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ENTREVISTA: EL COLUMPIO ASESINO

El Columpio Asesino es uno de los protagonistas de la temporada de festivales. Han pasado por Bilbao BBK Live, Low o Arenal Sound, y les esperan Sonorama, Mona Fest, Ebrovisión, Kutxa Kultur Festibala o Deleste, entre otros. Están recorriendo la geografía estatal presentando “Ballenas muertas en San Sebastián”, un disco arriesgado y tormentoso que pretende ser reflejo del momento que vivimos. Hablamos con Albaro Arizaleta sobre este nuevo trabajo, los fines de ciclo, los festivales y muchas otras cosas interesantes.

 

Tras alcanzar el éxito con “Diamantes”, habeis publicado un disco arriesgado, cuando quizá el camino más fácil hubiera sido suavizar el sonido y hacerlo más accesible. ¿Os estimula el riesgo o es que estáis sobrados de confianza?

Nosotros siempre hemos hecho lo que hemos querido. Teníamos los mismos objetivos con “Diamantes” que con el resto de los discos, pero parece ser que con él dimos en la diana. Con “Ballenas muertas en San Sebastián” teníamos claro que, por la coyuntura del momento, queríamos hacer algo diferente, y lo hemos querido reflejar tanto con el sonido como con el concepto del disco.

 

¿Sois conscientes de que parte del público que sumasteis puede no llegar a metabolizar bien el nuevo disco?

Somos conscientes de que el disco era arriesgado desde que lo estábamos gestando en Bigüezal. Pero por otra parte también creo que son de agradecer las propuestas arriesgadas, y habrá gente que se descuelgue, pero también otra que se suba al nuevo proyecto, como con cada disco.

 

¿”Toro” es un lastre artístico o una bendición, como el gran éxito que os ha catapultado? ¿Puede restar visibilidad al resto de vuestro trabajo?

“Toro” es una bendición, aunque a veces los éxitos te acaban aburriendo. Hay que estar por encima de esas cosas. Si a lo largo de tu discografía logras hacer un par de temas que trasciendan al tiempo, eso que consigues. ¿Que luego acabas aborreciéndolos? Este trabajo es así. Para nosotros ha sido genial componer un tema que haya conectado tanto. Cuando lo hicimos no teníamos ni idea de la repercusión que iba a tener y no nos esperábamos algo así, porque no es una canción con los patrones y la estructura de un hit; es una canción muy extraña, la voz entra al minuto y medio, solo se hace una vez el estribillo y al final, no tiene una composición muy clásica. Nos sorprendió muchísimo. ¿Que ahora estemos un poco hartos del tema? Pues también, pero hay que reconocer que hemos conseguido mucho gracias a “Toro”.

 

Habéis estado dos años de gira y luego tres meses encerrados y aislados en el pequeño pueblo de Bigüezal para grabar el nuevo disco. ¿No tenéis miedo de acabar tirándoos los instrumentos a la cabeza los unos a los otros?

Sí que teníamos un poco de miedo de acabar hasta los huevos los unos de los otros, pero la verdad es que el experimento funcionó muy bien y tenemos un recuerdo fenomenal de ese verano. Optamos por hacer algo así porque estábamos sin canciones, en medio de una crisis, y decidimos coger el toro por los cuernos. Crear un espacio de trabajo y de concentración.

 

 

Tanto en las letras como en el sonido, el nuevo disco supura decadencia y desencanto social. Si estamos ante el final de algo, ¿qué es lo que le sigue?

No lo sé, la verdad es que nosotros, más que ofrecer respuestas, lo que lanzamos son interrogantes. Escribimos sobre lo que estamos sintiendo como el fin de una época, de un modelo social, el fin de unos valores y de una manera de vivir, y no tengo ni idea de lo que viene después. Son tiempos muy excitantes, espero que por lo menos esta crisis sirva para que tomemos conciencia de nuestro papel como ciudadanos y para estar más alerta. En este país nos hemos relajado muchísimo, eso es lo que ha pasado.

 

Aparte del tema del final de ciclo social, ¿hay alguna metáfora con respecto a vosotros mismos como banda?

Cuando surgió el título de “Ballenas muertas en San Sebastián”, esa ballena éramos nosotros como grupo, porque hubo momentos que pensamos que podría ser quizá nuestro último disco. No lo sabíamos, lo pasamos muy mal y sí que sentimos que era el final de algo. Había un par de paralelismos en ese sentido; una decadencia del exterior, del sistema, o lo que sea, y al mismo tiempo nuestra decadencia como banda.

 

Una vez exorcizado ese momento en forma de disco, ¿cómo veis esa situación ahora?

Conseguimos sacar el disco adelante y nos relajamos un poco, pero tenemos que juntarnos y hablar. Con este disco hemos cerrado una etapa, es un trabajo en el que se condensan propuestas ya planteadas anteriormente, pero llevadas al extremo, creo que en ese sentido ya hemos ido demasiado al hueso de la canción. No sé qué camino nos podría llevar a reinventarnos, pero por el que vamos ya ha llegado a su fin.

 

Por la potencia de los ritmos y el uso del lenguaje, los temas que cantas en el disco parecen mucho más agresivos, pero tras la dulzura de la voz de Cristina Martínez se esconden paisajes iguales o más inquietantes. ¿Buacais ese contrapunto?

Es una suerte tener dos cantantes tan antagónicos. Siempre hemos jugado con esas dos cartas: las canciones más melódicas se las damos a Cristina, porque las resuelve mejor, y las que son más mántricas las dejamos para mí. Nos gusta jugar con eso porque le quita linealidad al disco, puedes cambiar de registros y resultar más rico.

 

En la reedición del disco “La Gallina”, Loquillo colaboró con vosotros cantando “Yo soy tu hombre”. ¿Qué os puede unir a un artista como Loquillo? ¿La actitud?

Tampoco hay una gran historia detrás. Cuando estábamos preparando la reedición, nos dimos cuenta de que cuando entraba la voz en el tema la voz nos recordaba a algunas canciones de Loquillo, y por aquel entonces nuestro manager tenía contactos con él. Empezó como algo anecdótico, fue cogiendo forma y al final surgió una colaboración interesante, además de una amistad.

 

Pero parece que al menos en actitud tenéis más en común con artistas más veteranos que con algunos de los nuevas bandas indies con las que compartís festivales y seguidores; la “mala baba” que ya habéis comentado en otras ocasiones.

A las nuevas bandas les quedan muy lejos los ochenta, el punk y todo esto. Se nota quiénes hemos sentido los últimos coletazos de aquel espíritu. Hemos mamado de grupos que nos han dado otra actitud, y a muchas bandas jóvenes les falta ese poso o ese bagaje. Entiendo que cada uno hace lo que le da la gana, pero la crítica que hacía en aquel titular era por romper una lanza por las propuestas más arriesgadas en los festivales, porque parece que se está estandarizando un sonido bastante amable y que se echa en falta ese riesgo.

 

 

¿Crees que se está produciendo lo que ya se está llamando “la burbuja de los festivales”?

Creo que ahora están de moda y va mucha gente, pero no sé que porcentaje de los que van conocen a los grupos que tocan. Hay gente que va a los festivales como antes iba a las discotecas, pero bueno, tampoco nos vamos a quejar de que antes no había y que ahora hay demasiados. También es extraño lo variado que es el público dependiendo del festival, hay algunos en los que el público va más a su bola y en otros es más entendido, por decirlo de alguna manera. Los festivales son un fenómeno que se me escapa, hay multitud por todos lados y creo que antes o después estallará esa burbuja

 

Participaste en el documental “Oírse” de David Arratibel, tanto en la banda sonora como contando tu experiencia como afectado por acúfenos -sonidos fantasmas o inexistentes- . ¿De qué manera te afecta esa patología a la hora de plantearte la música?

Me afecta bastante, hasta en el sentido de tocar y ejecutarla. Los cascos que he llevado toda la vida son unos cascos de obra, de hecho los primeros que llevaba en la gira me los tuve que fabricar yo, porque no existían unos adecuados. Me los pongo porque me tengo que proteger del ruido. Al mismo tiempo, como me aíslan, me puedo poner una claqueta a un volumen no muy agresivo, que es lo que creo que me causó el acúfeno. También me ha influido al componer letras, he compuesto canciones en torno al acúfeno. Está bastante presente en mi manera de vivir la música.

 

Este año volvéis a participar en multitud de festivales de verano. ¿Qué diferencias planteáis en estas actuaciones y las de las salas pequeñas?

Muchas. Para empezar, en un festival tienes que adecuar el concierto a un minutaje concreto. Por otra parte, debes ser consciente de que entre las cuatro o cinco mil personas del público puede que haya muchas que no te conozcan, por lo que el set list tiene que ser como exponer tus mejores galas en un escaparate. En las salas ya sabes que la gente que paga va específicamente a verte y se conoce tu repertorio, por eso el concierto es más largo, tocas caras B y todas esas cosas que tus seguidores agradecen.

 

Habiendo rodado ya por casi todos, ¿qué festivales os estimulan más? ¿Donde os sentís más a gusto?

Depende de la hora que te toque, etc. Al Sonorama le tenemos mucho cariño, porque vamos muchas bandas españolas y al final coincides con amigos. Es un festival en el que estamos realmente a gusto y lo pasamos bien.

 

En septiembre volvéis a México. Ya son muchas visitas y muchas experiencias, incluido un terremoto. ¿Qué os atrae del país?

Se agradece el aire fresco que aporta. Tuvimos la suerte de que nuestro primer disco ya se publicara allí y hemos ido con cada trabajo, esta vez será la sexta o la séptima. No sé qué factor hace que algunas bandas tengan más tirón en México, pero para nosotros la experiencia siempre ha sido para repetir. La próxima vez vamos a un festival en Monterrey, y supongo que haremos un par de fechas más. Según cómo vayan las cosas, quizá volvamos a final de gira.

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