beck morning phase

DCODE: MANUAL DE USO

Un año más (y ya van cuatro) el DCODE inaugura el curso festivalero (si es que ha llegado a detenerse) casi paralelamente al inicio escolar, desde el Campus de la Universidad Complutense de Madrid. Se trata de un certamen sin camping, que no vive obsesionado con crecer y con la ventaja de desarrollarse en una ciudad grande. Reducido a una jornada (sábado, 13 de septiembre) desde la edición pasada, sigue fiel a la plantilla que lo ha caracterizado desde su nacimiento: cabezas de cartel de renombre, una nómina de grupos británicos que provocará el éxtasis en los suscriptores del NME, la dosis obligada de indie mainstream (Lori Meyers, Supersubmarina y Love Of Lesbian ceden el relevo a Vetusta Morla y Russian Red), combustible para convertir aquello en una gigantesca pista de baile, y reducido protagonismo para las promesas nacionales que están a punto de dejar de serlo.

 

 

Si hay un nombre que destaque en el cartel es el de Beck. Y no sólo por ser su única fecha en España, sino porque llega en un estupendo momento de forma. Este 2014 rompía con seis años de sequía discográfica. Un tiempo en el que no dejó de participar en propuestas poco convencionales (como su estratosférica versión del “Sound and Vision” de David Bowie, con un despliegue audiovisual propio de una superproducción) y de cuidar su maltrecha espalda. “Morning Phase”, que así se llama el nuevo álbum, son trece canciones luminosas en las que coquetea con el folk y la psicodelia californiana continuando (y superando con creces) el camino abierto con “Sea Changes” (2002). El norteamericano deja en ropa interior a la hornada de nuevos hippies que parecen salir de debajo de las piedras. Pero que los fans más clásicos no teman nada. Su setlist sigue incluyendo un repaso por los hits más celebrados de su repertorio y, también, un “cover” de Donna Summer. Mientras, en su mochila, ya se le acumulan un par de nuevos trabajos.

 

 

Otros dos nombres propios del DCODE 2014 son Jake Bugg y Anna Calvi. El primero, con solo 18 años, puso patas arriba la fácilmente impresionable escena británica, con un disco homónimo que rezumaba rock and roll por todos sus poros. La tríada Buddy Holly-Bob Dylan-Johnny Cash le bastó para facturar una colección de canciones tan sencillas como sinceras. Con su segundo trabajo, “Shangri La” (2013), ahondó en la fórmula, pero ampliando la paleta sonora hacia Neil Young o Hank Williams, tocando como si estuviera enfadado, aumentando la electricidad y dejándose acariciar por los cantos de sirena de Oasis. Hizo pleno de nuevo. Lo mejor de Bugg es que parece que esté de pretemporada y, que si no se tuerce (y juntarse con Rick Rubin es de las cosas que no debería dejar de hacer) tiene un margen de crecimiento musical abrumador.

 

 

Anna Calvi ha tenido que acostumbrarse a convivir con la comparación eterna con PJ Harvey. La personalidad de su voz, capaz de encarar cualquier registro y hacer crecer toda canción que se cruza en su camino, ha tenido mucho que ver. También su actitud. Para describirla no hay mejor opción que parafrasear el dicho popular, porque una canción vale más que mil palabras. “Suddenly”, con la que se abre su formidable segundo disco, “One breath”, cumple a la perfección esa misión. Es un tema multipolar en el que comparten minutaje una base pop, aires soul, melodías oscuras, una voz que coquetea con tonalidades tan alejadas como las de una crooner sensual y una cantante de ópera, una inesperada mutación a mitad de recorrido a cargo de una descarga eléctrica que la transforma por completo para, después de un pasaje de elegante calma, recuperar el aliento inicial. Todo eso es Calvi. Y, aunque parezca increíble, las piezas del puzzle encajan a la perfección.

 

 

Seguramente muchos de los asistentes al DCODE tendrán marcado el concierto de Wild Beasts como imprescindible. Buen gusto demostrarán. Despejado el romanticismo despendolado (que lindaba con el cabaret) de su debut, han ido depurando su sonido con devoción minimalista hasta abrazar la fe del synth-pop, como si de unos Talk Talk del siglo XXI se tratara. Etéreos, épicos, dramáticos, ácidos y divertidamente críticos, con unas letras que dejan claro que no sacan discos para hacer amigos. Las mismas que lucen sazonadas de referencias culturales, sin atisbo alguno de postureo. Sin embargo, que la etiqueta arty no impida ver el bosque. ¿O acaso alguien se acuerda a estas alturas de Art Brut?

 

 

Lo de Bombay Bicycle Club merecería un estudio del ADN de sus miembros. Cuatro discos que podrían ser de cuatro grupos distintos. Con “I Had The Blues But I Shook Them Loose” (2009) finiquitaron la urgencia típica de una obra primeriza a ritmo de indie-pop resultón; en “Flaws” (2010) se dejaron mecer por el folk intimista y el dream pop; “A Different Kind Of Fix” (2011) supuso su primer encuentro con la electrónica; y el más reciente “So Long, See You Tomorrow” (2014) los ha convertido en feligreses de la psicodelia, ese extraño lugar común que va camino de virar en epidemia. ¡Quién se lo iba a decir a The Flaming Lips!

 

 

Bailar es una de las principales razones por las que la gente acude a los festivales. La Roux, Chvrches y Digitalism serán los encargados de saciar esa necesidad. La primera, después de una ópera prima sobreproducida que la lanzó al estrellato, descubrió los sonidos negroides en “Trouble paradise” (2014), y su receta de música electrónica de fácil digestión ganó enteros a base de despreocupados pellizcos funky. El debut de Chvrches fue como un recopilatorio de electro-pop punzante, cuyo nexo de unión era la voz de Lauren Mayberry. Suyos deben ser los minutos de danza descocada del festival, pero las sensaciones agridulces que dejaron en el Primavera Sound (hieratismo y frialdad en vena) dejan abierta la puerta de la incertidumbre. Digitalism, el dúo alemán formado por Jens “Jence” Moelle e Ismail “Isi” Tüfekçi, subirán al escenario en su condición de DJ’s. Si la visión hedonista de sus discos la trasladan a su sesión, la fiesta está asegurada.

 

 

No deja de resultar curioso que dos de los momentos, a priori, más interesantes del DCODE los protagonicen sendas bandas indies nacionales. Belako llevan puliendo su post-punk aguerrido todo el verano, de festival en festival. Una frenética actividad que no les ha hecho caer en la complacencia del piloto automático, sino todo lo contrario. Perro, por su parte, destaparon su bendita locura con un álbum en el que la ecuación distorsión + melodía se elevaba a la quinta potencia. Con la desgana vocal de Los Planetas, la militancia de Guided By Voices o las lecciones magistrales de The Feelies, empaquetaron once canciones de noise-pop que en directo deben sonar como un tiro.

 

 

Los amantes de los sonidos más pétreos pueden elegir entre Band of Skulls, cuyo eclecticismo parece una búsqueda desesperada por encontrar el pelotazo que los lance a la división del rock de estadio (si es que eso aún existe); o Royal Blood, los niños mimados de la prensa británica, cuyos dejes metaleros acaban lastrando demasiado unas canciones excesivamente deudoras de los Muse más plomizos. Que un primer disco suene como si fuera el cuarto no es un buen augurio.

 

 

El menú del DCODE se completa con los ya señalados Vetusta Morla y Russian Red, y Francisca Valenzuela y Sexy Zebras. Seguro que todos ellos, en mayor o menor medida, encuentran a su público.

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