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CRÓNICA VIDA FESTIVAL

Y pasó el Vida Festival. Presentado como el heredero natural del Faraday, su emplazamiento en la Masia de Can Cabanyes ha terminado por darle al festival empaque propio, alejando la nostalgia de los que considerábamos al festival del Molí del Far como algo más que dos días de música, abriéndonos a una nueva etapa en la que el contexto y el entorno terminaron por tener casi la misma importancia que la programación musical en sí. Y eso es mucho si nos referimos a un cartel en el que nombres como M. Ward o Yo La Tengo han puesto el listón muy alto de cara a próximas ediciones.

En ese campo, la presentación en sociedad del festival y su puesta de largo como acontecimiento musical, el resultado fue de aprobado con nota. Nota alta en realidad. No es fácil implantar un sello propio en tan solo una edición, y el Vida lo ha logrado a la primera, alternando la comodidad del espacio con la propuesta artística. Esta se vio reforzada el segundo día con la sensible mejoría en la asistencia, que borró las sensaciones agridulces del relativo pinchazo de la primera jornada en términos de asistencia. Cuidadosos con los detalles, los responsables del Vida han logrado tejer un marco encantador, quedando la tarea pendiente de fidelizar al público durante todo el festival, más allá de la presencia icónica de una figura como Lana del Rey. Cosas del destino, al heredero del Faraday, el festival que dijo adiós tras tocar techo en términos de popularidad, le costó arrancar en su primera jornada, pinchando en lo único que no dependía de ellos, las cifras de asistencia. La competitividad de los precios y la enjundia del cartel hacían vaticinar un tránsito mayor que el conseguido, especialmente en el primer día.

 

Un entorno ideal

 

Y eso que, Lana del Rey al margen, la programación se desplegó excelente a lo largo de todo el line-up, sobre todo en lo referente a los distintos nombres internacionales que coronaban cada una de las dos jornadas principales del Vida, con M. Ward y Rufus Wainwright en la complicada jornada inaugural –las 5.000 personas que se acercaron al precioso emplazamiento concebido por la organización no lograron completar el aforo- y la más concurrida del sábado, en la que Lana del Rey arrastró masas, por más que Yo La Tengo se queden con el premio simbólico del mejor concierto del festival.

La llegada al Vida impacta. El bosque encantado en el que se emplaza, caminos iluminados en plena naturaleza, contribuye a ello y te hace olvidar la vida marina que se respiraba en el Faraday, festival presente en la mente de muchos camino a Vilanova antes de empezar. Como en un cuento de hadas, todo ocurrió en un bosque fantástico ya desde primera hora de la primera jornada, cuando Alberto Montero, Pau Vallvé y Joan Colomo arrancaron el festival ante una audiencia aún reducida, incrementada con la llegada de Sr. Chinarro, capitán de barco aquí en un escenario minúsculo, una barcaza que lanza un guiño a esa Vilanova marítima ya aludida, con el que completó el primer tramo del festival.

Para muchos, todo empezó con M. Ward. Suya fue la atención mediática en el escenario Estrella Damm, brindando un concierto en el que regaló su versión más rock, aparcando el folk de toque más country con el que ha hecho carrera en solitario. Aguerrido y eléctrico, nos dejó sin “For beginners”, aunque convenció con una puesta en escena más directa que la mostrada en su último paso por Barcelona, cuando se enroló en el cartel del Primavera Sound un par de años atrás presentando su faceta más folkie. Donde allí hubo folk, aquí brilló su versión más rock.

 

M. Ward (Foto: Martina Matencio)

 

Una de las grandes preocupaciones de la organización del Vida ha sido presentarse ante el mundo como un festival en el que prima el bienestar, en un entorno diferente, cuidadoso incluso con la configuración de una parrilla concebida para evitar las solapaciones en su cartel. Ello nos permitió enlazar M. Ward con Timber Timbre caminando tan solo unos pocos metros, en el que fue un buen concierto de los canadienses –no faltó “Black Water”- justo antes del otro gran pico emocional de la jornada, protagonizado por un Rufus Wainwright al que se le esperaba con ganas. Y no falló, pese a llegar fatigado por el vuelo que le trajo al Vida.

Recién aterrizado, Wainwright cumplió en el que fue el concierto con más tirón de la jornada. Se presentó con un formato intimista, y una acústica de órdago, en el que brilló, claro, la infalible “Hallelujah”, abriendo de paso el tramo final del día con Cheatahs. La fluidez de la programación se benefició tanto del tino de la organización a la hora de programar de manera continuada el final de un concierto con el inicio de otro como de la proximidad de los escenarios principales.

 

Rufus Wainwright (Foto: Ray Molinari)

 

Los británicos ofrecieron un set pulido, un contraste de sensaciones reforzado por su combinación de shoegaze y rock con el que supieron convencer a la audiencia, dejando de paso la sensación de que la clase media del festival ha cumplido con creces.

Más o menos a la misma hora que Cheatahs, el Bosc Encantat volvió a llenarse de música con El Último Vecino. A Gerard Alegre se le ha podido ver este año en casi todos los festivales del circuito catalán, lo que no quitó que mucha gente se decantase por él en la primera solapación de la jornada. El responsable de “Un sueño terrible” correspondió con un set vibrante en el que todo, la luz de la luna, la calidez del bosque y, por qué no decirlo, el buen momento por el que pasa la banda, sumó para hacer de la suya una propuesta redonda

A Mishima les tocó protagonizar el último gran concierto de la jornada, con el reto de contener a una audiencia menor de la esperada. Lo lograron aprovechando el dulce momento que atraviesan, en feeling permanente con su público, el mismo que ha asumido como propio hacer de cada presentación de Mishima un karaoke global, fiesta colectiva vertebrada en torno a los himnos marca de la casa que apuntalan el buen momento de Carabén y compañía.

Resuelta la primera jornada con sensaciones muy gratas en lo referente a lo organizativo, el run run camino a la Masía vaticinaba ya desde primera hora una mejor respuesta del público para la segunda. Que el efecto Lana del Rey se iba a notar se percibía ya en las coronas de flores que exhibían sus seguidoras desde primera hora de la tarde en varias localizaciones de Vilanova.

 

Silvia Pérez Cruz y Raül Fernández Miró (Foto: Ray Molinari)

 

Antes, claro, pasaron cosas. Los conciertos matinales y la cálida presencia de Silvia Pérez Cruz y Raül Fernández Miró en El Vaixell –su concierto agrupó a espectadores de todas las edades– sirvieron para caldear un ambiente que fue definitivamente a más con Yo La Tengo, protagonistas de hecho de una de las actuaciones más jaleadas de la noche. Los de Hoboken se marcaron un repertorio que alternó temas icónicos –”Sugarcube”– con algunos de los presentados en su último disco, en un concierto de contrastes en el que pasamos del noise de sus pasajes más aguerridos a la calma de “I’ll be around”, en un concierto que gustó a los incondicionales, mezclados con los seguidores más fieles de Lana, que se apilaron en las primeras filas a un par de horas largas del inicio del festival. Hubo espacio para la magia –cuesta mucho no vibrar con “Little Honda”– y para la emoción, la misma que exhala “Ohm”, instalada ya en el panteón de los admiradores del trío, tan sólidos como eficientes.

Todo cuanto rodeó el concierto de Yo La Tengo serviría por sí solo para aprobar con nota al Vida, al que aún le quedaba mucho recorrido para entonces. A Hidrogenesse le tocó lidiar con los gajes de la programación. Encuadrado entre los dos grandes conciertos de la noche, el dúo barcelonés tiró de oficio para amenizar la espera de la gran protagonista del festival, la que más expectativas generó y la que más gente atrajo. Un público ganado de antemano, que trató con veneración a la autora de “Blue Jeans”, cuya entrada fue recibida con gritos casi de pánico, que enmarcaron su arranque con “Cola”.

 

Yo La Tengo (Foto: Ray Molinari)

 

La puesta en escena de Lana del Rey se refuerza con una banda curtida en mil batallas, que defiende un set por el que destilan temas como “Body Electric” o “West Coast”, antesala todos ellos de un “Born to Die” con el que alcanza el primer clímax de la noche. Interpretado su gran hit, el tema llamado a definirla en lo sucesivo, Lana se bajó del escenario y se acercó a sus seguidores para fotografiarse con ellos y darse un baño de masas que, siendo honestos, se hizo algo largo para los que acudimos al concierto ajenos a ese contexto casi religioso, que no eclipsa ni su sólida puesta en escena ni la buena defensa que hizo de su último álbum, un “Ultraviolence” cuyo directo no desmerece el disco, desmintiendo a quienes la acusan de padecer un directo discreto.

De vuelta al escenario, temas como “Ultraviolence” o “Carmen” sirvieron para retomar el pulso de un set que se guardó para la recta final dos de sus mejores bazas. Tanto la sentida “Video Games” como “National Anthem” pusieron la guinda a un concierto que acabó con ofrenda incluida, un ritual litúrgico que coronó a Lana del Rey como la reina de esta primera edición del Vida por aclamación popular. La de sus fans.

Cumplido el gran pico emocional del festival, Katie Stelmanis y The Parrots se repartieron a la audiencia que decidió posponer la cena, alargando el festival más allá de sus nombres más capitales. La primera nos regaló un repertorio synth-pop animado y contagioso, en una sincronía con el público similar a la conseguida por The Parrots en el Bosc Encantat. El surfeo de los madrileños cuajó para enfilar una recta final en la que Pional y los portugueses Paus regalaron contrastes a modo de despedida.

 

La afluencia de público aumentó el sábado (Foto: Ray Molinari)

 

Superado con nota el examen organizativo, al Vida Festival le queda ahora la tarea de dar contenido a su legado, más allá del precioso (y preciosista) marco en el que ha edificado sus pilares y de su decidida apuesta por buscar la exclusividad en el line-up, sin renunciar por ello a la competitividad de los precios y al trato cercano. Acostumbrados como estamos a las masificaciones, se agradece disfrutar de nombres de semejante músculo en las condiciones como las aquí brindadas, tanto en los aspectos más relacionados con la música –los escenarios grandes disfrutan de buena acústica y los pequeños rezuman encanto– como los que envuelven al festival, tanto en la zona de los comedores como en las habilitadas para el descanso.

El reto a partir de ahora será seguir puliendo los detalles hasta engrasar la máquina y acabar de definir el perfil del cartel en lo sucesivo, algo para lo que se antoja vital completar el aforo, único lunar de un festival que parece haber hallado el espacio y fijado las intenciones para desarrollar algo especial. Con rodaje, raro sería que no funcione.

Rubén Izquierdo

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