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ASÍ TE CONTAMOS EL SOS 4.8

VIERNES

Permítanme el símil futbolístico -inexacto, además, porque solo entre los dos escenarios principales ya hubo dieciséis conciertos-, pero la primera jornada de la séptima edición del SOS 4.8 puede resumirse con el tópico balompédico: The Strypes y diez más. El jovencísimo cuarteto irlandés ofreció un directo extraordinario, tan arrollador y electrizante que amenazó con fundir los plomos de toda la ciudad de Murcia. Lo suyo es el conocido rhythm’n’blues blanqueado y acelerado, deudor del pub-rock londinense de la segunda mitad de los setenta y muy especialmente de los primeros Dr. Feelgood, tanto los del Wilko Johnson como los de Gypie Mayo. Pero cuando uno es capaz de agarrar el espíritu del rock and roll y vomitarlo con la actitud adecuada -descarada, orgullosa, insolente-, pocas músicas resultan tan estimulantes.
Ross Farrelly, Evan Walsh, Pete O’Hanlon y el magnífico guitarrista Josh McClorey se zamparon el escenario, y al público, desde la salida con un ‘What a shame’ que no amenazó sino que directamente desató la tormenta. Interpretaron casi al completo su único álbum ‘Snapshot’, su nuevo EP, ‘Four track mind’, y además se marcaron tremendas versiones de Leiber/Stoller (‘I’m a hog for you, baby’) y Slim Harpo (‘Got love if you want it’, con el bajista O’Hanlon reconvertido en poseso armonicista). La recta final resultó demoledora, con ‘Hometown girls’, ‘Blue collar Jane’ y con McClorey arrojando su guitarra contra el suelo con tanta rabia como lo haría un homeless contra la luna del banco que le acaba de desahuciar. Qué placer toparse con un grupo con semejante garra. Dinamita.

El escenario principal del SOS 4.8

A continuación, The Kooks ratificó lo conocido. A saber, que se trata de un buen grupo de segunda fila que funciona bien en festivales pero que no merece caracteres grandes en un cartel. Su mayor problema, además de su inexistente evolución, fue tocar después de The Strypes: comparación inevitable, pérdida segura. La banda de Brighton encabezada por Luke Pritchard presentó un directo solvente, sus canciones no carecen de buenas melodías ni de cierta pegada, pero al lado de los imberbes irlandeses casi parecían un grupo de pop suave. Gustaron en general, no obstante.
A las 18.30 los murcianos Karenin fueron los encargados de romper el silencio y lo hicieron con buen tono. Su propuesta entronca con el folk-rock confesional y literario de Bill Callahan y su directo mejora con el mayor riesgo instrumental de las composiciones que debieran conformar su tercer largo. Belako fue otro de los destacados de la jornada, con un directo convincente que aporta dimensión a su noise rock oscuro y punzante. La Habitación Roja abrió el escenario principal, aún con luz diurna y con un número de espectadores interesante aunque no masivo. Los valencianos nunca fallan, su solvencia está más que demostrada, como probaron una vez más. Otra cosa es que alcancen grandes cotas, pese a notables canciones como ‘Ayer’ o la más reciente ‘De cine’.
A LHR le acabó restando algo de público Varry Brava, y es que los murcianos tienen uno de los directos más resultones del panorama. Su propuesta colorista, desenfadada y hasta frívola conecta con la nueva ola por el lado más enamorado de la moda juvenil, su estética haría envidiar a Tino Casal y canciones como ‘Miedo’, ‘No gires’ o la novísima ‘Oh, oui oui’ son tan irresistiblemente bailables que acaban convirtiendo en muelle el cemento. Izal en cambio lo que convierte en muelle es el corazón de los más jóvenes, con su ukelele pop que en realidad es canción de autor con base ritmica. Los menores coreaban, mientras los mayores aprovechaban para el avituallamiento.

The Strypes

Tampoco es que los ingleses Dry The River sean la alegría de la huerta, pero sí una muy buena formación de folk-rock un tanto épico y coronado por unas espléndidas armonías vocales. ‘New ceremony’ o ‘No rest’ son dos buenos ejemplos, aunque valdría citar casi la totalidad del repertorio de la banda encabezada por Peter Liddle. Smile cumplió con su folk-pop bien ejecutado y con el buen rollo de su líder John  Franks, mientra que los argentinos Él Mató a un Policía Motorizado ofrecieron un interesante directo poco comunicativo con el público. Pese a sus melodías peculiares, no puedo evitar que me recuerden considerablemente a los primeros Planetas.
Lo que ocurre con Rinôçérôse es que también me recuerdan a alguien, pero no es sino a ellos mismos hace quince años. Si esto es bueno o malo dependerá de la valoración que cada cual otorgue al concepto evolución. Quizá sí haya una ligera diferencia: si antes se definían como house con guitarras, ahora podían hacerlo como house con guitarras de adorno. O con guitarras tan sintetizadas que no parecen guitarras. Tenía mejores cosas que hacer y no les di la suficiente chance tal vez.

Prodigy

O eso pensaba, porque The Prodigy volvió a parecerme un grupo vulgar hasta el extremo. Sus bombos tienen plomo y es verdad que temas como ‘Firestarter’, ‘Breathe’, ‘Voodoo people’ o ‘Smack my bitch up’ son altamente eficaces en directo, pero no es ya su actitud supermacarra, que bueno, bien, sino esa citada vulgaridad extrema que se extiende incluso a sus luces, que no son pobres, sino simplemente cutres. Como todo en su propuesta.
Me largué un rato a ver a Za! y la cabeza casi me estalla entre tanta progresión. Horario inapropiado el de madrugada para un grupo tan experimental, supongo. Mención merece el nuevo escenario Events Food, pequeño y escorado pero que mostró proyectos tan interesantes e inusuales como los de Fuckin’ Bollocks y Siesta! El día fuerte será el de mañana -Pet Shop Boys, Phoenix, estreno internacional del disco de Damon Albarn-, pero que me quiten lo strypeado.

 

SÁBADO

Finalizó la séptima edición del Estrella de Levante SOS 4.8 y lo hizo en loor de multitudes, aumentando su aforo hasta las casi cuarenta mil almas en la segunda jornada de un festival que tiene en su (razonable) comodidad uno de sus puntos fuertes. En el plano musical, también el de cierre resultó su día más feliz, con tres ángulos definitivos: la presentación internacional del recién publicado primer disco de Damon Albarn, el multitudinario concierto de Phoenix y el espectáculo audiovisual de Pet Shop Boys. León Benavente ofreció la más destacada actuación nacional. El apartado de arte y voces -dedicado al movimiento fan- tuvo en la conferencia de Greil Marcus su momento de mayor interés.

El público, a tope

Tras la breve actuación de Barbott, grupo ganador del concurso TalentoSOS, Neuman presentó un directo solvente y con buen sonido. La banda murciana liderada por Paco Román ofreció su habitual juego de contrastes sonoros, pasando de la calma a una tormenta que en esta ocasión fue predominante. También Triángulo de Amor Bizarro maneja estos dos presupuestos, si bien de un modo más contundente y airado. Suya fue la primera actuación en el escenario principal, algo desangelada y todavía con menos espectadores de los esperados, seguramente por los rigores de una primera jornada de muy extensa duración. A gran parte del público le costó salir de boxes, pero el de los gallegos no dejó de ser un buen directo.
Pony Bravo también mantuvo un buen nivel en su concierto. Les costó enganchar al principio, pero gracias a la envolvente ‘Cheney’ agarraron la manija. Es una magnífica canción de corte hipnótico, bajo repetitivo y texto demoledor: “cowboy de mierda que todo lo puede” es lo más suave que llaman al exvicepresidente de EE UU. A partir de ahí todo marchó ya sobre ruedas en un concierto que tuvo su momento álgido con ‘El político neoliberal’ y finalizó por derroteros bailables con ‘La rave de Dios’ e ‘Ibitza’. Mientras, en la zona de arte, Greil Marcus narraba sus experiencias en el fatídico concierto de los Rolling Stones en Altamont 1969, aquél que acabó con la vida de Meredith Hunter y del movimiento hippie. Resultaba extraño escuchar, mientras el público disfrutaba fuera, cómo Jan Wenner, editor de la revista Rolling Stone, le explicó que tenía que cubrir lo que ocurrió con todos los detalles de una experiencia que supuso un cambio definitivo en su manera de entender el rock y la vida.

Damond Albarn

La vuelta al presente llegó marcada por el estreno internacional de ‘Everyday robots’, el recién editado primer álbum a título propio de Damon Albarn. Estaba por ver cómo acogería el público de un festival una propuesta de tono cálido y corte confesional. Pulgar hacia arriba, si bien es cierto que algunos fueron desfilando según avanzaba el concierto hacia el escenario donde León Benavente confirmaba su condición de gran grupo nacional. Albarn rompió las hostilidades con ‘Lonely press play’ y desde ese mismo momento quedó clara la enorme calidad de su trabajo. Elegante hasta el extremo -salvo en algunos arrebatos en los que le daba por lanzar agua al público entre canciones-, con la voz en un estado óptimo y desgranando con intensidad sus letanías de tempo medio entre el pop y el trip-hop. La guitarra de Seye, los teclados de Mike Smith, la batería de caja muy comprimida de Pauli the PSM pero sobre todo el bajo obeso de Jeff Wootton, generando una suerte de círculo del que resultaba inútil intentar escapar, flanquearon a un gran Albarn, debidamente trajeado a la inglesa.
El exlíder de Blur alternó piezas de su disco de estreno -’Hollow ponds’, ‘Photographs (You are taking now)’, ‘Heavy seas of love’, ésta en una recta final en la que estuvo acompañado por un coro negro de cinco piezas- con otras de Gorillaz -’Tomorrow comes today’, ‘Kids with guns’-, de The Good, The Bad & The Queen -’Kingdom of doom’- y hasta del repertorio menos evidente de los propios Blur -’All your life’, ‘Out of time’ y la despedida con ‘Tender’-. La grandeza de Damon Albarn se hace incuestionable desde la salida y además parece atravesar un momento guapo. Ya habría tiempo para bailar.

León Benavente

Por ejemplo, con los momentos finales, que fue los que tuve oportunidad de ver, de León Benavente: ‘Ánimo valiente’ y ese ‘Ser brigada’ ya convertido en himno del rock español menos condescendiente. Están en la cresta: sus canciones son muy buenas y en directo pocos pueden toserles. También resultó convincente el excelentemente decorado concierto de Phoenix. Su pop envolvente ha creado estilo, o al menos ellos han sabido llevarlo hasta un público masivo, y hay poco peros que se puedan poner a un directo bien argumentado, con un Thomas Mars dominador de la escena y un repertorio abierto y curiosamente también cerrado con ‘Entertainment’, y que osciló entre sus dos últimos álbumes. ‘Lisztomania’, ‘Trying to be cool’, su último single ‘Clorophorm’ y ‘Rome’ fueron algunos de los mejores momentos de un concierto de tono alto también por sonido y por la respuesta del público.
Pasó una larga media hora, perfecta para comprobar la buena conexión de Miss Caffeina con el público más joven y para tomar un tentempié, hasta que las pantallas anunciaron el show de Pet Shop Boys. Su espectáculo, más que concierto, es tan dramático y aparatoso como cabía esperar, pese a que de inicio los decibelios bajaron considerablemente con respecto al directo previo de Phoenix. Una vez ajustado, el resto consiste en dejarse llevar, lo que inevitablemente acaba queriendo decir bailando. A ver qué si no con una relación en la que suenan ‘Integral’, ‘Suburbia’, ‘West End girl’, ‘It’s a sin’, ‘Domino dancing’ y ‘Go West’.

La impertérrita actitud de Chris Lowe y la adorablemente edulcorada voz de Neil Tennant y sus continuos cambios de vestuario, a cual más estrafalario -perdón, artístico-, hacen el resto en un show con abundancia de láseres, que convirtió el recinto en una gigante pista de baile.

Todavía quedó tiempo para escuchar a Gold Panda manipulando sus propios registros y para comprobar que Fangoria siempre funciona. Abrieron con ‘No sé qué me das’ -había que empezar fuerte tras Pet Shop Boys-, retomaron canciones de Dinarama y cuando cedieron la escena durante unos minutos a Nancys Rubias pudimos comprobar que Mario Vaquerizo es capaz de lograr ese improbable que es desafinar incluso en playback. Vaya fenómeno.

 

Textos: Jam Albarracín

Fotos: Diego Garnés

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