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CRÓNICA BAM: SÁBADO 20

Todo no puede ser. El BAM es un festival que se dispersa por Barcelona y al que en las jornadas de fin de semana es imposible atender en su totalidad. Luego está el nulo interés que suscitan ciertas bandas para el cronista, quien esta tarde, sin ir más lejos, se ha quedado en su casa. La otra opción era acudir arrastrado por bueyes a la Antiga Fàbrica Estrella Damm, donde Coriolà y Mishima tenían previsto dar lo suyo y, al menos según nuestro deseo, triunfar bien triunfados.

 

¿Quién dijo miedo?

 

Declinando lo inocuo, nos conducimos como peatones por los márgenes y empezamos la velada con la chufla de Andrés Schteingart, un pibe en la onda de El Guincho, de filiación más psicotrónica, que encarrila el sábado en el escenario de la Joan Coromines, la plaza que acoge los pases más menudos y en teoría atrevidos del festival y donde la tónica es en cierto modo la de los sonidos un poco abúlicos, la banda sonora de una generación nacida escasa de rabia incluso en sus individuos más inconformes. Pese a lo que digan los mayores, es una opción que también conlleva discurso, de ahí el nombre artístico de Schteingart, El Remolón, que además nos engaña la tensión porque va a propulsión con su cumbia, siempre hacia arriba, incluye cambios de vestuario y aquí secunda sus ritmos de cepa latina las piezas del VJ Ovideo Opendesktop, que hace unos audiovisuales en descomposición que si los chupas te llevan a la fase cuatro. El público, bien bonito, se cimbrea. Es todavía familiar pero augura buena noche.

 

Klaxons prohibieron las fotos durante su concierto, pero los cazamos en la prueba de sonido

 

No tenemos manera de quedarnos a escuchar la sesión que sigue, cut-up a cargo de Den Sorte Skole, porque la llamada del mainstream nos obliga a subir a la Fàbrica, donde la presencia internacional con más tirón del festi emite su alegría de vivir pero de vivir en casa de los padres, que puestos a hacer balance es donde mejor hemos vivido todos. Nada que objetar a los Klaxons, que actúan en un lugar muy adecuado a su propuesta: la cuadrícula que es el Eixample. La calle esta a rebosar, la convocatoria es multitudinaria, hay personas con ropaje de futbolista y abunda el crío repeinado, uno de ellos con un paraguas, el chaval se ha traído un por si acaso de su madre, pero está en contexto. Los Klaxons salen pidiendo palmas, como los delfines, y en dos temas corroboran que ni tienen power ni tienen poética ni tienen nada. Aspiran a las melodías, pero en tres discos no han dado todavía un himno. En el cuarto tampoco lo harán. Fijar el sentir de una generación no es cosa fácil, simularlo está tirado. El trío, que en directo son cuarteto para echar masilla en los huecos que en estudio cubre la producción, esgrime su mejor baza en los breves momentos de compresión sónica, justo los instantes que su público desatiende. No queremos estar aquí, esto es una música que militariza el pensamiento.

 

Modern Baseball: Va a ser que no

 

Eludimos también la cita con Modern Baseball, un guapito, un galán, un simpático y un chistoso que juntos hacen música con sentido de la comedia, piezas de instituto concisas y flechadas. Los hemos visto en YouTube, muy frescos, ejecutando un punk-rock apócrifo y candeal, sin asperezas, que los condena a convertirse en yernos en el momento menos pensado. Los eludimos no por nada, sino porque elegimos acudir de vuelta al refugio del Raval, siempre más estimulante en sus sorpresas. Teníamos ganas de escuchar el hip-hop bailón (o grimcore, de acuerdo) de Linkoban, que ha resultado una tía divertida, ambiciosa y muy hábil gestionando su exotismo de danesa con ascendencia china. Sale a pelo, con un encapuchado al secuenciador y otro a la batería, y sostiene muy bien la faena, locuaz y con un punto insolente, jubilosa y sentimental, entre temas que cantan a SuperMario (“Fire Flower”) o a los chicos de nariz grande (“Big Boys”).

Antes hemos hecho parada eventual y muy nutritiva en la plaza dels Àngels para ver a Grey Filastine, norteamericano afincado en Barcelona que ofrece una puesta en escena tan sencilla como efectiva: candiles de barco y cacharrería, megáfono, chelo, triángulo, bases y mimbres tecnológicos y querencia por la batucada simple. Es en ese reduccionismo de la percusión donde mejor funciona su concepto de sermón sociopolítico, ilustrado por un ciclorama de vídeos que van haciendo geometría del zeitgeist. Sonidos hondos que casan muy bien con el sentir de este barrio. Las plazas, ya todas, hasta la bandera.

 

Basement

 

Junto al mar, los británicos Basement, veloces pero sin prisa, hacen la suya mientras el iniciado se va engorilando para sus adentros, agradece las guitarras predominantes y gozará, si la tocan, su versión empacada del “Animal Nitrate” de Suede (donde el “oh-oh-oh”, y esto es significativo, se ha trocado en “ah-ah-ah”). No sabemos si la tocan porque en cuanto llegamos percibimos sobre la capa de gasoil de las aguas una marejadilla procedente del Fòrum, una llamada de la tiniebla que se llama High Tone, viene del sur de Francia y allá que vamos de cabeza.

La fiesta requiere disolución y desorden para merecer ese nombre, y aunque en el Fòrum no hay nada que desordenar porque en el Fòrum no hay nada, el lugar es hoy un océano de niños, de miles de niños y algún que otro gañán molestando a las niñas que nos pone agresivos. Con mucho esfuerzo nos abrimos paso hasta la primera fila del anfiteatro, donde los amplis nos hacen sentir flotante el esternón, y allí damos con una baldosa suelta desde la que surfear lo que queda del día.

 

Filastine

 

High Tone toman la noche, la templan con su drum and bass contaminado de verbo y nos entregan la condensación, que no sabemos si nos abraza o si nos está abrasando. Los lioneses no atienden a razones, están a oscuras porque no es necesario mirarlos, el público mixto dificulta la comunión pero al cronista, que es un cursi, le baja el santo y siente la música hecha sexo mundial, logra la abstracción y danza desvestido la tralla ascendente. Cuando alzamos los cuernos de saludo para agradecer el final del pase, una onda expansiva de realidad se abre a nuestro alrededor, y aunque los malagueños BSN Posse acaban de tomar el relevo y abren apuntando maneras, van a tener que disculparnos porque, ahora sí, nos vamos a la casa nuestra, dulce y calladita, con la cabeza festiva, un poco rota y a rebosar del residuo que hay que dejar aquí escrito.

En la calle, la temperatura ambiente, según indican los farmacéuticos de guardia, ronda a estas horas los veintitantos. El metro es una aventura difícil y agotadora pero a no perdérsela, incluye cánticos ebrios que alternan la independència con el camarero-qué-una-de-mero, eventuales riñas femeninas con hostias, patadas y hasta palabras malsonantes e incluso una chica que le cuenta a otra, entusiasmada, que tiene un amigo que es poeta.

Barcelona sigue siendo muy bella pese a estar tan tocada de miedo y coerción. En los alrededores del Fòrum, apostados en los semáforos, unos guardias urbanos prohibían a los chavales cruzar con el disco en rojo. La temperatura será la que sea, pero la sensación de bochorno es considerable en estos últimos días del verano.

Fotos: Xavier Mercadé

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