Lori Meyers

CRÓNICA 101 SUN FESTIVAL: VIERNES

Si bien el sur existe en otras citas de innegable relevancia musical, el 101 Sun Festival viene a paliar en Málaga la ausencia de macroconciertos estivales que se han propagado por el resto de la geografía española. La referencia turística internacional, especialmente británica, aunque el público local era mayoritario, de la Costa del Sol, la bonanza del clima y su buena conexión eran ingredientes previos que hacían presagiar el éxito del festival. Si a esto sumamos un elenco sólido, repleto de referentes internacionales y nacionales de la escena indie, la fórmula se ha demostrado ganadora. Futuras ediciones pondrán a prueba la viabilidad y evolución del festival hacia propuestas musicales más arriesgadas y menos obvias, así como en la mejora de infraestructuras. De ahí que detalles como las interminables colas para usar los escasos urinarios, las papeleras de reciclaje distribuidas por el recinto, o unos simples guantes para las personas que recogen la basura del suelo sean detalles relativamente fáciles de subsanar.

Las actuaciones se reparten entre dos espacios. Por una parte, La Térmica, en sesiones matinales de sábado y domingo, con grupos noveles. Por otra, el estadio de atletismo Ciudad de Málaga, donde se concentran los grandes nombres del festival en dos escenarios, que alternan los conciertos con precisión suiza.

 

Vista general de escenario principal

 

A media tarde, con levante suave, dio comienzo el 101 Sun Festival de la mano de los malagueños La Cena, con su pop de regusto sixties. Poco después Niños Mutantes Dj’s hicieron un recorrido histórico desde el pop yeyé hasta una última parada en sus paisanos, Los Planetas, con “Cumpleaños total”. Polock presentaban su reciente “Rising up”. Su estilizado pop, mecido entre ritmos sintéticos y estribillos hedonistas, se hizo disfrutable y contó con el beneplácito del, aún escaso, público dispuesto a bailar desde el minuto uno. Con todo, la alargada sombra de Phoenix sobrevuela todo su repertorio por lo que, desde ya, debieran dar pruebas de una madurez que les llevase a desarrollar una identidad propia.

 

Triángulo de Amor Bizarro

 

Frente a la algarabía juvenil anterior, Triángulo de Amor Bizarro supusieron una ducha escocesa, con la bombona de butano bajo mínimos y en una noche de noviembre. Son los herederos del Santo Grial carismático de toda la tradición del rock español que se sabe casquivano, melindroso e incisivo. De Parálisis Permanente a Ilegales, de Esplendor Geométrico a Los Planetas, suyo es un presente demoledor y necesario. Demoledores por su música imperecedera, la semilla del mal plantada en el subsuelo de la Factory, y necesarios porque si la vida mata y duele, su mensaje caustico y mal encarado supone una bofetada para nuestra aburguesada conciencia. Comenzaron con un sonido saturado. para alternar sacudidas sónicas con caramelos pop, la imperecedera “ De la monarquía a la criptocracia” o su canción más claramente comercial, “Estrellas místicas” (todo lo pop que puede ser la coz de una mula), que entusiasmaron a su público.

 

Lori Meyers

 

Lori Meyers jugaban una clara carta ganadora, ya que la plaza de Málaga suele ser afín a su discografía, por sus exitosos conciertos en el pasado y los recuerdos a una veintena de poblaciones de la provincia. Disfrutaron de una franja horaria propicia para el lucimiento y desplegaron un repertorio pop que han depurado de tal manera, que en su caleidoscópico mosaico sonoro entran los ribetes soul, el pop de ayer, hoy y siempre y los ritmos sintéticos, y los éxitos se suceden de manera arrolladora. La respuesta del público fue visceral ante su tridente más aclamado (“¿A-ha han vuelto?”, que casi nos provoca un soplo en el corazón, “Mi realidad” y “Alta Fidelidad”) o el ya habitual cameo de Anni B Sweet en “El tiempo pasará”, que no admite peros esnobistas. Una debilidad personal: “Tokio ya no nos quiere”, hipotético anverso de esa moneda del mejor escapismo emocional de Graná cuyo reverso sería “De viaje” (Los Planetas). Al finalizar el concierto, dirigí mi mirada hacia el público colindante y no hallé nada en lo que poner los ojos que no fuese recuerdo de la felicidad.

 

Spector

 

Spector no son lo que parecen. Ni amenazaron a nadie con un revólver sobre la mesa de mezclas ni han compuestos gemas pop pluscuamperfectas. Son un grupo ampuloso y grandilocuente al que las luces de mi entendimiento no me permitieron prestar atención. Letras dolientes, mazacote musical (¡Esos teclados, por Dios!). Quizás debieran haber elegido otro músico al que rendir homenaje a la hora de bautizarse musicalmente. Phil, tu música nos mola, tus tocayos no.

 

Franz Ferdinand

 

Franz Ferdinand pretenden regresar a la exitosa senda del post punk que los vio nacer con “Right Thoughts, Right Words, Right Action”. Es su manera de aferrarse a una tabla de salvación según un modelo trotón que palidece frente a logros pretéritos. Su última entrega posee un puñado de temas resultones que, empedrados entre lo más granado de su discografía, permite que en directo ganen enteros con respecto a la sensación causada en la sosegada escucha casera. “Evil eye” (¿pretenden emular a Gorillaz?), “Bullet” (¿Pixies más Supergrass?) o “Love illumination” cuadran con unas canciones que mantienen el tipo diez años después. Escuchar “Take me out”, “The dark of the Matinée” o “The fallen” y permanecer impasible es un oxímoron. Con todo, mis mejores momentos siguen siendo “Ulysses” y “Outsiders”, estropeada con un efectista gang bang de los músicos contra la batería. Los peros: los tics rockeros, el constante compadreo pelota, la euforia impostada de Alex Kapranos, los prolongados interludios musicales para generar el clímax que les hicieron desviarse de la contundencia de un buen crochet (sirva de ejemplo la concreción ramoniana del bis con “Jacqueline”) que, en caso de haber aprovechado mejor el tiempo colocando gemas como “Evil and Heathen” o “Eleanor put your boots on”, habrían hecho su propuesta más atractiva. Pegas que quizás no concuerden con la opinión mayoritaria del público rendido a sus pies.

 

Rinôçeròse

 

La ingrata tarea de continuar un festival con el público en franca retirada, tras las estrellas de la noche, recayó en Havalina y Rinôçeròse. El grupo madrileño presentó un directo rocoso y contundente, que les emparenta con la trilogía siniestra de The Cure y que debiera disponer de una oportunidad más propicia para apreciar sus méritos. Porque este humilde escriba hubiese preferido que de Franz Ferdinand, metidos en el costal lúdico festivo, se hubiese pasado, más conciertos no garantizan más placer y su secuenciación es importante, a la casilla de Rinôçeròse. Menos cansado y embotado habría disfrutado más de la lúbrica y rítmica propuesta del dúo francés.

Javier Pérez

Fotos: Rafa Marchena

 

 

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