Placebo

BIME: MANUAL DE USO

Se habla mucho del auge festivalero que vive este país, al mismo tiempo que se critica que buena parte de esas citas reproduzcan casi siempre el mismo cartel. Siendo esto cierto, afortunadamente hay otros certámenes que intentan desmarcarse de esa clonación y optan, además, por programar actividades al margen de lo que ocurre encima de los escenarios. Son jornadas profesionales para reflexionar sobre distintos aspectos de la música, o mesas de debate en las que la actualidad política, social y económica es la protagonista. El recién celebrado Monkey Week o el Rototom Sunsplash son dos ejemplos de ello. También lo es el BIME (Bizkaia International Music Experience), convertido desde su nacimiento, el año pasado, en un festival bicéfalo en el que conviven el BIME PRO (29-31 de octubre, con Reino Unido como país invitado) con el BIME LIVE (31 de octubre y 1 de noviembre), nombres lo suficientemente explícitos para deducir sus contenidos.

 

 

Dejando a un lado la vertiente profesional del evento (que acoge, entre sus numerosas propuestas, el primer congreso de festivales españoles, y cuya programación se puede consultar en la web del certamen), la meramente musical destaca por el peso de algunos nombres de su cartel. Placebo y The National aparecen como cabezas del mismo, pero nadie se rasgaría las vestiduras ni el abono si ese lugar lo hubieran ocupado algunos de los artistas que aparecen en segunda línea.

 

 

Lo mejor que se puede decir de Placebo es que no engañan a nadie. Pero esa involuntaria honestidad no es suficiente, fans acérrimos a un lado, para justificar una carrera que quedó varada en una fosa séptica con “Battle for the sun” (2009). El año pasado intentaron sacar la cabeza para oxigenarse con “Loud like love”, un disco que contenía algún arrebato emocional bien encauzado y poco más. Lo quisieron vender como una nueva etapa de madurez (es el primer álbum de Brian Molko padre y cuarentón), pero la edad no tiene nada que ver con el apelmazamiento. Ese mismo 2013, por poner dos ejemplos, Yo la Tengo facturaron uno de sus mejores discos (“Fade”) y My Bloody Valentine volvieron, después de más de veinte años (“m b v”), frescos como una lechuga.

 

 

Seis discos llevan The National luciendo como esos chicos tristes y melancólicos del pop mundial. Durante ese tiempo, su cantante, Matt Berninger, ha asimilado muy bien las enseñanzas de Stuart A. Staples, Kurt Wagner o Jarvis Cocker. Epicidad contenida sin caer en la caricatura. “Trouble will find me” (2013) purificó hasta el minimalismo unas canciones que corrían el riesgo de instalarse, plácidamente, sin más, en los medios tiempos. Suyo debe ser uno de los momentos más emotivos del festival.

 

 

La primera persona del singular acapara un importante protagonismo en el BIME. Thurston Moore, Imelda May, Anna Calvi, Macy Gray y Billy Bragg forman un repóquer imprescindible, pero imposible de hacer pleno porque los horarios no lo permiten. El exSonic Youth (escrito el prefijo con la prudencia debida) tiene disco reciente, “The best day”, una colección compacta de canciones por las que parece sobrevolar el mísmisimo Neil Young, y que marca, afortunadamente, distancias con el mimetismo sónico de su otro proyecto, Chelsea Light Moving.

 

 

La irlandesa Imelda May es una bomba de relojería andante. Admiradora a partes iguales de Gene Vincent y Billie Holiday, ha agitado las clásicas aguas del rockabilly para, sin ningún interés revivalista, rescatarlo de una escena inmovilista y pasearlo por festivales genéricos, programas de televisión y revistas abiertas de orejas. Con ella y su potente banda, el baile y la diversión están asegurados.

 

 

Lo fácil sería afirmar que Anna Calvi es la distancia más corta entre Édith Piaf y PJ Harvey, pero como buen renglón torcido que es, las líneas rectas no son lo suyo. Dos álbumes le han bastado a la londinense para forjar su propia personalidad. Esa en la que el pop, el soul y las melodías cinematográficas se hermanan con los riffs más oscuros y los dejes operísticos.

 

 

Sí, Macy Gray ha vuelto. Después de dos alimenticios discos de versiones y con el recuerdo agridulce de su último trabajo con temas propios, el más que irregular “The Sellout” (2010), la cantante de la voz ronca ha publicado, este mismo mes, un álbum (“The Way”, con producción de Booker T. Jones) rebosante de alma negra, melodías ardientes y estribillos pegajosos. Rhythm & blues azorado, soul elegante, guiños gospel y cierto coqueteo pop para una inmersión sin escafandra en la música de raíz afroamericana con aires clásicos. Momento sudoroso del BIME.

 

 

Hay músicos cuya carrera es imposible resumirla en un párrafo. Billy Bragg es uno de ellos. Podríamos agotar todos los adjetivos que el diccionario pone a nuestra disposición para recomendar, en mayúsculas, su concierto. Y lo mejor es que para ello no haría falta acudir a su inagotable legado, ni a sus colaboraciones con Wilco, ni a su militancia izquierdista y su compromiso obrero, ni a su obsesión con Woody Guthrie. Bastaría con prestar atención a la joya que editó el año pasado, “Tooth & Nail”, para no querer perderse la actuación del “Bardo de Essex”. Todo el mundo debería envejecer como él.

 

 

El resto de sugerencias del inabarcable cartel podríamos englobarlas en tres bloques: los grupos que vivieron tiempos mejores, pero siguen teniendo poder de convocatoria; la letra pequeña que en ocasiones se come a la grande; y las propuestas locales. Dentro de los primeros sería necesario realizar una subdivisión. Por un lado, aquellos que aunque su oferta sea menos sorprendente que una cena de Telepizza, sigue valiendo la pena presenciar su set. Sería el caso del pop elegante de The Divine Comedy, la electrónica festiva de Basement Jaxx o la evolución pausada (habrá que esperar si hacia el post-post-rock o hacia el Adult Oriented Post-rock) de Mogwai. Por el otro, dos bandas que nunca debieron ser tomadas tan en serio como lo fueron: The Kooks (aunque la mona de vista de funky negroide, mona se queda) y Mando Diao (absolutamente perdidos en todos los sentidos).

 

 

La clase media de los festivales suele ser la que más alegría acaba dando. Grupos ocultos en la inmensidad del line up, pero que terminan ganando el premio revelación. En esta edición, los candidatos son: The Barr Brothers (canadienses, practicantes de un folk rock rico en matices y adorablemente envolvente), SOAK (una jovencita multiinstrumentista de 17 años, con tres EP’s a la espalda, en los que mezcla con prematuro talento a Joni Mitchell con Beach House), We Cut Corners (islandeses resultones cuando se decantan por las melodías bucólicas y lánguidas, pero algo pelmazos cuando optan por la grandilocuencia), Holy Ghost! (synthpop retro sin prejuicios), The Orwells (irreverentes, con la frescura perenne de un disco de debut, orgullosos herederos de la militancia punk-rock, a los que esperemos el tiempo no adultere), The Coup (pura dinamita a nivel musical e ideológico dispuesta a hacer estallar al público a ritmo de soul, rock, funk y hip hop) y Chris Garneau (folk de cámara y pop barroco para levitar).

 

 

La última parada de este manual la protagonizan las bandas de la franja norte, eclécticamente representadas por el pop shoegazer de Señores, la psicodelia de nuevo cuño de John Berkhout, el surf desestructurado de Smile, el rock galáctico del cántabro Angel Stanich y su banda o la energía desbocada de Tania de Sousa, protegida de Fermin Muguruza.

 

 

¿Quién dijo que los festivales eran para el verano?

 

 

 

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