Cat Power

CRÓNICA CARTAGENA JAZZ FESTIVAL (2)

Comenzamos el resumen de la segunda mitad de la trigésimo cuarta edición del Cartagena Jazz Festival con el directo del infalible Al Di Meola. Acompañado por tres músicos-maceta (con perdón, pero tanto los dos percusionistas como el pianista, en la práctica, fueron poco más que aderezo), el astro de Nueva Jersey confirmó su técnica depurada y su asombrosa velocidad digital. Supuestamente, el concierto debía girar en torno a ‘All your life’, el disco en el que más que adaptar reinterpreta originales de The Beatles, pero de los de Liverpool solo sonaron la dulce ‘And I love her’ y una pirotécnica ‘Eleanor Rigby’, convertida en el momento comunión del concierto.
Con una única guitarra semiacústica de fabricación española de la que extraía tres diferentes tipos de sonido según el tema, DiMeola tuvo el detalle de abrir su concierto con ‘Azzurra’, de su segunda reunión con Paco de Lucía y John McLaughlin en 1996, se acercó con frecuencia a territorios de jazz latino, flirteó con el tango (‘Café 1930′, de Piazzolla), con el sinfonismo (‘Mawazine’) y batió récords de velocidad cuando era el jazz-rock el que tomaba la ‘pole position’, justificando su apodo -y si no lo tiene, se lo pongo yo- de Speedy Meola. Previsible y espectacular.

 

Al Di Meola

En la misma velada hacía su presentación Jo Harman, quien venía con la etiqueta de revelación tras la buena acogida de su álbum debut, ‘Dirt on my tongue’, y de su ya grabado disco en directo para la BBC. Pero la rubia londinense hizo aguas por todos lados, con la salvedad de un par de desnudas torch songs, ‘Cold heart’ y ‘(This is my) Amnesty’. Su discurso es ligero e insuficiente, sin dominio escénico ni una banda que justificara su presencia en un festival internacional de jazz. Quizás en un ámbito pop pueda disimular, pero aquí se hicieron evidentes sus carencias. Desde el principio pareció más interesada en demostrar su variedad de registros vocales y su poder de decibelios que en cantar bien. Ya aprenderá que eso vale para los concursos de televisión, de donde parece provenir, pero no para ser una artista respetada. Es joven pero también hortera, así que no sé si el tiempo estará de su lado.

 

Jo Harman

Desde que se adelantó su presencia en Cartagena, uno de los conciertos más esperados del festival era el de Cat Power. Ya conocíamos su inestabilidad emocional y lo imprevisible de sus directos, pero también su capacidad para generar bellas melodías embelesadas con su voz de magia y cristal. Así que rezamos, pero nadie escuchó la oración y los fantasmas que pueblan el universo personal de Chan Marshall, quien actuó a solas, se presentaron en su vertiente más cruel y lastimera.
Dos horas y media, casi todo el tiempo sentada al piano y con acompañamiento de acordes básicos, en las que la americana dejó algunas muestras de su brillantez, cierta y vulnerable, pero en las que no dejó de lamentarse (y disculparse) por todo: por las molestias de su embarazo, por el micrófono, por sus mil dolores pequeños, por lo insoportable que le resulta viajar y hasta por su flequillo supuestamente mal peinado. Parecía estar pasándolo tan mal que costaba no sentir pena. No sé si fue más un concierto o una llamada de auxilio. Brillante por momentos, irreal en otros, de continua sensación ensimismada y enfermiza.

 

Cat Power

Tal vez la sensación se vio aumentada debido al vibrante concierto previo a cargo de la volcánica Hannah Williams y sus Tastemakers. Fuego en el cuerpo. Puro soul de vieja escuela, ardoroso, vitalista, apasionado y carnal, emitido por una notable banda de siete piezas y conducido por la garganta prodigiosa de Williams, deslumbrante tanto en los momentos de mayor euforia rítmica como en los medios tiempos. Qué potencia, qué precisión, qué encanto. Descalza sobre las tablas, la de Londres se reveló también como una buena comunicadora, simpática, disfrutando -y haciendo disfrutar- de cada momento del concierto. Cuando por fin pidió que el público se pusiera en pie, saltamos como un resorte. Lo que no sé es cómo habíamos podido aguantar en las butacas. Solo tiene un (notable) álbum publicado en 2012, ‘A hill of feathers’, pero a juzgar por un repertorio plagado de nuevas canciones, su continuación debe ser inminente y hasta mejorada. A veces, estas vitaminas sonoras previenen la anemia y mejoran la salud.

 

Hannah Williams

La belga Melanie de Biasio fue la encargada de abrir la última jornada del 34 Cartagena Jazz Festival con una propuesta oscura, perturbadora y también dura en su minimalismo acústico. Si en sus dos únicos álbumes, la frialdad inquietante se alterna con narcotizadas melodías que recuerdan a la Billie Holiday más drogada, en directo desaparece casi por completo el factor melódico, lo que hace que aquello que comenzó interesante acabe por producir una sensación de ahogo al no ofrecer tabla a la que asirse. Estéticamente bello y lejano, entre blancos y negros, luces puntuales al modo de velas y penumbra global, De Biassio gustó con sus sonoridades levemente jazzies y sus recitados a media voz, cual mezcla de Laurie Anderson y Lydia Lunch, pero no acabó de cautivar porque aquello acabó derivando en una especie de meditación trascendental ligeramente plomiza.

 

Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernández Miró

Sílvia Pérez Cruz y Raül Fernández Miró echaron el cierre con una propuesta ganadora ya desde su diseño. Buen trato, pero también algo de truco. Porque ya me dirán qué si no puede ser la unión de una cantante sensacional con unos autores soberbios (Leonard Cohen, García Lorca, Enrique Morente, Edith Piaf, Miguel Hernández, Caetano Veloso -por más que ‘Tonada de luna llena’ sea original de Simón Díaz-, Lluis Llach, Fito Páez, María del Mar Bonet…) y con un Raül Refree aportando la pátina cool con una serie de fraseos de guitarra distorsionados, que no siempre inspirados. Que sí, claro que funciona. Más discutible es la coherencia y la cohesión que todo ello pueda tener.
Aún así, temas como ‘Compañero (elegía a Ramón Sijé)’ o el momento Albert Pla (‘Papa, jo vull ser torero’ / ‘La sequía’ / ‘La platja’), que encaja mejor que bien con el canto aniñado de Sílvia, resultaron satisfactorios. Por cierto, finalizaron -en loor de multitudes- exactamente igual que en el concierto que Pérez Cruz ofreció hace dos años y medio en La Mar de Músicas: con ‘Pequeño vals vienés’, también entonces acompañada por Refree. Bien, eh, pero de una vocalista con tanto potencial como la catalana cabe esperar un gran trabajo que todavía no ha sido capaz de entregar.

 

Fotos: Pablo Sánchez del Valle

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