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CRÓNICA AZKENA ROCK FESTIVAL 2014: VIERNES

“Trece, mal número si no crece”. La decimotercera edición del Azkena Rock Festival se inició ayer en una jornada marcada por la meteorología. Llovió, y mucho, casi de principio a fín; aunque pareció no importar. Amaneció con bochorno en el País Vasco. Los cielos se cerraron en la sobremesa, ennegreciendo un festival ya de por sí oscuro en cuanto a la estética. El color lo dan en esta ocasión los chubasqueros.

13 Left to Die tienen la ingrata tarea de romper el silencio mientras la parroquia rockera se toma con calma su incorporación al recinto. Tocan en casa, pues son de Vitoria, y se han ganado el derecho a pisar el escenario principal en el prestigioso Concurso Villa de Bilbao. El quinteto metalero se lo curra presentando su reciente segunda referencia, “Seconds Behind”. Frente a ellos, en la gran carpa que acoge el segundo escenario ya a rebosar —dedicado a Lou Reed el principal, a Raúl Aransáez este, en recuerdo del guitarrista de los vitorianos Reverendo Parker—, actúa Monster Truck, cuarteto de Ontario (Canadá). Tras dos Ep’s, disponibles en descarga libre en su web, publicaron en 2013 “Furiosity”. Su blues rock es contundente y dará que hablar.

La lluvia, protagonista

Las primeras y gordísimas gotas que caen refrescan el ambiente y no parecen preocupar en exceso a un público que se resguarda en la carpa; pero ante el riesgo de tormenta eléctrica, Bombus no suena y el set del escenario principal ni siquiera está desplegado. La suspensión se lleva con buen humor y paciencia. No acostumbra a llover en el Azkena Rock, pero sí en el País Vasco. Inmune al desaliento, la parroquia rockera aguanta impasible un chaparrón que no cesa.

Las inclemencias metereológicas, en verdad, tan solo logran doblegar el directo de Bombus —“This sucks!”, lamentaban los escandinavos vía twitter— y el funcionamiento del tercer escenario, el más cercano a la entrada del recinto y, por tanto, el menos protegido. Es esta una escena que funciona solapándose a los dos escenarios principales, que suenan consecutivamente. Está ocupada íntegramete por bandas estatales. Ayer sonaron allí The Midnight Travellers, Attikus Finch y Vucaque; no lo pudo hacer Bourbon, quienes han sido recolocados para tocar hoy de madrugada.

Hudson Taylor reinicia, en una carpa de por sí insuficiente, un festival húmedo con ganas ya de fiesta. El dúo irlandés está formado por los jóvenes hermanos Alfie y Harry. En directo se presentan en quinteto y en acústico; se apoyan en sus armonías vocales —llegan a cantar a cuatro voces, junto al batería y al teclista-violinista—. Neo folk en onda Fleet Foxes, no tan pop ni tan festivo, son bien acogidos y rompen al final, con su último single, “Battles II”, y un acelerado tema de aire irlandés con protagonismo del violín. La semana que viene actúan en Glastonbury y en septiembre publicarán su debut largo.

Seasick Steve

Milagrosamente, el aguacero cesa al presentarse en escena Seasick Steve, conocido en estos lares por su participación en un reciente Bilbao BBK Live. Reina un buen ambiente en el Azkena Rock. El veterano bluesman está sentado en una envejecida silla protegida por un cojín, y se acompaña del batería Dan Magnusson, también de larga y blanca barba, quien da ritmo y energía a su primario y eficaz blues. Conforman una especie de Black Keys primitivos y básicos, no tan sucios ni tan sofisticados. Tras un cuarto de hora de show vuelve a llover a cántaros, por los que los blues lentos sin batería del viejo Steve, de sonrisa perenne, decaen un tanto. El bluesman rescata del público a una chica joven que dice llamarse Libe para tocarle un tema face to face. La ha rescatado del chaparrón, bajo el cual los integrantes de Marah siguen el directo. En un festival donde siempre han sobresalido las guitarras, son de destacar las de Seasick Steve. Algunas son artesanales y parecen hechas con piezas de autos o cacharros de cocina; todas le suenan de fábula con la slide.

Con The Stranglers la cosa se pone seria, no en vano son uno de los principales reclamos de la jornada —sobre todo para los no tan heavys—. De negro riguroso, abren enérgicos liderados por Baz Warne, guitarra y voz, y Jean-Jacques Burnel al bajo. Dave Greenfield se parapeta tras tres teclados situados en diferentes alturas, y Jet Black, batería oficial del cuarteto inglés, es reemplazado en directo por el contundente Jim MacAulay.

Pioneros del punk-rock británico y del sonido new wave, sorprenden nada más empezar con gemas como “(Get A) Grip (On Yourself)” o “Peaches” y una parte central del show exquisita, con “Golden Brown” y, sobre todo, un “All Day and All of the Night” de los Kinks que hace ya mucho hicieron suyo —y que los más veteranos del festival lo escuchamos en su día en la voz del sin par Ray Davies—. Aún así, no logramos disfrutarlos más que a ráfagas, y aunque el sonido es el adecuado y la actitud la correcta… falta algo.

Scorpions

Tras un agradable y merecidísimo silencio, Scorpions aparecen en escena a las 22.30 h. clavadas, tal y como estaba programado; no en vano son alemanes. Frente a ellos, miles de doloridas gargantas dispuestas a un karaoke coral. Si el espectador del Azkena es ya de por sí “veterano”, esta vez es más “viejuno” que nunca —con la excepción de alguna que otra pin-up—, y son numerosos los metaleros que han acudido en familia, con la siguiente generación. Asisten atónitos a la despedida de la banda de Hannover —así lo dicen pero quién sabe…—, tras más de cuatro décadas de trayectoria.

Abren con “Sting in the Tail” y “Make it Real” antes de preguntar “Is There Anybody There?” Después llegan las baladas, de las que son maestros entre maestros, con temas como “The Best Is Yet to Come” y “Send Me an Angel”, resultando, para los que no los apreciamos en demasía, una serie un tanto larga. Como comienza a llover, interpretan las más rockeras y funcionan mejor —“Raised on Rock”, etc—; se agradece.

Scorpions, a tope

Muy bien Klaus Meine a la voz, relajado y manteniendo el tono, secundado por los más enérgicos Rudolf Schenker y Matthias Jabs a las guitarras, con carreritas y alguna cabriola al principio. El sexteto se completa con Pawel Maciwoda al bajo y Johan Franzon a la batería, sustituyendo a James Kottak. Este último, Franzon, no pudo evitar dejar a un lado los excesos del heavy metal de estadio, y nos ofreció un largo solo de batería, acompañado por un sorprendente Pi TTi Hecht a los timbales, en una batucada que sonaba bien pero no entendimos a qué venía y que elevó la batería de Kottak hasta el cielo de Mendizabala, próximo a despegar. Ignorando estos excesos de virtuosismo baldíos —Jabs también tuvo el suyo a la guitarra y Schenker nos mostró su colección, con alguna extravagante como una roja que rezaba “Ferrari” en el mástil y una con tubo de escape incorporado ¡que lanzaba humo! —, Scorpions estuvieron comedidos y, a pesar de no ser de “nuestra cuerda”, nos gustaron. Si no hubiesen alargado tanto los temas y sin exhibiciones personales, su show habría destacado más aún. Se apoyó en un eficaz juego de luces y en unas luminosas pantallas donde proyectaron imágenes de la propia banda en su tierna juventud, varias décadas atrás. Tras cerrar con “Big City Nights”, bises de traca y un trío de temas que podrían sonar ya en el hilo musical de cualquier supermercado: “Wind of Change”, canción de esperanza que llegaron a tocar ante Gorbachov, “Still Lovin’ You”, con el público acompañando en falsete, y la más enérgica “Rock You Like a Hurricane” como colofón. Definitivamente, una noche muy climatológica, con vientos y huracanes.

Turbowolf

Mientras varios de miles de fans abandonaban el recinto satisfechos de haber despedido a Scorpions, la definitivamente saturada carpa acogía a Turbowolf, acelerada y directísima banda proveniente de Bristol (Inglaterra), con buen sonido y Chris Georgiadis como excéntrico frontman, quien a ratos utilizaba toneladas de reverb. Poco que decir de un bolo que gustó mucho, se nos hizo cortísimo. El nuevo proyecto del ex-Kyuss John García, Unida, clausuró la jornada en el mismo escenario. El cuarteto, presentado como stoner, nos pareció más rápido y agudo de lo esperado, con el falsete imposible de García. Con la humedad, quizá su sonido árido se haya acelerado.

John Garcia (Unida)

Antes del cierre, en la tabla principal, Marah se guardaba un as en la manga y ofrecía el directo más emotivo e hipnotizante de la noche, no solo por la presencia de Gus Tritsch, que también.La banda de los hermanos Bielanko presentaba sin Serge su proyecto “Mountain Minstrelsy of Pennylvania” —menos rockero que lo habitual—, basado en un tenebroso libro homónimo de 1931, una colección de canciones de las montañas de Pensilvania recogidas en su día por un folklorista y renovadas ahora por Dave Bielanko y la teclista Christine Smith. La estrella de la actuación, sin embargo, resultó ser el niño prodigio Gus Tritsch, a las 2 h. de la madrugada; brillante a sus ocho años, rejuveneciendo el blues más genuino tanto en la slide guitar —una artesanal y cuadrada, adecuada a su tamaño— como en el violín y a la voz, con energía y suficiencia. El que parecía ser su hermano gemelo también participó, tocando al final el pandero. Bielanko además, acompañado tan solo del teclado y la armónica de Smith, se sumergió entre el público para interpretar la fina “Walt Whitman Bridge”, al tiempo que, cariñoso, exclamaba: “¡El Azkena Rock es el mejor festival de rock del mundo!” Así sí. Volvemos a casa calados hasta las bragas, pero satisfechos. Son las 4 h. y los rayos iluminan aún la noche vitoriana.

Marah y el niño prodigio

La organización cifró en más de 14.000 almas la asistencia del viernes al Azkena Rock Festival. Debido a la situación del camping tras las lluvias, se habilitó el frontón de Mendizorrotza para que los campistas pudieran pasar la noche a cubierto.

Texto: Anartz Bilbao

Fotos: Juan Ramón Felipe

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