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DCODE 2015: CRÓNICA

La quinta edición del DCode vino a ratificar el papel que este festival juega en el calendario veraniego. Cierre de temporada en la capital del reino –territorio poco propicio para eventos de estas características– con una propuesta eminentemente popular a la que el respetable responde con entusiasmo, agotando los abonos. Este año, además, se ampliaba la oferta en sesión mañanera, aunque la asistencia durante dicho tramo horario fuera tirando a discreta.

Trajano! bailaron con la más fea: apertura del festi a mediodía, amenazando lluvia y con mucho personal de camino aún. Tampoco escatimaron. De hecho, el cuarteto madrileño sonó con más empaque que en otras ocasiones y dejó buen sabor de boca. Sus referentes –los Cure de la trilogía siniestra o Décima Víctima– afloran sin sordina cuando pisan tabla y conectar con la voz de Lois Brea exige cierta predisposición, pero las canciones terminan imponiéndose y poco se puede objetar a su breve turno.

Wolf Alice lo tuvieron mucho más de cara. Era muy temprano, pero la carpa de Tentaciones se llenó de un público entusiasta que, en muchos casos, pilotaba de arriba a abajo el contenido de “My Love Is Cool”, su estupendo estreno en larga duración. La cantante Ellie Rowsell parece estar aprendiendo a lidiar con un estrellato que ya nadie discute. Retraída y algo distante, se transforma en las interpretaciones y demuestra tener un registro amplísimo, bien temperado, que en ocasiones recuerda a Tanya Donelly. Palabras mayores, desde luego. Más cerca de Veruca Salt que de Belly, en cualquier caso, el cuarteto londinense sembró con simiente de conquista de cara a futuras visitas con y dejó momentos para el recuerdo vía “Your Loves Whore” y “Giant Peach”. Merecían plaza en escenario grande y con horario favorable.

Como The Parrots se pasan por el forro cualquier convención y son enemigos declarados de la seriedad, parecen un grupo peor de lo que realmente son. Su pop de encaste garagero tiene pegada y suena con la crudeza debida. Y su actitud escénica –jolgorio beodo para festejar como si no hubiera un mañana– establece conexión incluso a la hora del vermú. En el pit, todo hay que decirlo, estaban muy por la labor y el rosario de pogos no se hizo esperar. El gran final, con Diego –cantante y guitarrista– surfeando sobre el respetable y abrazando una muñeca hinchable mientras algún técnico de escena se hacía cruces, tiene mucho de simbólico. Se niegan a crecer, al menos por el momento. Bienvenidos a Nunca Jamás, pues.

Flo Morrissey tuvo que plantar cara a una audiencia escasa y más por la labor del sesteo que otra cosa. La naturaleza de su propuesta, intimista y recoleta, tampoco acompañó. Secundada por un chelo, teclados y guitarra eléctrica, despachó un set irreprochable, proclive a la ensoñación folk, con la mirada puesta en la California de finales de los sesenta, por mucho que haya crecido en Notting Hill y todavía no haya cumplido los 21. Mientras la mocita se estrenaba en los escenarios madrileños, Lúa Ríos y Carlos del Amo, Gold Lake, firmaban doblete en uno de los tablados principales, ya que habían tocado también en el pase de mañana. Les encargaron sustituir a Hinds, quienes no pudieron llegar a tiempo al surgir problemas con su traslado desde Palma. El jovencísimo cuarteto madrileño actuó un par de horas más tarde de lo previsto, sin lograr despejar las dudas que genera su pop naíf en la estela de grupos como The Pastels. Atacaron con desparpajo ese floreciente repertorio, aunque sus evidentes limitaciones expresivas e instrumentales todavía ganan la partida.

Sobrada de argumentos artísticos e interpretativos iba Natalia Lafourcade. Y su imponente banda, tres cuartas de lo mismo. La subida de listón ejecutada por la mejicana en sus pletóricos 45 minutos fue más que bienvenida e invita a reflexionar. El pop latinoamericano está tejiendo un discurso común, reconocible y genuino sin renunciar a su propia tradición y sin abdicar de unos incuestionables estándares de calidad. El concierto de Lafourcade fue una refrescante ventisca, apta para todos los públicos. Un verdadero festín que esperamos volver a disfrutar más de cerca y sin el azote de la solana.

A cubierto, en pleno atardecer, descargaron The Unfinished Sympathy, redivivos tras varios años de parón. La emoción por el reencuentro se transformó en una euforia paulatina, que fue creciendo conforme el grupo barcelonés fue interpretando un puñado de canciones que forman parte de la memoria del indie-rock facturado aquí. Electrizantes como de costumbre,  felices por el calor recibido desde la platea, conjuraron cualquier recelo sobre la pertinencia de su regreso ante un público no excesivamente numeroso. Su obra tiene la enjundia y el peso específico como para trascender el paso del tiempo. Ojalá se animen y haya prórroga, porque estos 40 minutos nos dejaron con ganas de mucho más.

Mientras The Vaccines se encomendaban a la infalibilidad de sus hitos primigenios –que es lo que procede en estos casos, sobre todo cuando tu nuevo álbum va justito de inspiración–, la organización del festival comparecía en la zona de prensa para hacer oficial la caída de cartel de Sam Smith. El británico, uno de los principales reclamos de esta edición, se quedó en tierra, aquejado de una afección en las vías respiratorias. Lástima, porque siempre apetece comprobar cual es el verdadero alcance en directo de un fenómeno comercial como el protagonizado por el veinteañero londinense durante la última temporada.

De vuelta a territorio patrio, pudimos comprobar que Supersubmarina siguen contando con el favor de la inmensa mayoría. Los de Baeza apuestan por el pop de formas amables, prácticamente neutras. El sonido y la ejecución son tan políticamente correctos, tan conservadores, que pueden llegar a irritar, aunque la reacción del respetable, todo entusiasmo, indique lo contrario. En el turno de Izal, que se dieron el enésimo baño de multitudes, las impresiones fueron muy similares. Sorprende el fervor con que la muchedumbre acogió una actuación tan henchida de épica como escasamente estimulante, con el aliciente del estreno de nuevas canciones de su próximo álbum, eso sí. Todo en su sitio, qué duda cabe, pero incapaz de pellizcar como es debido, pillando bien de cacho. Lo de L.A. es distinto, entre otras cosas porque el talento de Luis Alberto Segura, mayúsculo intérprete y avezado compositor de profundísima cultura pop, se impone a cualquier consideración. Irradia credibilidad de forma natural y su cancionero tiene ese componente de universalidad que le hace compatible con la AM adulta, la FM alternativa y lo que se le ponga por delante.

Sobre Suede no vamos a descubrir nada a estas alturas. La reunión del quinteto británico ha sido satisfactoria en el apartado creativo –“Bloodsports” no desmerecía tan imponente legado– y, lo mejor de todo, nos ha dado una segunda oportunidad para volver a disfrutar de uno de los mejores directos –seguramente el mejor– de la generación brit-pop. Con nuevo álbum previsto para 2016 –“Night Toughts”, del que pudimos escuchar una preciosa canción– y su imparable batería de hits, ofrecieron los mejores minutos de todo el festival. El arsenal de que disponen es tan nutrido que caras B como “Europe Is Our Playground” y “Killing of a Flash Boy” tienen entidad suficiente para abrir uno de sus conciertos o aguantar el tirón entre clásicos absolutos  como “The Drowners” o “New Generation”. Se permitieron un breve bis de carácter introspectivo, rematado por “Saturday Night”. Rendirse a la evidencia es la única opción en este caso, porque nunca fallan.

Foals siguen creciendo. Fueron recibidos con alfombra roja y respondieron a las expectativas –venían a presentar el recentísimo “What Went Down”– con una demostración de fuerza no exenta de matices. Arrollaron, confirmando que el traje rockero les sienta mejor que el atuendo de finolis con ínfulas experimentales. No renuncian a esa vena arty que siempre les ha caracterizado, pero su directo cada vez es más sanguíneo. Y eso, en el territorio comanche del festival multitudinario, suele traducirse en triunfo.

Texto: César Luquero

Foto de portada: The Vaccines (DCode)

 

 

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2 comentarios
  1. Javi Fernández says:

    Pero qué clase de payaso ha escrito esto? Alguien se ha dado cuenta de que califica como POP a The Parrots, Hinds, Natalia Lafourcade, Supersubmarina y L.A.? Es que acaso todos suenan igual?
    Que tenga cuidado no vaya a ser que el autor vaya al Sónar y escuche demasiado POP, hoy en día nunca se sabe eh!
    JAJAJAJAJA que vergüenza

    Responder
    • Redacción ByTHEFEST says:

      Buenos días Javi. Normalmente no solemos aprobar comentarios en los que se insulta, pero el tuyo es tan “gracioso” que merecía figurar en nuestra página. Posiblemente no conocerás que la etiqueta POP viene de popular y que su encasillamiento en cierto tipo de sonido es algo que por suerte o desgracia ha sido fruto del reduccionismo POPULAR. Sería bastante arriesgado etiquetar como POP a Sun O))), pero “desgraciadamente” todos los artistas programados en el DCode hacen pop, ya sea pop rockk, pop electrónico, pop con tintes folk o incluso el garage de The Parrots o Hinds es más bien un estilo lo suficientemente deshuesado para poder denominarlo POP (si quieres hablar de garage rock te recomiento que primero vuelvas a repasar a The Stooges y a MC5). El amigo Luis Alberto de L.A. también tamiza su rock americano de todo aquello que se puede denominar pop, no creo que a el le molestara la etiqueta.
      Sin querer darte más la brasa, te recomiendo que ahondes en el término. No hace falta que leas a Simon Reynolds, solamente con la entrada de wikipedia de POP (aunque quizá es algo simple) puedas entender mejor lo que te he dicho.

      Me alegro que te haya hecho reir el artículo de mi compañero, es algo genial y a eso se dedican los payasos. A mi me has hecho reir a carcajadas esta mañana, aunque no se realmente a lo que te dedicas…

      Muchas gracias por leernos, un saludo.

      David Blutaski

      Responder

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