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Leon Benavente

LEÓN BENAVENTE: EN MEDIO DE NINGUNA PARTE

La primera reacción es la precaución. Cuando se anuncia la puesta en marcha de un proyecto paralelo integrado por músicos ilustres es lógico aproximarse a él con reservas. Especialmente porque su continuidad suele ser complicada. En el caso de León Benavente, la cautela es comprensible, ya que sus componentes aunaban esfuerzos con un objetivo inicial muy claro: Aprovechar una beca de residencia del Red Bull Studio destinada a propuestas de corte experimental.

De este modo nacía un cuarteto formado por Luis Rodríguez y David Cobas, ambos pertenecientes a la banda de Nacho Vegas, Eduardo Baos (Tachenko) y César Verdú (Schwarz). Músicos de largo recorrido y afán estajanovista: David Cobas posee una sólida carrera en solitario bajo el nombre artístico de Abraham Boba, mientras que César Verdú se desdobla con frecuencia en labores de productor y técnico de sonido (para el propio Nacho Vegas o grupos como La Habitación Roja y Chucho).

No es la primera vez que se produce el fenómeno en la escena independiente estatal. Recuérdese Fantasma #3, donde coincidieron Pau Roca (La Habitación Roja), Julio de la Rosa y Sergio Vinadé (Tachenko). Grabaron un notable álbum (“Los amores ridículos”, 2006) y ofrecieron algunos conciertos, pero el proyecto no tuvo continuidad.

Esta vez también hay disco en la calle, editado por Marxophone, titulado con el nombre del grupo y presentado en sociedad mediante un texto de Nacho Vegas que va más allá de las pleitesías de la octavilla promocional al uso, para situar a la banda “en medio de ninguna parte”, por su condición de anomalía en el contexto rock español, pero también usando la potente imagen metafórica para aludir a las numerosas referencias espaciales que salpican el debut de un grupo que toma el nombre de dos ciudades e incluye abundantes alusiones geográficas en las letras de sus canciones.

Los textos son, precisamente, una de las grandes bazas de León Benavente. Quizá ya no sea tan cierto que resulta difícil encontrar letras en castellano con categoría literaria, pero siempre es motivo de alegría tropezar con escritores de canciones capaces de dar una nueva vuelta de tuerca a los asuntos del amor (esa guerra interminable) o de hablar de la realidad más cercana sin recurrir al tópico o al panfleto.

En cuanto al material sonoro, la banda parece funcionar a partir de dos fuerzas motrices. Por un lado, el arsenal melódico de Abraham Boba, potenciado por su imaginativo uso del Farfisa. Su conocida faceta de cantautor crepuscular  contrasta con el tratamiento abiertamente rock de muchos temas, que crecen y se desarrollan con una potencia que parte del otro motor del cuarteto: la brutal base rítmica. César Verdú ha ido depurando con Schwarz una aproximación al krautrock que aquí copula con las guitarras al inconfundible estilo de Six by Seven en ese auténtico disparo a bocajarro que es “La palabra”, y que también conduce hacia el infinito “Ser brigada”, la canción que cierra el álbum y cuyo recitado recuerda el “Kill the mosquito” de El Hombre Burbuja. Un corte que cuenta con la guinda de la colaboración de Cristina Martínez (la de El Columpio Asesino, no la de Boss Hog).

Hay otra voz femenina en el disco, la de Irantzu Valencia (La Buena Vida), que engrandece “La gran desilusión” (¿una referencia a Jean Renoir?), pero el grupo evita el habitual desfile de invitados y colaboradores que suele ahogar muchos discos españoles recientes. Los cuatro implicados tienen las ideas claras, y quizá el trayecto de su viaje no esté marcado todavía y dependa del destino, pero tienen un mapa repleto de señales, una hoja de ruta que conjuga energía rock y capacidad lírica como solo músicos tan experimentados pueden hacerlo.

Prueba de ello es el EP que ha seguido a la edición de su álbum. Un disco de cuatro canciones titulado “Todos contra todos” que incluye una versión de Ilegales (“Europa ha muerto”) y que supone un excelente complemento de su debut (de hecho, se han editado juntos en CD). Ojo con ellos: Son ambiciosos y saben cómo conseguir sus objetivos.

Eduardo Guillot