BAM 2014

CRÓNICA BAM: MARTES 23

Cuando retomamos el festival, el día vacío del lunes nos ha incorporado una sensación extraña, como de reencontrarse en la oficina con la propia esposa. A lo largo del martes hay más de una veintena de conciertos repartidos por la ciudad, aunque solo media docena es atribución del BAM, que hoy dedica su programación a Estocolmo, ciudad invitada de las fiestas de la Mercè. Auguramos una noche entre la gravedad y la levitación, sentimos un pesar anticipado, una aflicción nórdica. No va a ser así.

 

Mariam The Believer (Foto: Rosario López)

 

Los meteorólogos vaticinan lluvia en la plaza Joan Coromines, pero Mariam Wallentin, mitad del dúo de alt pop Wildbirds & Peacedrums, ahora protagonista de un nuevo proyecto, va a disipar toda amenaza. Con un piececito en el lado oscuro, que es el único lugar desde donde se puede vislumbrar la luz, Mariam The Believer suena a acecho, a ritual, pero más tirando a santuario que a funeral. Su música es agorera en los bajos, y su voz, que mana en inglés, da todos los colores e incluso sus excedentes. Mariam la sobreelabora y la humilla y la humilla y la sobreelabora, a voluntad, rebañándose por dentro como las brujas del soul. Hoy elude sus temas de estructura más dentada para ofrecernos clarividencia pop, pagana y un poco justa en la banda, que aunque es funcional se hace monótona y no acaba de arroparla. Da un concierto lineal pero embriaga, da gusto, es buena, sabe lo que hace, vive inspirada y vive en su canto, en el que deja intuir capacidad para transformarse a capricho, si quisiera, en una ristra de latas atadas a la cola de un perro. Si un día le dan un disgusto, puede llegar a convertirse en una Diamanda Galas de bolsillo. Empezamos contentos.

 

Postiljonen (Foto: Rosario López)

 

Cambio de tercio radical. Con un solo álbum en su haber, Postiljonen suena, pues como suena el dream pop, a carajillo de líquido amniótico. Sus reflujos ochenteros emergen encabritados en los sintes, crecen, van encaramando plataformas, se pasan la pantalla de los noventa y echan a arder como una pirotecnia avistada a lo lejos en el cielo gris de este siglo XXI. Una precipitación nostálgica, una nostalgia del futuro un poco gaseosa. Es curioso que la memoria artística de cada generación se limite a la década anterior a la que nacieron, pero eso es un mal ya muy asimilado que no sólo impregna de tristeza esta manera de hacer música, si no que por lo general la sostiene y la hace ternura. Postiljonen, un trío joven que esta noche en Barcelona anuncia su último concierto con esa formación (diríamos, leyéndoles lo gestual, que porque largan a la vocalista), son unos horteras del tamaño de Mónaco, pero el dream pop es así y en esta casa nos gusta y nos pone cara de arpegio. Una pena que hoy no funcione. Son muy bien recibidos pero pronto el escenario de la plaza dels Àngels, donde se manejan a contraluz, se les ha hecho grande. La chica hace el avión pero el público, con perdón, se hace un poco el sueco, y todo resulta en un no se qué muy poco imaginativo, no hay plenitud.

 

Seinabo Sey (Foto: Xavi Torrent)

 

Volvemos a la Joan Coromines para escuchar a Seinabo Sey, escandinava de incógnito en el pop soulero que practica, sin rastro de frío. La explicación está en sus raíces gambianas y un poco en Destiny’s Child. Llega con sólo dos singles registrados, “Younger” y “Hard Times”, con los que cerrará, en orden inverso, su pase triunfal de hoy. El público, tras el primer impacto que supone descubrir tal madurez de voz en una muchacha de 23 años, pasa al alboroto y en cero coma la está adorando. No hay riesgo pero tampoco hay secreto: buenos temas bien ejecutados. Y un chorrazo natural. Un concierto naturalista, bravo y preciso del que tal vez nos encontremos hablando dentro de un tiempo, porque no es descabellado decir que sí, que tal vez aquí está naciendo una estrella.

 

Frida Sundemo (Foto: Xavi Torrent)

 

La noche de Estocolmo está muy bien pensada en el irse haciendo boreal, se ilumina, aunque el de Frida Sundemo va a ser un recital un tanto indolente. El público parlante de la plaza dels Àngels dificulta mucho las cosas, pero el combo resuelve. Estábamos convencidos de que veníamos a ver a una chica un poco enfurruñada haciendo pucheros, y sin embargo Frida se gana nuestro respeto, parece tener carretera y disciplina, o al menos bastante determinación, y ahora nos cae bien porque está lejos, ahí arriba, haciendo frente a este público regulero con su pop electrónico sin novedad, algo anacrónico y más expresivo que melódico.

 

Zhala (Rosario López)

 

Pasados treinta minutos de la medianoche tomamos conciencia de que un moderno barcelonés es la cosa más antigua que existe. Zhala lo sabe y llega para darles pábulo con su escenario fluorado y su mamarrachismo kármico. Hace un despliegue de pop neurótico, maquinista y tribal, algo impenetrable, de hecho, casi lésbico y entreverado de sonidos kurdos que lo sofistican. Lo acelera, lo revoluciona y pide volumen brutal a los técnicos de la Joan Coromines, que según hemos ido comprobando a lo largo de la velada, hoy están un poco sopa. Tiene la desfachatez de acabar un tema en fundido pero eso no achica al personal, que se entrega a la euforia y presagia una fiesta que no se va a dar, pues Zhala articula un bolo de apenas media hora para que no se le desparrame en rave, que esto lo paga el ayuntamiento o vete a saber si la embajada.

 

NONONO (Foto: Rosario López)

 

El remate es tarea de NONONO, que están pidiendo el chiste en el nombre. Se trata de una banda de un solo tema, “Pumpin Blood”, que con su silbido de jingle ha arrastrado hasta aquí a unos cuantos seguidores atípicos, muy jóvenes, que lo esperan afanosos y que no lo tendrán hasta el final, tras un manojo de medianías. La vocalista, Stina Wäppling, tiene el nombre saltarín y es muy vanidosa, más bien pánfila, con la boca llena de dulzuras. No se sabe si acaba de bajar de Pedralbes y es que ha pasado por un Zara, pero el caso es que ahora canta con los ojos cerrados como quien reza, por darse aires introspectivos y cargar drama en la balada correspondiente. Es una impostura, por supuesto, todo es cuento en el pop ortodoxo de este grupo impropio del BAM, una pochez que, si se la disculpa, viene a completar la panorámica de esta Noche de Estocolmo donde nadie, por cierto, ha cantado ni en finés ni en sueco. No vamos a pedir que nos devuelvan el dinero porque es un festival gratuito.

 

El público, feliz (Foto: Xavi Torrent)

 

Un festival del que aquí termina la edición que hace veintiuno y que hace tiempo que no es lo que era, pero que ahora es lo que es, lo que viene siendo un festival, un mogollón que todo lo devalúa, pero que aporta un agotamiento que hace muy feliz, que nos devuelve al mundo extinguidos y un poco más leves.

Hasta aquí nuestras crónicas impresionistas del BAM 2014. El año que viene, si Dios quiere… ¡Que lo escriba él!

 

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