Boca-Oreja

ELOGIO DE LA LETRA PEQUEÑA

La figura del prescriptor musical o cultural (“curator” en la lengua de Shakespeare) siempre ha tenido una más que notable importancia, pero parece que es en el actual contexto de consumo cultural -en el que el espectador se encuentra ante una especie de gigantesco buffet libre- cuando esta figura cobra una especial relevancia. Infinidad de películas, discos y libros a unos pocos clicks de distancia. La posibilidad de disponer de la discografía completa de This Heat o de todos los documentales de Errol Morris en aproximadamente quince minutos. En una entrevista publicada en Wired hace veinte años, Brian Eno anticipaba la importancia que la figura del prescriptor iba a tener en el campo del consumo cultural, así como en el de la creación artística: muchas bandas actuales (tal como sintetiza magistralmente Simon Reynolds en “Retromania”) no parecen tener especial interés en generar un discurso innovador sino más bien en recrear de manera personal un código estético ya existente, en centrar nuestra atención en uno de los platos del banquete en el que no nos habíamos fijado hasta ahora.

El espectador intenta guiar su tránsito por esta especie de grandes almacenes de 73 plantas en que se ha convertido el mercado cultural de la actualidad. Nos dejamos acompañar por sumilleres / prescriptores que son sensibles a nuestros intereses, al tiempo que nos muestran nuevos caminos y secciones y nos facilitan la digestión de cada nuevo bocado. De Captain Beefheart pasamos a Can y luego a Sun Ra. La cantidad de agentes que desempeñan en la actualidad este rol de curators ha crecido casi en la misma proporción en que lo ha hecho el acceso a los -con perdón- bienes de consumo cultural: medios escritos, páginas web, blogs y Tumblrs, foros y message boards, perfiles de Facebook y Twitter, etc…  Cada uno se acerca a las recomendaciones de estos distintos agentes (a veces en sentido positivo y otras en negativo, como una especie de anti-recomendación: si a Boyero no le gusta una película, seguro que a mí sí) en función de sus intereses y nuestra afinidad a ellos va gravitando progresivamente hacia otros en la medida que nuestros intereses van cambiando (a una velocidad muchísimo mayor que a la de hace una década, por supuesto). Paradójicamente, en un contexto en el que el Internet 2.0 debería haberse traducido en una liberación de la influencia casi tiránica  de algunos medios (lo que hace décadas era NME o Melody Maker), un gran número de -con perdón otra vez- consumidores siguen confiando casi exclusivamente en el criterio de páginas como Pitchfork o FACT.

Pero no sólo son los medios de comunicación (convencionales o no) los que ayudan a separar el grano de la paja. También festivales como Sonar o Primavera Sound son capaces de jugar un rol parecido. Es en la letra de tamaño mediano o pequeño del line up del Primavera Sound donde hay que buscar esas propuestas en las que los programadores se la juegan, poniendo el gran foco sobre artistas o grupos de culto que merecerían una mayor repercusión. El reciente anuncio del cartel del PS 2014 proyecta más que nunca esa impresión de que estamos ante dos festivales en uno solo: el de los grandes nombres (como decía acertadamente Gabi Ruiz en una entrevista para Rockdelux el indie rock se ha convertido en el nuevo mainstream) y el de propuestas bastante más minoritarias (grupos de culto que nunca han tocado en Europa, reuniones de bandas ignotas a las que sólo unos pocos han hecho caso en veinte años, grupos de noise escandinavo o de afrobeat, etc…). La nueva distribución de espacios (con los dos escenarios más grandes en el sector de levante) contribuye a transmitir esta percepción. Es en ese segundo (y tercer) nivel en el que acostumbra a estar la chicha del festival, todos esos platos que no habíamos tenido ocasión de saborear o que ni tan siquiera sabíamos que existían. Por descontado, claro que puede tener su atractivo acercarse al escenario grande (más por interés sociológico que estrictamente musical), igual que a todo el mundo le gusta comerse un falafel de vez en cuando, pero en los escenarios más pequeños es cuando uno puede arremangarse, tomar posiciones y paladear un plato a gusto. En realidad no tantos grupos pueden ser cabezas de cartel de un festival como el PS, pero las opciones para la segunda y tercera línea son verdaderamente innumerables. En consecuencia es ahí donde se puede calibrar la “línea editorial” del festival.

Por otro lado, el público que compra el abono de un festival como PS o Sonar (como en todos los análisis sociológicos ésta es una percepción muy personal) atraído por los grandes nombres (más joven, con menos años de bagaje en lo que a experiencias musicales se refiere) responde a un perfil ciertamente distinto del que viene animado por ese espíritu prescriptor al que nos referíamos antes y que ya había visto a Mercury Rev cuando tocaron en una sala oscura en la que había treinta personas. El segundo grupo es un perfil más exigente (a menudo muy crítico con la idea de los festivales en sí), pero mucho más fiel. Quiere que le seduzcan, que le lleven a sitios nuevos y busca más cosas en la música además de fiesta y diversión. Esperemos que el crecimiento de los dos festivales de referencia en España no comporte la pérdida de este espíritu aventurero que en definitiva es el que les llevó a estar donde están ahora.

Manel Peña

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