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ASÍ FUE EL FIB 2014

JUEVES

El FIB celebra en 2014 dos décadas de vida, y su jornada inaugural resumió, quizá involuntariamente, la evolución que ha sufrido el festival en todo ese tiempo. La presencia de James, por ejemplo, podría entenderse como un vestigio de los años de crecimiento y consolidación del proyecto. La veterana formación británica ofreció el mejor concierto del día, combinando temas de su notable último trabajo, “La petite mort”, con clásicos como “Come Home”. Tim Booth sigue siendo un frontman con carisma y personalidad: En el segundo tema ya estaba en el foso, confraternizando con el público de las primeras filas, y no paró de bailar como un epiléptico durante todo el show. Maestros en el arte de contener la épica pop, pasaron de la melancolía bailable de “Curse Curse” a la euforia de su célebre “Sometimes”, rematando una actuación que fue de menos a más, se benefició de las puntuales apariciones de trompeta o violín y dejó claro que no piensan en la jubilación.

 

 

Mientras que James encarnan la filosofía que puso en marcha y definió el FIB, el resto del cartel fue paradigmático de la deriva hacia la que se ha dirigido el festival en los últimos tiempos. Volcado en satisfacer la demanda de un público de abrumadora mayoría británica, el escenario principal va siendo ocupado cada vez con mayor frecuencia por una serie de artistas de indudable atractivo para la juventud working class que viaja hasta la costa mediterránea buscando playa y fiesta, pero de interés musical más que dudoso. El caso más evidente es el de Ellie Goulding, estrella masiva en el Reino Unido que cultiva un pop de consumo en el peor sentido del término y que podría haber salido de Factor X o un programa similar. De hecho, parecía una Spice Girl de extrarradio, enfundada en unos shorts y una camiseta de aire poligonero ideales para sus gestos de inspiración gimnástica. Ni su intento de interludio acústico en un tono más intimista redime un show digno de una gala de premios MTV.

 

 

Más o menos como el de Tinie Tempah, rapero de muy bajo perfil que se presentó con Dj Charles y ofreció un set populachero en el que abundó el karaoke, el sonido pregrabado y un hedonismo que se traduce en letras que invitan a la fiesta y el baile, incluida una canción dedicada a Ibiza (“From Miami to Ibiza”). Un vacío que se extiende a su puesta en escena, más efectista que espectacular, y que incluyó ocasionales lenguas de fuego incapaces de esconder la endeblez del discurso sonoro al que acompañaban.

 

 

Cerrando la noche, otra muestra del FIB del presente, y seguramente del futuro: Chase & Status. El inicio del show fue prometedor, e incluyó elementos de ragamuffin, drum’n’bass o jungle, en la línea de Prodigy, pero el grupo (que esta vez sí lo era, ya que contaba con batería y guitarra) se lanzó rápidamente por la senda del house más ramplón, con abundancia de temas cantados en los que los vocalistas hacían acto de presencia virtual a través de la pantalla de vídeo situada al fondo del escenario. Tanto en su actuación como en las de Tempah y Goulding, la respuesta de la gente fue entusiasta, dejando patente el cambio que se ha operado en el público del festival.

 

 

A mitad de camino entre el FIB del pasado y el actual, unos Klaxons que salieron uniformados de blanco y ofrecieron un repertorio en el que solo hay dos tipos de canciones. Por un lado, melódicos medios tiempos dignos de una boy band. Por otro, temas en que se acercan al maltratado post-punk para vulgarizar su vertiente bailable del mismo modo que los blockbusters de Hollywood han pervertido los hallazgos de las vanguardias cinematográficas. En ambos casos, canciones sin argumentos, que inscriben a la banda en esa tradición cada vez más nutrida de grupos que parecen existir únicamente para actuar en festivales y ante grandes audiencias.

 

 

¿Y dónde encajan los españoles en este panorama? Pues en un segundo escenario ante el que apenas se agrupan un par de cientos de personas (siendo muy optimistas). Una pena, porque pese al calor y la hora (abrieron el festival), los madrileños El Pardo ofrecieron un concierto de art-punk de combate en el que no dejaron títere con cabeza. Sus armas son una sólida mirada crítica (musical e ideológica), unas letras que conectan tanto con el Rock Radical Vasco como con el 15-M y una capacidad asombrosa para traducir en canciones el descontento de un país que ya no aguanta más a su clase política. Completarían un gran programa doble con Triángulo de Amor Bizarro.

 

 

Era lógico que, tras la indómita descarga de El Pardo, las canciones de Mucho supieran a poco, si se nos permite el chiste fácil. Sonaron mejor, pero mostraron menos ideas. Con un cantante de tesitura vocal cercana a Iván Ferreiro y un repertorio anclado en el rock de los setenta (con algún eventual desarrollo psicodélico), podrían competir por ser la banda de apoyo de Leiva. Tremendamente anodinos, y muy poco afortunados en los comentarios entre canciones.

 

 

Tampoco convenció el rock progresivo de Persons, liderados por un vocalista demasiado impersonal, que a menudo evoca a The Doors desde los teclados. Solo en el tramo final, cuando mostraron sus filias kraut, lograron levantar el vuelo. En cuanto a Aurora, es la enésima banda granadina según el agotado, cansino, inmovilista y repetitivo canon indie español, mientras que GAF y La Estrella de la Muerte lograron crear seductoras atmósferas a base de rock cósmico y ensimismado, mantras hipnóticos y obsesivos que apenas despertaron el interés de unos pocos espectadores (españoles, se entiende, ya que los ingleses habían acudido en masa a ver a Ellie Goulding).

 

 

En el mismo escenario, Rafa Cervera demostró durante dos horas un sano eclecticismo y un exquisito buen gusto a la hora de seleccionar los temas de una sesión desengrasante y con cierto sabor nostálgico (abundaron los hits del pasado). Era su primera incursión en la cabina del FIB y dejó claro que pincha tan bien como escribe (como se puede comprobar en byTHEFEST). Y también formando parte de la escuadra española, el madrileño John Gray, que acompañado de percusión electrónica y ritmos pregrabados sirvió una ración de trip-hop con aliño soul que recordó al descafeinado Seal hasta que le dio por versionear “Everybody” (Backstreet Boys).

 

 

La primera jornada del vigésimo Festival de Benicàssim deja tras de sí muchas luces, como la más que notoria asistencia de público o el excelente sonido de ambos escenarios, pero también algunas sombras, ya que ha faltado materia prima musical de calidad en el cartel. Por delante, tres días en los que desfilarán por los escenarios nombres de relevancia suficiente como para que la balanza artística se equilibre.

 

VIERNES

La segunda jornada en el Festival de Benicàssim tuvo dos protagonistas destacados. Por un lado, Kasabian, cabezas de cartel que respondieron a su condición y arrasaron un recinto en el que se congregó más gente que el jueves, en torno a unas treinta mil personas. Por otro, la lluvia, que hizo acto de presencia en forma de tromba de agua hacia las 22.30 h., sin llegar a trastocar en exceso los planes organizativos (solo afectó al concierto de Automatics, que han sido reubicados el sábado), aunque inutilizó los proyectores y dejó sin imágenes las pantallas de todos los escenarios.

 

 

La tarde se desperezó con un par de bandas españolas que comparten algunas señas de identidad. El trío madrileño Los Claveles destila candor e ingenuidad, y su sonido de vocación amateur recorre el amplio espectro que va de los Modern Lovers al sello K Records, pasando por la nueva ola española, con la que también se emparenta en ocasiones el discurso de Kokoshca, que pese a su nombre (inspirado en el pintor austríaco), no practican el expresionismo, pero ofrecieron apuntes interesantes, aunque estuvieron algo dispersos en el arranque y fueron cogiendo confianza con el paso de los minutos. Flojea la voz femenina, pero es fácil empatizar con la espontaneidad de la banda.

 

 

Los encargados de abrir el escenario principal fueron Razorlight, que no levantaron grandes pasiones. Anclados en tics rock de los setenta (en ocasiones parecían Steppenwolf), con un vocalista que se ha estudiado a conciencia las inflexiones vocales de Bowie y unas canciones (como “Vice”) que siempre dejaban al descubierto su fuente de inspiración, invitaban a comprobar cómo recibiría un FIB mayoritariamente británico a los catalanes Manel. Y lo cierto es que fue el grupo estatal que más público ha congregado hasta el momento. Su folk-pop de tonalidades amables gozó del favor de la audiencia española y demostró su eficacia sin altibajos, pero también sin momentos especialmente climáticos, más allá de canciones como “Boomerang” o “Teresa Rampell”.

 

 

A diferencia del día anterior, el viernes comenzaron a solaparse los horarios y se hizo necesario tomar decisiones que, por ejemplo, nos impidieron disfrutar en toda su extensión de los interesantes The Parrots, atisbados casi de reojo camino del show de Tom Odell, un joven cantante y pianista que hace lo que puede por ponerse sensible e intenso, pero resulta demasiado convencional. Canciones como “Another love” destilan un romanticismo trasnochado que podría convertirle en el Elton John de su generación (lo cual no es necesariamente un halago), y que a nosotros nos empujaron a cambiar de escenario y buscar el rock directo y sin imposturas de Albert Hammond Jr.

 

 

El californiano de alma neoyorquina sonó potente y enérgico, y sorprendió a la audiencia (mayoritariamente local) versioneando “Ever fallen in love (with someone)”, de los Buzzcocks. El resto de temas (como “St. Justice”) los extrajo de sus tres discos en solitario, pero tampoco olvidó hacer escala en el repertorio de The Strokes (una contundente lectura de “One way trigger”). Muy solvente.

 

 

Era el turno en el escenario Maravillas de uno de los pesos pesados del día: El legendario Paul Weller regresaba a Benicàssim y lo hizo a lo grande. Con el siempre fiel Steve Craddock a la segunda guitarra y un par de baterías, el veterano músico inglés encaró un concierto en el que derrochó clase a raudales. Como era de esperar, se centró en temas de sus últimas grabaciones, como el rotundo “Wake up the nation”, pero ya en el primer tramo del show dejó caer la magnífica “My ever changing moods”, perteneciente a su época con The Style Council. En la parte central de concierto se enmarañó en unos desarrollos algo espesos, pero volvió por sus fueros en la parte final, donde incluyó un “Start!” con el que reivindicó el legado de los inmortales The Jam. Un concierto de altura durante el cual ya se vislumbraron los primeros rayos de un tormenta que respetó al modfather, pero que estalló en cuanto terminó su pase.

 

 

Los más perjudicados por la borrasca, aparte de los miles de espectadores que buscaron refugio en las carpas, fueron Of Montreal, que en ese momento estaban actuando en el escenario Trident. No se amilanaron, y tampoco su entusiasta público, que aguantó el chaparrón con actitud ufana y continuó celebrando una colección de canciones espléndidas, impermeables y decididamente escoradas hacia el pop con sabor disco. El suyo fue el triunfo de la clase media, justo antes de que el festival viajara en el tiempo y se plantara durante algunas horas en pleno 1966.

 

 

El primero que se instaló cómodamente en el pasado fue Jake Bugg. El músico británico volvía al FIB solo un año después de su anterior comparecencia. Y si en 2013 se plantó en el escenario con el único acompañamiento de su guitarra, esta vez lo hizo con toda su banda, con la que recreó un puñado de canciones (sobre todo, las de su disco debut) que evocan sin disimulo alguno el sonido del Bob Dylan convertido a la fe eléctrica. Sin grandes despliegues ni aspavientos de cara a la galería, el joven cantautor jugó bien sus cartas y convenció sobradamente, aunque en su caso da la sensación de que todavía está buscando una voz propia que, sin duda, le permitirá volver en años venideros.

 

 

No nos bajamos de la máquina del tiempo para cambiar de escenario y asistir al show de Tame Impala. Proyecciones, sonido y actitud de la banda entroncan con una concepción de la psicodelia que se pretende contemporánea (básicamente, por las conexiones con el resurgir del género responsabilidad de The Flaming Lips), pero que evidencia una innegable tendencia retro. Que una de las canciones que tocaron se titule “Feels like only go backwards” parece toda una declaración de principios, y no es descabellado asociar su sonido con los Pink Floyd más ensimismados. El singular falsete de Kevin Parker y la convicción con que interpretan el repertorio (con temas como “Mind mischief” o “Half full glass of wine”) evita que su actuación se reduzca a un mero ejercicio revisionista del periodo flower power.

 

 

De vuelta a la explanada principal del recinto, la enorme pantalla rosa al fondo del escenario mostraba una cuenta atrás cuyos últimos diez segundos coreó una masa enfervorecida de público para recibir a Kasabian, que habían ganado antes incluso de aparecer sobre las tablas. Con “48:13” recién publicado y la mayoría de la gente a la espera de su show, los de Leicestershire comenzaron no obstante sin echar el resto, para poco a poco ir aumentado la temperatura hasta terminar logrando el KO por agotamiento del contrincante. Si se tratara de valorar el carisma de su cantante (más bien escaso) o la calidad de sus canciones (muy discutible), habría pie para establecer un debate. Pero si el objetivo era convertir Benicàssim en una fiesta, lo consiguieron con eficacia incuestionable.

 

 

Temas como “Bumblebee” o “Stevie” fueron caldeando a la gente en un progresivo crescendo en el que abundó el dance rock de garrafón, que banaliza las aportaciones de bandas de mayor envergadura como Primal Scream, pero que cumple con su meta de hacer bailar a decenas de miles de personas como si no hubiera mañana. Tras hora y media de show, en el que sonaron hits como “Underdog”, “L. S. F. (Lost Souls Forever)” o “Empire”, el vocalista Tom Meighan se despidió invocando el clásico “All you need is love” (The Beatles) y dejó a la gente preparada para que se distribuyera por las carpas en busca de otros estímulos sonoros que le permitieran prolongar la noche hasta que el cuerpo (y el DJ correspondiente) dijera basta. El nuestro, consciente de que quedan dos jornadas más de festival, optó por una retirada estratégica.

 

SÁBADO

El FIB sigue su curso tal como empezó: Combinando artistas destinados a satisfacer al joven público británico con nombres de peso que entroncan con los veinte años de historia del festival. No obstante, a primera hora de la tarde los protagonistas siguen siendo los grupos españoles emergentes. El sábado, por ejemplo, le tocó abrir fuego a Skizophonic, formación de Benicàssim que se presentó de negro riguroso y tiró la casa por la ventana incorporando para ocasión tan señalada a tres coristas. Pop con la mirada puesta en la tradición británica clásica revitalizada en los noventa, ejecutado con solvencia y algún apunte original (el trombón).

 

 

También de la tierra, aunque de Valencia, Maronda inauguraron el escenario principal a pleno sol, circunstancia poco habitual pero que enlaza con la luminosidad de sus melodías pop de raigambre sesentera y vocación contemporánea. El grupo liderado por Pablo Maronda, que cuenta entre sus filas con Marc Greenwood (La Habitación Roja), Alfonso Luna (Tachenko) y Paco Beneyto (Midnight Shots) solventó el envite con notable.

 

 

Entre ambos, en el escenario FIB Club, Hominidae descargaron un repertorio crudo, en el que las guitarras acaparan el protagonismo ante la ausencia de bajo, y que contiene ingredientes como el garage y el post-punk. A pesar de que el proyecto de los madrileños está en proceso de desarrollo, su pase resultó bastante más atractivo que el de Telegram, una banda con excelente imagen (pantalones de pitillo, ropa a la moda) pero pocas canciones a las que hincar el diente. Sonaron apagados, y en general parecieron más aptos para protagonizar anuncios en revistas de moda que para mantener una carrera musical de interés.

 

 

Alto y claro: Triángulo de Amor Bizarro es una de las mejores cosas que le han pasado a la música española en los últimos años. Y sí, se están sobreexponiendo en exceso y pueden acabar pagándolo, pero incluso a las ocho de la tarde, ante unos cuantos cientos de espectadores, son capaces de poner a pleno rendimiento su turbina de distorsión y mala leche eléctrica para dar un nuevo puñetazo en la mesa. Canciones como “El himno de la bala” o “El fantasma de la transición” siguen siendo cañonazos infalibles.

En el otro extremo, Jero Romero apuesta por la sutileza y el sonido limpio, casi aséptico. Bien conjuntado con su banda, ofreció una ración de soft rock netamente americano que como ejercicio de estilo admite pocos reproches, pero no es capaz de despertar pasiones. La indiscutible corrección de su pulcra actuación no resultó demasiado estimulante.

 

 

El primer plato fuerte de la jornada, al menos a priori, llegaba con Katy B (que no es pariente de Mel B, aunque nombre e imagen pudieran llevar a equívoco), que salió al escenario acompañada de cuatro bailarinas con aspiraciones de cheerleaders y una banda (básicamente, laptops y teclados) en la que destacaba el contundente batería. A las chicas del público no les costó identificarse con una cantante que se acerca al R&B o el neosoul, pero a la que le vendría muy grande el calificativo de diva, sobre todo por las ramplonas derivaciones dance de su repertorio. En el show, de estética eurovisiva, tampoco faltó la balada sensiblera con acompañamiento de piano, y la sensación general fue la de estar contemplando a una aprendiz de Madonna a muchos años luz de su modelo.

 

 

Lily Allen, en cambio, maneja registros más sugestivos, empezando por una puesta en escena bastante más elaborada y organizada en torno a imágenes de biberones (una posible metáfora sobre el público al que se dirige su espectáculo). Se presentó acompañada de una banda solvente y el obligatorio cuerpo de baile, pero la baza que la diferencia de su predecesora sobre el escenario Maravillas es un repertorio que, sin permitir lanzar las campanas al vuelo, sí que muestra mayor versatilidad, incluyendo, por ejemplo, elementos caribeños (“Smile”). Unido a su carisma personal, fue suficiente para contentar a su legión de fans, aunque la mujer que realmente triunfó el sábado en el FIB lo hizo en un escenario secundario.

 

 

Porque si hay que conjugar la jornada en femenino singular, es obligatorio hacerlo destacando el concierto ofrecido por Cat Power. Desde que pisó las tablas, la otrora imprevisible Chan Marsall dejó claro que estaba dispuesta a ofrecer una actuación para el recuerdo. Abrió con “The greatest”, y pese a los problemas con los monitores, que fueron constantes, supo ganarse al público desde los micrófonos (ya que utilizó dos en diversas ocasiones), dejando en manos de su banda la tarea instrumental. Decisión muy acertada que, a diferencia de cuando se presenta al piano, le permitió desenvolverse a sus anchas por el escenario. Tan cómoda se sintió que hasta se permitió chapurrear en castellano. Una mujer especial que convirtió su actuación en uno de los momentos memorables de una edición en la que no abundan.

 

 

Por el mismo escenario habían pasado antes unos convincentes Manic Street Preachers, que dieron un concierto sólido en el que repasaron su extensa discografía, desde la inaugural “Motorcycle Emptiness”, hasta un final en el que destacaron la siempre eficaz “You love us” o “If you tolerate this, your children will be next”. A lo largo de su actuación, presentaron temas de su último disco, revisaron “Suicide is painless” (de la película “M.A.S.H.”), recordaron al desaparecido Richey James Edwards (autor de la letra de “Revol”) y despertaron el fervor patriótico de los galeses presentes entre el público con “Design for life”. El sonido, que empezó dubitativo, acabó por afianzarse y contribuyó a que su actuación fuera una de las destacadas de un día que tuvo como cabezas de cartel indiscutibles a The Libertines.

 

 

El telón del fondo, con la imagen de portada de su primer álbum, y la aparición de Carl Barât, con la guerrera roja que hicieron famosa en sus primeras fotos promocionales, no dejaban lugar a dudas: El concierto iba a ser pura nostalgia. Eso sí, los años no pasan en balde y lo que la urgencia y la inmediatez disimulaban hace una década es ahora más difícil de ocultar: The Libertines son una banda de reciclaje sonoro con algunas canciones resultonas y mucha leyenda negra, pero a gran distancia de poder enarbolar la bandera que les sitúe como un grupo de referencia. Lo que no ha cambiado es su atropellado sonido, casi destartalado, que fue ganando en robustez a medida que avanzaba un concierto sin sorpresas, que terminó con el batería Gary Powell al borde del escenario y entonando el “Y viva España” de Manolo Escobar. Por suerte, tal salida de tono fue olvidada rápidamente gracias a un bis que comenzó Pete Doherty en solitario recuperando “What became of the likely lads”, y que coronó luego el grupo al completo con las incontestables “Up the bracket”, “What a waster” y “I get along”. Cumplieron con su papel de estrellas de la jornada más por deméritos ajenos que por méritos propios, pero en el ambiente previo flotaba una posibilidad de estafa que el grupo se encargó de desterrar, dejando un buen sabor de boca.

 

DOMINGO

Según las cifras oficiales, facilitadas por la organización del festival, una media de treinta mil espectadores ha acudido diariamente al recinto de conciertos de Benicàssim, donde el jueves y el domingo dio la sensación de haber menos gente que el viernes y el sábado. En cuanto a la procedencia del público, un 55% ha sido de nacionalidad británica o irlandesa, un 40% españoles y el residual 5% restante, de otros países. La edición de 2015, que se celebrará del 16 al 19 de julio, mantendrá la filosofía de este año, aunque se anunciaron cambios sutiles sin especificar, destinados a la captación de nuevos públicos.

 

 

Toda esta información fue facilitada a los medios la mañana del domingo. Por la tarde, a las 18 h., los australianos Blank Realm se subían al escenario Trident para abrir la última jornada del festival a base de canciones con personalidad y de adscripción indie, aunque con detalles de guitarras pop que podían evocar a los Go-Betweens, el grupo de referencia en el género cuando se trata de las antípodas. Tras ellos, el FIB Club acogía a Jessica Sweetman, cantautora sin guitarra que a las primeras de cambio se descolgó con una poco afortunada versión de “Glory Box” (Portishead). No se puede decir que destaque entre la abundante nómina de songwriters femeninas que puebla la escena internacional, y se movió en unas coordenadas estándar que la sitúan más cerca de Sheryl Crow que de Suzanne Vega.

 

 

La tarde se iba desperezando y el público seguía siendo escaso, incluso en un escenario Maravillas que entró en juego a las 20 h., con el show de Drenge, un joven dúo de guitarra (y voz) y batería que parece vivir dentro de “Bleach”, el primer disco de Nirvana. Sonido grunge según los preceptos del género que, en todo caso, ejecutan con energía y convicción. Tanta, que parecen llegados directamente desde 1991. Y, por muchas ganas que le pongan, el retraso es de casi veinticinco años.

 

 

Del Seattle imaginario en que habitan Drenge pasamos al real con The Presidents of the USA, que proceden de la ciudad y decidieron jugar sobre seguro, rompiendo el hielo con una versión de “Kick Out The Jams” (MC5). Después llegarían hits como “Kitty” o “Lump”, un homenaje a Mark Sandman (el malogrado líder de Morphine) o su conocida relectura de “Video Killed the Radio Star” (Buggles). Divertidos, sacando el máximo partido a un bajo de dos cuerdas y una guitarra de tres, ofrecieron la ración de rock cazurrete y saltarín que nunca falta en un festival, y que sin acabar nunca entre lo más destacado del día, proporciona un agradable soplo de aire fresco.

 

 

Como en anteriores jornadas, el nivel del relleno del cartel que ameniza la espera hasta la llegada de los primeros espadas fue tremendamente irregular. Si el sábado los Manic Street Preachers protagonizaron el momento galés de este año, el domingo fueron Kodaline quienes enarbolaron el orgullo irlandés. Su inofensivo folk-pop, con eventuales derivaciones épicas a base de crescendos vocales, se cimenta en la guitarra acústica de su líder, Stephen Garrigan, que guió al público en “All I Want”, cierre con aire de himno que recordó a Coldplay.

 

 

El discreto debut de Nina Nesbitt en España tampoco pasará a la historia. Es otra cantautora acompañada de banda que combina sensibilidad acústica y eléctrica en canciones sobre vivencias personales relacionadas con trastornos sentimentales (“Peroxide”), que pueden interesar a un sector de público en un abanico de edades muy concreto, pero tienen por delante mucho camino que recorrer si pretenden dejar alguna huella en el futuro. En otras coordenadas sonoras (rock de corte urbano con alguna pincelada de blues) se mueve Hozier, aunque comparte con la Nesbitt la incapacidad para trascender. En ambos casos, su concierto se olvidaba a los pocos minutos de haber finalizado.

 

 

Con la comparecencia de Travis se iniciaba la sucesión de nombres de relevancia del día. Y lo cierto es que la banda escocesa despachó un concierto de sonido impecable y repertorio digno (“My eyes”, “Flowers in the window”), pero también dio la sensación de que no acabarían nunca. Sosos en grado superlativo, con cierto matiz mesiánico, se abonaron a la guitarra de doce cuerdas de su líder, el barbudo Fran Healy, para sacar adelante una actuación que nos hizo pensar que, sin ser ni mucho menos un grupo de referencia, atravesaron momentos mejores en el pasado.

 

 

Menos mal que la jornada se arreglaría por fin con M.I.A., que ofreció un show total, cuarenta y cinco minutos non stop que supieron a muy poco (resulta injustificable que su pase fuera tan corto) y en los que arengó al público, se paseó por el foso y se mezcló con las primeras filas, se contoneó al lado de sus dos bailarines y, sobre todo, disparó material de gran calibre con la ayuda de su DJ, en un formato típico del hip hop, aunque en su repertorio abunde la mezcla de géneros. Los visuales subrayaban el carácter reivindicativo de muchas de sus letras, mientras temas como “Bring the Noize” o “Boyz” se iban sucediendo sin pausa, enlazados unos con otros, sin dar tregua a la audiencia. La corta duración del show impidió escuchar bombazos imprescindibles como “Jimmy” o “Born free”, pero así y todo la británica de origen tamil no tuvo dificultades para coronarse como reina del FIB 2014, gracias también a un final en el que brillaron las celebradas “Paper Planes” y “Bad Girls”. Brutal.

 

 

Aún bajo los efectos de su actuación, nos plantamos en el escenario Trident para vivir una regresión al FIB de otros tiempos, aquel en que la escena inglesa se enseñoreaba del cartel sin necesidad de recurrir a vulgares productos de consumo rápido. Era pues el turno de Charlatans, que volvían a Benicàssim tras actuar en la primera edición y en la del décimo aniversario, y que optaron por lo más eficaz en estos casos: Tocar los hits. “Can’t get out of bed”, “The only one I know”, “Weirdo” o “North Country Boy” fueron cayendo una tras otra mientras Tim Burgess oteaba satisfecho a los miles de personas que bailaban al son de sus canciones, siempre con un pie en el sonido Madchester y otro en la herencia de los Rolling Stones. ¿Previsible? Por supuesto. ¿Poco arriesgado? Sin duda. ¿Eficaz? Absolutamente. Como en el caso de los Manic Street Preachers en la jornada del sábado, el suyo fue un concierto que hubiera pasado desapercibido enmarcado en otro cartel, pero la falta de propuestas musicales de auténtica relevancia que ha padecido el FIB este año termina por situarles entre los destacados.

 

 

Prueba de esa escasez de argumentos musicales de peso en el escenario principal fue el concierto de Paolo Nutini, un guapo vocalista que practica blue eyed soul poniendo en el asador toda la carne de que dispone: Una voz que rompe cuando es necesario, una banda competente en la que no faltan coristas y sección de metal, unas interpretaciones de gran intensidad emocional… Y, sin embargo, no pasa de ser un sosias de Rod Stewart para adolescentes con las hormonas en ebullición. Un artista prácticamente ignoto en España, que visitó de nuevo Benicàssim para complacer al público británico (como muchos otros de los presentes en el cartel).

 

 

Electrónica de after y disc jockeys de diverso pelaje esperaban a quienes desearan apurar las horas que le quedaban a un festival que tiene por delante el reto de enderezar un rumbo que comenzó a variar con la llegada de Vince Power, y que sigue más pendiente del turismo inglés low cost que de su propia historia. En cada una de sus apariciones públicas, Melvin Benn ha subrayado su intención de volver a hacer del FIB algo grande. Este año llegó con el tiempo justo y arrastrando problemas heredados, pero en 2015 tendrá que concretar con hechos sus buenos propósitos. Parece que la coincidencia de fechas con el Latitude Festival (Suffolk), que también dirige, permitirá traer a nuestro país a muchos de los artistas que pasen por allí, pero que en la rueda de prensa de balance del festival asegurara que los cabezas de cartel son la guinda del pastel, una frase que prioriza el carácter vivencial y de experiencia vacacional del festival por encima de su contenido musical, no invita a la tranquilidad. Sobre todo, porque la clase media exhibida en el cartel de este año tampoco permite que se dispare el optimismo. Dentro de un año, la solución.

Fotos: Liberto Peiró

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JAMES, DEL AMOR Y DE LA MUERTE

James surgieron en Manchester a mediados de los ochenta. Fueron brevemente un grupo de Factory, y también tuvieron su etapa Madchester, que coincidió con su tercer álbum, “Gold Mother” (1990). Lejos de encasillarse, en 1994 trabajaron con Brian Eno en “Wah Wah” y siguieron cambiando sin adherirse a ninguna de las modas que marcaron el resto de la década. Tras un periodo de descanso, en el que el cantante Tim Booth probó suerte en solitario, James se reunieron en 2001. “La petite mort” es el álbum que estarán presentando en su próximo concierto en el FIB y sobre el cual hablamos con Tim Booth.

 

¿Es “La petite mort” un álbum sobre la muerte?

Es más bien sobre la vida y la muerte. Es cierto que la muerte tiene una presencia especial en estas canciones. La muerte de mi madre está presente, tuvo un final hermoso y apacible. Y también lo está la muerte de una amiga cercana de la que no pude despedirme y con la que no pude aclarar ciertas diferencias que se interpusieron en nuestra relación. Pero, en general, este disco es una celebración de la muerte, o del nacimiento, no estoy muy seguro de qué exactamente, porque la muerte de mi madre fue como un nacimiento. ¿Has visto el vídeo de “Moving On”? Pues eso fue exactamente lo que ocurrió, la animación del vídeo lo representa muy bien. Sí se puede decir que este disco es sobre la vida y la muerte. Y el sexo.

 

 

De hecho, el término de “le petite mort” se usa en Francia para definir el estado posorgásmico.

Así es, así es. Es una expresión que muchos atribuyen erróneamente al orgasmo en sí mismo, pero sirve para definir esos instantes de paz e inmovilidad que tenemos tras él, que te hacen sentir como si el ego estuviera relajado, como tomándose un baño. Por eso elegimos este título. Porque si haces un disco que habla sobre la muerte, pero en realidad es muy animado, sabes que lo más sensato no es ponerle el título de “Death”, la gente no lo va a aceptar. Había que buscar un título que diera más juego. Y también buscamos esa imagen para la portada, esa calavera sudamericana que es más festiva que fúnebre.

 

¿Es la muerte un tabú sobre el que cuesta mucho hablar?

En la mayoría de las culturas occidentales, lo es. Se trata de un tema del que se intenta no hablar, como si fuese algo que no va a ocurrir. Los jóvenes no piensan en la muerte, salvo que vean a gente morir a su alrededor. Vivimos negándola. No sé decirte si a la gente le choca que este disco hable sobre la muerte. Creo que no, pero luego piensas en un programa de radio, en el locutor preguntándote de qué va este single y tú contestas: “Mi madre ha muerto, de eso se trata”. Pero en el fondo no hay mayor problema con esto, la gente quiere comprender la muerte. Los niños están fascinados con ella y preguntan. Pero no tenemos respuestas y al final decidimos que lo mejor es desistir y dejar de buscarlas.

 

¿Por qué plantear este tema de una manera alegre?

Me gusta ese contraste. James es siempre un grupo de contrastes. Mis letras son en muchas ocasiones el contrapunto a la música, pueden ser muy introspectivas, y aunque a veces exprese algunas imágenes fuertes, hay canciones que siguen siendo una canción pop. Es una paradoja. Es una manera interesante de expresar la verdad, planteando esa división. En nuestro disco “Gold Mother” te encontrabas con “Sit Down”, que tiene una letra muy triste, y después tienes “Come Home”. Es casi una contradicción que ambas estén en el mismo álbum.

 

¿De qué hablas en “Curse Curse”?

Es sobre un joven que está en una habitación de hotel y se encuentra en un estado de excitación sexual y a la vez está intentando ser creativo. Además, escucha cómo la gente de la habitación de al lado está practicando sexo. Quiere concentrarse en lo que está haciendo, pero no hay manera. Es una canción sobre la frustración sexual, y cómo plasmar esa sensación a través de la escritura.

 

En “All I’m Saying” da la sensación de que te estás despidiendo de alguien.

Como te decía antes, perdí a una de mis mejores amigas y no tuve la oportunidad de despedirme. La letra está planteada como un sueño en el que ambos nos comunicamos al fin. Porque ella nunca me dijo que estaba enferma, ni a mí ni a nadie. Y yo tuve un sueño en el que la veía y la notaba enferma. Decidí ir a verla a Nueva York, pero ya era demasiado tarde. Fue muy triste. Se me hace muy duro cantar esa canción. A veces no puedo interpretarla. De todos modos, pensamos que colocarla al final era una hermosa manera de cerrar el álbum.

 

 

Doris Lessing es una de las personas a las que dedicas este disco. ¿Te inspiró para ser músico?

Creo que sí. Cuando en “Sit Down” escribí: “Now I’m relieved to hear / that you’ve been to some far out places / it’s hard to carry on / when you feel all alone”, estaba hablando sobre ella y sobre Patti Smith. He debido de leerme unos dieciocho libros de Doris Lessing, porque leyéndola sentía que estaba mucho menos solo en este planeta. Lo mismo me ocurrió con Patti Smith, al escucharla di gracias a Dios de que hubiera alguien así.

 

Tu admiración por Patti Smith, ¿tuvo que ver cuando elegiste a Lenny Kaye para producir el primer álbum de James?

Tuvo que ver, sí. Pero ya habíamos tenido la oportunidad de escuchar su trabajo como productor con Suzanne Vega. Además de su halo legendario por haber formado parte del grupo de Patti Smith, ya habíamos comprobado que podía ser un excelente productor, cosa que volvió a demostrar con el primer álbum en solitario de Kristin Hersh.

 

¿Hay artistas actuales que te inspiren?

Regina Spektor, el escritor David Mitchell, autor de “El atlas de las nubes”, que me parece uno de los mejores libros que he leído nunca, Cormac McCarthy, Alt-J, Leonard Cohen, el último disco de Bruce Springsteen, Alabama Shakes, Underworld, Edward Sharpe & the Magnetic Zeros. Y la música cubana.

 

Chris Martin es un gran fan de James.

Dice que quiso ser cantante por nosotros. Y parece que trabajó con Brian Eno porque nosotros lo hicimos también. Y Arcade Fire eligieron a Markus Dravs para coproducir “Reflektor” porque también estaba en “Wah Wah”, dicen que les encanta ese disco.

 

Lo cual demuestra que la teoría de que no mola que te guste James no es del todo cierta.

Eso es cosa, sobre todo, de los críticos ingleses. Para los críticos más sarcásticos de Londres, que te guste James nos es algo cool. La primera vez que estuve con Joe Strummer me cantó una de nuestras canciones. Los músicos nos respetan, pero las revistas como el NME tienen un problema con nosotros. Somos un grupo muy emotivo y eso es algo que siempre les molesta. Somos apasionados, en ese aspecto somos más mediterráneos o latinoamericanos que británicos.

freeek fest playlist

FREEK FEST BYTHEFEST

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the black keys

CRÓNICA BILBAO BBK LIVE 2014: SÁBADO

La jornada del sábado, la de clausura, se presentaba a priori como la más interesante del cartel del Bilbao BBK Live 2014, y vaya si respondió. Belako, Kuroma, Band of Horses o The Black Keys: las guitarras y el rock sobresalieron en el día más soleado del fin de semana en Bilbao. Ayer sí, con los chubasqueros recogidos ya, mucho pantaloncito corto y gafas de sol de todos los colores en Kobetamendi, flores y plumas ellas, pinturas de neón y todo tipo de sombreritos ellos.

 

El buen ambiente reinó en Kobetamendi (Foto: Tom Hagen)

 

La tarde se abre con Smoke Idols, del mismo Botxo, mientras los madrileños The Rebels llenan la carpa rock. El sexteto vasco se ganó el derecho a tocar en el festival alzándose con el triunfo en el concurso de maquetas de Gaztea (radiofórmula en euskera), la misma que consiguió Belako hace dos años; con entusiasmo, trataron de aprovechar el premio. Presentaron debut homónimo recientemente autoproducido y cerraron (o casi) con el single “Come Clean”; suena britpop y, aunque en directo falló la voz, funcionará.

 

Belako (Foto: Tom Hagen)

 

Smoke Idols está ahora en el punto de partida en el que se encontraba Belako en 2012. El joven cuarteto vizcaino -dos chicas y dos chicos- ha crecido desde entonces a velocidad de crucero, sorprendiendo y consolidándose como una de las bandas vascas más frescas y excitante del momento; revisando décadas pretéritas, las de sus padres. Además de gemas como “Southern Sea (Beautiful World)”, incluídas en su album “Eurie”, en la carpa Sony presentaron material nuevo, como “Crime”, post-punk de altura, del EP “Bele beltzak baino ez”. No extraña que, sin respiro, estén tocando por todos los festivales de nuestra geografía.

 

Elliott Brood (Foto: Music Snapper)

 

Para cuando los de Mungia pisaron las tablas, había tocado ya Elliott Brood. Banjo en mano y con la gente plácidamente sentada en las laderas de Kobetamendi, abrieron el escenario principal; también lo hizo Skaters, en paralelo a Belako. Gamberros, los de New York presentaron, entre cerveza y cerveza, “Manhattan”, y cerraron con el hit “Kiss Off” (Violent Femmes).

Al Igual que la de Belako y Skaters, las propuestas de Kuroma y Band Of Horses se solaparon, tocando los unos en la carpa y los otros en un escenario 2 ya abarrotado. Antes, el principal había acogido a Los Enemigos, veteranísima banda que está, según el genuino Josele, “todo el año de carnaval”. Sin inmutarse ante un ambiente no demasiado acorde a su propuesta, escupieron rock & roll directo no apto para indies, mascando tabaco y bebiendo bourbon como “John Wayne”.

 

Los Enemigos (Foto: Rhythm And Photos)

 

Kuroma abrió con ganas ante apenas varias decenas de fans -el cuarteto ejercería en la madrugada de backin’ band de MGMT- en una carpa por primera vez desangelada. Presentaban una propuesta similar en sonido a la de Band Of Horses, quienes se llevaron toda la atención, incluso la del resto de artistas, que siguieron el directo desde la loma acotada para las bandas que participan del festival. Hasta ese momento, quiza por tratarse de la última jornada o porque por fin el sol perdió su timidez y se dejo ver en Bilbao, Kobetamendi no presentaba la concurrencia de las jornadas anteriores. El público aprovechó para descansar en el camping o, los más animados, para darse una vuelta por el Botxo. El reclamo principal y la expectación máxima del día, no lo olvidemos, estaba puesta en The Black Keys. Band Of Horses son su antesala ideal.

 

Band of Horses (Foto: Music Snapper)

 

Sin llegar a las cotas alcanzadas en el Azkena Rock de 2011, donde ofrecieron un directo sublime, Band of Horses volvieron a demostrar ser una banda fascinante. Con el exquisito Ben Bridwell al frente, combinaron delicadas gemas y temas con algo más de ritmo, apropiados para un evento masivo como al que nos referimos. Sonaron al principio “The Great Salt Lake” y “Is there a Ghost”, para flotar después con “No One’s Gonna Love You”, su hit más reconocido; a excepción del de Arcade Fire, nunca fue tan celebrado un funeral.

 

The Lumineers (Foto: Music Snapper)

 

Tras Band of Horses hubiese sido el momento propicio para la descarga eléctrica de The Black Keys, pero en el solitario bombo del escenario principal se leía “The Lumineers”. Con aspecto de granjeros, desgranaron su repertorio acústico con sinceridad -cello, guitarra, acordeón-. Su folk de aire hillbilly resulta agradable, pero parecen encontrarse desubicados; intuímos que incluso ellos preferirían haber tocado en una plaza de la ciudad al mediodía. Puede que “Ho Hey”, que para regocijo de la concurrencia suena a un cuarto de hora de iniciar su actuación, sea la razón de que antecedan al dúo de Akron. El escenario se les hace tan, tan, grande, que se internan entre el público para tocar arropados; se agradece. Se atrevieron además con el “Subterranean Homesick Blues” de Dylan; a la juventud que tenían enfrente no pareció importarle el detalle, pues todo el mundo estaba ya a la espera.

 

Dan Auerbach, de The Black Keys (Foto: Music Snapper)

 

The Black Keys se presentaron en cuarteto -venían de tocar la noche anterior en el Optimus-, con los dos músicos de acompañamiento (Gus Seyffert al bajo y John Wood a los teclados) casi escondidos tras la batería que presidía la escena y un bosque de luces no encima, sino detrás de la banda. Con tensión en las primeras filas, se defendió el espacio hasta que “Dead and Gone” sonó, seguida de la más pausada “Next Girl”; para volver a correr, “Run Right Back”. Los poco comunicativos Dan Auerbach y Patrick Carney ofrecen toneladas de rock & roll, soul -en “Turn Blue” nos recuerdan a The Bellrays- e incluso rítmos más discotequeros; cada vez menos blues crudo -en “Howlin’ for You”-. Suenan bien, un poco bajo, se queja alguno, y el setlist nos parece equilibrado: presentan “Turn Blue” y tocan medio disco, cinco temas de once (“Bullet in the Brain”, “Gotta Get Away”, “It´s Up to You Now”), a pesar de avanzar a trompicones. De “El camino” suena, entre otras, “Nova Baby”.

 

Patrick Carney, de The Black Keys (Foto: Music Snapper)

 

La banda se parapeta en la contundencia de Carney y la capa fuzz de Auerbach -o de su colección de guitarras-, pero este último sobresale como vocalista. “She’s Long Gone” marca el inicio de la despedida. Uno, “Tighten Up”, hit con el que les llegó el reconocimiento masivo (de “Brothers”, del 2010); dos, “Fever”, primer single de su último lanzamiento; y tres, la canción que los ha convertido en inmortales, “Lonely Boy”. Auerbach no está tan solo ya, con el acompañamiento de sus fans y el dúo solo en escena, canta un gran cierre, “Little Black Submarines”. Hubiesemos agradecido algo más de intensidad, implicación y energía por parte de ellos pero… ¡Qué colección de hits! De los principales el suyo nos parece, de lejos, el mejor directo, en un festival en el que han prevalecido bandas menores y físicamente más cercanas -por escenario-. Lo que son las cosas, así eran The Black Keys cuando tocaron en Bilbao en 2004. Lo hicieron en la sala Azkena, que no albergaba entonces más de cuarenta personas. Una década después, multiplicaban la asistencia como los panes y los peces, para congregar en torno a cuarenta mil personas en Kobetamendi.

Antes de regresar al nido, logramos a duras penas internarnos en MGMT, lo suficiente como para que el ruido de los stands no enturbiara el sonido de su actuación, en un escenario intransitable. A cubierto actuaba La M.O.D.A. y tampoco había más espacio bajo la carpa -la organización deberá replantearse los espacios y la carpa, así como el problema de los urinarios, insuficientes para las mujeres, que mean ya en cualquier rincón-. Entre “Time to Pretend”, un “Kids” progresivo de más de ocho minutos y unos visuales lisérgicos (excepto en temas como “The Youth”), la actuación de MGMT resultó quiza un tanto apagada y careció de tensión, aunque evocaran a la California hippy. La noche de Bilbao mostraba una brillante luna llena para despedirles. El año que viene, más.

Anartz Bilbao

101 Sun Festival

CRÓNICA 101 SUN FESTIVAL: SÁBADO

Segundas partes nunca fueron buenas, sirva de muestra “El imperio contraataca” o “Terminator II”. Cariacontecida y mohína se presentaba la segunda jornada del 101 Sun Festival ante el peso del determinismo histórico. Sin embargo poco duró la tristeza y los dolores de barriga en casa del pobre. Cual Bez monesco se disfruta de la puesta en escena de We Are Standard que, a que negarlo, juega con la nostalgia musical de New Order (“Bring me back home”), de los Stones Roses (“Love me”) o de los Happy Mondays (“Something bigger”). Final de fiesta feliz con confeti y divertida despedida de Deu Txakartegi al más puro estilo Julio Iglesias.

 

We Are Standard

 

Lourdes Hernández ha madurado. Su proyecto Russian Red ha pasado de la desnudez de sus primeras entregas, que le proporcionaron un amplio número de fans y recelos críticos ante tantos parabienes, a una banda que arropa, mima y esponja un sonido que se ha sofisticado en “Agent Cooper”. Otro cambio que ha sufrido la artista madrileña es el de su voz, que ha ganado en matices. Su última entrega muestra acordes y desacuerdos, no obstante el concierto se hace acogedor gracias a esa voz etérea y envolvente que, por momentos, tiende al Nueva York de Luna con preciosas guitarras, aunque en el concierto sufrió un percance (se le rompió una clavija del ampli) que la cantante superó con destreza y valentía.

 

Expectación ante Russian Red

 

Toundra están adscritos a un género, el post rock, que goza de tantos adeptos como críticos. Aunque pertenezca al grupo de adeptos que prefiere la electricidad a los desarrollos sinfónicos, uno no puede evitar la sensación de pensar que los conciertos de estos grupos responden a una puesta en escena implantada por Mogwai que todos siguen a pies juntillas. Los madrileños suenan compactos, con algún deje metalero que se agradece, y si no llega a sonar la campana, terminamos perdiendo el combate por KO.

 

Toundra

 

¿Me gusta el disco de Temples? No. ¿El rock psicodélico? No en su variante lisérgica, más en la línea del John Lennon de “Shelter song” o en la vertiente de T.Rex (“Keep in the dark”). ¿Tienen pericia instrumental y público? Sí. No obstante, en previsión de mis prejuicios y las posibles reacciones en mi cuerpo, tracé un plan para sobrevivir mental o físicamente al divagar pastoral. En caso de que mi mente dijese basta, tararear “White riot”; en caso de que mi cuerpo se abotargase como el de Doug Quaid al exponerse a la atmósfera marciana, una dosis de cianuro. Venga, sé humilde, abre tu mente, ponte una camisa floreada con chorreras… No obstante…

 

Temples

 

El mundo de Amaral ha girado en torno a la inadaptación individual, pletórica o el malestar colectivo. Las secuelas de la crisis han acentuado la carga política de su discurso, obvia y precisa en “Ratonera”, si bien, ya estaba presente con anterioridad, y mejor resuelta musicalmente, en “Revolución/Héroes” con la que cerraron el concierto. Después llegaría un bis fallido y anticlimático, en el que interpretaron una canción nueva. De hecho, las diversas novedades pasaron desapercibidas entre su público, mucho más dispuesto a corear y disfrutar sus grandes éxitos. La banda, rodada y ejemplar, repasa un cancionero en el que figura lo mejor de su discografía: “Sin tí no soy nada”, “Moriría por vos”… Causa desazón ver al público distendido coreando canciones sobre yonkis o sobre un suicida alcohólico con tanta ligereza, el rock glam de estribillo tan Rosendo que es “No sé qué hacer con mi vida”, su personal “Hand in Glove” (“Van como locos”) o ese glorioso punteo que hubiese firmado Will Sergeant en mi favorita, “Hoy es el principio del final”.

 

Amaral

 

Un grupo que tiene a una mujer a los tambores no puede ser malo. Un grupo que tiene a Leah Shapiro a los tambores es tu ruina. Porque distraído con posibles escenas de pescadores de gambas en “True Detective”, de ajustes de cuentas en el Bada Bing, de un club entarimado de “Treme” donde unas botas de piel de caimán levantan el polvo al son de toda la negritud que sus compañeros interpretan, la dulce Leah toca la batería como quien remacha los clavos de tu ataúd. Mientras agonizas con las baladas ponzoñosas, con los ritmos narcóticos, con el groove final que te está sirviendo Black Rebel Motorcycle Club. He visto a los mejores músicos del festival. Quienes me subyugaron y retorcieron. Quienes tocaron ritmos obscenos. Quienes parecían salidos del averno.

 

Black Rebel Motorcycle Club

 

El Rey Julien ha nacido. Larga vida al Rey. Porque la puesta en escena estéticamente descacharrante de Crystal Fighters, con esos ropajes que parecen diseñados por una marca en la que todos los modelos son iguales aunque su nombre comercial sea lo contrario, tiene como eje central a Sebastian Pringle transmutado en un autoproclamado rey lémur de cola anillada. Zumbón, y por momentos zumbado y bailón: “Yo quiero marcha, marcha. ¿Tú quieres? ¡Marcha!”, parecía decir y responder el extasiado e histriónico público. Concierto festivo salpicado de todas sus gemas, cada persona que fuese a Londres se debiera hacer un viral imitando el vídeo de la canción, con dos exuberantes coristas como sustitutas de Maurice y Mort y un guitarrista exhibicionista. Podemos decir que hemos estado en el centro del hype y lo hemos disfrutado como niños comiendo helado una noche de verano.

 

Crystal Fighters

 

Terminó la primera edición del 101 Sun Festival con notable éxito artístico y de público. El año que viene, más y mejor.

 

Javier Pérez

Foto: Rafa Marchena

The 1975

CRÓNICA BILBAO BBK LIVE: VIERNES

El Bilbao BBK Live acogía ayer su segunda jornada sin dar respiro a quienes vieron amanecer al ritmo de The Suicide of Western Culture -estaba previsto que su actuación del jueves finalizara a las 6.45 h.-; a priori, la más discreta de su novena edición. Además del cabeza de cartel, The Prodigy, quienes actuaron en el mismo emplazamiento en 2008, repetían visita al Bilbao BBK Live Jack Johnson y El Columpio Asesino. Los navarros no subieron entonces a Kobetamendi, pues tocaron a las 13 h. frente al Teatro Arriaga -centro neurálgico de la ciudad-, emplazamiento y hora poco frecuentes que pretenden acercar el festival al corazón de Bilbao, y que este año han acogido actuaciones a la hora del vermú. A las 11 h. de hoy sábado, por ejemplo, la Rock´n´Kids Band repasaba hits ya inmortales para un público infantil y familiar.

 

Dawes (Foto: Rhythm And Photos)

 

Con todo el mundo instalado ya el jueves, la subida y el acceso al recinto festivo resultaban más fluidos, aunque cada vez cuesta más -valga la redundancia, por la cuesta- escalar los ochocientos últimos metros, mortales. Rompe el silencio Chet Faker, solapado en la carpa con los californianos Dawes, quienes cierran con “From the Right Angle” un bolo que gustó. La mayoría del público, ajeno a ellos, se lo toma con tranquilidad y se expande por el recinto; son muchos los que aprovechan para visitar los stands promocionales y hacerse con los atuendos y disfraces -¡menuda fauna pupula por Kobetamendi!- que más tarde lucirán. Similar situación se encuentran Animic, quienes tocan encima de un bus a las puertas del recinto. No es ni la hora ni el lugar para su interesante atmósfera.

 

The 1975 (Foto: Music Snapper)

 

Fue con The 1975 y, sobre todo, con Bastille, cuando las campas de Kobetamendi comenzaron a tomar color, con miles de fans agolpados ya bajo las tablas. Nos gustaron más los primeros, joven banda galesa -con compatriotas entre el público- que factura un pop que no puede ser menos que delicioso en temas como “Chocolate”, y actuaron con entusiasmo en un escenario que de día y sin juegos de luces extra se antoja inmenso. Más inofensivos, en actitud y en sonido, aunque también enérgicos, resultan los londinenses Bastille, quienes tras cantar al ‘ritmo de la noche’, -“Of the Night” lo llaman ellos y no importa que no suene muy bien pues, de lo popular que resulta, funciona- cerraron con su celebradísimo “Pompeii”, con los últimos cientos de festivaleros a la carrera, en el trayecto que va de la entrada del recinto al pie del escenario.

 

Bastille (Foto: Tom Hagen)

 

Para entonces había tocado en el Stage 2 Frank Turner a la misma hora que Conor Oberst -vocalista de Bright Eyes-, con Dawes como banda de apoyo, en la aún accesible carpa Sony; dos bolos, a priori, para un público similar. Oberst, aunque aceptó peticiones del público, se mostró más introspectivo, un puntito más oscuro que Turner, muy comunicativo y locuaz con el público, al que quiso hacer participe de su directo. Con “Wessex Boy” abrió Turner, con “Another travelin’ song” cerró Oberst.

 

Conor Oberst (Foto: Tom Hagen)

 

La misma fórmula se repite con Izal y Jack Johnson, quienes actúan en escenarios enfrentados y alejados. La nula accesibilidad de la carpa elige por nosotros. Izal está imposible, así que visitamos al surfista hawaiano. Jack Johnson nos acoge con “Good People” y en apenas un instante se despide ya con “Better together”; muy positivo él. Estimulante y curiosa resulta su mirada a “Whole Lotta Love” de Led Zeppelin -rapeo de Merlo Podlewski incluido-. Además del bajista, conforma el cuarteto Adam Topol a la batería y Zach Gill, fantástico al piano y al acordeón. Jack Johnson, por su parte, tocó principalmente en acústico, la guitarra y, como no, el ukelele. Muchos declararon su actuación demasiado pausada y relajada para la altura del festival; a nosotros, tras girar de aquí para allá como peonzas, nos devolvió el equilibrio y la calidez. Caras muy sonrientes entre los que siguieron con atención su actuación.

 

Jack Johnson (Foto: Tom Hagen)

 

En un día brumoso y fresco -escarmentado, el festivalero luce ya chubasquero-, se nos hizo de noche para cuando Foster The People atacó el escenario principal en horario de banda grande. Arrancaron enérgicos y encendieron al público con “Coming of Age” y un Mark Foster -sudando la camiseta- como protagonista absoluto. En disposición inusual, con el batería en un lateral y de costado al público, el sexteto hizo un alarde técnico con cinco teclados -menos el batería, ¡uno cada músico!- y una ristra de pedaleras impresionante. Sonaron bien e hicieron vibrar al público (más adolescente) cerrando con su hit “Pumped Up Kicks”; un triunfo que se antoja efímero.

 

Foster The People (Foto: Rhythm And Photos)

 

Al contrario que Foster The People, nadie podrá decir que The Prodigy sea una banda actual, aunque la mecha de sus explosivos nunca se humedece. El trío británico comandado por Liam Howlett se presentó como quinteto en escena con Maxim y Flint, sobre todo este último, resistiendo a las voces. Repetían actuación tras su visita de 2008 y no parecía que pudieran ofrecer nada nuevo pero, viejos zorros, saben que su beat big sigue sonando poderoso e incluso excesivo.

Exhaustos para entonces, medianoche ya, botar o desfallecer es la única alternativa y, seguimos el bolo a tan solo diez cuerpos de distancia de la banda, donde el sonido se vuelve una cuestión física y sacude el cuerpo. En 2008 “The Law” fue la apertura y sonó “Out of Space” como cierre. En esta ocasión no suena esta última. No importa, “Breathe” es el primer tiro y, con actitud punk, “Smack My Bitch Up” el último. El pogo es salvaje en nuestras inmediaciones y el bolo, intuimos, prescindible para los que lo siguen desde el fondo.

 

La fiesta no se detiene en Kobetamendi (Foto: Music Snapper)

 

Antes de ‘la bajada’ -a la ciudad, se entiende-, nos adentramos valientes en una imposible carpa, preocupantemente saturada, dejando en el escenario secundario a Palma Violets -debieron sonar muy bien-, donde actuaban los esperadísimos El Columpio Asesino; los navarros aglutinaron más audiencia que los londinenses. Ni la preocupación por no pisar a nadie -mucha gente sentada e incluso tumbada en las praderas adyacentes-, ni la de poder respirar nos impidieron ya disfrutar de la presentación de “Ballenas muertas en San Sebastián” -qué nombre más poético- ni del megahit “Toro”, cantado por miles de gargantas como colofón a la jornada. El eco de su estribillo, “te voy a hacer bailar toda la noche…”, flota aún en Kobetamendi.

Anartz Bilbao

Band of Horses

CRÓNICA CRUÏLLA BARCELONA: VIERNES

En el Parc del Fórum se inauguró ayer una nueva edición del festival de mestizaje Cruïlla, una propuesta arriesgada para un público ecléctico, que acudió allí desafiando la ola de calor que prometía la tarde. Se concentra en él un tipo de espectador más nacional que guiri y más familiar que exclusivamente joven. Es de agradecer que se haya rediseñado el espacio para la comodidad, albergando cinco escenarios mucho más próximos de lo que estamos acostumbrados los asistentes del Primavera Sound. ¡No más caminatas eternas! También la duración estipulada de los conciertos, de entre una hora y cuarto y una hora y media, da más oportunidades a los artistas de explayarse en los setlists, sin marcar la diferencia entre los cabezas de cartel y las bandas más minoritarias, dando igualdad de tiempo para todos.

 

Otro éxito de público

 

Inauguró la primera parte de la jornada la banda Santos, liderada por Santos Berrocal y Florenci Ferrer, conocidos productores del estudio barcelonés Blind Records, que aparecieron en escena acompañados por cuatro músicos, dispuestos a dar espectáculo con gafas de sol y camisas floreadas. Mientras iban desengranando sus canciones, tanto nuevas como de su disco “Homenajes”, Santos, pandereta en mano, se iba descamisando y despeinando, llegando al final del concierto contento y hecho un cristo. Para ser una de las actuaciones inaugurales, la carpa del Periódico de Catalunya estaba llena de seguidores y curiosos, entre los que se encontraban también niños completamente absortos en la puesta en escena.

 

Santos

 

Paralelamente, el equipo de graffiteros de Graffic Impact empezaba a plasmar las caras de los músicos en algunos de los muros del festival y los demás asistentes se distribuían entre las secciones de lounge, los stands de las organizaciones sin ánimo de lucro y un parque infantil plagado de adultos. A destacar que se nos permitió cargar el móvil con energía solar en uno de los stands. Todo muy en la línea de la propuesta pro-cultural que abandera el Cruïlla.

 

Angus & Julia Stone

 

Minutos antes de las siete de la tarde, ya se aglomeraba en torno al escenario Deezer una pequeña multitud a la espera de los australianos Angus & Julia Stone. Gente comiendo en las gradas (horario inglés) para no perderse detalle de esta carismática banda de indie folk. Sin duda, la que más brillo en escena fue ella: Vestida con minifalda, calcetines altos y zapatos dorados, supo camelarnos hablando en español y tocando algunas versiones míticas, entre ellas “Girls Just Wanna Have Fun” (Cindy Lauper) y el tema central de la película “Grease”. A pocos metros y en el mismo timing, la Orchestra Fireluche se recreaba en el pequeño escenario del Estrella Lounge, un oasis con tumbonas y hierba sintética en medio del Fórum. Una vez más, la proximidad entre espectáculos nos permitió no perder detalle de ambos.

 

Damon Albarn

 

Estaba por llegar uno de los picos cumbres de la jornada. Damon Albarn empezó en el escenario Estrella, acompañado por una banda que lucía sombreros canadienses al estilo Pharrell, el más peculiar de todos, el bajista, vestido con traje chaqueta azul, corbata roja y pantalón corto, que se regaló con un par de bailes que hicieron sombra al mismo Albarn. El británico se estrenó con canciones de su álbum en solitario “Everyday Robots”, incluida la homónima. Pero los que estuvimos atentos a su paso por el SOS 4.8 de Murcia sabíamos que no todo el concierto iba a estar dedicado al último tramo de su carrera. Tocó “Kingdom of Doom” (de su proyecto paralelo The Good The Bad & The Queen), “Clint Eastwood” (Gorillaz), y varias versiones de Blur para terminar: “Out of Time” solo al piano y “All Your Life” con banda otra vez, antes de una emotiva “Heavy Seas of Love”. Recibió la visita de un espectacular coro de góspel y la incursión de un seguidor argentino, que cantó junto a él una de sus melodías más latinas. Albarn es un músico de bandera, y a pesar de que terminó bañado en sudor y sin quitarse la chupa de cuero, estuvo entregado en todo momento, regalando tres bises y dándose sus correspondientes baños de masas. Seguidor de las causas justas, no desmereció en el directo masivo con su combo de soul pop y trip hop, y supo hacer notar más que nunca sus influencias africanas. ¡Bravo por él!

 

Nueva Vulcano

 

Paralelamente, Nueva Vulcano, uno de los grandes nacionales, estuvieron presentando canciones nuevas (algunas que ya pudimos escuchar en su directo en el Festival Primera Persona), acompañados por Marc Clos a los teclados y segundas percusiones. A pesar de que la carpa estaba a reventar y la voz sufría un ligero acople, ofrecieron el concierto más enérgicos de la jornada, asistidos por sus hinchas usuales. Para compensar la presentación de su futuro trabajo, regalaron a sus habituales un bis con “El día de mañana”, y los que no pudieron desgañitarse con las nuevas canciones, terminaron aquí por quedarse afónicos.

 

Band of Horses

 

Entrada la noche, el espacio pareció alienarse para el emotivo directo de Band of Horses. Los de Seattle subieron a escena mientras la luna llena coronaba el cielo e iluminaba el mar y a todo el oleaje de gente que se concentraba extasiada en su directo. A los seguidores no parecieron afectarles las críticas a su último trabajo “Acoustic at The Ryman”, que ha sido tachado de sensiblón. Pero a pesar de la buena acogida, la banda de Ben Bridwell ofreció un concierto lineal, más al estilo del sonido americano de Bruce Springsteen que de la psicodelia ácida de Neil Young. Las pullas no desalentaron a la avalancha de seguidores que vibraron en masa cuando cerraron con la conocida “The Funeral”. Y Bridwell lo agradeció con un “este ha sido uno de los mejores conciertos que hemos hecho nunca.” Habrá que darle un voto de confianza.

 

Tinariwen

 

Tras la pausa de rigor, llegó una de las actuaciones más esperadas del cartel. Pasan pocos minutos de medianoche y los músicos y guerrilleros tuareg Tinariwen colman el escenario TimeOut vestidos con espectaculares túnicas y turbantes. Es impresionante ver a artistas con este atuendo tan poco habitual de los conciertos indies, que llevaron con nobleza y sobriedad. Presentaron su último trabajo, “Emmaar”, grabado en Estados Unidos. Son personajes valientes, pero también muy empáticos, y supieron llevarse al público de calle con su blues psicodélico en la línea de Jimi Hendrix, y sorprendentemente parecido a The Velvet Underground. Iniciáticos, cadenciosos y muy sonrientes, incitaban a dar palmas a cada minuto e instruían al público en una coreografía tribal a la que nos lanzamos con ganas. Experiencia irrepetible que vivieron unos pocos, ya que el record de asistencia se lo llevaron Calle 13, que actuaban paralelamente.

 

Calle 13

 

René Pérez, aka Residente, acompañado por una banda de guitarras, bombo, trompeta y set completo de batería, se exhibió con el torso desnudo y el pecho palomo a lo largo de la hora y media que duró su concierto. La muchedumbre bailaba de pie tanto en el centro como en las gradas, y tarareaba con gusto. Nos dedico “Tu No Puedes Comprar El Sol” y “Ojos Color Sol”, antes de cerrar con la archiconocida “Atrévete Te Te”. Un directo que movió masas, una fiesta de rap mestizo, cumbia y otros ritmos calientes. Muy bailable, pero cojeó en la puesta en escena, si se compara con los Violadores del Verso, que empezaron justo cuando terminaron los puertorriqueños.

 

Violadores del Verso

 

Doble V, que hace nada celebraron su decimoquinto aniversario, no se mostraron para nada desmejorados. Mucho más agudos y más certeros, ofrecieron un directo apabullante de agresividad rap, con visuales que evocaron el ejercito comunista y la guerra nuclear. Lírico sobresalió entre sus compañeros por su facilidad vocal y ofreció un discurso a favor del apoyo mutuo entre las troupes de raperos, breakers, patinadores y graffiteros. Menos criticar y más darse la mano, “no nos creamos el hype” apuntó en uno de sus primeros speechs. Ilustradas palabras de una banda que ha sabido mantenerse en pie de guerra más de una década y que continúan honestos. Un cierre perfecto para un festival que justo acaba de empezar. La noche del sábado promete más y mejor.

Fotos: Xavi Mercadé

 

Lori Meyers

CRÓNICA 101 SUN FESTIVAL: VIERNES

Si bien el sur existe en otras citas de innegable relevancia musical, el 101 Sun Festival viene a paliar en Málaga la ausencia de macroconciertos estivales que se han propagado por el resto de la geografía española. La referencia turística internacional, especialmente británica, aunque el público local era mayoritario, de la Costa del Sol, la bonanza del clima y su buena conexión eran ingredientes previos que hacían presagiar el éxito del festival. Si a esto sumamos un elenco sólido, repleto de referentes internacionales y nacionales de la escena indie, la fórmula se ha demostrado ganadora. Futuras ediciones pondrán a prueba la viabilidad y evolución del festival hacia propuestas musicales más arriesgadas y menos obvias, así como en la mejora de infraestructuras. De ahí que detalles como las interminables colas para usar los escasos urinarios, las papeleras de reciclaje distribuidas por el recinto, o unos simples guantes para las personas que recogen la basura del suelo sean detalles relativamente fáciles de subsanar.

Las actuaciones se reparten entre dos espacios. Por una parte, La Térmica, en sesiones matinales de sábado y domingo, con grupos noveles. Por otra, el estadio de atletismo Ciudad de Málaga, donde se concentran los grandes nombres del festival en dos escenarios, que alternan los conciertos con precisión suiza.

 

Vista general de escenario principal

 

A media tarde, con levante suave, dio comienzo el 101 Sun Festival de la mano de los malagueños La Cena, con su pop de regusto sixties. Poco después Niños Mutantes Dj’s hicieron un recorrido histórico desde el pop yeyé hasta una última parada en sus paisanos, Los Planetas, con “Cumpleaños total”. Polock presentaban su reciente “Rising up”. Su estilizado pop, mecido entre ritmos sintéticos y estribillos hedonistas, se hizo disfrutable y contó con el beneplácito del, aún escaso, público dispuesto a bailar desde el minuto uno. Con todo, la alargada sombra de Phoenix sobrevuela todo su repertorio por lo que, desde ya, debieran dar pruebas de una madurez que les llevase a desarrollar una identidad propia.

 

Triángulo de Amor Bizarro

 

Frente a la algarabía juvenil anterior, Triángulo de Amor Bizarro supusieron una ducha escocesa, con la bombona de butano bajo mínimos y en una noche de noviembre. Son los herederos del Santo Grial carismático de toda la tradición del rock español que se sabe casquivano, melindroso e incisivo. De Parálisis Permanente a Ilegales, de Esplendor Geométrico a Los Planetas, suyo es un presente demoledor y necesario. Demoledores por su música imperecedera, la semilla del mal plantada en el subsuelo de la Factory, y necesarios porque si la vida mata y duele, su mensaje caustico y mal encarado supone una bofetada para nuestra aburguesada conciencia. Comenzaron con un sonido saturado. para alternar sacudidas sónicas con caramelos pop, la imperecedera “ De la monarquía a la criptocracia” o su canción más claramente comercial, “Estrellas místicas” (todo lo pop que puede ser la coz de una mula), que entusiasmaron a su público.

 

Lori Meyers

 

Lori Meyers jugaban una clara carta ganadora, ya que la plaza de Málaga suele ser afín a su discografía, por sus exitosos conciertos en el pasado y los recuerdos a una veintena de poblaciones de la provincia. Disfrutaron de una franja horaria propicia para el lucimiento y desplegaron un repertorio pop que han depurado de tal manera, que en su caleidoscópico mosaico sonoro entran los ribetes soul, el pop de ayer, hoy y siempre y los ritmos sintéticos, y los éxitos se suceden de manera arrolladora. La respuesta del público fue visceral ante su tridente más aclamado (“¿A-ha han vuelto?”, que casi nos provoca un soplo en el corazón, “Mi realidad” y “Alta Fidelidad”) o el ya habitual cameo de Anni B Sweet en “El tiempo pasará”, que no admite peros esnobistas. Una debilidad personal: “Tokio ya no nos quiere”, hipotético anverso de esa moneda del mejor escapismo emocional de Graná cuyo reverso sería “De viaje” (Los Planetas). Al finalizar el concierto, dirigí mi mirada hacia el público colindante y no hallé nada en lo que poner los ojos que no fuese recuerdo de la felicidad.

 

Spector

 

Spector no son lo que parecen. Ni amenazaron a nadie con un revólver sobre la mesa de mezclas ni han compuestos gemas pop pluscuamperfectas. Son un grupo ampuloso y grandilocuente al que las luces de mi entendimiento no me permitieron prestar atención. Letras dolientes, mazacote musical (¡Esos teclados, por Dios!). Quizás debieran haber elegido otro músico al que rendir homenaje a la hora de bautizarse musicalmente. Phil, tu música nos mola, tus tocayos no.

 

Franz Ferdinand

 

Franz Ferdinand pretenden regresar a la exitosa senda del post punk que los vio nacer con “Right Thoughts, Right Words, Right Action”. Es su manera de aferrarse a una tabla de salvación según un modelo trotón que palidece frente a logros pretéritos. Su última entrega posee un puñado de temas resultones que, empedrados entre lo más granado de su discografía, permite que en directo ganen enteros con respecto a la sensación causada en la sosegada escucha casera. “Evil eye” (¿pretenden emular a Gorillaz?), “Bullet” (¿Pixies más Supergrass?) o “Love illumination” cuadran con unas canciones que mantienen el tipo diez años después. Escuchar “Take me out”, “The dark of the Matinée” o “The fallen” y permanecer impasible es un oxímoron. Con todo, mis mejores momentos siguen siendo “Ulysses” y “Outsiders”, estropeada con un efectista gang bang de los músicos contra la batería. Los peros: los tics rockeros, el constante compadreo pelota, la euforia impostada de Alex Kapranos, los prolongados interludios musicales para generar el clímax que les hicieron desviarse de la contundencia de un buen crochet (sirva de ejemplo la concreción ramoniana del bis con “Jacqueline”) que, en caso de haber aprovechado mejor el tiempo colocando gemas como “Evil and Heathen” o “Eleanor put your boots on”, habrían hecho su propuesta más atractiva. Pegas que quizás no concuerden con la opinión mayoritaria del público rendido a sus pies.

 

Rinôçeròse

 

La ingrata tarea de continuar un festival con el público en franca retirada, tras las estrellas de la noche, recayó en Havalina y Rinôçeròse. El grupo madrileño presentó un directo rocoso y contundente, que les emparenta con la trilogía siniestra de The Cure y que debiera disponer de una oportunidad más propicia para apreciar sus méritos. Porque este humilde escriba hubiese preferido que de Franz Ferdinand, metidos en el costal lúdico festivo, se hubiese pasado, más conciertos no garantizan más placer y su secuenciación es importante, a la casilla de Rinôçeròse. Menos cansado y embotado habría disfrutado más de la lúbrica y rítmica propuesta del dúo francés.

Javier Pérez

Fotos: Rafa Marchena