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CRÓNICA SÓNAR 2015: VIERNES

Las energías de cara a la segunda jornada todavía se mantenían a un nivel óptimo ya que la noche anterior el festival no había contado con programación. El día fue muy entretenido, desde prácticamente la apertura de puertas. Lo cierto es que la concurrencia  de público fue fluida desde el principio. Está claro que el día soleado ayudó, pero también lo hizo el cartel, que probablemente fue el más completo de los tres (sobretodo su tramo diurno). Empezamos la jornada con nada menos que Noir Noir, y un directo afiladísimo a base de música industrial, kraut rock, psicodelia e incluso black metal. Más de uno fruncía el ceño y se encogía de hombros. Cierto, que no es una propuesta sonora habitual en Sónar, pero también hay que decir que Sónar siempre ha apostado por planteamientos extremos desde hace años. Mientras tanto Brigitte Laverne, iba por otros derroteros. Su directo pivotó alrededor de los sonidos más previsibles de la manida década de los 80. La verdad es que el componente sorpresivo brilló por su ausencia, aunque el escaso público que congregó tampoco necesitó más a esas horas . Poco después Redinho, en el escenario principal arremetieron con su particular revisión del funk cósmico de los 70. El músico británico, estilete del sello de Glasgow Numbers desde su fundación, presentó su primer disco, “Redinho”, y lo cierto es que consiguió que muchos decidiesen retrasar la hora de comer hasta que se acabase su set. Cautivaron con una propuesta a medio camino entre lo orgánico y lo electrónico. Dispararon bases poderosas, combinadas con voces negras de alto octanaje. La segunda parte del set fue mucho más ragga que funk. Pero no fue problema para el puñado de almas que se entregaron bajo un sol de justicia. Cuando acabó nos fuimos a comer. Este año en la zona de comidas se han instalado algunos food trucks que ofrecen una variada carta de comida rápida. Así que tras una hamburguesa de rigor nos fuimos corriendo a SonarDôme donde los estadounidenses Teengirl Fantasy estaban maravillando con una refinadísima propuesta que aúna R&B minimalista y bases de baile a mucho volumen. Rápidamente pusieron en órbita a la gente. El dúo se parapetó tras su maquinaria y se decantaron por una electrónica planeadora a con beats acelerados y bajos envolventes. Lástima del exceso de luz.

Redinho Foto: Ariel Martini

Poco después, nos fuimos a SonarComplex, pero de camino nos paramos un rato para ver la actuación de Headbirds en SonarVillage. El dúo canadiense empezó a acaparar a público en el SonarVillage con su particular fórmula secreta a base de techno y bass a granel. ¿Quién dijo que antes de las 17 horas las sesiones debían ser sosegadas? Y de allí no salimos en un buen rato. Tocaba ración doble de música extrema. El primer plato lo protagonizó, nada menos que Russel Haswell, uno de los luminarias más extravagantes de la IDM, muy amigo de la cúpula directiva de WARP y mucho más extremo que el accionismo vienés. Haswell inició su carrera en la misma liga que Aphex Twin, Squarepusher y Autechre, pero poco a poco encontró su camino en la deconstrucción sonora. Su concierto fue una plasmación a partir del ruido digital. Fue recibido con una ovación. Salió muy concentrado y no tardó mucho en colocarse tras sus máquinas digitales, con las que empezó a lanzar sonidos atronadores de difícil deglución. Eso sí, antes de ponerse a ello, descorchó una botella de champán que se fue bebiendo –directamente del envase, eso sí- a lo largo del concierto. Fue del drill fragmentado al electro de choque. Antes de continuar con la sesión doble de ruido en SonarComplex, salimos a ver qué tal se lo hacía Owen Pallett en SonarVillage. No duramos más de 10 minutos. Su propuesta, sin duda, estaba bastante descontextualizada. No era lugar ni hora para violines y entonaciones vocales a lo Chris Martin de Coldplay. Buena parte del público optó por una opción B. Nosotros lo teníamos claro. Volvimos al Auditorio para ver el concierto de KTL, un proyecto extremos, fruto de la colaboración entre Pita (capo del sello austriaco Mego) y Stephen O’Malley de Sunn O))). ¡Ahí es nada! Su propuesta fue mucho más allá que la de Haswel. Aparecieron en el escenario con un trasfondo de tonos azulados. Y puntuales como un reloj suizo empezaron a conducirnos hacia su particular universo sonoro. A través de la modulación del ruido consiguieron enarbolar paisajes de dark ambient y psicodelia. Tras una intro de más de veinte minutos desplegaron toda su alquimia teniendo al drone como materia prima de sus construcciones.

Kiasmos Foto: Ariel Martini

Tras la experiencia atronadora doble nos acercamos a SonarHall, para oxigenarnos un poco con Kiasmos, una de las sensaciones del año pasado. El disco de debut de los islandeses, de título homónimo, es una obra de orfebrería sonora al alcance de muy pocos a día de hoy. Este proyecto lo conforman Ólafur Arnalds y Janus Rasmussen. El primero es un conocido pianista y compositor contemporáneo y el segundo es un productor de electropop conocido en la escena de su país. Ambos han sumado fuerzas para crear esta maravilla de electrónica fina con arreglos orquestales y mucho protagonismo del piano. Y su directo fue de una calidad casi perfecta. Además cuidaron mucho los recursos lumínicos. Kiasmos llegaron, vieron y vencieron. Llenaron el SonarHall y de allí no se movió nadie hasta que acabaron. SonarDôme donde los alemanes Xosar & Thorn Hawk estaban arremetiendo con techno oscurantista a una audiencia que abarrotaba el espacio. Y para acabar la jornada diurna, nada mejor que Squarepusher, otro de los clásicos de la electrónica cerebral.

Squarepusher  Foto: Ariel Martini

Si ayer fueron Autechre los que llamaron a la nostalgia, hoy le tocó el turno a Tom Jenkinson. Vino a presentar “Damogen Furies”, un disco que vuelve a mostrarnos el vertiente más visceral, con grandes dosis de alucinación, pesadillas y brutalidad sonora. Para lograrlo, Jenkinson ha grabado los ocho temas del disco del tirón, sin edits posteriores, y ha usado exclusivamente los nuevos instrumentos que ha venido creando a lo largo de la última década y que vimos en el concierto. La puesta en escena fue espectacular, con nuevas imágenes, dispositivos tecnológicos ultramodernos y la disponibilidad de este equipo sonoro propio, que le permitió tocar en directo con la libertad de transformar la música como quiso en cada momento.

Por la noche el programa venía cargadito de propuestas de baile. Antes, A$AP Rocky intentó que meneásemos las cadera y levantásemos los brazos a través de su música. Y lo consiguió, pero solo por momentos. No triunfaron a nivel de público. Y en cuanto a lo musical, la cosa se quedó en un “bien” justito. Después nos acercamos a SonarPub a ver a Róisín Murphy. La ex cantante de Moloko, presentó su último disco, “Hairless Toys”. Definitivamente se ha decantado por los sonidos de la época dorada de la música disco, con bases de house clásico. Pero a su cancionero le falta pegada. Los temas estuvieron muy bien interpretados pero los hits se echan de menos. En cambio, en SonarCar Paranoid London revisó el crepúsculo mismo del techno de Detroit, pero en su versión más callejera. Su directo fue contundente, y en gran medida Gerardo Delgado y Quinn Whalley tuvieron una actitud punk.

A$AP Rocky Foto: Fernando Schaepfer

Un rato más tarde, los sudafricanos Die Antwoord volvieron a poner patas arriba el escenario de SonaClub. Eso sí, no llegaron a los niveles de saturación de sus anteriores comparecencias. En cambio Totally Enormous Extinct Donosaurs hicieron una sesión en la que no faltaron hits de house. Luego Hot Chip, actuaba por segunda vez en el festival. Esta vez, en la noche, y volvieron a obtener los mismos resultados que el día anterior. El set fue exactamente le mismo, con la versión del tema de Bruce Springsteen, “Dancing in the Dark” incluida. Otra vez en SonarCar, la alemana Helena Hauff puso a todo el mundo firmes con un set de oscuridad extrema a base de EBM, acid techno y música industrial de cuarto oscuro. ¡miedo fue poco! Poco antes, pasamos por SonarLab a echar un vistazo a lo que acontecía el primer concierto en directo de Tiga. Estuvimos poco porque la experiencia no nos convenció. Aunque al público sí, ya que abarrotaron aquel escenario de principio a fin. Eso sí la puesta en escena fue brillante, con maniquís como atrezo y mucha estética 80s.

Róisín Murphy Foto: Bianca de Vilar

El que sí lo hizo fue Skrillex. La estrella del otro lado del Atlántico, volvió a congregar un gran número de seguidores- aunque tampoco llegó a los niveles de su anterior visita-. Volvió a desplegar todos sus recursos de star DJ, con continuos bailes, recitados sobre las canciones y parones de música intencionados, siempre buscando una reacción del público. Musicalmente, hubo de todo en su túrmix sonoro. Desde temas propios como su remix de “Breakn’ A Sweat” de The Doors a “Sweet Dreams” de Eurythmics. SonarClub. Daniel Avery, por su parte, abrió otro frente media hora después en SonarPub. Sus armas fueron el techno y el house, pero con actitud punk. Y para acabar la noche, qué mejor que The 2 Bears, el proyecto paralelo de Joe Goddard de Hot Chip, junto a Ralf Ruder. Su apuesta por la vertiente más lúdica de la música de baile funcionó a la perfección.

 

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