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BLONDIE: EL DESEO Y EL FUEGO

Hubiera vendido mi alma -y regalado la de mi vecina folkie- por vivir los días de gloria del CBGB. De aquella irrepetible escena de los Patti Smith Group, Ramones, Television, Mink DeVille, The Voidoids, Talking Heads… que giró en torno al club neoyorquino en la segunda mitad de los setenta, algunos han alcanzado mayor trascendencia, pero ninguno obtuvo tanto éxito, al menos en aquellos primeros años, como Blondie. Visto desde la distancia no parece tan complicado: un gran compositor (Chris Stein, la mente lúcida) y una imponente cantante (Deborah Harry, el cuerpo del deseo) retomando la sencillez del pop femenino de los primeros sesenta, debidamente actualizado y puesto en un nuevo contexto mucho menos inocente. O lo que es igual, buenas canciones y la (insolente) imagen + actitud adecuada.

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Pero además de éxito y magníficas canciones, Blondie acabó por convertirse no solo en uno de los iconos más reconocibles de la new wave, sino también en una de las bandas más influyentes de ese cajón de sastre que fue el no-estilo que cambió el nihilismo punk por hedonismo pop, hasta el punto de liderar un (imitadísimo) apartado propio: el de los grupos con chica, más o menos demoledora, al frente. Todas las compañías de acá y de acullá se lanzaron en busca de su Blondie particular, pero conviene señalar que casi ninguna logró su objetivo. De hecho, Richard Gottherer, descubridor de Blondie y productor de sus dos primeros álbumes, ‘Blondie’ (1976) y ‘Plastic letters’ (1977), produjo posteriormente a bandas femeninas o con chica al frente como The Go-Go’s -las que más cerca estuvieron del reconocimiento comercial-, Pearl Harbour & The Explosions o Holly & The Italians. Pero solo hubo una Debbie Harry, solo hubo unos Blondie.

Sus dos primeros álbumes marcaron la pauta. El primero tiene ese encanto especial del debutante. El sonido es mejorable, los músicos dejan todavía que desear en el aspecto técnico, pero sus surcos atrapan la vida y tienen el descaro del recién llegado. El adorable y poderoso pop imperfecto, vaya. Pese a que el disco no obtuvo una gran repercusión, una de sus canciones, ‘In the flesh’, fue un éxito en Australia. Otros temas como ‘Rip her to shreads’ y, sobre todo, el primer single, ‘X Offender’, otorgan valor a un álbum que en todo caso les sirvió para entrar en todos los listados de esa maldita arrogante nueva música que llamaba la atención del mundo: el punk. Aunque ellos no lo fueran estrictamente. ‘Plastic letters’ no es tan bueno, pero funcionó mejor, hasta el punto de lograr dos Top 10 británicos con ‘Denis’ -una adaptación de un tema de 1963 de Randy & The Rainbows- y ‘(I am always touched by your) Presence, dear’, que curiosamente tampoco es de Stein, sino del entonces bajista Gary Valentine, quien abandonaría a continuación para desarrollar una interesante aunque poco fructífera carrera en solitario.

Pero, por encima de todo, Blondie es ‘Parallel lines’ (1978), uno de esos discos con sello indeleble en la historia del rock. Curiosamente, mientras Gottherer andaba buscando nuevas girl-fronted-bands y produciendo el sensacional ‘Fresh fish special’ de Robert Gordon con Link Wray -el mejor disco de rockabilly desde Elvis, toma ya-, Blondie acepta la recomendación de su compañía, y con Mike Chapman a los mandos, quien había lustrado la carrera de artistas de glam rock como Sweet o Suzi Quatro, registrará su obra maestra. Poco importa que la intensidad guitarrera baje dos puntos cuando hablamos de joyas como ‘Picture this’, ‘One way or another’, ‘Sunday girl’ -magníficamente versionada años después en España por Los Romeos-, los originales de Jack Lee (The Nerves) ‘Will anything happen?’ y ‘Hanging on the telephone’ o el überhit ‘Heart of glass’, en lo que fue toda una osadía para la época, coquetear con la música disco. Hasta la portada es gloriosa en su sencillez.

Tengo ese disco en cinco ediciones: dos en vinilo, una en casete y dos en CD. Claro que supongo que la experiencia personal cuenta. Yo acababa de cumplir 18 años cuando me hice 600 kilómetros en autostop para llegarme hasta el mítico Canet Rock de 1978 y ver a Blondie en su primera visita a España. Fui por ellos, pero también por Ultravox, por Bijou, por Tequila, por La Banda Trapera del Río… y por Nico. Estaba enamorado de Nico, tenía el cabecero de madera de mi cama lleno de fotos suyas recortadas de revistas. Pero en Canet, Nico tocó a solas con su armonio (uh) y cuando apareció Debbie Harry con un minishort de leopardo (oh) mi vida cambió. Hasta tal punto, que al finalizar el concierto, con la insolencia de la edad, me colé en el backstage -los festivales de antes eran mucho más amateur-, me acerqué hasta su camerino y logré que me prestara atención. Me observó entre drogada y lasciva, me acarició el pelo y me miró como diciendo: ‘Anda niño, ve con mamá y vuelve dentro de unos años’. Les parecerá poco, pero que Debbie me despeinara fue para mí una experiencia lujuriosa. Al regresar a casa miré con cierto sentimiento de culpa las fotos de Nico, las arranqué entre lágrimas y las fui sustituyendo por otras de Blondie.

Ni Blondie ni yo volvimos a ser los mismos. Es cierto que ‘Eat to the beat’ fue todavía un buen trabajo, pero pese a aciertos como ‘Dreaming’ o la tantas veces remezclada ‘Atomic’, la banda de Harry / Stein confirmó lo que en realidad ya había apuntado en su soberbia obra anterior, esto es, su definitiva entrada en las autopistas sin retorno del pop de consumo. Aún seguían ofreciendo directos notables, pero la llegada de la década de los ochenta, con dos álbumes menores como ‘Autoamerican’ (1980) y el decepcionante ‘The hunter’ (1982), fue la antesala de su separación. El primero es un todavía interesante ejercicio de eclecticismo, en el que caben la música disco, el reggae o el jazz y donde se adelantan a la fusión de pop y rap con su canción emblema, ‘The rapture’. Del segundo, una secuela poco lograda, hay menos para recordar. Al margen queda una canción tan popular como ‘Call me’, producida por Giorgio Moroder para el filme ‘American gigolo’ (1980).

La siguiente noticia sonora de Blondie -que no de Deborah Harry, quien inició una poco prolífica carrera en solitario y no dejó de flirtear con el mundo del cine- llegó 17 años más tarde cuando, con Craig Leon en las labores de producción -el productor, entre otros, del mítico primer álbum de Ramones-, la banda entregó su disco de reunificación, un ‘No exit’ que les daría para alcanzar el Top 3 de álbumes en Reino Unido y el Top 1 con su canción ‘Maria’, justo veinte años después de su primer nº1, el inolvidado ‘Heart of glass’. El largo paréntesis les confirió una condición de mito que se mantiene hasta hoy. Hubo más discos, canciones no exentas de interés, pero el Olimpo exige su peaje: hagan lo que hagan, todos querrán escuchar sus grandes canciones de finales de los setenta. El pasado 1 de julio, Debbie celebró su 69 cumpleaños. Es una celebridad que sigue dejándose ver por eventos de arte y moda. Este año, Blondie ha publicado un nuevo álbum de canciones propias -’Ghosts of download’-, el que se anuncia como su enésimo recopilatorio definitivo -’4(0) Ever’- y hasta New Musical Express le ha concedido su Godlike Genius Award. Pocas bandas fueron tan emblemáticas de una época; pocas cantantes femeninas, tan influyentes en la historia del rock.

Jam Albarracín

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