo sonido en directo, y recordaron su curiosa colaboración con Brian Hernández, productor católico apostólico que en su momento le hizo una sorprendente propuesta de conversión religiosa a Borja, y agitó sobremanera a Díaz Reixa, laico desde la cuna. Después del ritmo, el punto más alto y el punto más bajo de la carrera de El Guincho se unieron: el mail de Björk, que pudimos ver en pantalla, invitándole a colaborar en el álbum Biophilia, una etapa en la que descubrió que, aparte de ser una artista de otra galaxia, la islandesa podría ser la mejor cocinera mundo; y la muerte de su madre, que llevó su vida a un nuevo punto de partida: justo a eso, a nuevo inicio, suena HiperAsia, el nuevo disco de El Guincho.

Stephen Merritt / Foto: Miquel Taverna -CCCB

Lo de Stephen Merritt fue conciso y directo al corazón. El músico americano saludó apocado antes de dedicarse sin contemplaciones a recitar algunos de sus poemas, los ingeniosos scrabbles de palabras que encontramos en su libro 101 Two-Letter Words, cuyas páginas pasaban por la pantalla del auditorio cada vez que el artista musitaba impaciente: “next”.

Después de eso, más relajado y confiado, pero sin ganas de entretenerse, el líder de la gloriosa banda The Magnetic Fields hizo sonar por fin el ukelele que llevaba desde un inicio aferrado y, entre toses y algunos comentarios ingeniosos sobre el góspel, procedió a tocar un puñado de canciones que todos amamos. Con su voz grave desfilando sobre los acordes leves de unas cuerdas diminutas, sonaron himnos inmarcesibles como Andrew in dragThe book of Love y Evil twin, entre otros. Aquello era mínimo, pero erizaba la piel del más distraído. Solo quedaba aplaudir hasta verle desaparecer del escenario, y recogerse en la barra de bar o la almohada propia o ajena que mejor se correspondiera con nuestros sueños.

SÁBADO

La segunda jornada del Primera Persona 2016 tuvo un arranque espléndido con la cápsula temática titulada “Narcos”, en torno al tráfico ilegal de drogas tóxicas en grandes cantidades, analizando el fenómeno desde la perspectiva del periodismo y la novela. Alberto ArceNacho Carretero y Juan Pablo Villalobos estuvieron impecables en sus presentaciones, y demostraron que, además de ser grandes conocedores del fenómeno del narcotráfico internacional (y en consecuencia periodistas muy, muy valientes), eran también divulgadores más que capaces con un micrófono en la mano. Me llamó poderosamente la atención el mapa de territorios y relaciones que trazó de principio Arce, donde destacaba la importancia en el paso de la droga de la carretera que sale de San Pedro Sula, la ciudad más grande de Honduras. El autor de “Novato en nota roja”, la crónica de los dos años que pasó como corresponsal de la agencia Associated Press en Tegucigalpa, dejó claro que Honduras ni genera ni consume, solo es una zona de paso. A partir de ahí, subrayó los vínculos que se generan entre el presidente del país del que sale la droga y el presidente del país que recibe la droga, y que, para que toda esa circulación enorme de droga se haga efectiva, la policía da su servicio. Un servicio que ha originado del orden del orden de 70.000 muertos. Toda la cúpula policial hondureña participa, mata y roba como si fuera un narco más. En ese punto, Arce tuvo un acceso un punto moralizador y panfletero, aunque del todo comprensible. Apuntó con su discurso al público y preguntó: “¿Los narcos son los que venden droga, o los que se la meten?”, concretando hasta el ejemplo extremo: “si esta noche después del Primera Persona nos hacemos unos tiritos, estaremos matando a doce hondureños”. Una canción cuyo estribillo rezaba “farlopa pa la tropa”  sobre un vídeo donde podía verse el juicio a un narco gallego que negaba con vehemencia ante la corte tener nada que ver con los 22.000 kg de hachís sobre los que le interrogaban dio la bienvenida al escenario a Nacho Carretero, autor de Fariña, un libro que acerca el foco de la droga a nuestra tierra. El propósito de su introducción era explicar la diferencia entre una señora que pastura vacas y 3.000 kg de coca que se encontraron hace poco en Pontevedra. Fascinante, ¿eh? Y así empezó a relatar que estas señoras son el germen del problema en Galicia. Ya en la posguerra, las mujeres del campo pasaban de todo en sus faldas por el río Miño.

NARCOS (Alberto Arce, Nacho Carretero y Juan Pablo Villalobos) / Foto: Miquel Taverna – CCCB

De ahí se llegó a la idea del contrabando de tabaco, más sustancioso, que en su momento fue liderado por Manuel Díaz, ‘El Ligero’, íntimo amigo de Fraga. Otro contrabandista primigenio fue presidente del Celta, un tipo que sobrevolaba Balaídos con su helicóptero cargado de tabaco de contrabando. Carretero expuso con una agilidad y un punto irónico de lo más distraído. Fácilmente, del tráfico de tabaco a gran escala se pasó al narcotráfico, y esa escalada de comercio ilegal opulento dio lugar a pasajes como el contrabando en marisco, que, anotó Carretero, explicaría la euforia que sienten algunos después de zamparse un crustáceo. De ahí el oportunismo del nombre de la Operación Nécora, la actuación policial que generó un proceso judicial con Garzón como cabeza visible. Garzón no acabó con el narcotráfico, pero sí con la impunidad de los grandes mariscales del narcotráfico, traficantes acaudalados que poseían pazos y clubes de fútbol y yates y helicópteros. Eso dio pie a chavales de perfil más bajo, los lancheros. Con todo, Galicia sigue siendo una puerta de entrada de la coca que se exporta de Colombia, vía las FARC, por ejemplo, y se sostiene a través de factótums como  “El Pastelero, un tipo al que hace poco cazaron con 3.000 kg de coca en Pontevedra. Ahí lo teníamos, de la señora de las vacas a la montaña de coca. Los merecidos aplausos y una ranchera dieron paso al momento de Juan Pablo Villalobos, brillante escritor mejicano, autor de novelas tan poderosas como “Fiesta en la madriguera”. Precisamente de ese volumen surge el fragmento que leyó su niño, Mateo: un texto que se inicia con un  recuento de pronósticos médicos en función de dos parámetros: la parte del cuerpo y el número de balazos. Villalobos logró escalofriarnos con un postulado que tituló “Imagina”, que acompañó con insertos de una conversación de whatsapp en la pantalla, en torno a los desaparecidos de su país, un relato de cómo México se muere por dentro del cuerpo a los mejicanos. Una vez los tres cronistas concluyeron sus presentaciones, se entregaron a un breve coloquio final, que determinó que, pese a que a menudo pase desapercibido en los medios de comunicación, el narcotráfico es un problema de dimensiones planetarias.

Aries / Foto: Miquel Taverna

Todo el universo siniestro de la droga se desvaneció cuando Isabel Fernández Reviriego, ARIES, apareció sobre el escenario como un rayo de luz. La fabulosa artista de Bilbao afincada en Vigo expresó con la simpatía que ya le conocemos su agradecimiento por estar en un festival tan inspirador, y describió en pocas palabras las consignas de su tercer disco en solitario, “Adieu or Die” (La Castanya), antes de lanzarnos a un recital de sonoridades de fantasía. Flotando sobre un mar de bases conformadas a base de samples de elementos de percusión y ruidos recolectados, la voz de ARIES navegó cada melodía con una fuerza deslumbrante. Su nuevo cancionero, que sumerge armonías sesenteras con capas electrónicas, representa uncuerpo musical fabuloso, donde todos los elementos se juntan con una finura extrema. Con un convencimiento contagioso, Isa interpretó maravillas como “En el océano”, “Lágrimas” y “La fuerza del sonido”, junto con algunas piezas de su anterior disco, “Mermelada dorada”, mientras la pantalla desbordaba imágenes sensacionales, que estallaban en colores y conjugaban elementos como animales, bailarines de aurrezku y pimientos. Con el pop de la época que va de 1964 a 1972 como referente, y la estampa enmarcada de Brian Wilson sobrevolando toda la actuación, ARIES embelesó a un auditorio que sonreía y se contoneaba al descubrirla. Ella también lo disfrutó, aunque en algún momento entre canciones confesó que se le hacía raro actuar allí, porque, bromeó, siempre toca en tugurios.

Dr. John Cooper Clarke / Foto: Miquel Taverna – CCCB

La primera sesión del sábado tuvo un cierre excepcional, y congregó a un público entusiasta. No era para menos, porque sobre las tablas del teatro del CCCB comparecía el sin par Dr. John Cooper Clarke, poeta y performancer punk que vivió sus días de gloria en los años 70 y 80, cuando publicó varios álbumes y acompañó con su voz a la banda The Invisible Girls. En todo caso, el paso del tiempo no es algo que afecte a un genio de este calibre. Con aire de dandy lumpen, raquítico, nervioso y extremadamente lívido, Cooper Clarke inició su verborrea veloz y sincopada declarándose como un existencialista. Enseguida se puso a recitar con atropello el primero de sus poemas, “Hire car”, con los versos de la pieza proyectados a su espalda, a toda pantalla. Las primeras risas del respetable animaron al prestidigitador de palabras quien, a cada tramo, estrangulaba con más fuerza el micrófono, y se acercaba y le escupía para declamar, por ejemplo, que se había casado con un monstruo del espacio exterior. En algún momento entre sorbos de agua declaró irónico y solemne que jamás escuchó ninguno de los discos que grabó, porque, además de que el contrato no obligaba a ello, ¿qué tipo de megalomaníaco haría algo así? Con un fondo de fotos de fachadas de las barriadas obreras del Manchester donde creció, el poeta recordó la jodida coyuntura política de la Inglaterra de los 80, cuando siempre estaba sin blanca, antes de atacar las rimas de esa oda a sus aceras del pasado, “Beasley Street”. Las carcajadas se desbordaron cuando argumentó la razón para ciertas fluctuaciones de peso: esa gente que engorda simplemente porque deja de usar narcóticos; “Get back on drugs you fat fuck!”, exclamaba. El tipo es tan jodidamente brillante que supo hacer aflorar aplausos incluso de sus gazapos, como aquel momento en que tuvo un leve acceso de amnesia, no encontraba el poema de turno entre sus notas, y acabó excusándose diciendo que no podía entender su propia letra, porque probablemente es adoptado. Mediado el show, todos los presentes participaban de un juego paralelo a la verborrea lírica del artista: tratar de buscar la correspondencia entre lo que pronunciaba al poeta en plena locución histérica con el texto proyectado a sus espaldas. No era fácil, porque el tipo no solo recitaba de memoria, ¡estaba reinventando sus versos constantemente y apenas coincidían algunas palabras entre lo pronunciado y lo escrito! Los traductores simultáneos enmudecían por momentos, era imposible seguir a aquel juggernaut de la rima punk. Con constantes referencias teatrales a ese tomo compilatorio de sus escritos, “Anthologia”, Cooper Clarke atravesó con su espada de frases hirvientes la agresividad distante de un totémico “Twat”, recitó un día de San Valentín en reverso, cantó una oda cínica al “Health fanatic (…he makes you sick)” y se puso a perorar sobre el matrimonio, “I’ve fallen in love with my wife”. Cuando se dio cuenta de que se acercaba el final de la actuación, declaró irónico que le molesta que le recuerden el paso del tiempo: “No os voy a decir mi edad, pero os aseguro que ya no compro plátanos verdes”. Encendieron las luces, parecía que se iba pero regresaba. Y así siguió aglomerando sus versos y chanzas, hasta que su vendaval de palabras le llevó a “Evidently chickentown”, un clímax en verso con más ‘fucks’ juntos de los que has visto nunca en tu vida. Aplausos, joder.

Joan Marsé y Carlos Zanón / Foto Miquel Taverna – CCCB

En el primer pase de la cuarta sesión consistía en una entrevista a Juan Marsé, novelista icono de la Escuela de Barcelona, a cargo ni más ni menos que del escritor Carlos Zanón, tal vez su heredero más natural en las letras actuales. Zanón pareció un poco abrumado por tener que salir a introducir la charla hablando antes de él que es su mito, el autor de obras tan poderosas como “Últimas tardes con Teresa” o “Si te dicen que caí”. El joven autor recordó que fue su padre, tal vez no un consumado lector, quien le recomendó a Marsé, con una frase tajante: “Éste es bueno”. Además de rememorar la mitología creciente alrededor de Marsé, de quien se explicaba que se metía en todas las peleas posibles, Zanón se detuvo a señalar la coincidencia de que tanto su padre como el del maestro Marsé fueron taxistas. En una ocasión, el padre de Zanón llevó a Vargas Llosa en su taxi, y ambos comentaron el hecho de que el hijo del taxista también fuera escritor. Con su florido acento peruano, el escritor pronunció algo del estilo: “Qué bonito llegar a la verdad a través de la mentira”; las cosas que dice Vargas Llosa. El padre de Zanón le replicó: “Mi hijo también escribe, pero le digo que se deje de tonterías y que estudie”. Con los aplausos, Juan Marsé entró por fin en escena. Al parecer, Marsé le había advertido previamente a Zanón que no le preguntara nada sobre literatura o el trabajo, así que, una vez sentados los dos escritores, el más joven decidió comenzar consultando por la disyuntiva entre fondo o forma. La réplica de Marsé fue exquisita, quejándose en concreto del fondo de su butaca, que le estaba hundiendo y succionando de mala manera. Entre aplausos, le cambiaron el asiento. Entonces Marsé recordó que lo que de verdad siempre quiso ser fue pianista pero no pudo entrar en el conservatorio porque no tenía el bachillerato. También confesó que todo lo que se escribe en ficción parte de recuerdos reales, y que empezó a leer consumiendo literatura de quiosco, novelas de aventuras como “El Coyote”. Cuando llegó a sus retinas la “literatura de calidad”, novelas de R.L. Stevenson, o las policíacas de Hammet y Chandler, el Marsé chico todavía no tenía noción de que aquello era serio. Entonces Zanón le anunció que le iban a pasar la escena de una película, y Marsé replicó fastidiado (y divertido): “Espero que no sea ninguna adaptación de mis novelas”. Pero no, se trataba de una película de los años 40, “El signo del zorro”. A partir de un breve diálogo del film, el escritor rememoró la sensación de ser el culo del mundo que se vivía en aquella época en este país, y cuán reveladora fue aquella secuencia de la película, donde de repente hablaban de un profesor de esgrima de Barcelona. Aquello fue una revolución. De alguna manera, la deriva de la conversación llevó a una anécdota jugosa de la juventud de Marsé: cuando de joven visitó a Salvador Espriu en su casa de los jardines de Gràcia y el escritor le leyó de principio a fin “La pell de brau” antes de ser publicado. Espriu llevaba los poemas todavía escritos en unos tarjetones diminutos, con letra muy menuda. Del siguiente extracto de cine, un pasaje de “Distrito quinto”, Marsé se abstrajo por entero del fondo que buscaba Zanón, para quedarse, esta vez sí, del todo con la forma. Su réplica en forma de hachazo definitivo consistió en dejar claro que el cine español tiene un problema congénito no resuelto: que el sonido es siempre malísimo.

Jordi Puntí / Foto Miquel Taverna – CCCB

Después de un encuentro literario tan cómplice y estimulante, y acercándose la medianoche, destempló un poco el ambiente la conferencia“Hoteles, aviones y juzgados. O un intento de novelar la vida y milagros de Xavier Cugat”, donde el escritor Jordi Puntí relató su fascinación por el mítico músico de Girona Xavier CugatEl suyo fue un repaso biográfico muy estricto y protocolario, que apelaba a un libro que todavía está por publicarse.

The June Brides / Foto: Miquel Taverna – CCCB

El fin de fiesta del Primera Persona 2016 lo sirvieron unos maestros de la animación, The June Brides, una banda genuina de pop británico que alcanzó su cénit creativo hace tres décadas. Con todo, sus viejas canciones revitalizaron al personal hasta niveles de euforia espectaculares. Salvado algún problema inicial con el sonido, el grupo liderado por Phil Wilson y Simon Beesley movió a la audiencia hasta el punto de apartar las butacas de las primeras filas, con tal de dar espacio a unos bailes de lo más entregados y posers. “Every conversation” elevaba a los numerosos fans en saltos cómplices y las manos se alzaban señalando las palabras clave del estribillo. La conjugación de trompetas y violines confería al concierto un aire festivo y un candor inigualable, y la escena desprendía tanta alegría que podía llegar a producir alergia. Los veteranos músicos se mostraron amables y agradecidos, emocionaron a propios extraños con su canción lenta sobre Londres, “This time”, y prometieron sueños mejores al ritmo de hitos como “Ten miles”, escrita por Wilson en los albores Creation Records, más alguna joya con aire de northern soul contagioso. Aquello fue un festival: el trompeta iba un poco beodo y proporcionaba fraseos de viento desacomplejados y formidables, la banda se entregaba a cada compás con una efusividad formidable, y el público vibraba hasta el punto de ebullición. A aquellas horas ya nadie se acordaba de la charla sobre narcos de la tarde, ni de cuántos hondureños la palmaban con cada tirito en el lavabo.

Las primeras filas de público bailando con The June Brides / Foto: Miquel Taverna – CCCB

Texto Albert Fernández

Portada: John Cooper Clarke / Foto: Miquel Taverna – CCCB

 

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