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CRÓNICA ARENAL SOUND: JUEVES

Tiene algo de spring break, esas vacaciones primaverales americanas en las que los estudiantes se abonan a la juerga y el desenfreno. El Arenal Sound es menos destroy, pero se ajusta al modelo. Miles de adolescentes de fiesta non stop en un recinto en el que la bebida varía de precio según la hora (de 14 h. a 18 h. es más barata), se prohibe a la prensa hacer fotos del camping (bajo contrato firmado) y no es extraño encontrarse con padres que dejan a sus tiernos infantes en la puerta del festival para pasar a recogerlos de madrugada. Como un resort o un parque temático, el Arenal Sound pone el espacio y la música, el resto es cosa de las hormonas, las ganas de divertirse y la capacidad de (des) control de cada uno. Bienvenidos a un nuevo concepto de festival, en el que un porcentaje muy elevado de público está más preocupado de hacerse el selfie de turno que de saber quién está sobre el escenario.

 

Ambientazo en Burriana

 

Bien es cierto que, cuando el grupo tiene tirón, la gente responde dándolo todo. Ocurrió a primera hora de la tarde, en el escenario principal, con La Pegatina. Si Mano Negra depuraron la patchanka, la banda catalana devalúa la fórmula (cumbia, reggae, rock, rumba, ska y lo que se tercie) hasta convertirla en pura y simple pachanga, en la que no falta ni uno solo de los tópicos asociados a la verbena. Invitaron a cantar a Santi Balmes (Love of Lesbian) en “Amantes de lo ajeno”, pusieron al público a bailar y terminaron provocando vergüenza ajena en la presentación de los diferentes componentes del grupo, que empezó con bromas a costa de “The Final Countdown” (Europe) o “We Will Rock You” (Queen) y terminó con el “Achilipú”, el “Borriquito como tú” y demás artillería pesada de fiesta mayor.

 

La Pegatina

 

Mientras tanto, en el escenario de la playa, Zulú 9:30 tocaban para apenas un centenar de personas, ya que su propuesta musical es muy similar a la de La Pegatina, pero carecen de su capacidad de convocatoria. Se diría que un festival que hace sold out y cifra su asistencia diaria en más de cuarenta mil personas debería tener público a todas horas para todos los escenarios, pero como no se permite el acceso de comida al recinto, mucha gente abandona las instalaciones para abastecerse de alimento y bebida en el camping. De hecho, Elefantes tampoco despertaron gran expectación. Su inesperado regreso (no parece que hubiera hordas de fans reclamándolo) se nutrió mayoritariamente de público flotante, es decir, de gente que pasaba por delante del escenario camino de otro sitio. En las primeras filas, en todo caso, sí que se congregaron algunos seguidores fieles, que pudieron comprobar cómo Shuarma sigue poniendo todo de su parte para convertirse en el David Bowie barcelonés. Huelga decir que sin éxito éxito, claro.

 

Shuarma (Elefantes)

 

El protagonismo catalán continuó con Els Amics de les Arts y su pop progresivo, que también convocó a un número reducido de público. Y es que ningún escenario volvería a lucir repleto hasta la llegada de Love of Lesbian. Asistir a dos conciertos suyos en menos de una semana (habían actuado el domingo pasado en el Low Festival) supone una dura prueba hasta para el cronista más curtido, pero allá que fuimos. Craso error. Ofrecieron más de lo mismo, con la única novedad de que un corte de luz les obligó a parar durante diez minutos. Balmes devolvió el detalle a La Pegatina invitándolos a compartir el escenario en “Víctimas del porno” y el resto fue como siempre: Citas a “Como yo te amo” (Raphael), imitación de Jorge Javier Vázquez, “Club de fans de John Boy”, “Si tú me dices Ben, yo digo Affleck”… El día de la marmota.

 

Els Amics de les Arts

 

Una visita al escenario Negrita sirvió para comprobar que L.A. siguen cómodos cultivando el rock americano cantado en inglés y con ocasional espíritu power pop, como si Wilco se juntaran con R.E.M. y Tom Petty para pasar el rato. Dicho de otro modo: Sonido reconocible, ejecución intachable, algunas canciones resultonas y la inevitable sensación final de sucedáneo, porque es imposible que mejoren (o incluso igualen) a sus modelos.

 

L. A.

 

Y así, como quien no quiere la cosa, casi a la una de la madrugada (hubo un ligero retraso en la programación a causa del corte sufrido por Love of Lesbian), salía al escenario Desperados la artista que justificó la jornada del jueves en Burriana. Porque Crystal Fighters reunieron más público, pero Azealia Banks fue la reina de la noche. Una artista internacional con fama de esquiva y en actuación exclusiva, que tras un warm up a cargo de su DJ apareció radiante en el escenario, acompañada de cuatro bailarinas y una pareja mixta de coristas (al fondo del escenario y poco iluminados). Una auténtica diva del nuevo siglo, que ni siquiera necesita un álbum (formato jubilado por internet) para disponer de prime time festivalero, y que es consciente de la época de culto a la personalidad en la que vive (su presencia en los visuales fue avasalladora). Puede que M.I.A. (su pase en el FIB sigue muy reciente) ofrezca un melting pot sonoro más completo, pero Azealia Banks no se queda atrás a la hora de hilvanar hits: “No problems”, “1981″, “Esta noche”, “Liquorice” o “Luxury” obligan a recordar a raperas de rompe y rasga que la precedieron, como Lil’ Kim, pero para cuando interpreta “212″ sobran las comparaciones. Voz, estilo, clase y actitud comprimidos en cincuenta concisos minutos.

 

Azealia Banks

 

El delirio llegaría, pasadas las 3 de la madrugada, con Crystal Fighters, que no tardan en tocar “LA Calling” como pura demostración de fuerza, elevando la temperatura a las primeras de cambio. Ataviados como en sus últimas visitas a nuestro país, a mitad de camino entre una tribu chamánica y una pandilla de crusties, desplegaron su idiosincrasia neohippie de inclinación raver utilizando las dos mejores armas de que disponen: Los coros y el ritmo. Con eso les basta (la txalaparta es mera anécdota) para rendir a sus pies a un público que les adora, y que además, a esas horas, es presa fácil ante argumentos como “Love Natural” y el resto de su repertorio. No pasarán a la historia, pero miles de españolitos recordarán dentro de unos años que se desmelenaron al son de sus canciones. Después de su show nos batimos en retirada. Por delante, tres jornadas más en las que seguiremos picoteando por los escenarios del Arenal Sound. Permanezcan en sintonía.

 

Crystal Fighters

Fotos: Liberto Peiró

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NOCTURAMA BYTHEFEST

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SANTANDER MUSIC FESTIVAL 2014: MANUAL DE USO

Hace unos años, parecía que el Santander Music Festival optaba a convertirse en una de las grandes citas estivales del norte del país. La presencia de nombres internacionales como Belle & Sebastian, The Dandy Warhols y White Lies (en 2010), de Mando Diao, The Pains of Being Pure at Heart y Crystal Fighters (en 2011), o de !!! (Chk Chk Chk), Fanfarlo y Clap Your Hands Say Yeah (en 2012), apuntaba a un crecimiento moderado pero constante, que el año pasado pareció estancarse (solo Keane y Calvin Harris). De hecho, daba la sensación de que el festival, que completaba el cartel con la ristra de artistas estatales habitual, no acababa de dar el estirón. Una idea que se confirma en la presente edición (la sexta), en la que se echan en falta artistas internacionales de peso. En todo caso, la Península de la Magdalena, en Santander, se prepara para disfrutar de tres días de música (del 31 de julio al 2 de agosto) en los que no faltarán los alicientes. Esta es la selección byTHEFEST, a razón de tres nombres por día.

 

 

JUEVES 31

Antes de hacer escala en el Arenal Sound (donde actuarán el sábado, 2 de agosto), pasará por Cantabria la banda danesa The Asteroids Galaxy Tour, liderada por la vocalista Mette Lindberg y el productor Lars Iversen. Pueden encajar en la escena indie, pero también en coordenadas acid jazz, y dieron el salto a la fama gracias a “Around the Bend”, canción utilizada en una campaña de Apple. Su puesta en escena es ideal para festivales, con una sección de viento de seis piezas que favorece la dinámica bailable de un repertorio que llegó a cautivar a Amy Winehouse, fan declarada de la banda desde que escuchó su primera maqueta.

 

 

Los espectáculos de Standstill no siempre se ajustan de manera adecuada a los espacios abiertos. Su carácter conceptual y el cuidado que ponen en el diseño del entorno escénico dificulta a veces su traducción a recintos multitudinarios. Por eso valdrá la pena comprobar cómo adaptan el singular universo de “Dentro de la luz”, su último disco, a las exigencias del Santander Music Festival. Enric Montefusco y su banda se han labrado una intachable reputación a lo largo de una trayectoria que se inició en el hardcore y cantando en inglés, pero que dio un giro radical con “Vivalaguerra” (2006), disco autoeditado con el que abrieron una exitosa etapa en la que no han dejado de asumir riesgos. Demasiado intelectuales para unos, rabiosamente singulares para otros, lo cierto es que no tienen parangón en nuestro país.

 

 

El caso de León Benavente es curioso. David Cobas (más conocido como Abraham Boba) y Luis Rodríguez, ambos pertenecientes a la banda de Nacho Vegas, Eduardo Baos (Tachenko) y César Verdú (Schwarz) son músicos de largo recorrido y afán estajanovista, pero nunca habían gozado en sus respectivos proyectos anteriores del reconocimiento que están obteniendo desde que se publicó su primer álbum. Su presencia en festivales se ha multiplicado, sus canciones son coreadas como auténticos himnos y no sería de extrañar que pasaran a engrosar pronto la lista de bandas independientes de alcance masivo. Un EP de cuatro canciones titulado “Todos contra todos”, que incluye una versión de Ilegales (“Europa ha muerto”), ha prolongado un momento dulce que coincide (cada uno en su estilo) con el de los dos artistas que completan la alineación del día: Izal e Iván Ferreiro.

 

 

VIERNES 1

Empezando por el final, la guinda de la segunda jornada correrá a cargo de 2Many Dj’s. La pareja de disc jockeys belgas (en la foto superior) lleva años recorriendo el mundo y poniendo a la gente a bailar con sus irresistibles mash-ups. Bien es cierto que la fórmula no se renueva y que, vistos (y disfrutados) un par de veces, el factor sorpresa se diluye, pero no se puede negar su capacidad para mezclar rock, electrónica, dance, hip hop y lo que se les ponga por delante con una habilidad, gusto y sentido del humor difíciles de encontrar entre su legión de imitadores. Auténticas enciclopedias musicales, poseen recursos suficientes para convertir el recinto en una fiesta histórica.

 

 

Archie Bronson Outfit pasaron recientemente por el Vida Festival para presentar “Wild Crush”, su cuarto disco, donde el ahora dúo británico (formado por Arp Cleveland y Sam Windett) mantiene el ingrediente blues-rock con aliño psicodélico que es su seña de identidad en temas como “Cluster up and hover”. Pero pocos grupos en su órbita pueden también evocar a Suicide (“Lori from the outer reaches”) o citar el “I’ll be your mirror” de The Velvet Underground (en “Glory, sweat, and flow”). Un intenso viaje del blues al krautrock en nueve canciones que, seguramente, formarán la columna vertebral de su show en Santander.

 

 

En la misma jornada en que La Habitación Roja y Love of Lesbian también visitarán el festival, El Columpio Asesino hará escala en Cantabria de camino al Arenal Sound. Como muchas otras bandas estatales, los navarros se están pasando el verano yendo de un festival a otro (vienen del Low), para engrasar sobre los escenarios los temas de “Ballenas muertas en San Sebastián”, su estupendo nuevo álbum, en el que logran la amalgama perfecta entre sus influencias de siempre, a saber: El underground neoyorquino de finales de los setenta (Suicide, ESG), los grupos kraut (Beak), la música industrial (Einstürzende Neubauten), el tecno pop (Soft Cell) y los clásicos atemporales. Dinamita pura en directo de la mano de una banda recientemente premiada en México, que es capaz de traducir el desasosiego actual en canciones sin necesidad de caer en recursos obvios.

 

 

SÁBADO 2

Además de Sidonie y Templeton, el último día del Santader Music Festival desfilarán por el escenario Vetusta Morla. Como acaban de pasar por el Low Festival, nada mejor que recordar las palabras de nuestro compañero Eduardo Guillot, que no quedó del todo convencido tras su concierto en Benidorm: “Al directo de Vetusta Morla no se le pueden hacer reproches. Un grupo de sus dimensiones debe ofrecer un espectáculo de primer orden, y los madrileños se apoyan en un diseño de luces y una puesta en escena intachables, desde el telón que se viene abajo a la media hora de concierto hasta los visuales que ilustran las canciones. El problema es que si no se conecta con sus canciones, todo ese envoltorio no es suficiente. En sus discos se puede apreciar con detalle su interés por las texturas y las capas de sonido, pero en directo son una banda de rock bastante convencional, y esos matices (que suelen ser los que propician las comparaciones con Radiohead) se pierden en el marasmo de decibelios que proyecta el grupo. Algo parecido pasa con Pucho, su vocalista, de una profesionalidad fuera de duda, pero poco convincente cuando se adentra por vericuetos existenciales”.

 

 

El regreso de los mallorquines Sexy Sadie ha sido uno de los más curiosos de la temporada. En su momento fue un grupo apreciado por la crítica, pero que no despegó a nivel masivo, quizá porque se expresaba en inglés, y en los últimos tiempos dos de sus componentes (el guitarrista y cantante Jaime García Soriano y el batería Toni Toledo) parecían suficientemente ocupados como músicos de directo de Amaral. Sin embargo, han decidido regresar a los escenarios, donde habrá que comprobar cómo funciona actualmente un repertorio que siempre fue adaptándose a las modas alternativas: Empezaron sonando grunge, pasaron por su etapa indie-pop y finalmente acabaron sacando a relucir sus influencias progresivas, sin quedarse nunca en territorio definido. ¿A la segunda irá la vencida?

 

 

Cerramos el repaso con Glass Animals, una joven banda de Oxford que editó su primer disco, “Zaba”, el pasado mes de junio, y que podría ser la revelación del festival. Amigos desde la adolescencia, a los cuatro componentes del grupo se les abrió el cielo cuando se fijó en ellos el productor Paul Epworth (Coldplay, Bloc Party, Primal Scream), que los fichó para su sello Wolf Tone. A partir de ahí, un EP en el que destacaba el tema “Black Mambo” sirvió para darles a conocer y ponerles en el disparadero. El directo dictará sentencia sobre ellos. Y será en Santander. ¡Empieza el espectáculo!

 

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SONORAMA BYTHEFEST

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ASÍ TE CONTAMOS EL LOW FESTIVAL 2014

VIERNES

Alrededor de veintitrés mil personas, según cifras oficiales de la organización, se reunieron en la Ciudad Deportiva Guillermo Amor de Benidorm para asistir a la primera jornada del Low Festival, que este año perdió el apellido Cost para afianzarse de manera definitiva entre las principales citas estivales del país. Como viene siendo habitual, la abundancia de espacios esponsorizados es lo primero que llama la atención del visitante, asaltado por los cuatro costados por marcas y promociones de todo tipo a lo largo y ancho de un recinto cómodo y practicable en el que, eso sí, resulta imposible encontrar un rincón en el que no suene música: Carpas, disc jockeys, escenarios grandes, medianos, pequeños… La saturación acústica es una de las características que definen el Low.

 

 

The Milkyway Express y Delaire abrieron el escenario Matusalem a primera hora de la tarde. Dos bandas emergentes con mucho camino por delante que actuaron ante poco público y mostraron más carencias que virtudes, especialmente en el caso de los segundos, demasiado cautivos de unas influencias muy evidentes (de Foo Fighters a The Knack) y con un vocalista demasiado engolado.

 

 

En el escenario Budweiser también rompía el hielo un grupo novel, aunque en este caso con mejores argumentos. Lyann apuntan interesantes maneras en sus largos desarrollos instrumentales, colindantes con la psicodelia o el post-rock. Ganarían puntos si personalizaran su propuesta cantando en castellano, algo que sí hacen Modelo de Respuesta Polar, banda más veterana y con sólida carrera discográfica que, sin embargo, pagó las consecuencias de tocar en el escenario Wiko. Mientras Borja Mompó trataba de compartir con el público esa intensa vida interior que traslada a sus canciones, se escuchaba a Triángulo de Amor Bizarro en el escenario principal, la prueba de sonido del autobús del Red Bull Tour y la música de baile de la carpa Jägermeister. Demasiados impedimentos para conectar con esa densidad emocional que el grupo pretende transmitir y que siempre deja en el aire la duda de si es real o impostada.

 

 

Si se les oía en la otra punta del recinto es evidente que Triángulo de Amor Bizarro ofrecieron otro de sus demoledores conciertos en el Low. Los gallegos empiezan a pedir a gritos mejores horarios (casi siempre les toca actuar de día), pero como ya apuntamos a su paso por el FIB, también corren el riesgo de saturar al personal (este año están en casi todos los festivales del país). Una situación, por cierto, similar a la de León Benavente, que están aprovechando el momento dulce que atraviesan. Solo pudimos ver el principio de su show, pero la sensación es la de siempre: Cuatro músicos que parecen llevar toda la vida juntos y que se entienden a la perfección, armados con un repertorio en el que abundan los himnos. El público ya tararea casi todas sus canciones, un triunfo que también tiene su parte peligrosa, aunque da la sensación de que los componentes del grupo, como veteranos que son, están sabiendo digerirlo.

 

 

La razón por la que abandonamos a León Benavente a su suerte es que en el escenario Budweiser había una cita ineludible con la primera banda internacional del día: The Hives. Los suecos son conscientes de que musicalmente no han inventado la rueda (lo suyo es garage rock de toda la vida), así que echan el resto en todo lo relacionado con el envoltorio de sus canciones. Y vaya si les funciona la fórmula. El llamativo telón de fondo (un personaje gigante que mueve los hilos de los músicos como si fueran marionetas), la iluminación (únicamente a base de blancos), los trajes a juego, la sintonía de salida (el tema de John Williams para la película “Tiburón”) y hasta los roadies (vestidos de ninja) conforman una puesta en escena infalible, que además cuenta con un maestro de ceremonias inigualable, el vocalista Howlin’ Pelle Almqvist, un animal de escenario que se defendió en un castellano bastante correcto. Abrieron con “Come on!” y ya todo fue cuesta abajo, aunque inicialmente al sonido le faltó fuerza. Pero a medida que avanzaba el concierto y se iban sucediendo temas como “Main offender”, “I want more” (más que inspirada en la versión de “I love rock and roll” popularizada por Joan Jett) o “Tick Tick Boom”, se hizo evidente que ya había triunfador de la jornada. El bis, que cerraron con la celebrada “Hate to say I told you so” no hizo más que ratificarlo.

 

 

De vuelta al escenario Matusalem, el dúo Blood Red Shoes no se amilanó, pero demostró menos recursos para defender su rock primario basado en potentes riffs de guitarra. Como si fueran el reverso de The White Stripes (ingleses, el hombre a la batería y la mujer a la guitarra), proclamaron su admiración por The Hives y captaron la atención con temas como “Red river” o “The perfect mess”, en el que Laura-Mary Carter se soltó del todo a nivel vocal, pero entre que no captaron la atención de demasiado público y que su propuesta sonora es algo lineal, acabaron por ofrecer menos de lo que prometía el arranque de su concierto, que no obstante valió la pena.

 

 

Al directo de Vetusta Morla no se le pueden hacer reproches. Un grupo de sus dimensiones debe ofrecer un espectáculo de primer orden, y los madrileños se apoyan en un diseño de luces y una puesta en escena intachables, desde el telón que se viene abajo a la media hora de concierto a los visuales que ilustran las canciones. El problema es que si no se conecta con sus canciones, todo ese envoltorio no es suficiente. En sus discos se puede apreciar con detalle su interés por las texturas y las capas de sonido, pero en directo son una banda de rock bastante convencional, y esos matices (que suelen ser los que propician las comparaciones con Radiohead) se pierden en el marasmo de decibelios que proyecta el grupo. Algo parecido pasa con Pucho, su vocalista, de una profesionalidad fuera de duda, pero poco convincente cuando se adentra por vericuetos existenciales.

 

 

Con Sidonie surgen menos dudas. Es cierto que se han ganado a pulso el éxito de que disfrutan, pero sus conciertos son de una insustancialidad abrumadora. Y no se trata de que en su repertorio casi no queden ya vestigio de psicodelia o que el giro electrónico de su último disco apenas tenga traducción tangible al directo. Es una cuestión de actitud: Pasarse el concierto jaleando al personal con el sempiterno “¡Vamonos!” acaba asociando su show a una verbena de fiesta mayor, y cuando encima anuncian la primera versión de la noche y se marcan el “Video killed the radio star” (The Buggles), la sensación se hace aún más evidente. No nos quedamos a averiguar cuáles eran las siguientes, porque en otro escenario comenzaban Holy Ghost!

 

 

Y la verdad es que, teniendo en cuenta lo avanzado de la hora, los neoyorquinos supieron dar a la (escasa) audiencia lo que necesitaba: dance oriented rock de primer nivel, apoyado en elementos orgánicos (batería, guitarras) y sintéticos (teclados, samples), con puntual protagonismo para un kit de percusión que en ocasiones acercaba la rítmica a los Talking Heads, aunque en general sonaran bastante más cerca de Lipps Inc. (y no es una recriminación). No son LCD Soundsystem (aunque trabajaron con los capos del sello DFA), pero temas como “Dumb disco ideas” resultaron perfectos para despedir la jornada moviendo las caderas, que era de lo que se trataba.

 

 

SÁBADO

En ocasiones se dice que un grupo puede paralizar un festival. Normalmente, en sentido figurado, como metáfora de su capacidad para focalizar la atención del público durante su actuación. Massive Attack lo hicieron el sábado en el Low. Y en sentido literal, ya que obligaron a detener la actividad musical del festival mientras ofrecían su concierto, con objeto de eliminar molestas interferencias sonoras procedentes de otros puntos del recinto, y hasta el punto de interrumpir la actuación de Corizonas, que se estaba desarrollando en otro de los escenarios. No fue una decisión caprichosa. Los de Bristol ofrecieron un espectáculo total, que eclipsó todo lo visto hasta el momento en la Ciudad Deportiva Guillermo Amor de Benidorm.

 

 

Abrieron con “Battlebox”, cantada por Martina Topley-Bird, y las pantallas comenzaron a escupir datos sobre los beneficios que algunos medicamentos proporcionan a las industrias farmacéuticas. Robert del Naja, Grant Marshall y los músicos que les acompañaban (incluyendo dos baterías) avisaban desde el principio: Se trataba de un concierto, pero también de una declaración de principios de innegable contenido político y profundo trasfondo humanista. Las grandes corporaciones multinacionales, la sociedad tecnológica o la confusión mediática fueron algunos de los blancos sobre los que dispararon certeros dardos visuales y sonoros, con el legendario cantante jamaicano Horace Andy brillando en “Girl I Love You” y “Angel”.

 

 

El show está concebido a partir de una sobredosis de estímulos que el espectador recibe al mismo tiempo que disfruta de un repertorio en el que no faltan los clásicos trip-hop que hicieron del grupo un referente mundial en los noventa, como “Teardrop” (de nuevo con Martina Topley-Bird), “Future Proof” o “Risingson”. El apabullante sonido se refuerza con unas proyecciones basadas mayoritariamente en la palabra, y que hacen especial hincapié en la idea de que en el origen de todo conflicto bélico anidan motivaciones económicas. Una batería de rótulos convenientemente traducidos al castellano hacía referencia a las posturas de Gran Bretaña y Estados Unidos en la guerra de Irak, pero también incluyeron, como hicieron la semana pasada en el Longitude Festival (Dublín), una mención en defensa del pueblo palestino durante la interpretación de “Unfinished Sympathy”, ya en el tramo final, que provocó el aplauso del público. El final perfecto para un concierto memorable.

 

 

La otra actuación estelar de la jornada fue la de The Horrors, que pese a comenzar a tocar cuando aún no se había puesto el sol (un error de programación, dadas las características de su puesta en escena), demostraron que son una de las realidades más sólidas de la escena británica contemporánea. “Chasing Shadows” les sirvió para poner la directa y mantener un nivel que no decayó en todo su pase. Faris Badwan sabe aprovechar su tesitura vocal para evocar a David Bowie o Richard Butler (The Psychedelic Furs), y la banda le sigue a ciegas en su empresa de revisitar con personalidad el sonido de los ochenta, introduciendo en la fórmula elementos de shoegazing y psicodelia. Canciones incontestables como “Who Can Say” o “So Now You Know” fueron apuntalando un concierto in crescendo, al tiempo que anochecía y los juegos de luces y el humo contribuían a redondear un show que terminó con una soberbia “I See You”. Impecables.

 

 

El día había comenzado con “Buenos Aires”, el tema que utilizaron para inaugurar su concierto Xoel López y su banda. El otrora amante de las esencias pop anglosajonas (Deluxe) ha dado un giro a su carrera para adentrarse en sonidos relacionados con el folclore latinoamericano, y escuchando sus canciones es inevitable pensar en las declaraciones de Triángulo de Amor Bizarro sobre algunos artistas del panorama indie español. Composiciones pulcras, sin aristas, perfectamente ejecutadas, entre las que Xoel también incluyó rescates del pasado, como “El amor valiente”, y que el público joven tarareó con ganas, probablemente sin sospechar que no andan lejos de las que sus padres escuchaban cuando tenían su edad.

 

 

Poco después, los londinense Yuck demostraron su amor por el indie rock de los noventa (Dinosaur Jr., Sonic Youth) tal como hicieron en su reciente gira española por salas. Sus canciones son ejercicios de estilo tan depurados que ni la marcha de su líder, Manuel Schupak, parece haberles afectado demasiado. Puro revivalismo, inofensivo y de agradable escucha, que dibujó algunas sonrisas cómplices entre el respetable cuando la banda acometió una versión de “Age of Consent”. Al menos, cuando se trata de tocar un tema ajeno, no resultan tan previsibles como cuando interpretan los suyos.

 

 

Hasta que les cortaron el sonido por orden de Massive Attack, Corizonas habían ofrecido uno de sus conciertos habituales: Rock vaquero con unos cimientos tan sólidos como reconocibles a cargo de Los Coronas y Arizona Baby en feliz entente. Sorprende el éxito de la propuesta, más allá de la convicción con que la ponen en práctica, especialmente porque parece difícil que sus entusiastas seguidores vayan a indagar en las raíces americanas de su sonido. La trompeta da un toque fronterizo a algunos de los temas de un repertorio que no pudieron finalizar, aunque tras el corte de fluido se mantuvieron sobre las tablas para tocar un tema más sin amplificación. Se resarcirían de sobra más tarde, en la carpa Gibson, ante un público tan numeroso como entregado.

 

 

El repaso de la jornada en el Low Festival se completa con Editors. “The Weight of Your Love”, su flojo disco de 2013, no hacía presagiar nada bueno, y para confirmarlo empezaron con “Sugar”, una de esas canciones que resume su idiosincrasia a la perfección: Aspiraciones de trascendencia, épica pasada de rosca, lirismo de manual, falsa densidad emocional… La posterior recuperación de temas como “An End Has a Start” tampoco sirvió para que alzaran el vuelo, pese a los esfuerzos del vocalista Tom Smith. Cada giro melódico y cada redoble resultan tan previsibles en sus composiciones que el margen para lo inesperado es mínimo, y el concierto se convierte en un trámite en el que tanto la banda como la audiencia cumplen con lo pactado, pero en el que las emociones brillan por su ausencia.

 

 

La última cita de la noche fue con Karen Marie Ørsted, más conocida como Mø. Su mezcla de electrónica y pop se beneficia de haber estado expuesta a las artes de Diplo (“XXX 88”), sobre todo por lo que respecta a su componente rítmico, pero las canciones de la hiperactiva vocalista (no para quieta en todo el concierto) carecen de la fuerza necesaria para arrastrar a la gente, que asistió a su pase con cierta indiferencia, como si hubiera acudido a verla por curiosidad (o porque en ese momento no había nada más en los demás escenarios) y no le acabaran de convencer del todo los gritos de la danesa, en cuyo favor hay que decir no escatimó esfuerzos a la hora de intentar empatizar con el público.

 

DOMINGO

Tras el sold out registrado el sábado, el Low Festival afrontó una última jornada en la que el reclamo internacional de peso se reducía casi exclusivamente a la presencia de Kaiser Chiefs. Expertos en la materia, los británicos asumieron galones como cabezas de cartel y salieron al escenario a darlo todo, aunque el sonido no les acompañó hasta pasada media hora de concierto. No importó demasiado. La banda de Leeds se lleva el britpop de borrachera y después lo mete en un estadio de fútbol en pleno derby, o lo que es lo mismo: Funciona a base de canciones con aroma hooliganesco, fáciles de corear y repletas de “na-na-na-nas” y “ooooo-u-oooos”. Un repertorio, huelga decirlo, ideal en el contexto de un festival. De hecho, después de salir al escenario al son de “War”, la canción de Edwin Starr (apropiado guiño al título de su nuevo álbum), no tardaron nada en tocar “Na Na Na Na Naa”, un hit de 2005, para levantar al personal.

 

 

El vocalista Ricky Wilson se echó a la espalda al grupo en temas como “Ruffians on Parade” o “Coming Home” (que presentó recordando una visita a Benidorm cuando era un crío), y en su afán por empatizar con el público llegó incluso a escenificar una celebrada aunque innecesaria broma taurina. No obstante, más allá de sus proclamas y sus carreras por el escenario, el combustible que sirvió a la banda para completar un show notable fueron canciones infalibles como “Ruby” y “I predict a Riot”, tocadas una detrás de otra en un tramo final que desató la locura. El cierre, con “The Angry Mob”, demostró que también tienen cierta conciencia social, aunque es bastante posible que la intención crítica de la letra quede diluida por el festivo tono general de una actuación que se completaría, ya en el bis, con “Oh My God”.

 

 

Kaiser Chiefs actuaron en el escenario principal embutidos entre dos bandas españolas que gozan de un éxito tan rotundo como inexplicable. Por un lado, Izal. Parece un misterio digno de Iker Jiménez comprender cómo es posible que un grupo tan simple haya obtenido una repercusión masiva de gran calibre. No es que el timbre de voz de Mikel Izal (¿o era Pau Donés?) recuerde al de Pucho, sino que incluso utiliza el mismo tipo de inflexiones a la hora de cantar. La banda no le va a la zaga, conformando una especie de versión “Tú si que vales” de Vetusta Morla que hay que ver para creer. Una propuesta caduca, basada en fórmulas gastadas (esa insistencia en los ritmos sincopados), pródiga en poses manidas y socorridos solos de guitarra, y coronada con unas letras que se dirían llegadas de una realidad paralela. Canciones como “Palos de ciego” (un medio tiempo que va creciendo hasta convertirse en un vulgar rock de manual) ejemplifican los escasos recursos de una formación que de algún modo representa el cambio de parámetros que se ha operado en la radio española (responsable de su éxito) en los últimos tiempos.

 

 

El grupo que ocupó el escenario principal tras Kaiser Chiefs fue Love of Lesbian. Y se repitió el fenómeno paranormal: Decenas de miles de jóvenes parecían hechizados por un espectáculo que, desde su inicio, resultó más digno de un circo que de un concierto pop. Santi Balmes ejerce de jefe de pista y se regodea en los sonrojantes juegos de palabras (supuestamente ingeniosos) de unas letras que en ocasiones roban el protagonismo a la música, mucho más tosca y rudimentaria en directo de lo que sugieren sus discos. Además de interpretar sus hits de costumbre, aprovecharon para tocar “Mal español”, uno de los temas nuevos aparecidos en el reciente “Nouvelle cuisine caníbal”, con el que se apuntan a la ola de canciones críticas recientes de la escena musical mainstream estatal. No aporta grandes novedades (el habitual “todos los políticos son iguales”), pero fue curioso que Balmes lo presentara dedicándoselo a la gente que está harta del establishment político, sobre todo teniendo en cuenta que Love of Lesbian son parte del establishment cultural del país. Digresiones aparte, la cosa se saldó con la fanfarria de rigor, el esperado karaoke masivo y la sensación permanente de que nos estábamos perdiendo algo (aunque no sabemos qué) al mantenernos ajenos a la euforia colectiva que se desató en el campo de fútbol.

 

 

Hay, por supuesto, otra España musical. Y se le pudo echar un ojo a otras horas y en otros escenarios. Abriendo la jornada, por ejemplo, estuvieron Pony Bravo, que pusieron rápidamente las cartas sobre la mesa: “Noche de setas” y “El político neoliberal” (una manera de hacer comentario político diferente a la de Love of Lesbian) fueron suficientes para darse cuenta de que los sevillanos son otra cosa. Solo a una banda con la idiosincrasia típica del sur se le ocurriría batir en el mismo recipiente funk, jazz, kraut, salsa y post-punk y salir victoriosa del envite. Iconoclastas, divertidos, irónicos e irreverentes, demostraron una personalidad arrolladora (aunque no den demasiado juego en escena, pese a los cambios de instrumentos).

 

 

Poco después, Pablo Maronda destiló canciones pop de muchos quilates, también a pleno sol. Lo suyo comienza a ser un secreto a voces, gracias, entre otras cosas, a que su guitarrista es Marc Greenwood, que también ejerce de bajista en La Habitación Roja, una banda a punto de cumplir veinte años que ha sabido mantener su personalidad pese a los vaivenes de las modas y que se puede permitir ofrecer un concierto de alto nivel en el que la mitad del repertorio pertenece a su último disco. El excelente sonido y un brillante trabajo en las voces marcaron la actuación de los valencianos, que pertenecen a una clase media capaz de mantener la posición en la escena sin hacer concesiones. Una pelea nada fácil, en la que llevan también unos cuantos años los granadinos Niños Mutantes. Menos certeros en su pertrecho de canciones, pero igual de perseverantes, se marcaron una actuación bastante digna, en la que no faltó alguna frivolidad (esa cita al “Neverending story” de Limahl).

 

 

En el apartado internacional, el Low Festival ofrecía el domingo opciones de perfil medio y bajo entre las que había de todo. Resultó curioso, por ejemplo, reencontrarse con Los Campesinos! ¿Alguien recuerda cuándo parecía que su indie-pop ingenuo y efervescente podía hacer de ellos algo grande? Nosotros tampoco. Ha llovido bastante desde entonces, y también se han sucedido cambios en la banda galesa, que no obstante no han afectado a su sonido. Actualmente son un grupo corriente, del montón, que defiende con ganas un repertorio que tiene más conexiones con el pasado que con el futuro.

 

 

En la misma línea, aunque de formación más reciente, pudimos echar un vistazo a los londinenses Cheatahs. Más sonido de los noventa (recordemos que Yuck también estaban en el cartel) con alguna conexión shoegazing, ramalazos de Seattle y vocación dream-rock. No despertaron el interés de mucha gente, y obligan a replantearse si aquel “Gimme Indie Rock” que gritó Sebadoh en 1991 no habrá hecho más daño de lo previsto. Sin embargo, no todo está perdido. Un paseo por el pequeño escenario Wiko sirvió para descubrir uno de esos pequeños tesoros que a veces esconden los festivales: El australiano Steve Smyth, que ya ha girado por salas españolas en años anteriores, se marcó un magnífico concierto en el que demostró que por sus venas corre la sangre de Tom Waits y la de Jeff Buckley. Un songwriter de casta que más de uno descubrió gracias a su presencia en Benidorm.

 

 

Tras el golpe de timón del año pasado, el Low se ha consolidado definitivamente entre los grandes festivales de verano en España. La combinación de grandes cabezas de cartel internacionales y reclamos masivos nacionales ha demostrado ser una fórmula rentable, más allá del balance artístico que se pueda hacer de unos y otros. El reto ahora es equilibrar la programación y mantener los mismos objetivos de cara a un 2015 en el que, después de Portishead y Massive Attack, el festival bien se podría plantear completar el triunvirato clásico del trip-hop con la presencia de Tricky. Sería una buena excusa para volver a la costa alicantina.

Fotos: Liberto Peiró

Mad-live

MAD LIVE! BYTHEFEST

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MARTIRIO

LA MAR DE MUSICAS: CRÓNICA 3

Finalizó la vigésima edición de La Mar de Músicas y lo hizo dejando un buen sabor de boca. Nueve concentradas jornadas consecutivas para un total de cuarenta conciertos, con Noruega, país invitado, protagonizando en realidad solo ocho de ellos. De entre los apartados paralelos -La Mar de Arte, de Letras y de Cine- destacó este último. Pero, analizados ya los dos previos, vayamos con un último tercio de festival que bajó un poco la calidad de sus prestaciones.

El público respondió a las propuestas del festival

 

La actuación más esperada del viernes era la de Joan As Police Woman. Aclaro el punto de partida: la había visto en directo dos veces, con motivo de las giras de sus dos primeros álbumes, y en ambas ocasiones me compré el disco para que me lo firmara. Quiero decir. En los días previos, Joan Wasser había declarado a Rafa Cervera en byTHEFEST que su giro hacia el soul tenía que ver con la expulsión de su tristeza para abrazar algo parecido a la felicidad. Bien, pues si la felicidad era esto, que me quede desgraciado. Ni rastro de la otrora elegante y enigmática cantautora indie-folk-rock quien, tras abrir con un par de moderadamente interesantes temas de su última entrega (‘What would you do?’ y ‘Holy City’), se zambulló sin miramientos en una especie de burda psicodelia de tripi chungo, tan plomiza, densa y repetitiva como carente de cualquier giro inesperado. Que en su flojísima banda de tres piezas estuviese un minimizado Parker Kindred, baterista que ha tocado con Jeff Buckley, Antony Hegarty y con la propia Wasser en sus inicios, solo se me ocurre justificarlo apelando a que sufrieran un golpe de calor. O a que no se supiera las canciones. La actitud de Joan As Police Woman -entre apática y enfadada, como con ganas de escapar pronto de allí- solo fue empeorada por la propia estética de la neoyorquina de adopción, tan indescriptiblemente hortera que solo se me ocurre compararla con Sole Giménez. Para llorar. Al acabar, se llevaron todo el caterin del camerino, incluidas las cajas de botellines de agua. Me da que debe haber caído en las garras de alguna secta hippie o algo raro. ¡Que alguien la ayude a salir!

 

Joan as Police Woman

Esa misma noche, el auditorio del Parque Torres estaba repleto -la entrada era gratuita- de un público no habitual que había acudido a ver a Rozalén, cantautora albaceteña criada musicalmente en Murcia que está teniendo bastante éxito comercial y cuyos fans no callaron ni un solo minuto durante el show previo, batiendo todos los récords en cuanto a falta de respeto (y miren que la marca estaba cara). Rozalén llenó el recinto, pero lo cierto es que no pintaba nada en un festival del prestigio de La Mar de Músicas. La suya no es una canción de autora original ni compleja, pero sí sincera, correcta, luminosa y con acento positivo, lo que le ha valido una notable popularidad, sobre todo entre las chicas y el colectivo homosexual. Invitó a un par de artistas murcianos, Jamones con Tacones (‘Mi mongola favorita’) y Road Ramos (‘Sin almendros’), le cantó al amor (‘Comiéndote a besos’) y afirmó que ‘Las hadas existen’. Es muy maja. Los africanos Debademba -entre Ali Farka Touré, el blues de Chicago y extrañas gotas de flamenco- y la noruega de excelente registro vocal Mari Boine -Laponia también existe, aunque sus armonías sean más raras que ‘Juego de tronos’- completaron la jornada del viernes.

 

Mari Boine

Los grandes protagonistas del sábado eran los históricos y coyunturalmente resucitados Les Ambassadeurs, una de las dos grandes bandas de Bamako (Mali) en los años setenta -la otra era la Super Rail- y la menos tradicional de las dos. Con Salif Keita al frente, el asunto no podía ir sino de afropop. El príncipe albino es quien manda, mientras que de los otros dos supuestos vértices de la formación, Cheik Tidiane Seck y sus fraseos de sintetizador jazz-prog-rock, que por momentos recordaban a un Joe Zawinul desatado, adquiere mayor relevancia que un Amadou Bagayoko (Amadou et Mariam) extrañamente relegado a un discreto rol de guitarrista sin más. Pese a contar con algunos miembros de la formación original -el bajista Sokou Diabaté, el teclista Idrissa Soumaoro-, en realidad se trató más de un homenaje a aquellos Ambassadeurs que moldearon el sonido de una época y un lugar. Su rítmica repetitiva incide sobre los pies y se disfruta cual cóctel afrutado de poca graduación. La Maravillosa Orquesta del Alcohol había ofrecido un buen concierto por la tarde en el centro de la ciudad, mientras que la argentina La Yegros cerró la velada con una propuesta no especialmente lograda que aúna electrónica con cumbia y chamamé.

 

Les Ambassadeurs

La de cierre, el domingo, fue una jornada extensa. Joe Driscoll con Sekou Kouyate rompieron el silencio de la tarde, antes de que Martirio, acompañada por su hijo Raúl Rodríguez, ofreciera su sentido y simpático homenaje a Chavela Vargas, consistente en pasar al compás flamenco algunas de las canciones popularizadas por la mexicana nacida en Costa Rica. Ya fueran composiciones de José Alfredo Jiménez (‘Las ciudades’), de Álvaro Carrillo (‘Luz de luna’, el canto a la segunda oportunidad de ‘El andariego’), de la brasileña Dolores Duran (esa sublimación del amor que es ‘La noche de mi amor’) o clásico oaxaqueños como ‘Sandunga’ o ‘La llorona’. Finalizó transformando ‘La bien pagá’ en ‘The paid so well’). Su concepto chándal-lágrima para explicar la depresión postruptura ya justificó el precio de la entrada.

 

Martirio

De Amaral poco cabe decir que no se sepa. Tan solventes como de costumbre, la banda liderada por Eva Amaral y Juan Aguirre, en cuyo directo cada vez tiene más peso el exSexy Sadie Jaime G. Soriano, reventó el aforo del Parque Torres con una selección de sus grandes éxitos, la presentación de algún inédito (el dance rock de ‘Cazador’, la plácida ‘Nocturnal’) y un final de corte social aguerrido, con ‘Ratonera’ y la nuevamente vigente ‘Revolución’, entremezclada con su versión del ‘Héroes’ de Bowie. Sin reproches.

 

Amaral y la multitud

Con todo, lo mejor estaba por llegar. Y lo hizo de la mano -de la voz, de los bailes, del morro, de la actitud provocadora y de la capacidad de seducción- de Adanowsky. Entre el glam-rock de los setenta (el guitarrista parecía el mismísimo Mick Ronson) y el disco-funk más húmedo, el hijo menor de Jodorowsky ofreció un repertorio basado en ‘Ada’, su último álbum: ‘Crossing the line’, ‘Dancing to the radio’, la estupenda ‘Sexual feeling’ o la calentorra ‘Would you be mine?’, en la que aprovechó para dejar su huella de carmín en los labios de medio auditorio. Mucha ambigüedad y mucho petardeo gay, pero solo besó a chicas, eh. Bien arropado, con una estética espectacular y con un discurso del todo orgánico -nada de electrónica-, el público disfrutó y bailó hasta la extenuación una fiesta de despedida que finalizó con la breve pero interesante sesión del noruego Lindstrøm.

 

Adanowsky

 

Fotos: Pablo Sánchez del Valle

Love Of Lesbian

CRÓNICA LOW FESTIVAL 2014: DOMINGO

Tras el sold out registrado el sábado, el Low Festival afrontó una última jornada en la que el reclamo internacional de peso se reducía casi exclusivamente a la presencia de Kaiser Chiefs. Expertos en la materia, los británicos asumieron galones como cabezas de cartel y salieron al escenario a darlo todo, aunque el sonido no les acompañó hasta pasada media hora de concierto. No importó demasiado. La banda de Leeds se lleva el britpop de borrachera y después lo mete en un estadio de fútbol en pleno derby, o lo que es lo mismo: Funciona a base de canciones con aroma hooliganesco, fáciles de corear y repletas de “na-na-na-nas” y “ooooo-u-oooos”. Un repertorio, huelga decirlo, ideal en el contexto de un festival. De hecho, después de salir al escenario al son de “War”, la canción de Edwin Starr (apropiado guiño al título de su nuevo álbum), no tardaron nada en tocar “Na Na Na Na Naa”, un hit de 2005, para levantar al personal.

 

Kaiser Chiefs

 

El vocalista Ricky Wilson se echó a la espalda al grupo en temas como “Ruffians on Parade” o “Coming Home” (que presentó recordando una visita a Benidorm cuando era un crío), y en su afán por empatizar con el público llegó incluso a escenificar una celebrada aunque innecesaria broma taurina. No obstante, más allá de sus proclamas y sus carreras por el escenario, el combustible que sirvió a la banda para completar un show notable fueron canciones infalibles como “Ruby” y “I predict a Riot”, tocadas una detrás de otra en un tramo final que desató la locura. El cierre, con “The Angry Mob”, demostró que también tienen cierta conciencia social, aunque es bastante posible que la intención crítica de la letra quede diluida por el festivo tono general de una actuación que se completaría, ya en el bis, con “Oh My God”.

 

Ricky Wilson (Kaiser Chiefs), en pleno vuelo

 

Kaiser Chiefs actuaron en el escenario principal embutidos entre dos bandas españolas que gozan de un éxito tan rotundo como inexplicable. Por un lado, Izal. Parece un misterio digno de Iker Jiménez comprender cómo es posible que un grupo tan simple haya obtenido una repercusión masiva de gran calibre. No es que el timbre de voz de Mikel Izal (¿o era Pau Donés?) recuerde al de Pucho, sino que incluso utiliza el mismo tipo de inflexiones a la hora de cantar. La banda no le va a la zaga, conformando una especie de versión “Tú si que vales” de Vetusta Morla que hay que ver para creer. Una propuesta caduca, basada en fórmulas gastadas (esa insistencia en los ritmos sincopados), pródiga en poses manidas y socorridos solos de guitarra, y coronada con unas letras que se dirían llegadas de una realidad paralela. Canciones como “Palos de ciego” (un medio tiempo que va creciendo hasta convertirse en un vulgar rock de manual) ejemplifican los escasos recursos de una formación que de algún modo representa el cambio de parámetros que se ha operado en la radio española (responsable de su éxito) en los últimos tiempos.

 

Izal

 

El grupo que ocupó el escenario principal tras Kaiser Chiefs fue Love of Lesbian. Y se repitió el fenómeno paranormal: Decenas de miles de jóvenes parecían hechizados por un espectáculo que, desde su inicio, resultó más digno de un circo que de un concierto pop. Santi Balmes ejerce de jefe de pista y se regodea en los sonrojantes juegos de palabras (supuestamente ingeniosos) de unas letras que en ocasiones roban el protagonismo a la música, mucho más tosca y rudimentaria en directo de lo que sugieren sus discos. Además de interpretar sus hits de costumbre, aprovecharon para tocar “Mal español”, uno de los temas nuevos aparecidos en el reciente “Nouvelle cuisine caníbal”, con el que se apuntan a la ola de canciones críticas recientes de la escena musical mainstream estatal. No aporta grandes novedades (el habitual “todos los políticos son iguales”), pero fue curioso que Balmes lo presentara dedicándoselo a la gente que está harta del establishment político, sobre todo teniendo en cuenta que Love of Lesbian son parte del establishment cultural del país. Digresiones aparte, la cosa se saldó con la fanfarria de rigor, el esperado karaoke masivo y la sensación permanente de que nos estábamos perdiendo algo (aunque no sabemos qué) al mantenernos ajenos a la euforia colectiva que se desató en el campo de fútbol.

 

Santi Balmes (Love of Lesbian)

 

Hay, por supuesto, otra España musical. Y se le pudo echar un ojo a otras horas y en otros escenarios. Abriendo la jornada, por ejemplo, estuvieron Pony Bravo, que pusieron rápidamente las cartas sobre la mesa: “Noche de setas” y “El político neoliberal” (una manera de hacer comentario político diferente a la de Love of Lesbian) fueron suficientes para darse cuenta de que los sevillanos son otra cosa. Solo a una banda con la idiosincrasia típica del sur se le ocurriría batir en el mismo recipiente funk, jazz, kraut, salsa y post-punk y salir victoriosa del envite. Iconoclastas, divertidos, irónicos e irreverentes, demostraron una personalidad arrolladora (aunque no den demasiado juego en escena, pese a los cambios de instrumentos).

 

Pony Bravo

 

Poco después, Pablo Maronda destiló canciones pop de muchos quilates, también a pleno sol. Lo suyo comienza a ser un secreto a voces, gracias, entre otras cosas, a que su guitarrista es Marc Greenwood, que también ejerce de bajista en La Habitación Roja, una banda a punto de cumplir veinte años que ha sabido mantener su personalidad pese a los vaivenes de las modas y que se puede permitir ofrecer un concierto de alto nivel en el que la mitad del repertorio pertenece a su último disco. El excelente sonido y un brillante trabajo en las voces marcaron la actuación de los valencianos, que pertenecen a una clase media capaz de mantener la posición en la escena sin hacer concesiones. Una pelea nada fácil, en la que llevan también unos cuantos años los granadinos Niños Mutantes. Menos certeros en su pertrecho de canciones, pero igual de perseverantes, se marcaron una actuación bastante digna, en la que no faltó alguna frivolidad (esa cita al “Neverending story” de Limahl).

 

La Habitación Roja

 

En el apartado internacional, el Low Festival ofrecía el domingo opciones de perfil medio y bajo entre las que había de todo. Resultó curioso, por ejemplo, reencontrarse con Los Campesinos! ¿Alguien recuerda cuándo parecía que su indie-pop ingenuo y efervescente podía hacer de ellos algo grande? Nosotros tampoco. Ha llovido bastante desde entonces, y también se han sucedido cambios en la banda galesa, que no obstante no han afectado a su sonido. Actualmente son un grupo corriente, del montón, que defiende con ganas un repertorio que tiene más conexiones con el pasado que con el futuro.

 

Los Campesinos!

 

En la misma línea, aunque de formación más reciente, pudimos echar un vistazo a los londinenses Cheatahs. Más sonido de los noventa (recordemos que Yuck también estaban en el cartel) con alguna conexión shoegazing, ramalazos de Seattle y vocación dream-rock. No despertaron el interés de mucha gente, y obligan a replantearse si aquel “Gimme Indie Rock” que gritó Sebadoh en 1991 no habrá hecho más daño de lo previsto. Sin embargo, no todo está perdido. Un paseo por el pequeño escenario Wiko sirvió para descubrir uno de esos pequeños tesoros que a veces esconden los festivales: El australiano Steve Smyth, que ya ha girado por salas españolas en años anteriores, se marcó un magnífico concierto en el que demostró que por sus venas corre la sangre de Tom Waits y la de Jeff Buckley. Un songwriter de casta que más de uno descubrió gracias a su presencia en Benidorm.

 

Steve Smyth

 

Tras el golpe de timón del año pasado, el Low se ha consolidado definitivamente entre los grandes festivales de verano en España. La combinación de grandes cabezas de cartel internacionales y reclamos masivos nacionales ha demostrado ser una fórmula rentable, más allá del balance artístico que se pueda hacer de unos y otros. El reto ahora es equilibrar la programación y mantener los mismos objetivos de cara a un 2015 en el que, después de Portishead y Massive Attack, el festival bien se podría plantear completar el triunvirato clásico del trip-hop con la presencia de Tricky. Sería una buena excusa para volver a la costa alicantina.

Fotos: Liberto Peiró

cabecera horrors

CRÓNICA LOW FESTIVAL: SÁBADO

En ocasiones se dice que un grupo puede paralizar un festival. Normalmente, en sentido figurado, como metáfora de su capacidad para focalizar la atención del público durante su actuación. Massive Attack lo hicieron el sábado en el Low. Y en sentido literal, ya que obligaron a detener la actividad musical del festival mientras ofrecían su concierto, con objeto de eliminar molestas interferencias sonoras procedentes de otros puntos del recinto, y hasta el punto de interrumpir la actuación de Corizonas, que se estaba desarrollando en otro de los escenarios. No fue una decisión caprichosa. Los de Bristol ofrecieron un espectáculo total, que eclipsó todo lo visto hasta el momento en la Ciudad Deportiva Guillermo Amor de Benidorm.

 

Martina Topley-Bird (Massive Attack)

 

Abrieron con “Battlebox”, cantada por Martina Topley-Bird, y las pantallas comenzaron a escupir datos sobre los beneficios que algunos medicamentos proporcionan a las industrias farmacéuticas. Robert del Naja, Grant Marshall y los músicos que les acompañaban (incluyendo dos baterías) avisaban desde el principio: Se trataba de un concierto, pero también de una declaración de principios de innegable contenido político y profundo trasfondo humanista. Las grandes corporaciones multinacionales, la sociedad tecnológica o la confusión mediática fueron algunos de los blancos sobre los que dispararon certeros dardos visuales y sonoros, con el legendario cantante jamaicano Horace Andy brillando en “Girl I Love You” y “Angel”.

 

Grant Marshall (Massive Attack)

 

El show está concebido a partir de una sobredosis de estímulos que el espectador recibe al mismo tiempo que disfruta de un repertorio en el que no faltan los clásicos trip-hop que hicieron del grupo un referente mundial en los noventa, como “Teardrop” (de nuevo con Martina Topley-Bird), “Future Proof” o “Risingson”. El apabullante sonido se refuerza con unas proyecciones basadas mayoritariamente en la palabra, y que hacen especial hincapié en la idea de que en el origen de todo conflicto bélico anidan motivaciones económicas. Una batería de rótulos convenientemente traducidos al castellano hacía referencia a las posturas de Gran Bretaña y Estados Unidos en la guerra de Irak, pero también incluyeron, como hicieron la semana pasada en el Longitude Festival (Dublín), una mención en defensa del pueblo palestino durante la interpretación de “Unfinished Sympathy”, ya en el tramo final, que provocó el aplauso del público. El final perfecto para un concierto memorable.

 

The Horrors

 

La otra actuación estelar de la jornada fue la de The Horrors, que pese a comenzar a tocar cuando aún no se había puesto el sol (un error de programación, dadas las características de su puesta en escena), demostraron que son una de las realidades más sólidas de la escena británica contemporánea. “Chasing Shadows” les sirvió para poner la directa y mantener un nivel que no decayó en todo su pase. Faris Badwan sabe aprovechar su tesitura vocal para evocar a David Bowie o Richard Butler (The Psychedelic Furs), y la banda le sigue a ciegas en su empresa de revisitar con personalidad el sonido de los ochenta, introduciendo en la fórmula elementos de shoegazing y psicodelia. Canciones incontestables como “Who Can Say” o “So Now You Know” fueron apuntalando un concierto in crescendo, al tiempo que anochecía y los juegos de luces y el humo contribuían a redondear un show que terminó con una soberbia “I See You”. Impecables.

 

Xoel López

 

El día había comenzado con “Buenos Aires”, el tema que utilizaron para inaugurar su concierto Xoel López y su banda. El otrora amante de las esencias pop anglosajonas (Deluxe) ha dado un giro a su carrera para adentrarse en sonidos relacionados con el folclore latinoamericano, y escuchando sus canciones es inevitable pensar en las declaraciones de Triángulo de Amor Bizarro sobre algunos artistas del panorama indie español. Composiciones pulcras, sin aristas, perfectamente ejecutadas, entre las que Xoel también incluyó rescates del pasado, como “El amor valiente”, y que el público joven tarareó con ganas, probablemente sin sospechar que no andan lejos de las que sus padres escuchaban cuando tenían su edad.

 

Yuck

 

Poco después, los londinense Yuck demostraron su amor por el indie rock de los noventa (Dinosaur Jr., Sonic Youth) tal como hicieron en su reciente gira española por salas. Sus canciones son ejercicios de estilo tan depurados que ni la marcha de su líder, Manuel Schupak, parece haberles afectado demasiado. Puro revivalismo, inofensivo y de agradable escucha, que dibujó algunas sonrisas cómplices entre el respetable cuando la banda acometió una versión de “Age of Consent”. Al menos, cuando se trata de tocar un tema ajeno, no resultan tan previsibles como cuando interpretan los suyos.

 

Corizonas

 

Hasta que les cortaron el sonido por orden de Massive Attack, Corizonas habían ofrecido uno de sus conciertos habituales: Rock vaquero con unos cimientos tan sólidos como reconocibles a cargo de Los Coronas y Arizona Baby en feliz entente. Sorprende el éxito de la propuesta, más allá de la convicción con que la ponen en práctica, especialmente porque parece difícil que sus entusiastas seguidores vayan a indagar en las raíces americanas de su sonido. La trompeta da un toque fronterizo a algunos de los temas de un repertorio que no pudieron finalizar, aunque tras el corte de fluido se mantuvieron sobre las tablas para tocar un tema más sin amplificación. Se resarcirían de sobra más tarde, en la carpa Gibson, ante un público tan numeroso como entregado.

 

Editors

 

El repaso de la jornada en el Low Festival se completa con Editors. “The Weight of Your Love”, su flojo disco de 2013, no hacía presagiar nada bueno, y para confirmarlo empezaron con “Sugar”, una de esas canciones que resume su idiosincrasia a la perfección: Aspiraciones de trascendencia, épica pasada de rosca, lirismo de manual, falsa densidad emocional… La posterior recuperación de temas como “An End Has a Start” tampoco sirvió para que alzaran el vuelo, pese a los esfuerzos del vocalista Tom Smith. Cada giro melódico y cada redoble resultan tan previsibles en sus composiciones que el margen para lo inesperado es mínimo, y el concierto se convierte en un trámite en el que tanto la banda como la audiencia cumplen con lo pactado, pero en el que las emociones brillan por su ausencia.

 

 

La última cita de la noche fue con Karen Marie Ørsted, más conocida como Mø. Su mezcla de electrónica y pop se beneficia de haber estado expuesta a las artes de Diplo (“XXX 88”), sobre todo por lo que respecta a su componente rítmico, pero las canciones de la hiperactiva vocalista (no para quieta en todo el concierto) carecen de la fuerza necesaria para arrastrar a la gente, que asistió a su pase con cierta indiferencia, como si hubiera acudido a verla por curiosidad (o porque en ese momento no había nada más en los demás escenarios) y no le acabaran de convencer del todo los gritos de la danesa, en cuyo favor hay que decir no escatimó esfuerzos a la hora de intentar empatizar con el público.

Fotos: Liberto Peiró