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CRÓNICA BAM: VIERNES 19

A primera hora de la noche, en cuanto la última universitaria abandona la Facultad de Comunicación y Relaciones Sociales que desemboca en la plaza Josep Coromines, la atención se dirige hacia los dos jóvenes que se manejan como operarios detrás de una mesa que ocupa la mitad de un escenario prestado. Junto a ellos, una batería varada como el esqueleto de un cetáceo espera a los galeses Islet, que actuarán más tarde aunque nosotros no vamos a verlos.
En esta plaza de pasear perros empezamos nuestro recorrido por la vigésimo primera edición del BAM (Barcelona Acció Musical), en el contexto de la fiesta mayor de la ciudad, escuchando a Cristina Checa, a quien conocimos por su efímero proyecto Granit, ahora en coalición con quien fuera allí productor, el exSelenitas Eloi Caballé. Ambos hacen el total de Desert, el grupo de dos que ahora es atendido por un público todavía frío y en buena parte casual, pero que muestra cierto interés en dejarse subyugar.

 

Desert

Salvo imprevistos, los horarios se cumplen a rajatabla en el BAM. Desert se ha de bastar con tres cuartos de hora que les van a ser suficientes para derramar su pop volátil y entonar este recodo en el corazón de Barcelona. Cristina lo hace con voz de membrana y canto de blusa, sobrevolando el sonido sintetizado de las máquinas, y cuando se cumplen los cuarenta y cinco minutos, pese a que ha sido un directo sin despegue, más por la propia naturaleza evanescente que define la propuesta que por el minutaje impuesto, el personal está más o menos ensimismado. Al fin y al cabo, ha de ser lo que se pretendía, al menos si tenemos en cuenta el título del EP por el que se conoce a Desert, “Envalira”, que cruza los verbos catalanes embadalir (embobar) y delirar. Un neologismo que tal vez habría gustado a Coromines, el filólogo al que se tributa esta plaza entre dos acrónimos siniestros, el del MACBA y el del CCCB.
Mucho más céntrica, aunque en realidad a diez metros, está la plaza dura llamada dels Àngels, otro de los escenarios del festi donde de inmediato arrancan Blouse, combo de Portland de patrón clásico, espolvoreado de un sintetizador perezoso y sin magia, que con su sonido más orgánico va reuniendo vecinos, lateros y paseantes atolondrados. Los Blouse cultivan aspecto retro, la actitud displicente y monótona del roquero alternativo y a lo suyo lo llaman dream-pop, pero yo creo que es porque están dormidos. La plaza no la cohesionan, esto no es un problema de ellos porque va a ocurrir toda la noche y en todas partes, el público mixto es el peaje de los conciertos gratuitos, pero tampoco malgastan talento porque saben cuánto les queda. Y no es mucho.

 

Blouse

Bajamos las Ramblas que un día fueron nuestras (las bajamos anegados en llanto como hace todo barcelonés desde 1992) y ahora sí, el ritmo. En el Moll de la Fusta, fachada marítima de la ciudad, Sonny Knight & The Lakers despliegan su dispositivo de relojería. Soul añejo y vibrante, sin novedad pero de altura, con un Knight radiante tras el “I’m Still Here” que hace un par de años lo recuperaba para los escenarios tras décadas inactivo, y un cuadro de siete músicos en diálogo. A Knight le falta un poco de negro en la voz, pero lo suple todo vestidito de blanco (que es lo que más raza hace) y termina de convencer en esa modulación suya precisa y vitalista, con la que es muy difícil no empatizar.
Al borde de la dársena, en primera línea de mar, una parte inope del público se deja mecer por los temas más souleros. Cuentan los veteranos que hace años rondaban la zona lanchas de la Cruz Roja, porque en los conciertos siempre había algún borracho que se caía al agua, y aunque hoy eso no ocurre, la gente en el meollo se lo está pasando bien, al menos por arrebatos. El repertorio, con cierto espíritu de pachanga, está muy bien trenzado y guarda mucho lugar para la alusión al respetable, que responde a las trompetas de alerta vital y brinca si hay que brincar aunque siempre dentro de un orden, el que dictan estos profesionales del soul genérico.

 

Sonny Knight

Hora exacta más tarde, una docena de técnicos hacendosos, dos de ellos con barba, remodelan el escenario para dar lugar a Lisa Kekaula, voz en melocotonazos imbatibles como el “Good Luck” de Basement Jaxx o capitana de The BellRays, que ahora conduce, junto a su marido Bob Vennun, Lisa & The Lips, un equipazo con músicos de Diamond Dogs, The Right Ons o True Loves.
Lisa es un fuego, una madre. En la vida corriente ha de ser un remanso, porque lo da todo aquí. Viste pantalones ajustados que evitan que le vibren los muslos como las tartas, eso nos lo escatima, pero el resto es torrente y supremacía. No logra el caldo completo porque lo que no puede ser, no puede ser, pero consigue por fin que el público se muestre expansivo y por momentos parezca cuajarse con el espectáculo. Ayuda la sofisticación de los lateros, que aquí además de cerveza ofrecen mojitos en bandeja que parecen muy del gusto de las guiris, pero el principal mérito está en la energía de una banda bien ensamblada que, sin hacer derroches, borda la operación tan difícil e inversa a la memoria histórica: dar auténtico soul con genuina alma de rock.
Lo negro, definitivamente, le sienta muy bien a Barcelona.
La estructura supersónica del bolo de Lisa nos lleva a regañadientes, recorriendo el litoral, hacia el recinto del Fòrum…

 

Lisa Kekaula

Las fiestas de los pueblos ocurren en la plaza mayor, donde el vínculo ya está hecho, y con el Fòrum sólo se sienten vinculados los visitantes y los primaveras, así que esto, para un barcelonés, ya no es la Mercè, ya no lo parece porque el Fòrum, en su ajenidad natural de bosque cadavérico, opera en contra del ambiente festivo, pero Javiera Mena va a saber cómo reparar eso.
La media de edad baja enteros para escuchar a la chilena, que aunque parapetada tras el dichoso mac que le da autonomía, se muestra confiada y defiende muy bien ese romanticismo suyo basado en una nostalgia temprana de niña del primer mundo. Hay mayoría de seguidores que se delatan tarareando las canciones de la radio en “Sol de invierno”, aunque son los temas más furiosos, los de amoríos menos preocupantes y los que desechan el sosiego del acento chileno, los que ensalzan el bolo, que cuenta con sorpresas poco celebradas como la intervención de Gerard Alegra Dòria, El Último Vecino, poniendo voz y aspaviento en “Al siguiente nivel”.

 

Javiera Mena y El Último Vecino

Aunque una buena tropa de mantas no se mueve de las escaleras del anfiteatro, Javiera sintoniza enseguida con propios y extraños gracias a sus modos de diva manejable y a una puesta en escena sencillísima y de absoluto cutrelux, que cristaliza en petardeo y alza el vuelo, como era de esperar, en “Espada”, cuando sus cuatro bailarinas se frotan en vaivén inguinal sendos sables láser que ilustran la metáfora más chabacana y gloriosa del último pop: “Quiero que tu espada me atraviese solamente a mí”. Enlaza con “Luz de piedra de luna”, abrocha con una selfie colectiva y a otra cosa.
Cuando Frikstailers dejan ir sus primeras pulsaciones en la explanada del Fòrum, somos exactamente siete personas delante. Se pueden contar porque sólo son siete. Siete personas sin amigos ni familia que de inmediato se harán multitud, en cuanto Rafa Caivano y Lisandro Son pisen el pedal de su nave suborbital.

 

Frikstailers

Frikstailers, con sus pelucas traídas de Fraggle Rock, sus gafas cegadas y su desmodulador de voz, resultan diáfanos y adorables aun siendo argentinos. Se les ve la ingeniería, son puro folklore y su cumbia digital con arranques hip hop saca a bailar a todo el mundo, incluso a algún catalán. En su primitivismo, la sesión se emparenta a otros recuerdos de esta noche, y si bien el público sigue siendo de su padre y de su madre y odioso en su abundancia de personajes despreciativos con lo que tienen delante, en su perseverancia el dúo se certifica en chamán y a golpe de cadera nos concilia con el cosmos, aunque ocurre poco antes de que decidamos abrirnos paso entre los indígenas y tirar para casa a escribir en absoluto silencio esta primera crónica de cuatro.

Fotos: Xavier Mercadé

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