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CRÓNICA DEL DCODE 2016

Texto: Elena Rosillo

Vuelve el DCode un año más, en una edición reducida a un solo día (con sus agotadoras 18 horas de música) y un horario de lo más ecléctico. No es cuestión de ponerse cuñados criticando la elección de ciertos grupos en ciertas franjas (León Benavente a las 2 de la tarde, Nothing But Thieves a las 12 del mediodía, Mark Ronson a las 3 de la mañana), ya que todo aficionado a los festivales conoce que estas posiciones no suelen ser tanto cosa del programador sino de la circunstancia- que si vuelos, etc.- Pero, si algo podemos decir del DCode Fest 2016, es que ha resultado agotador. Aguantar desde Petit Pop hasta Mark Ronson era toda una cuestión de ingeniería que (quizá) sólo llegó a cumplir el gremio de prensa (y organización) por obligación. Entre medias de ambos, una retahíla de pequeños nombres que definían un festival que ha resistido a la cancelación tras la desbandada de sus principales cabezas de cartel en el último momento. Las fuentes indican que este año la asistencia ha sido mínima (16.000 personas). Lo cual, en realidad, no deja de confirmar la triste realidad de que los festivales – concepto que nació originalmente como lugar de descubrimiento, de apertura mental, de compartir (ay, los hippies)-, ahora sobreviven sólo gracias a los dinosaurios que ya conoce todo el mundo. Y que el público, ya que estamos, no está interesado en descubrir nada más que aquello que sabe que va a funcionar. El consumidor de indie parece más dispuesto a ver una y otra vez la misma película a pagar por irse al Kinépolis a ver una de estreno y nuevecita. Porque, si bien es cierto lo que arengaba Víctor Lenore hace pocos días, que el Dcode Fest 2016 ha salido sin un concepto claro ni un gancho que haga que los guays se sientan cómodos y dispuestos a pagar un modesto cartel, sí que debemos saber valorar otros puntos a favor del Dcode más pequeño de su historia. Por ejemplo, que la media de edad de los grupos invitados rondara los 20 años. O que el cartel hiciera gala de una igualdad de género casi perfecta, algo que, desgraciadamente, no suele darse en los festivales indies.

Nothing But Thieves recogía el testigo de los consagrados Petit Pop (pop para niños – muchos, por cierto – de la mano de miembros de Nosoträsh, Pauline en la Playa, Penélope Trip…) con un rock moderno y guitarrero que pasaba de los solos stoner del bajista (Philip Blake) a riffs al más puro estilo Red Hot Chili Peppers, con un Conor Mason dejándose las cuerdas vocales en puro entusiasmo al desgranar su homónimo “Nothing But Thieves” (RCA, 2016), el primero de su carrera. Les seguían los vascos Belako, de la manera más bruta, lanzándose al público José Ximun desde el minuto cero, solventando unos problemas de sonido que se vendrían repitiendo de manera sistemática, tanto en el Escenario Complutense (el más pequeño), como en el Dcode 1 (uno de los dos escenarios principales). Profesionalidad a golpe de rock contestatario en “Hamen” (2016, Mushroom Pillow) y algunos temas nuevos, aún sin grabar, que regalaron a la modesta audiencia. Les seguían León Benavente, maduritos perdidos entre tanto millenial, y con Abraham con la pata Boba por una lesión (qué malo es esto de escribir de madrugada, disculpen ustedes mi humor). Aun así, sublimes en su propuesta, transformados de una vez por todas en una de las mejores bandas (así, sin prefijos) de este país, y no en el eterno concepto de superbanda. “2” (Warner / Marxophone, 2016) sonó con el cinismo y la ironía que requiere, acompañado de los temas principales en la carrera de los León Benavente. Mención especial requiere el divismo de Boba. Pero vamos a seguir con los jovencitos.

León Benavente

Cintia Lund abría el escenario Dcode 2 con una paupérrima audiencia y un sol abrasador. La canaria de ascendencia sueca, ganadora del Bdcoder, se convierte en otra nínfula del imaginario indie y estética Primavera Sound. Una Zara Larson en potencia. Pocos minutos después se reunía Noise Nebula en el Complutense. Los problemas de sonido no ayudan a la psicodelia, un género que pierde fuelle cuando los temas han de completarse por piezas, como los puzzles, al fallar primero la guitarra, luego la voz… eso sí, muy bien compensados por la energía y el arrojo de estos millenials de Carabanchel con gusto por lo noventero. Una de las mejores bandas del panorama nacional, a la que todavía hay que buscar por los pequeños espacios de los festivales y en las salas. “Northern Islands / Hideout” (MadMoon Music, 2016) sonó extraña, pero aun así hermosa, entre tanto desconcierto.

Cintia Lund

Le llegaba el turno a Bear’s Den (no son millenials, ni falta que les hace para atraerles), los ingleses seguidores de Altman, Carver y Hopper, con cuyas referencias han construido uno de los discos más atmosféricos y delicados del nuevo pop folk de este año: “Red Earth & Pouring Rain” (Communion Records, 2016), correcto en su puesta en escena, arropados por compatriotas británicos entre el público a pesar de la solana. Me esperaba algo más de sentimiento, pero quizá la flema inglesa no permite ciertos arranques a las 4 de la tarde.

Bambikina arrasaba el Complutense con su country folk millenial (millenial es el adjetivo de este artículo, y no tiene posibilidad de sinónimo). La que se hiciera conocida gracias a Ikea ha dado cuenta de su talento para crear composiciones tan delicadas como chocantes a base de folk y sonidos tex-mex. Mr. Ward le enmendó la plana desde el escenario Dcode 2, con una banda compuesta por veteranos (¿quizá para disimular su propia edad?) y la ilusión de seguir haciendo gala de ese adjetivo, “atípico”, que tanto le ha acompañado. “More Rain” (Merge Records, 2016) sonó descafeinado pero con actitud. A M. Rain tampoco le gusta el sol, y eso que viene de California (otro chiste).

M. Ward

Por fin el primero de los momentos de éxtasis de la jornada (iban haciendo falta para levantar el ánimo) llegó con Jimmy Eat World y su octavo LP, “Damage” (RCA, 2013). Pop noventero de tintes EMO y oscuridad calculada entre arranques de entusiasmo y, por fin, la fuerza y seguridad que faltaba en el resto de escenarios. Jesse Hughes y Dave Catching, de Eagles of Death Metal, les observaban desde la barrera. Como contraste a la dilatada carrera de los americanos, la noruega Dagny seguía la estela marcada por Cintia Lund, desgranando sus singles “Blackout” y “Ultraviolet”. Con más simpatía que languidez y las ganas de darlo todo, la noruega no paró de bailar. Algo que, de nuevo, contrastaba con el escenario vecino, en el que los británicos Oh World resumen un año entero de creación (una canción nueva al mes desde septiembre del 2014 a septiembre del 2015) en su homónimo “Oh Wonder” (Autoeditado, 2015). Josephine Vander y Anthony West se llevan bien compositivamente, como también dentro del escenario. Quizás, demasiado bien, como dice Ignatius Farray, “está feo que me lo pase yo mejor que ustedes”. Pues eso. A los ingleses les encanta su propia música, pero la capacidad para conseguir que el público también se entusiasme brilla por su ausencia. A pesar de sus coreografías.

Jimmy Eat World

Eagles of Death Metal volvían a levantarnos de la pereza en su primera cita en Madrid tras dos cancelaciones. Pese a que Jesse Hughes puede presumir de tanta labia como la de nuestro oriundo Fernando Pardo, sus circunloquios en esta ocasión perdían fuerza al ir intercalados con (otra vez) fallos de sonido que apalancan la acción y cortaban ese flow rockero que tanto beneficia a los californianos. Aun así, “Zipper Down” (Universal Music, 2015) se abrió paso entre el sudor, los punteos y solos que caracterizan al buen rock. “Gracias por colocaros con EODM”, nos decía Jesse. (No todos, no todos) antes de marcarse un sentido homenaje a David Bowie y enfangarse en un duelo de guitarras con Dave Catching.

Eagles of Death Metal

La sueca Zara Larson hacía su aparición tras los rockeros, devolviéndonos a la era millenial a golpe del contoneo de sus cuatro bailarinas. Dicen que el público alternativo no hace más que consumir propuestas que podrían pasar por mainstream si no fuera por el filtro de la estética y el tamiz post-moderno. En este caso, Zara Larson bien podría considerarse la Beyoncé del indie, como Kodaline (sus sucesores en el escenario Dcode 2) los Backstreet Boys. El público volvía a masificarse (dentro de lo que cabe) con Love of Lesbian, dejando de lado a Garden City Movement en el escenario Complutense. Una propuesta divertida, inorgánica pero basada en los conceptos del reggae, con lección vital incluida: “toda esta mierda que te está pasando, just let it go and Move On!”, y a tomar vientos los zapatos de la formación. La banda de Tel Aviv pasó desapercibida a pesar de hacer bailar a todo el público al ritmo de un cencerro (esto no es un chiste).

Zara Larsson

Por fin llegaba la hora de Bunbury, al que seguramente estarían viendo los 16.000 fieles al Dcode. Comenzando con “Iberia Sumergida” y terminando con “Lady Blue”, el maño no dejó sin recorrer ninguna de las “Mutaciones” que le han llevado, durante estos 30 años, a ser el único rockero de verdad de toda nuestra historia musical. Acompañado de una banda de verdaderos superdotados, y un repertorio de instrumentos y guitarras que haría llorar al mejor luthier, Enrique (como bien corearon su nombre todos los presentes) se mostraba más descafeinado que otras veces, pero igual de dispuesto a recuperar su puesto dentro de la música actual, saludando al público e incluso dejándose abrazar por la masa.

Bunbury

Parecía imposible rebatir el final del concierto del maño, tan metafórico como significativo (“dejo esta grabación a falta de algo mejor, la soledad es un lugar tan vacío siempre”), pero Triángulo de Amor Bizarro lo hacían desde la barrera, dando cuenta de su rock noise, tan espeso y asfixiante como luminoso en su envoltorio siniestro. Solo ellos son capaces de cantar “vamos a pudrirnos en el mismo ataúd” sin que suene oscuro, sino optimista. Decido no moverme ya del Complutense, el escenario que más alegrías me ha dado durante la extensa jornada, y escucho a Jungle de lejos. Siguen sin decirme nada. Delorean, en cambio, con su pop inorgánico, sintético y espacial, de imágenes abstractas y ritmos bailables, hacen aguantar la espera hasta Mark Ronson con clase. Y, hablando de clase, los 2 Many DJs, mientras tanto, haciendo salir a los electro-duendes de sus agujeros a golpe de Chimo Bayo, sin despeinarse ni arrugarse la corbata. Mark Ronson nos devolvía, como desenlace de la eterna jornada, al Nueva York de los años 90, cargado tan sólo de su portátil, una bomber roja y la selección de temas afro reggae – r&B que le convirtió en iluminado del género. Como diría Víctor Lenore, un hombre blanco cisgénero adueñándose del lenguaje popular de las minorías para ser engullidas por el sistema-. Pero de eso ya hablaremos en otro Dcode. Porque seguro que, a pesar de este batacazo, el Dcode aguanta. Actitud, ganas y profesionalidad le sobra. O ese, al menos, es mi deseo.

 

Mark Ronson

ENTREVISTA A CARLA MORRISON

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