MONKEY WEEK

CRÓNICA MONKEY WEEK: SÁBADO

Más de 75 actuaciones en una veintena de recintos. Ese era el menú que ofrecía el sábado el programa del Monkey Week. A todas luces inabarcable. Como bien sabe todo aquel que haya visitado el festival, aquí no se trata de verlo todo, sino de escoger y encomendarse a la suerte. Trazar una ruta y dejarse llevar por la ciudad, de escenario en escenario. Un South by South West en miniatura que convierte el Puerto de Santa María en un hervidero de actividad musical. La lluvia, que fue muy intensa en algunos momentos de la jornada, nos obligó a modificar los planes en algunos tramos del recorrido, al que se añadió, además, un concierto sorpresa. Pero vayamos por partes.

Los cambios de sala forzados por las inclemencias del tiempo (hubo que reubicar los shows al aire libre) provocaron algunos pequeños retrasos que, unidos a lo apretado del cartel, podían derivar en situaciones anómalas, como llegar a conciertos en los que el grupo todavía estaba montando el equipo (o probando sonido) o encontrarse con otros en los que la banda de turno ya andaba recogiendo el material.

 

Copo

 

El primer caso nos sucedió con Copo, que regresaban a la localidad gaditana donde grabaron su último disco, “Todos a la guerra” (a las órdenes de Paco Loco), para ofrecer un concierto en el Trocadero que se inició con bastantes problemas de sonido, pero que fue mejorando a medida que desaparecían los acoples y las guitarras comenzaban a sonar. Su pop de ribetes indie en la estela de Niños Mutantes o Lori Meyers podría encontrar hueco en una escena propicia, aunque también bastante saturada. Actuaron para un público bastante escaso, circunstancia que se repite en el Monkey Week con frecuencia, debido a la enorme oferta del festival y a que no todas las bandas despiertan (o son capaces de generar) el mismo interés.

 

Juventud Juché

 

El menú degustación del día (por la tarde, la única posibilidad de ver muchos grupos pasa por ver quince minutos de cada uno y salir a toda prisa hacia el siguiente local) nos encaminó a continuación hacia el centro cultural donde se había reubicado a los grupos que debían tocar en el Muelle del Vapor. El primero de la lista era Juventud Juché, un trío post-punk madrileño que podría ser el paradigma de una nueva generación de atractivas bandas españolas interesadas en hacer música con aristas, y que han sido capaces de generar un circuito propio (salas, sellos), al margen de los cauces convencionales, que funciona con gran fluidez y crece a ojos vista. La prueba es que ya ha llamado la atención de marcas como Jägermeister, que está patrocinando un puñado de artistas habitualmente olvidados por los grandes medios y los departamentos de marketing de las empresas de bebidas. Sonaron sólidos y vehementes, conscientes de que su mayor virtud es la actitud que derrochan.

 

Rosy Finch

 

Una rápida escapada a la sala Gold para hacer acto de presencia en la fiesta organizada por el Low Festival con dos aguerridas bandas punk de Benidorm (La Moto de Fernan y Emergency Ponchos) y nueva escala en el Trocadero, para completar el repaso provincial con las alicantinas Rosy Finch. Musicalmente se ajustan a cánones muy reconocibles (grunge, stoner), pero la poderosa presencia de Mireia Porto, su potencia vocal (¿la Courtney Love española?) y el sonido huracanado de su guitarra (Marshall a tope de potencia) son capaces de tumbar a cualquiera. Muy serio lo suyo, y con claras posibilidades de funcionamiento en los circuitos internacionales del género.

 

Jardín de la Croix

 

Los siguientes en la lista eran Jardín de la Croix, bestias pardas del rock instrumental con ingredientes math rock, doom y post, que en sus derivas progresivas incluso podían recordar a los italianos Goblin. Tan virtuosos como pétreos, quizá se adornan en exceso, pero es una de las señas de identidad de los estilos que cultivan, así que pocos reproches se les pueden hacer, sobre todo teniendo en cuenta que desarrollaron un show compacto y sin fisuras, de una profesionalidad incuestionable.

 

Maika Makovski

 

Entonces fue también cuando comenzó a correrse la voz de que en la bodega Grant iba a comenzar un concierto fuera de programa. Un “secret show” que ya estaba amenizando desde los platos Florent (Los Planetas) y que iba a significar la puesta de largo en el festival de “Perspectiva Caballera”, el nuevo álbum de Sr. Chinarro. Así que hacía allí nos fuimos. Como es habitual en estos conciertos secretos, el lugar estaba lleno y no faltaba nadie: promotores, medios, profesionales y demás farándula ya disfrutaban de la primera actuación de la noche, protagonizada por una Maika Makovski dicharachera y parlanchina, que defendió su repertorio únicamente con la guitarra eléctrica y se sintió tan cómoda que incluso se arrancó con una canción en macedonio (según contó, ha viajado recientemente al país en busca de sus orígenes).

 

Jupiter Lion

 

La relevó en el escenario Jero Romero, pero nuestros pasos se encaminaban ya hacia un nuevo destino: Era la hora de Jupiter Lion, que venían de compartir varias fechas por el país con Holy Fuck, pero que nunca se sintieron cómodos en escena. Su repertorio es de los que obligan a mover el cuerpo al compás de sus ritmos maquinales, pero la acumulación de problemas técnicos, que les impedían escucharse en condiciones y establecer las sincronías necesarias para que el animal de tres cabezas que es el grupo funcionara a pleno rendimiento, terminaron por consumir su paciencia, y tras solo media de hora de concierto, y ante la imposibilidad de entendimiento con la mesa de sonido, tiraron la toalla. Una pena, porque pese a los imponderables técnicos, el magma sónico que elaboran a partir de instrumentos rock (batería, bajo) y herramientas electrónicas (sintetizadores) había logrado poner en estado de trance a un público que iba aumentando de manera notoria, mientras en el exterior los relámpagos iluminaban el cielo y una fuerte tromba de agua vaciaba las calles de la ciudad.

 

Sr. Chinarro

 

Nada que no tuviera remedio, ya que Sr. Chinarro tocaba bajo techo. Al salir tuvo un hermoso detalle recordando al recientemente fallecido Fernando Cañas y acto seguido la emprendió con un concierto que sirvió para saborear los temas de su nuevo disco y para constatar la renovación de su entente con Jordi Gil y compañía. Como en todas las grandes historias de amor, la de Antonio Luque y sus músicos está llena de desplantes y reconciliaciones, casi un ingrediente más del combustible que permite avanzar al proyecto. El concierto dejó buen sabor de boca y nos devolvió al asfalto, camino de la sala Mucho Teatro, donde Ginferno y los Saxos del Averno ofrecían su show de despedida.

 

Ginferno y los Saxos del Averno

 

Ni que decir tiene que se fueron por la puerta grande. Kim Warsen fue el maestro de ceremonias perfecto durante un set en el que la banda hizo trizas cualquier adscripción genérica posible. Ellos hablan de afro-rockabilly, calypso-punk, swing asiático o garage aborigen, pero en realidad su propuesta está más allá de etiquetajes ingeniosos. Música multiforme, que dispara al mismo tiempo al cerebro y a las piernas, dinámica en su concepción rítmica y sobrada de recursos a la hora de sacar partido a su exuberante sección de metal. La fiesta total en un mundo perfecto, hasta el punto de que parecía una broma macabra que estuvieran diciendo adiós desde la discreción justo antes de que la descafeinada (y, claro, exitosa) tropa de Delafé y las Flores Azules ocupara el mismo escenario. Era el momento de salir de nuevo a la calle, donde Cabezafuego y sus amigos animaban al personal desplegando energía hillbilly, y de paso aprovechar para visitar un espacio en el que todavía no habíamos hecho parada: El Teatro Muñoz Seca.

 

Cabezafuego y compañía, liándola en la calle

 

Un recinto de lujo (acústica perfecta, butacas) para acoger a un artista superlativo, único, irrepetible: Dorian Wood. El viernes, en una comida de hermandad organizada por el incansable Joan Vich Montaner, se había subido a un pequeño tablao flamenco para cantar tres canciones mientras una numerosa y hambrienta parroquia daba cuenta de un sabroso guiso de berza. Su imponente presencia física y la intensidad emocional con que las interpretó hicieron que se detuviera el tiempo. Verlo acompañado de su banda española en el teatro era, sin duda, uno de los platos fuertes de la noche, pese a lo avanzado de la hora y el cansancio acumulado. Y el americano no defraudó. Se plantó en medio del escenario con una camiseta en la que lucía la palabra “Maricón”, y en cuanto comenzó a cantar, la atmósfera cambió. Wood da un sentido a la interpretación que se basa tanto en la voz como en su capacidad expresiva (tiene background como performer), llevando las canciones a otra dimensión, creando una atmósfera especial en la que también juega un papel clave la instrumentación (acordeón, contrabajo, guitarra eléctrica y batería, mayoritariamente tocada con mazas). En la misma liga que Antony Hegarty (tiempo al tiempo), pero con sangre latina en las venas, Wood es un personaje bigger than life al que es difícil olvidar después de haberlo visto en directo. Focalizando la atención desde el centro de la escena o sentado al piano, convierte cada canción en un momento de trascendencia espiritual. Sublime.

 

Dorian Wood

 

Con el ánimo y el alma machacados, aún quedaba una última parada, de vuelta a Mucho Teatro. En su tercera visita al Monkey Week, los murcianos Perro mostraron la enorme evolución que han experimentado en muy poco tiempo. Son ya una banda de primera división, parte de la magnífica generación a la que hacíamos referencia al principio del texto al hablar de Juventud Juché, y la orgia polirrítmica que imprimen sus dos baterías les otorga un matiz de peculiaridad que impulsa el aquelarre lúdico orquestado por guitara, bajo y voz. Tienen bacalao, tienen melodía, y tienen un talento descomunal, que les permitió meterse en el bolsillo al numeroso público que abarrotaba la sala y que aún tendría premio extra por su asistencia: El show final de los gallegos Unicornibot, siempre una garantía en directo. No obstante, la luz de reserva llevaba ya horas encendida en el panel de mandos de nuestros cuerpos, así que enfilamos hacia el hotel mientras caíamos en la cuenta de que ni siquiera habíamos tenido tiempo para cenar. Es lo que tiene el Monkey Week.

 

Perro

 Fotos: Liberto Peiró

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