Entradas

sos portada asi

ASÍ TE CONTAMOS EL SOS 4.8 2016

VIERNES

Pablo es el novio de mi hermana. Se estaba liando un cigarro cuando me ha visto. Levanta la mirada y dice: “La hostia, hemos abierto nosotros el festival”. Son las cuatro y media de una tarde de mayo en Murcia. Comienza a sentirse ese apocalipsis calorífero que asola la ciudad hasta noviembre. Pablo y yo estamos en el escenario Estrella Levante del SOS 4.8, y sí: estamos abriendo el festival. Todavía hay grúas y señores con walkie talkie que caminan con tanta urgencia que le pregunto a Pablo si no le da vergüenza estar fumando mientras alguien salva el mundo. Entonces aparece Soleá Morente. Su banda de especialistas –maestros como Antonio Arias o Florent Muñoz- crea la atmósfera. Mientras, ella gira sobre sí misma y sonríe, pero se olvida de entrar a matar. El problema de apellidarte Morente y mezclar flamenco y rock es el mismo que tuvo Jordi Cruyff cuando le dio por patear un balón. Soleá explicita demasiado la fórmula y no llega a ningún sitio. Lo suyo suena a ejercicio de estilo. La teoría está bien: buenas guitarras, buenas voces y textos decentes. El problema es que no hay nada más. Entonces, un técnico decide que sus 15 minutos de gloria comienzan aquí y el cabrón de Pablo suelta: “¡Buah, fantástico juego de luces a las cinco de la tarde!”. Es raro, la verdad.

Soleá Morente

Belize tocan en el escenario Inside. De camino, me topo con un tipo ataviado con un pañuelo en la cabeza y una camiseta de John Boy. Mira un horario del festival como si fuese un mapa y estuviera perdidísimo. Yo solo espero que el tipo no decidiera ir a Belize, porque…joder. Los pamplonicas son pijos de náuticos-sin-calcetines-y-pantalones-remangados que dicen cosas como súper placer. Llevo diez minutos en su concierto y creo que me voy a pasar el resto de mi vida bebiendo Cocacola cero. He visto becerros cojos y ciegos más peligrosos que esto. El guitarrista está todo el rato sonriendo. Parece una mezcla macabra entre un psicópata y el protagonista de un libro llamado “Teo monta una banda de tonti pop y va al SOS”. De verdad: para montar un change.org que les impida volver a subir a un escenario.

Belize

Ofuscado, vuelvo al Estrella Levante. La alarma de puto hater está a punto de sonar en mi cerebro. Tengo esperanzas de que Corizonas la apaguen. Al primer acorde ya entiendo que esto es otra cosa. ¡JODER, ESTO ES! Yo qué sé: solo un poco de actitud. Esta gente no ha inventado nada, pero es imposible no moverse ante una fiesta de esa tradición llamada rock and roll. Corizonas van por ahí: spaghetti western, surf, garaje, un poco de country…y  a bailar como bestias en celo. Liberado de la guitarra, El Meister se ha convertido en un frontman que mezcla maneras de Mick Jagger y Rafaella Carrà. Su propuesta llega a resultar un pelín repetitiva, pero, joder, es difícil molar más que estos tíos. A mi lado, un señor ofendido le dice a su colega: Lo que es una puta vergüenza es que pongan a esta banda a las cinco de la tarde, macho. Si hoy no va a pisar Murcia una banda mejor…Yo respiro aliviado.

Corizonas

Me acerco a una barra y convierto los euros en tokens y los tokens en euros –por dios, que esto empiece a estudiarse en los colegios- y comprendo que un mini de cerveza cuesta 9€. Mareado, clamo al cielo. Dios, en su infinita sabiduría, no rebaja el precio de la cerveza, pero me regala algo mejor: una banda de la hostia. Se llaman Spring King. Son de Manchester y tienen las ideas muy claras: medio shoegaze, medio noise, todo unido a través del punk. Es imposible no pensar en Jesus & Mary Chain. Spring King tienen nervio, actitud y melodías salvavidas. Tocan ese himno potencial llamado Rectifier y yo me pregunto por qué cojones esta gente no es cabeza de cartel. Muy muy guapos.

Lo de Baywaves es diferente: se saben el santo grial de la psicodelia de memoria, pero no aportan nada. En un momento dado, me lío en una conversación al respecto con mi colega Mario. Mi colega vuelve la mirada al escenario y grita: ¡HOSTIAS, QUE EL CANTANTE SE ESTÁ MOVIENDO! La música de Baywaves es un poco así: giros y giros y giros sobre la misma idea para llegar a algo demasiado vacío. Lo bueno es que acaban de empezar y se saben la biblia. Si tienen algo más, acabará saliendo. Otros que giran y giran y giran son Toundra. Su mezcla de post-rock y metal progresivo está reventando el suelo de este país. Pocas bandas recientes han conseguido un respaldo tan rotundo de crítica y público. En directo suenan espectaculares, potentes, convencidos, entregados…hasta que aburren. Sí: me estoy aburriendo como una ostra. No sé si una propuesta así necesita unas mejores condiciones acústicas o si solo es que yo no soporto una hora de esta movida. Cavilando, me acerco a los váteres químicos. Entablo conversación con un tío engominado que dice que, al menos, este año no han puesto esos urinarios grises pentagonales. El tío me asegura que ni en las aldeas de Vietnam hay urinarios así. Entra a mear. Me doy cuenta de que este año hay menos gente. En ediciones anteriores, la conversación de la cola del váter terminaba con invitaciones de boda. El tío sale y me suelta, orgulloso: ¡Mira a ver, rapidico! ¿O no? Meao, drogao y de to…

Pongo un riñón encima de la barra de un kebab y me dan un falafel. En el Estrella Levante van a tocar Manic Street Preachers -uno de los cabezas de cartel- en el papel de estrella-british-venida-a-menos. Los galeses van a rememorar el vigésimo aniversario de “Everything must go” (Epic). Devoro el falafel como si mis padres no me hubieran enseñado a comer y me coloco sin problema en el tercio delantero de la explanada. Es extraño que pase eso con un cabeza de cartel. Las canciones se suceden. El contraste entre el escenario y el público es brutal: James Dean Bradfield se entrega a cada nota que canta; a mi lado, algunas personas resoplan, como diciendo que ya podía el tipo cantar un poco más flojo, que así no hay quien mantenga una conversación. Por momentos, los Manics suenan a leyenda, a banda que estuvo ahí y escribió unas cuantas canciones que trascenderán el paso del tiempo. Sin embargo, en el ambiente flota un aire descafeinado, como si esta no fuera una buena noche para hacer Historia. Bradfield canta una emocionante “No Surface all feeling” y se despide con el clásico “If you tolerate this your children will be next”. Agridulce.

Manic Street Preachers / Foto: Javier Rosa

Lo bueno de lo agridulce es que tiene una parte dulce, una parte buena. Así, el concierto de Love of Lesbian solo se puede resumir en una palabra: AGRIO. Juro que me he acercado de buenas al concierto de los catalanes. Me venía mentalizando de un tiempo a esta parte. LOL y yo íbamos a empezar de cero. El problema es que esto ha sido como cuando intentas empezar de cero con tu novia de cuatro años y, a los diez minutos, recuerdas por qué querías empezar de cero. En los últimos diez minutos, yo he recordado por qué no soporto a Love of Lesbian: facilones, afectados, haciendo caso a Coldplay en pleno 2016, grandilocuentes, repetitivos…lo suyo es de traca. Iba tan dispuesto a disfrutar que me coloqué en las primeras filas. Después de “Club de fans de John Boy” escapo, porque no entiendo nada. Intento ver en los ojos del resto del público alguna respuesta, pero no la encuentro. El rollo es que, si la calidad de un concierto viene determinada por la conexión entre artista y público, este es el concierto del siglo. Nunca he visto a un público tan entregado. Por algo será, seguro. Yo no encuentro la razón. Me acerco al escenario Jaggermeister a ver a Trepàt y una voz dentro de mí grita ¡¡SON LAS CANCIONES, IDIOTA!! Sí, son las canciones. En “Onix”, por ejemplo, está todo: tensión, cosas implícitas, un estribillo tatuable y una actitud que no va de poner cara de perro apaleado. Trepàt mezclan con tiento oscuridad y brillantez. Suenan angulosos, grandes, pero siempre desde algo muy pequeño. Algo así como un aleph musical. Y lo mejor: tienen el camino. Esa onda Protomartyr, esa forma de entender el postpunk como un término que contiene la palabra punk, nos traerá la salvación.

Love of Lesbian

Entonces me pongo la camiseta, me levanto y me dirijo al Inside como si no hubiera pasado nada. Suena un bucle de teclado y yo pienso que hay pocas bandas con la personalidad de León Benavente. En dos álbumes, este cuarteto de especialistas ha desarrollado una identidad –pop pluscuamperfecto de resistencia, dejes kraut, noise y no-wave- abrumadora. “Ánimo, valiente”, “California”, “La palabra”…los conciertos apoteósicos de esta gente se gestan en la grabación de canciones de esta categoría. De la otra mitad se encarga una banda en estado de gracia, con ese frontman endiablado llamado Abraham Boba al frente. Y luego hay otra: solo con que hubieran escrito “Ser brigada” ya se habrían ganado el cielo. Qué canción, señora. LO-CU-RA.

León Benavente / Foto: Javier Rosa

El concierto ha terminado y sigo gritando a lo hooligan y cantándole a mi presidente que se pudra como un ramo de rosas. “Vamos a ver a las zagalas”, dice mi colega Mario. Las zagalas son The Big Moon, un cuarteto británico de lo-fi garajero con muchos oooohs y aaaahs. Es curioso que, siendo inglesas, suenen tan americanas. Me vienen a la cabeza Pavement, Pixies y unas Ex Hex que mamaran flanera noventera. Lo suyo mola: tienen canciones, actitud y humor. Si este es un mundo justo, no les puede ir mal.

Entonces noto que tengo los gemelos reventados. Me siento en el suelo y un tipo que se parece mucho a Ángel Stanich me ofrece speed. Le digo que no, que tengo que escribir una crónica. Él dice: Pero si así vas a escribir mejor, tío. Yo le contesto que no, que soy peligroso y que…el tío no me deja terminar. Dice: Ah, que tú eres de los míos. Es el momento de pirarse.

Ha sido un viernes de conciertos muy irregulares. No decepcionantes, porque el cartel tampoco apuntaba a otra cosa, pero quizá se espera otro nivel de un festival (supuestamente) asentado.

Llego a Trapería y Murcia está desierta y el suelo está mojado. Tengo la cabeza como un bombo. Me apetece este silencio. Creo que es imposible disfrutar de 12 conciertos en un día. Entonces oigo pasos detrás de mí y creo que alguien me persigue. Acelero.

SÁBADO

Acabo de llegar a casa. Mi cabeza sigue sonando a rayos y me acabo de dar cuenta de que me he cabreado con mis colegas. El problema, como diría mi madre, ha sido el alcohol: hace muchas horas que llegó ese momento en el que el alcohol te coloca en una órbita diferente al que no bebe. Y el que no bebía era yo. He rechazado minis y polvos blancos. He soltado: “¡QUE ESTOY TRABAJANDO, COÑO!”. Cómo me han jodido esas risas que los cabrones no han podido ahogar. En concreto, mi colega Chemi me ha escupido que él ha llegado tarde porque ha tenido que arrancar cinco almendros y que eso sí que es un trabajo y no ver conciertos y luego escribir sobre ello. Menudos cabrones. Por lo visto, al final me he puesto brusco. Voy a quitarme estas putas zapatillas.

Te cuento: esto empezó hace 13 horas.

Son las cuatro menos diez y llego al Auditorio Víctor Villegas con los dedos bañados en salsa de yogur y la cabeza llena de incógnitas y algún prejuicio. En mi cabeza suenan estas frases: ¿Santiago Auserón con la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia? ¿Qué va a hacer? ¿Con la Sinfónica? Ufffesas movidas con orquestas suelen ser insoportables. Me lavo las manos y entro en la sala y me siento. Aparece Santiago Auserón y flipo. El tío demuestra clase sin abrir la boca: viste un traje granate y una cara de ¿qué pasa? Soy el maestro y he venido a dar clase que tira para atrás. Lo suyo con la Orquesta Sinfónica es el primer concierto del proyecto “Vagamundo”, canciones de toda su trayectoria vestidas con traje y pajarita. Auserón se refiere a sí mismo como “un músico callejero” y entiendo que esto va de unir arte popular con alta cultura. A mí se me ocurren pocos tipos capaces de emprender esa odisea: el que fuera líder de Radio Futura canta con pasión y teatralidad unas historias que siguen sonando frescas. Y luego está lo del magnetismo. Auserón lleva una hora rodeado de 20 músicos. Bien: pues es imposible mirar a nadie –ni a nada- que no sea él. El tío es John Wayne comiéndose el plano. Suena una versión majestuosa de “No más lágrimas” y un señor acaba de ver la luz y grita como un converso: “¡ESTO ES MÚSICA, SÍ SEÑOR!”. Y yo me río, pero el señor iluminado tiene razón.

Santiago Auserón y la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia / Foto Javier Rosa

Salgo del auditorio. Llego al escenario Jägermeister y me encuentro a The Purple Elephants. La banda murciana ha publicado su primer largo, “Danza Funeral” (Son Buenos), hace pocos meses. Se supone que mezclan blues-rock y psicodelia, pero suenan a hijo de Henry Hill haciendo ¡PIUM, PIUM! Con la boca. Si rascas las gafas de sol y los amplis a toda hostia, te encuentras con la más desoladora nada. Se saben el discurso, pero les sobra brocha gorda y les falta sutileza. Y blues, mucho blues. De ahí nace su problema más visible: es imposible defender una actitud sin canciones. En ese caso, te conviertes en un niño que quiere demostrar que es súper chungo. Y no te cree ni dios. The Purple Elephants ganarían mucho si apostaran por el menos-es-más. Especialmente en el apartado vocal: Jorge Bayle se convertirá en un buen cantante cuando deje de correrse con su propia voz. Con todo, tienen un pepino llamado “We will ride the moon until the end” –ahí sí hay blues- que les muestra el camino.

Me doy una vuelta por el recinto y decido salir al aparcamiento del Eroski. O, como lo llaman los místicos estos días, LA PUTA BABILONIA. El aparcamiento del Eroski, situado a doscientos metros del recinto, es la zona de calentamiento. Miles de personas encajan sus culos en maleteros abiertos y hablan sobre el festival, sobre la fiesta y, qué demonios, sobre la vida. Solo te digo que acabo de ver a un tío sacar una silla de plástico de su Citroen 308. Ha murmurado: “Pues venga, a echar la tarde”. El comentario que vuela es que se nota el bajón de público hasta en el parking. Por suerte, nunca faltarán esas familias que hacen la compra los sábados por la tarde como si eso fuera deporte olímpico. Miro el reloj y decido volver al recinto del festival. Voy a ver a My Expensive Awareness. En la zona de Dj’s suena Lori Meyers y a mí se me revuelve algo oscuro dentro: para un año que los granadinos no vienen, alguien contrata a un pinchadiscos melancólico.

My Expensive Awareness ganan peso cuando se dejan de hostias y guitarrean como cabrones. El resto del tiempo se contonean alrededor de las fórmulas psicodélicas, causando algún que otro bostezo. Aún están muy tiernos, pero tienen una sección rítmica que es para dejarlo todo y cruzar el Atlántico montado en ella. Ahí se puede construir cualquier cosa. Durísima. Y entonces, como si esto fuera de picos y valles –no va de eso, ¿no?- llega el turno de Blonde Redhead. Lucía, mi novia, acaba de aparecer. Me saluda y suelta: “¿Pero no estabas en un concierto?”. Esa frase resume la actuación de Blonde Redhead. He visto pocas bandas tan de recepción de dentista. Ese hilo de fondo, esa intrascendencia extrema, me pone realmente nervioso. No sé ni qué pretenden, -¿shoegaze, pop de bostezo?- pero si los tiros van de provocar que el oyente piense en razones por las que el ser humano merece extinguirse, dan en el clavo. Madre del señor.

Blonde Redhead

Lucía me saca de ese infierno de anuncio de compresas y me arrastra al Estrella Levante. Ojo, evento: toca Amaral. Se pueden hacer millones de lecturas sobre qué significa que los maños toquen en un (supuesto) festival de música independiente, pero hay un hecho irrebatible: Amaral tiene diez o doce canciones incontestables. Ellos lo saben y las esparcen con inteligencia a lo largo de un repertorio en  el que abunda su material más reciente. Y entonces me encuentro a mí mismo cantando “Salir corriendo” y diciéndole a Lucía: “Pues…lo están petando”. Igual me paso, pero Amaral tienen un directo redondo. Y que a ti también te gusta “Como hablar”, por mucho que la cantes con esa superioridad moral que, honestamente, no sé de dónde te sacas.

Amaral / Foto: Javier Rosa

Me vuelvo al Inside para ver a Second. Se me ocurren pocas bandas más solventes y profesionales que los murcianos. El problema es qué significa que los primeros adjetivos positivos que te sugiera una banda sean solvente y profesional. Quiero decir: sé que Second son unos músicos de la hostia y que sus discos están producidos por manos maestras, pero solo me provocan indiferencia. Cuando Sean Frutos llega a los estribillos y yo debería apretar los puños y apretar el morro, bostezo. Me superan su afectación y su artificio. Si esto fuera de técnica y no de emociones, sería incapaz de ponerles una pega. El problema es que no.

Entonces llega el turno de The Libertines. Los ingleses se reunieron en 2014 y, desde entonces, no paran de girar. Han editado un álbum decente, “Anthems for doomed youth” (2015, EMI), pero su tabla de salvación siguen siendo las canciones que facturaron hace una década, cuando mezclaron poesía victoriana y punk. A mí me flipan: solo los Strokes fueron tan definitorios en esa edad en la que te haces persona. Así que me he rodeado de colegas borrachos para ver a una de las bandas de mi vida. En directo, los Libertines siguen siendo un tiro. Tienen claro que fueron más grandes cuando llevaban las uñas negras que cuando se lavaron: sueltan esas sucesiones de acordes que parece que no van a ningún sitio y acaban materializándose en canciones –“Death on the stairs”, “What Katie did”, “Time for heroes”- que te llegan al alma. Mi colega Dani me coge del pescuezo y señala el escenario. “Mira –suelta- Doherty y Barât, y aquí, tú y yo”. Veo pasar mi vida por delante y abrazo a Lucía y aprieto el morro para parecer un tipo duro. La banda se pira y yo le pregunto a todo dios que qué tal el concierto, porque qué voy a decir yo si tengo un grupo de colegas en el que la expresión “Nada, tío, escucha a los Libertines” significa: “¡Agárrate a lo que nunca te ha fallado, cabrón!”.

The Libertines / Foto: Javier Rosa

Y ahí viene lo de mis colegas. Ellos siguen emocionados y yo, como haciéndome el profesional, digo: “Venga, venga, dejadme, que tengo que ir a ver a Of Montreal”. En qué momento: mis colegas se enfadan y Of Montreal suenan a grupo de fin de festival. Anodinos, inofensivos…expertos en ese twee pop reinante que te promete la luna y no te da más que disgustos. Ni siquiera te quema los pies. Pero entonces sueltan una locura titulada “The past is a grotesque animal” y me cago en dios. ¿Qué ven mis ojos? ¿De verdad Kevin Barnes ha agarrado el micrófono con algo parecido a mala hostia? ¿Qué es eso que oigo? ¿Nervio? ¿Garra? ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Es como si Barnes se hubiera dado cuenta de que no puede ir por la vida siendo un pánfilo. Supongo que no era necesario, pero ha merecido la pena tragarse los macarrones crudos para probar la guindilla.

O quizá es que se han enterado de que después de ellos tocan Los Bengala. El dúo maño es de las bandas más marranas que uno puede ver en este país. Punk, garaje, rugidos, rock and roll, excitación sexual…lo suyo va de dejarse de hostias y mover el culo. Me encuentro a mí mismo con la boca abierta, como si esta música fuera bendita. Después entiendo que Los Bengala derrochan lo que ha faltado en esta edición del SOS: nula afectación, sentido del humor, alma, actitud y garra. Tocan “No hay amor sin dolor” y cantamos y nos gritamos unos a otros: “¡Coño, era esto!”.

Los Bengala / Foto: Javier Rosa

El caso es que acabo de llegar a casa y tengo la cabeza como un bombo. La segunda jornada del SOS 4.8 ha superado –tanto en público como en el nivel de las actuaciones- a la primera. Ha sido un festival irregular con algunos picos muy buenos, pero quizá de una intensidad insuficiente. Yo me siento como si me hubiera comido 12 hamburguesas de un euro. Creo que he tragado tanta música sin digerirla que voy a dormir abrazado al retrete. Deseadme suerte.

Texto: Santini Rose

Portada: The Libertines / Foto: Javier Rosa

sos portada 1

SOS 4.8 2016: CRÓNICA SÁBADO

Acabo de llegar a casa. Mi cabeza sigue sonando a rayos y me acabo de dar cuenta de que me he cabreado con mis colegas. El problema, como diría mi madre, ha sido el alcohol: hace muchas horas que llegó ese momento en el que el alcohol te coloca en una órbita diferente al que no bebe. Y el que no bebía era yo. He rechazado minis y polvos blancos. He soltado: “¡QUE ESTOY TRABAJANDO, COÑO!”. Cómo me han jodido esas risas que los cabrones no han podido ahogar. En concreto, mi colega Chemi me ha escupido que él ha llegado tarde porque ha tenido que arrancar cinco almendros y que eso sí que es un trabajo y no ver conciertos y luego escribir sobre ello. Menudos cabrones. Por lo visto, al final me he puesto brusco. Voy a quitarme estas putas zapatillas.

Te cuento: esto empezó hace 13 horas.

Son las cuatro menos diez y llego al Auditorio Víctor Villegas con los dedos bañados en salsa de yogur y la cabeza llena de incógnitas y algún prejuicio. En mi cabeza suenan estas frases: ¿Santiago Auserón con la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia? ¿Qué va a hacer? ¿Con la Sinfónica? Ufff, esas movidas con orquestas suelen ser insoportables. Me lavo las manos y entro en la sala y me siento. Aparece Santiago Auserón y flipo. El tío demuestra clase sin abrir la boca: viste un traje granate y una cara de ¿qué pasa? Soy el maestro y he venido a dar clase que tira para atrás. Lo suyo con la Orquesta Sinfónica es el primer concierto del proyecto “Vagamundo”, canciones de toda su trayectoria vestidas con traje y pajarita. Auserón se refiere a sí mismo como “un músico callejero” y entiendo que esto va de unir arte popular con alta cultura. A mí se me ocurren pocos tipos capaces de emprender esa odisea: el que fuera líder de Radio Futura canta con pasión y teatralidad unas historias que siguen sonando frescas. Y luego está lo del magnetismo. Auserón lleva una hora rodeado de 20 músicos. Bien: pues es imposible mirar a nadie –ni a nada- que no sea él. El tío es John Wayne comiéndose el plano. Suena una versión majestuosa de “No más lágrimas” y un señor acaba de ver la luz y grita como un converso: “¡ESTO ES MÚSICA, SÍ SEÑOR!”. Y yo me río, pero el señor iluminado tiene razón.

Santiago Auserón y la Orquesta de la Región de Murcia / Foto Javier Rosa

Salgo del auditorio. Llego al escenario Jägermeister y me encuentro a The Purple Elephants. La banda murciana ha publicado su primer largo, “Danza Funeral” (Son Buenos), hace pocos meses. Se supone que mezclan blues-rock y psicodelia, pero suenan a hijo de Henry Hill haciendo ¡PIUM, PIUM! Con la boca. Si rascas las gafas de sol y los amplis a toda hostia, te encuentras con la más desoladora nada. Se saben el discurso, pero les sobra brocha gorda y les falta sutileza. Y blues, mucho blues. De ahí nace su problema más visible: es imposible defender una actitud sin canciones. En ese caso, te conviertes en un niño que quiere demostrar que es súper chungo. Y no te cree ni dios. The Purple Elephants ganarían mucho si apostaran por el menos-es-más. Especialmente en el apartado vocal: Jorge Bayle se convertirá en un buen cantante cuando deje de correrse con su propia voz. Con todo, tienen un pepino llamado “We will ride the moon until the end” –ahí sí hay blues- que les muestra el camino.

Me doy una vuelta por el recinto y decido salir al aparcamiento del Eroski. O, como lo llaman los místicos estos días, LA PUTA BABILONIA. El aparcamiento del Eroski, situado a doscientos metros del recinto, es la zona de calentamiento. Miles de personas encajan sus culos en maleteros abiertos y hablan sobre el festival, sobre la fiesta y, qué demonios, sobre la vida. Solo te digo que acabo de ver a un tío sacar una silla de plástico de su Citroen 308. Ha murmurado: “Pues venga, a echar la tarde”. El comentario que vuela es que se nota el bajón de público hasta en el parking. Por suerte, nunca faltarán esas familias que hacen la compra los sábados por la tarde como si eso fuera deporte olímpico. Miro el reloj y decido volver al recinto del festival. Voy a ver a My Expensive Awareness. En la zona de Dj’s suena Lori Meyers y a mí se me revuelve algo oscuro dentro: para un año que los granadinos no vienen, alguien contrata a un pinchadiscos melancólico.

My Expensive Awareness ganan peso cuando se dejan de hostias y guitarrean como cabrones. El resto del tiempo se contonean alrededor de las fórmulas psicodélicas, causando algún que otro bostezo. Aún están muy tiernos, pero tienen una sección rítmica que es para dejarlo todo y cruzar el Atlántico montado en ella. Ahí se puede construir cualquier cosa. Durísima. Y entonces, como si esto fuera de picos y valles –no va de eso, ¿no?- llega el turno de Blonde Redhead. Lucía, mi novia, acaba de aparecer. Me saluda y suelta: “¿Pero no estabas en un concierto?”. Esa frase resume la actuación de Blonde Redhead. He visto pocas bandas tan de recepción de dentista. Ese hilo de fondo, esa intrascendencia extrema, me pone realmente nervioso. No sé ni qué pretenden, -¿shoegaze, pop de bostezo?- pero si los tiros van de provocar que el oyente piense en razones por las que el ser humano merece extinguirse, dan en el clavo. Madre del señor.

Blonde Redhead

Lucía me saca de ese infierno de anuncio de compresas y me arrastra al Estrella Levante. Ojo, evento: toca Amaral. Se pueden hacer millones de lecturas sobre qué significa que los maños toquen en un (supuesto) festival de música independiente, pero hay un hecho irrebatible: Amaral tiene diez o doce canciones incontestables. Ellos lo saben y las esparcen con inteligencia a lo largo de un repertorio en  el que abunda su material más reciente. Y entonces me encuentro a mí mismo cantando “Salir corriendo” y diciéndole a Lucía: “Pues…lo están petando”. Igual me paso, pero Amaral tienen un directo redondo. Y que a ti también te gusta “Como hablar”, por mucho que la cantes con esa superioridad moral que, honestamente, no sé de dónde te sacas.

Amaral

Me vuelvo al Inside para ver a Second. Se me ocurren pocas bandas más solventes y profesionales que los murcianos. El problema es qué significa que los primeros adjetivos positivos que te sugiera una banda sean solvente y profesional. Quiero decir: sé que Second son unos músicos de la hostia y que sus discos están producidos por manos maestras, pero solo me provocan indiferencia. Cuando Sean Frutos llega a los estribillos y yo debería apretar los puños y apretar el morro, bostezo. Me superan su afectación y su artificio. Si esto fuera de técnica y no de emociones, sería incapaz de ponerles una pega. El problema es que no.

Entonces llega el turno de The Libertines. Los ingleses se reunieron en 2014 y, desde entonces, no paran de girar. Han editado un álbum decente, “Anthems for doomed youth” (2015, EMI), pero su tabla de salvación siguen siendo las canciones que facturaron hace una década, cuando mezclaron poesía victoriana y punk. A mí me flipan: solo los Strokes fueron tan definitorios en esa edad en la que te haces persona. Así que me he rodeado de colegas borrachos para ver a una de las bandas de mi vida. En directo, los Libertines siguen siendo un tiro. Tienen claro que fueron más grandes cuando llevaban las uñas negras que cuando se lavaron: sueltan esas sucesiones de acordes que parece que no van a ningún sitio y acaban materializándose en canciones –“Death on the stairs”, “What Katie did”, “Time for heroes”- que te llegan al alma. Mi colega Dani me coge del pescuezo y señala el escenario. “Mira –suelta- Doherty y Barât, y aquí, tú y yo”. Veo pasar mi vida por delante y abrazo a Lucía y aprieto el morro para parecer un tipo duro. La banda se pira y yo le pregunto a todo dios que qué tal el concierto, porque qué voy a decir yo si tengo un grupo de colegas en el que la expresión “Nada, tío, escucha a los Libertines” significa: “¡Agárrate a lo que nunca te ha fallado, cabrón!”.

Y ahí viene lo de mis colegas. Ellos siguen emocionados y yo, como haciéndome el profesional, digo: “Venga, venga, dejadme, que tengo que ir a ver a Of Montreal”. En qué momento: mis colegas se enfadan y Of Montreal suenan a grupo de fin de festival. Anodinos, inofensivos…expertos en ese twee pop reinante que te promete la luna y no te da más que disgustos. Ni siquiera te quema los pies. Pero entonces sueltan una locura titulada “The past is a grotesque animal” y me cago en dios. ¿Qué ven mis ojos? ¿De verdad Kevin Barnes ha agarrado el micrófono con algo parecido a mala hostia? ¿Qué es eso que oigo? ¿Nervio? ¿Garra? ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Es como si Barnes se hubiera dado cuenta de que no puede ir por la vida siendo un pánfilo. Supongo que no era necesario, pero ha merecido la pena tragarse los macarrones crudos para probar la guindilla.

O quizá es que se han enterado de que después de ellos tocan Los Bengala. El dúo maño es de las bandas más marranas que uno puede ver en este país. Punk, garaje, rugidos, rock and roll, excitación sexual…lo suyo va de dejarse de hostias y mover el culo. Me encuentro a mí mismo con la boca abierta, como si esta música fuera bendita. Después entiendo que Los Bengala derrochan lo que ha faltado en esta edición del SOS: nula afectación, sentido del humor, alma, actitud y garra. Tocan “No hay amor sin dolor” y cantamos y nos gritamos unos a otros: “¡Coño, era esto!”.

El caso es que acabo de llegar a casa y tengo la cabeza como un bombo. La segunda jornada del SOS 4.8 ha superado –tanto en público como en el nivel de las actuaciones- a la primera. Ha sido un festival irregular con algunos picos muy buenos, pero quizá de una intensidad insuficiente. Yo me siento como si me hubiera comido 12 hamburguesas de un euro. Creo que he tragado tanta música sin digerirla que voy a dormir abrazado al retrete. Deseadme suerte.

Texto: Santini Rose

Foto de portada: Javier Rosa / SOS 4.8

SOS 4.8 2016: CRÓNICA VIERNES

SOS 4.8 2016 PORTADA

SOS 4.8 2016: MANUAL DE USO

A veces parece que vamos un poco de sobrados recomendando solamente a algunos de los artistas, en muchas ocasiones perlas escondidas en los carteles o bandas que creemos que merecen un punto de atención por algún motivo en concreto, pero es que creemos que hay que darle un empujón a ese tipo de propuestas, las menos obvias, porque vosotros sois muy listos y ya conocéis a los nombres escritos en letras grandes, ¿no?

Está claro que en el SOS 4.8 de este año hay propuestas variadas y atractivas. En los puestos preferentes hay nombres como los rehabilitados y domesticados The Libertines, unos Manic Street Preachers de aniversario o unos Chvrches que en muy poquitas temporadas ya han llevado a todos los grandes festivales del país su remodelación del pop electrónico de herencia ochentera. También tienen un espacio destacado dos bandas del indie nacional de éxito entre el gran público y ambas con nuevos trabajos tras un tiempo en barbecho, como son Love of Lesbian y su “El Poeta Halley” y Amaral con “Nocturnal”. En el SOS 4.8 el baile y los sonidos electrónicos siempre han sido importante por eso la presencia de artistas como Luciano, The Martinez Brothers, Gonçalo, Pional, Sau Poler o Edu Imbernon son un buen reclamo para los habituados al festival murciano. Después, en cuanto a los nacionales, nos encontramos con una plantilla repleta de caras reconocibles como Toundra, que vienen de arrasar en el Barclaycard Center y parece que este será su único festival nacional este año, Nueva Vulcano, Nudozurdo, Corizonas, los oriundos Second, Soleá Morente y un largo etcétera hasta llegar a la emergencia pura y dura, pasando por algunos de las bandas locales en auge como Los Últimos Bañistas, The Purple Elephants o The Meatpies. En cuanto al resto de la plantilla de internacionales abunda la serie media tirando a la sección oportunidades, entre los que nos encontramos por ejemplo a los daneses Mew, que no vienen por nuestras tierras hace mucho, el pegadizo dúo de Brooklyn Matt and Kim, la psicodelia folk pop de, los a veces coloridos y a veces melancólicos, Of Montreal y un puñado de bandas muchos más nuevas, casi sin desprecintar, como Addictive TV, Spring King, The Big Moon o Kassasin Street. En cuanto a propuestas algo exóticas –para un festival indie- el SOS 4.8 de este año nos traerá a Santiago Auserón, que actuará con la Orquesta de la Región de Murcia, y a un cada vez más cómodo en estos eventos Kiko Veneno. Si a todo esto le sumas los imprescindibles DJs y una programación de Arte nada desdeñable, lo removemos –no agitamos- y lo vertimos el próximo fin de semana sobre el Recinto de La Fica, tenemos el SOS 4.8 2016. Este ha sido un repaso del cartel muy a groso modo, pero como somos unos entendidillos vamos a extraer cinco artistas a modo de humildes recomendaciones.

Trepàt llegarán de Granada dispuestos a convertirse en una de las bandas favoritas de ese indie de segundo peldaño, el más alto no destinado a los alimentos sonoros de digestión fácil y herramientas de arista pulida, discurso plano y punzón romo. Publicaron un interesantísimo segundo disco, “El amor está en la tierra”, que no hizo sino confirmar las buenas impresiones de su debut “Caballo”. Pop elegantemente oscuro, actualizado desde muchos de los cánones de los ochenta y con una densidad poética estimulante que no asfixiante. Un halo de esperanza que un grupo sin vocación outsider decida tirar por caminos adyacentes a las rutas que solamente llegan a un destino, el público. Nada más y nada menos.

Los catalanes The Suicide of Western Culture recrean desde la electrónica una pulsión épica sumamente adictiva. Con tendencia lo fi, a los drones y a la industrialización del sonido, utilizan el post rock, el kraut o la música de baile para recrear entornos de opresión contenida y excitante, lo cual les convierte en una de las propuestas electrónicas nacionales más atractivas, alejada de efectismos hedonistas y digestiones rápidas.

Como pincelada internacional nos hemos decantado por Blonde Redhead, una banda veterana, con nueve discos a las espaldas y una carrera plagada de brillantes buenos momentos. Con el tiempo han ido abriendo las ventanas hacia la luminosidad del dream pop y la riqueza en el encaje del folk pop manierista, lo cual se agradece, como su recomendable último álbum “Barragan”. Este disco ya va camino de los dos años, pero el anuncio de la creación de un sello propio parece ser la premonición de un nuevo trabajo en perspectiva.

Los Bengala son un savage duo de Zaragoza, tan fieros como divertidos y descarados. Rock garajero de pulsación acelerada, de desgañitarse y bailar. Pueden rozar el boogaloo o la psicodelia pero lo suyo es el primitivismo y la adrenalina, una píldora antidepresiva para tomar con cerveza aunque te tires la mitad por encima en un pogo.

La quinta recomendación es doble y no se refiere a dos bandas desconocidas, ni mucho menos, si no a dos de las bandas referentes del indie nacional más potente y con mejor directo que empiezan a rodar sus nuevos trabajos. Por un lado están Triángulo de Amor Bizarro con su sorprendente y rico “Salve Discordia”,  un excelente disco en el que han apostado por el riesgo introduciendo nuevos sonidos y nuevas estructuras, alejándose de su zona de confort, algo que artistas inquietos y brillantes como ellos han superado con nota. Por otro lado León Benavente, que nos tendrán que demostrar en directo todas las esperanzas que tenemos puestas en las canciones de “2”, un disco potente y frenético, desafiante y excelso en sonido y lírica, un trabajo emocionante en los surcos pero que todavía tiene margen de crecimiento en directo. Estas dos actuaciones serán oportunidades únicas de pillarles frescos (a ellos y a nosotros), antes de que nos hartemos de verles en directo, ya que van a ser dos de los must de la temporada.

El próximo fin de semana estaremos en Murcia para contarte el SOS 4.8 con nuestras crónicas y en nuestras redes, pasa a visitarnos.

ENTREVISTA A LEÓN BENAVENTE

ENTREVISTA A TOUNDRA

ASÍ TE CONTAMOS EL SOS 4.8 2015

CONOCE LOS HORARIOS DE LA NOVENA EDICIÓN DEL SOS 4.8  2016

primavera sound all stars 2016 portada

¿QUÉ PODEMOS ESPERAR DEL PRIMAVERA SOUND 2016?

Como todos los años a estas alturas, el cebo está puesto y es tan suculento que picamos aun sabiendo que lo que mordemos no nos va a quitar el hambre y solamente nos va a llevar a una desazón estúpida y autoimpuesta. Nadie se puede resistir a las cábalas y apuestas, a hacer pronósticos, a ser el entendido “just for one day” o simplemente a meterse en el disfraz del falso pasotismo, que por otro lado suele ser la más burda de las poses; si realmente pasas, ni te molestas en decirlo.

Es incuestionable que si en nuestro país hay un festival con poder para hacernos sufrir de esta manera nuestros propios anhelos es el Primavera Sound. De entre los festivales de mayor envergadura es el que ha perdurado y se ha potenciado con más fuerza, construyendo una identidad muy definida y con ella una legión de fieles, herramientas indispensables para crear adicciones y para que sus incorruptibles adeptos tengan las referencias y las pautas necesarias para poder entrar en el juego cabalístico; un juego que el mismo Primavera Sound ha creado, pero al que todos acabamos jugando, seamos conscientes o no.

Sobre la forma que tienen los festivales de presentar los nombres de los artistas, ya sea por goteo o por inundación, o el tipo de espectáculo que se monta a su alrededor hablaremos en otro momento –me estoy convirtiendo en un especialista en sembrar temas a desarrollar para otros artículos y luego no hacerlo, perdonen-, porque de lo que va a versar este texto –me niego a llamarlo artículo, reportaje, etc.- es sobre lo que creemos que nos puede traer el inminente advenimiento del cartel del #PrimaveraAllStars.

Los cabezas de cartel

Lo que todo el mundo habitualmente reclama son los primeros espadas –recordatorio: dejar de utilizar símiles taurinos-, porque, aunque nos encontráramos ante el mejor muestrario de postres de “o Rey das tartas”, hay muchos de los que nos rodean que elegirían la gran, pero falsa, perla de caramelo que más reluce sobre el merengue.

No está fácil el tema de los cabezas de cartel, no señor. El comentario recurrente es que no hay más de un par de docenas de nombres lógicos y posibles para encabezar eventos de esta magnitud –otra cosa es que repintemos la moto para venderla-, y debido por una parte a que unos ya han pasado recientemente, a que otros se los ha llevado la competencia, que varios han decidido no girar o que hay artistas geniales pero que por “precio/retorno” no son rentables, pues la cosa suele pintar bastos.

Hay nombres que están siempre sobre la mesa y que parece que siempre están en el momento oportuno de programarse; como Radiohead que sacarán disco en breve; Bjork que publicó un estupendo trabajo el año pasado y aunque tuvo que cancelar media gira parece que está recuperada, o Neil Young que “de momento” empieza su gira Europea en Glasgow el día 5 de junio.

Otros artistas que se verían como lógicos serían, por ejemplo, los de Tame Impala, Beach House o incluso Foals –sí, Foals-, o no se… The Libertines, porque los señores que programan en el Primavera Sound no son “hombre mágicos, del país feliz, de la casa de gominola, de la calle de la piruleta”, son personas que quieren ganar dinero, o como mal menor recuperar el que han puesto. Es algo tan lícito que no debería de comentarse, además, las opciones son tantas que habitualmente se puede realizar un interesante recorrido por el festival sin acercarse a los dos escenarios más grandes. Pruébenlo un año, quizá descubran cosas nuevas aunque sean reticentes a ello; a veces la mejor terapia contra el conservadurismo es la de choque.

Otros artistas de relevancia (hay un momento en el que se diluye el denominar a alguien cabeza de cartel o no, porque a veces es más criterio del que vende que del que compra) podrían venir de la mano de los más importantes “comebacks” de la temporada, como el de Stone Roses, o los cacareados y por fin confirmados The Last Shadow Puppets y LCD Soundsystem; la verdad es que estos dos últimos serían muy de agradecer, sobre todo si traen nuevas canciones.

Fruta de temporada

El Primavera Sound se ha especializado en tener en sus carteles a un nutrido ramillete de los triunfadores de la anterior temporada, por lo que en este caso, y encajando perfectamente en su perfil, serían la mar de adecuados Sufjan Stevens, Kurt Vile, Joanna Newson, o Vince Staples (podría ser la últimamente muy valorada pincelada de hip hop), incluso quién nos dice que no pueda venir Ryan Adams ahora que parece que es visto como un must hípster, por haber versionando el “1984” de Taylor Swift, y no únicamente como el chico de la americana comercial –injustas ambas acepciones-.

Este año, también hay un buen puñado de artistas que se ponen de nuevo en marcha y que suenan muy fuerte para el PS, como Sigur Ros que “empiezan” gira a mitad de junio; Animal Collective, que publican en febrero y “solamente” tienen fechas hasta mitrad de mayo;  PJ Harvey con inminente nuevo trabajo y que unos días después de las fechas del PS estará en Paris, y de paso por qué no Teenage Fanclub, que también parecen estar en movimiento. Elvis Costello estará de gira esos días de por España y tiene un pequeñísimo margen temporal que podría hacerle aparecer por el Primavera Sound.

Marca de la casa.

Es así y para qué negarlo, mientras que los cuatro nombres comerciales del indie nacional caben en casi cualquier cartel – salvo obvias excepciones- hay artistas internacionales que estilísticamente son carne de Primavera. Un ejemplo son algunas bandas de indie rock 90′s en retorno, como Lush, aunque también creía que el año pasado vendrían Veruca Salt y no fue así. Dinosaur Jr están celebrando su trigésimo aniversario como banda, a mí y a muchos nos encanaría que lo celebrasen también aquí.

Otros nombres muy “primaverescos” podrían ser Fidlar, Ty Segall –aunque sea con el disco de versiones de T-Rex-, Wavves – ya sea con su nuevo disco o haciendo binomio con el maravilloso artefacto que forman con Cloud Nothings-, Parquet Courts, o Bob Mould, que saca nuevo disco el 25 de marzo y tiene fichas americanas hasta mediados de mayo.

Nadie pondría caras raras a que Matt Berninger y Brent Knopf se dejaran caer por el Fórum con El VY, o a la presencia de Chromatics, Grimes o FKA Twigs (al Primavera Sound le gusta bailar) o Explosions in the Sky o Mogwai (también gusta el ruido); Tortoise seguro que estarán en el Parc del Fórum, como comentaron en un desliz en su entrevista del Rockdelux de este mes.

Por una parte se descarta la vuelta de Kendrik Lamar al PS –actuó en el 2013-, puesto que ser el fichaje estrella del FIB imposibilita la inclusión del rapero californiano, aunque claro, en Barcelona ya lo tuvieron primero. También era esperada una de las triunfadoras en el indie rock internacional, la australiana Courtney Barnett, pero se ha adelantado el Bilbao BBK Live, al igual que con Father John Misty o M83, pero bueno, el año pasado Alt-J y Caribou ya hicieron doblete Primavera/BBK – a New Order no los he incluido porque además de al BBK también van al Sónar y su presencia ya pierde mucho valor en tickets-. Los artistas programados por el festival americano The Governors Ball Festival -que coincide en fechas-  son altamente improbables, pero cosas más difíciles se han visto.

La prepotencia del Primavera Sound con sus eslóganes, como el pasado #bestfestivalever o el presente #PrimaveraAllStars, es evidente y siempre habrá quien lo utilice como arma arrojadiza cuando no programen a su artista favorito o el estilo de los cabezas de cartel no sea acorde a sus filias, pero en un festival con tanta oferta es un poco estúpido quejarse; es como enfadarse porque no te han cocinado una esferificación de morcilla de Burgos con esencia de humo de madera baobab, cuando han puesto a tu disposición el buffet libre de un restaurante con estrella Michelin.

LOW2015_LIBERTINES012_JAVIERROSA  portada

LOW FESTIVAL 2015: CRÓNICA SÁBADO

Las 19:00h y había menos gente que el día anterior a la misma hora. Los que ya estaban en el recinto mientras Eladio y Los Seres Queridos abrían la segunda jornada de Low Festival, se cobijaban a la sombra de la mesa de control y de todo lo que les pudiera servir como improvisada sombrilla. Lo bueno era que se notaba una ligera brisa de aire en el ambiente. Algo es algo.

Eladio y los Seres Queridos / Foto: Liberto Peiró

En el escenario todos estaban preparados para las circunstancias. Daba igual qué tocaran: teclado, bajo, guitarra o batería, todos iban con gafas de sol. A Eladio Santos le acompañaba además, su inseparable sombrero en el enérgico directo de la banda gallega, que animaba a los más valientes a concienciarse de que había mucho festival por delante.

Mientras tanto, varias personas con camisetas de Los Planetas se dirigían al escenario principal y eso solo significaba una cosa: Grupo de Expertos Solynieve iba a empezar. Que Jota esté en el escenario, ya deja a más de uno obnubilado. Ahí está el “rey” de todo esto que a veces llaman indie.

Grupo de Expertos Solynieve / Foto: Liberto Peiró

Todo sonaba relativamente bien, a ellos se les veía tranquilos y disfrutando. Llegó el momento de uno de los temas incluido en “Lucro cesante”, su nuevo EP, pero cuando empezaba a sonar, la duda de si se trataba de “Colinas bermejas” o de “I want Candy” de The Strangeloves, estaba en el ambiente.

Uno de los momentos que más gustaron fue “Una muerte lenta y dolorosa”. No nos gustaría estar en la piel de a quien vaya dedicada, pero nos encantan las canciones que tienen tanta rabia contenida. Tras un concierto que dejaba satisfechos a un respetuoso público, se despedían diciendo: “Un placer tocar en Benidorm, la ciudad que impulsó la carrera artística de Julio Iglesias”.

Jota no tuvo mucho tiempo para descansar tras el concierto, ya que casi a la vez que el público, ponía rumbo al escenario Ron Matusalem donde ya empezaban El mató a un policía motorizado. Los argentinos hacían las delicias de sus seguidores con temas como “Nuevos discos” o “El magnetismo”, pero el momento más especial fue sin duda cuando “Yoni B” sonaba en el escenario y a Santiago Motorizado le acompañaba el propio Jota de Los Planetas.

El Mató a un Policía Motorizado / Foto: Javier Rosa

Tras ellos, era el turno de Peace en el escenario Budweiser. Con ellos, llegaba una buena dosis de pop e indie-rock sin mucho más misterio, pero con una voz de las que enganchan a la primera, la de Harry Koisser, que no se quitó su chupa de cuero en todo el concierto. Sonaron temas como “Lovesick”, “Gen Strange” o “World Pleasure”, con el que terminaron su presentación de “Happy People” (Sony Music, 2015), su segundo álbum de estudio, editado este mismo año.

Peace / Foto: Javier Rosa

Entre concierto y concierto, en Low Festival no cesa la música ni un segundo. Siempre hay varios escenarios ofreciendo alternativas totalmente diferentes, como es el Jägermusic donde anoche estuvieron, entre otros Difenders o Músculo! .

Difenders DJs / Foto: Javier Rosa

En el escenario Ron Matusalem empezaba algo que tenía tanta pinta de delicado como de potente. Una voz y una guitarra sin muchos más artificios, llenaban de magia por unos segundos el ambiente. Enseguida se unía el resto de la banda. Empezaba el concierto de L.A. Su voz sonaba especialmente bien anoche. En varios temas le acompañaba “una sorpresa” en el escenario, una sorpresa en forma de guitarrista de lujo: Russian Red. El público entregado, especialmente unas primeras filas que cantaban prácticamente todas las canciones, especialmente cuando llegaban algunas como “Hands” con la que aquello se convertía en prácticamente un karaoke.

De camino a ver a The Libertines, algo nos llamó la atención en el escenario Wiko. Era The Legendary Tigerman, un hombre que es una banda en sí. Batería, guitarra, voz y todo lo necesario para hacer un directo potente sin perder un segundo su actitud única. Sin duda, lo de Paulo Furtado fue una grata sorpresa.

The Legendary Tigerman / Foto: Javier Rosa

The Libertines ya estaban haciendo gala de la complicidad de Pete Doherty y Carl Barat mientras el público se volvía loco con alguno de los temas más esperados como ocurría con “Can’t stand me now”, donde Pete Doherty además se animaba con la armónica. Este concierto no pudo ser escuchado a través de Radio 3, como los demás, ya que no dieron permiso, así que quedará únicamente en la memoria de quienes estuvimos ahí.

2015 es un gran año para The Libertines: se les ve en plena forma en directo y están a punto de publicar nuevo álbum. El 4 de septiembre se editará “Anthems for doomed youth”, Ayer ya sonaba su adelanto “Gunga Din” y cumple con los requisitos de sus seguidores para convertirlo en uno de los temas imprescindibles de la banda.

The Libertines / Foto: LIberto Peiró

Anoche daba la sensación de que el de Dorian era uno de los conciertos más esperados. Canciones para recordar como “Corta el aire” perteneciente a su segundo álbum y también canciones de ahora, como “Arrecife”, incluida en este último álbum como canción inédita y que por cierto, estrenaba videoclip esta misma semana.

Dorian ya cuentan con muchas canciones imprescindibles en su carrera: “Los amigos que perdí”, “Soda Stereo” o “Verte amanecer” ayer triunfaban entre el público, y además, sonaban especialmente bien incluyendo en su banda el violín, chelo y viola. Pero es prácticamente imposible que el momento cumbre de los conciertos de Dorian cambie, “A cualquier otra parte” es un himno para todos.

En su concierto se acordaron de Jose de Low Festival por haber estado apoyándoles desde el principio, cuando las cosas eran más complicadas para ellos.

Dorian / Foto: Liberto Peiró

“We’re The Drums from New York City!”. Así empezaban The Drums en el escenario principal, ofreciendo un concierto en el que destacaba ante todo, la actitud de Jonathan Pierce, su vocalista. Había una sensación en el ambiente de que faltaba echar más leña al fuego, faltaba algo, de lo que algunos solo nos olvidamos cuando sonó lo que todos esperábamos: “Mama, I wanna go surfing”.

The Drums / Foto: Liberto Peiró

En el otro escenario nos esperaban Los Punsetes con su habitual performance en la que Ariadna (la cantante) permanece absolutamente inmóvil. Una pena que esta vez no pudiera ser así. Ciertos problemas técnicos obligaron a Los Punsetes a parar un par de veces el concierto y, aunque Ariadna se resistía a moverse, al final tenía que hacerlo y terminó pidiendo disculpas por los parones. No faltaron temas como “Museo de historia natural”, “155” o “Tus amigos”.

En el escenario Wiko, de nuevo nos sorprendía una banda más: The Saurs. Punk, pop y garaje fusionados en una banda que cuenta con el título de ganadores del concierto Villa de Bilbao. Ayer recordaban que muy pronto tendrán su primer álbum disponible.

Uno de los últimos platos fuertes de la noche era Yelle en el escenario principal, una voz y una actitud que te incitaba a bailar y adorarla a partes iguales. En el escenario le acompañaban dos baterías que daban un equilibrio visual muy potente que, a su vez, contrastaba con la dulzura de la francesa cuando pedía al público que le siguiera el juego a la hora de dar palmas. El magnetismo de Yelle era un hecho, ni la incipiente lluvia hizo que el público se moviera de donde estaba.

Yelle / Foto: Javier Rosa

Aunque no era muy abundante, la lluvia seguía, pero tampoco impidió que la energía a la que Grises nos tienen habituados, perdiera fuelle. Siguen presentando “Animal” (su último álbum) y el nombre les viene perfectamente, ya que son unos auténticos animales del directo.

Elyella DJ’s cerraban esta jornada de sábado, dejando para hoy domingo conciertos tan dispares como Nacho Vegas, Jero Romero, Mourn, Supersubmarina o Foals, entre muchos otros.

Low Festival 2015: Crónica viernes 

Portada: The Libertines / Foto: Javier Rosa

Foals LOW FESTIVAL

LOW FESTIVAL 2015: MANUAL DE USO

A pesar de la proliferación de festivales, realmente parece que nos encontramos en una época en las que diferenciarse o incluso ofrecer carteles interesantes es complicado. De momento no es algo demasiado ostensible, pero puede que estemos en los albores de una crisis (hablamos de los de perfil indie, porque festivales como Viña Rock o Rototom Sunsplash parecen gozar de muy buena salud). Los problemas del FIB, que casi le llevan a desaparecer y le han obligado a bajar el perfil son evidentes, y que los festivales de tamaño medio (por no citar a los cientos de pequeños) basan su “apuesta” en clonar carteles en los que aparecen los artistas de tirón del indie comercial, son solo algunos de los indicadores. En las excepciones está el BBK Live que lleva dos sold out seguidos a base de conseguir tres o cuatro potentes cabezas de cartel y los omnipotentes Primavera Sound y Sónar Barcelona, que crecen sin importarles en absoluto esta coyuntura (o al menos con una buena base de disimulo). El único festival que se podría comparar al Low Festival, que es de quien trata este Manual de Uso, aunque no lo parezca, es el Arenal Sound, pero si bien el Low Festival descartó el apelativo “cost” de su nombre con todas las consecuencias, el Arenal Sound lo ha fomentado sin rubor y con éxito. Dos modelos diferentes, nada más. Mientras que otros festivales se han estancado o bajado el perfil de su cartel, Low Festival continúa creciendo de una forma continua, y parece haber encontrado la fórmula de un modelo sostenible; cabezas de cartel internacionales interesantes, una nutrida serie media de foráneos, algún grupo español de moda y mucha banda pequeña pero interesante son los ingredientes de un festival que cuenta con la inestimable ventaja de estar situado en una ciudad con una infraestructura turística sin igual en nuestro país. Incluso se permiten el lujo de programar estimulantes bandas de fuera que normalmente solo traerían festivales del tipo Primavera Sound, como The Growlers, Tijuana Panthers, Nelson Can o JC Satan.

Los cabezas de cartel de este año son Kasabian, The Libertines y Foals, los dos primeros tuvieron la misma categoría preferente en el FIB del año pasado, y el tercero es un grupo importante de moda que solo va a actuar este verano en Benidorm. Kasabian llegarán la frescura sintética de su último álbum “48:13″, como demostraron en su concierto en el FIB, aunque realmente ese es su único aporte, diversión y baile. No pasarán a la historia como una banda mítica, pero tienen un buen puñado de singles muy adecuados para las grandes confluencias. En el concierto de The Libertines en el FIB, escenificaron su primer concierto en nuestro país tras su reunión, pero en el Low Festival lo harán con nuevas canciones, y a tenor de “Gunga Ding” – adelanto de su próximo disco “Doomed Yout” que saldrá el 4 de septiembre-, será muy interesante escucharlas.

Realmente Foals es el cabeza de cartel más importante de esta edición por una sencilla razón, están en el momento álgido de su carrera (lo de Kasabian parece ser una rehabilitación que fácilmente puede ser momentánea y lo de The Libertines es una buena noticia pero nadie espera que superen sus inicios) y han presentado un adelanto del nuevo disco de una fuerza tremenda, “What when down”, además sus directos son un auténtico espectáculo.

En el siguiente peldaño, nos encontramos a varios artistas internacionales de perfil medio que tienen un directo efectivo y suelen hacer un muy buen papel en festivales. Entre ellos nos encontramos con los cada vez menos adolescentes The Strypes, cuyo segundo disco “Little Victories” saldrá el día antes de su actuación en el Low, y con el que pretenden refrendar su estupendo debut, con el que fueron denominados como la enésima “salvación del rock & roll”. También a The Growlers en su única actuación este año en España, y que dieron una estupenda muestra del garage indie psicodélico de cosecha propia en su concierto del año pasado en el Primavera Sound. The Drums también forman parte de este grupo. LLegarán a Benidorm con un tercer trabajo, “Encyclopedia”, más maduro y denso, aunque realmente también menos fresco y pegadizo que los anteriores. Peace es una banda británica que cuenta con un alto porcentaje de potenciales singles en sus discos, basadas en las esencias del pop rock británico más comercial, algo así como un “brit pop meets psicodelia”. The Raveonettes son un caso extraño, si bien la banda de Sharin Foo y Sune Rose Wagner siempre han sido interesantes, con su septimo disco, “Pe’ahi”, han subido un peldaño con un trabajo brillante y menos facilón que los anteriores. Siguen presentes Jesus & Mary Chain y Phil Spector, pero han enriquecido el sonido con detalles electrónicos y mucha consistencia. Ya estuvieron hace casi una década como nombre importante en el Low, pero vuelven mejores. También tenemos a otros dos artistas, con un discurso diferente a los ya nombrados, que también merecen estar en el mismo escalón, el pop punk electrónico de los daneses Reptile Youth, y la elegante electrónica del trío francés Yelle.

En cuanto a los nombres importantes nacionales, el Low Festival cuenta con dos de las bandas “llena recintos” de nuestro indie. Por un lado unos Izal que harán un descanso de la grabación de su nuevo disco, que saldrá en septiembre, y del que ya han avanzado el tema “Copacabana”; y Supersubmarina que consiguen un éxito incontestable de público en cada uno de los festivales que visitan, y son muchos. Dentro de esta categoría, aunque todavía un poco alejados de los dos anteriores, podemos colocar a los sevillanos Full, que sea posiblemente la siguiente banda en despuntar dentro del mismo estilo.

En el siguiente grupo de artistas nacionales, se encuentran los que sin ser tener un tirón comercial equiparable a los anteriores, sí que son artistas muy valorados dentro del indie, con una trayectoria fructífera e incluso algunos parte de la historia del género de nuestro país. En este último caso se encuentran Nacho Vegas, que se ha prodigado muy poco con su último álbum “Resituación”; y los rejuvenecidos Los Enemigos que se han tomado muy enserio su vuelta a los escenarios y que el año pasado sacaron un muy buen disco, “Vida Inteligente”. Los granadinos Grupo de Expertos Solynieve de Manu Ferrón y J que parece que han tomado como proyecto principal y que han logrado colocarse en el cartel de muchos eventos importantes, y Dorian en su gira de décimo aniversario, también serán de la partida y seguro que un aliciente atractivo para la audiencia.

El Low también tiene en su cartel a L.A., que entrevistamos hace muy poco y que pudimos verles hace unos días en el FIB, donde llevaron el puro sabor americano de su nuevo disco “From the City to the Ocean Side”; al exSunday Drivers Jero Romero que también practica rock con raíces americanas. pero que en su carrera en solitario ha pasado al castellano; a los donostiarras Delorean que sin lugar a dudas incitarán al baile a todo el que se acerque a verles y de los que esperamos con ansia su nuevo trabajo; el indie pop kitsch de Los Punsetes; el ecléctico pop rimado de los catalanes Delafé y las Flores Azules; La Bien Querida que presentará “Premeditación, Nocturnidad y Alevosía”, su trabajo más sintético y oscuro; Zahara que llega con “Santa”, su disco de sonido más underground; los bailables y siempre recomendables en un festival Varry Brava; y el indie pop con toques folk y electrónicos de los gallegos Eladio y los Seres Queridos.

En cuanto a los artistas internacionales que no figuran en el cartel por su tirón comercial, pero que sin duda son igual o más interesantes, se encuentran perlas como el trío californiano Tijuana Panthers, que combina de manera refrescante los sonidos del rock de los sesenta, con el garage pop; el potente indie rock de los argentinos El Mató a un Policía Motorizado; el garage de los franceses de JC Satan, que dejaron muy buena impresión cuando vinieron de teloneros de Ty Segall; las danesas Nelson Can, que con solamente batería, bajo y voz tienen uno de directo sumamente impactante; y el blues espectral del francés The Legendary Tigerman.

También hay sitio para el indie rock nacional más alternativo con los jovencísimos Mourn, que están en boca de todos con su reinterpretación del sonido crudo de los 90; los renacidos Nueva Vulcano, que con “Novelería” han decidido salir de su zona de confort underground y llevar su fantástico directo a numerosos festivales; la banda de nuevo garage catalana The Saurs; los madrileños Biznaga, con su arrollador y personal punk rock; el trio valenciano Jupiter Lion, que con su sonido kraut y un enérgico e hipnótico directo están calando muy hondo por allá donde pasan; los descarados Perro, que desde que publicaron su debut “Tiene bakalao, tiene melodía” han sorprendido a todo el mundo que les ha visto en casi todos los festivales nacionales; el pop psicodélico y electrónico de los catalanes Ocellot; Holögrama, el proyecto de Cráneo Prisma y Thylakos, que tanto están sorprendiendo con su rock hipnótico, kraut y electrónica espacial; y el garage-punk de La Moto de Fernan.

The+Libertines 940x352

THE LIBERTINES AL LOW FESTIVAL

El Low Festival acaba de anunciar la incorporación de The Libertines como cabeza de cartel para su edición 2015, (ayer también fueron confirmados para el Ibiza Rocks), banda que tras un parón de cuatro años solamente habían actuado en nuestro en el pasado FIB. El grupo de Pete Doherty y Carl Barat parece que está grabando material nuevo, y que una reunión que parecía que nunca acababa de materializarse y que podía ser meramente anecdótica se va a convertir en una verdadera continuación de su carrera.

The Libertines se une a los confirmados anteriormente: Kasabian, The Drums, The Raveonettes, The Growlers, Los Enemigos, Supersubmarina, Grupo de Expertos Solynieve, Dorian, Corizonas, El Mató a Un Policia Motorizado, Delafe y las Flores Azules y Perro.

Toda la información del Low Festival en: http://bythefest.com/festivales/low-festival/

libertines al IbizaRocks

IBIZA ROCKS ANUNCIA A THE LIBERTINES

El Ibiza Rocks acaba de anunciar los primeros nombres de su edición 2015 con The Libertines (en la foto) como figura destacada. Este festival se celebra los jueves de del 17 de junio al 16 de septiembre y este año celebra su décimo aniversario del festival.

Además de la banda de Pete Doherty y Carl Barat también se han anunciado otros artistas internacionales como Years & Years –que actuarán en la fiesta de apertura-, Jungle, Fatboy Slim y The Courteeners –que actuarán en la fiesta de clausura-.

Hasta el momento esto es todo lo anunciado:

17 de Junio: Fiesta de apertura con YEARS & YEARS

24 de Junio: SIGMA (LIVE)

1 de Julio: UNGLE | SHURA

10 de Agosto: Fiesta  10º Aniversario con THE LIBERTINES

5 de Agosto: CLEAN BANDIT

9 de Septiembre: FATBOY SLIM

16 de Septiempre: Fiesta de clausura con THE COURTEENERS

 

Toda la información del Ibiza Rocks en: http://bythefest.com/festivales/ibiza-rocks/

jack white 940x352

FESTIVALES 2015: LAS PIEZAS QUE NOS QUEDA POR COLOCAR

Con la incontrolada proliferación de festivales y la concatenación de temporadas (casi es imposible discernir cuando empieza una y cuando acaba otra), es bastante difícil que nos sorprendan los carteles de cada año. Los aficionados a los macro eventos  musicales conocen muy bien quienes han sido los mejores artistas del año anterior (al menos los más valorados), los que presentan disco, o las bandas que no suelen faltar por estas latitudes año tras año, pase lo que pase. Al final, y siendo reduccionista, prácticamente solo nos queda colocar las piezas del puzzle en su distribución adecuada y tendremos una visión de conjunto bastante aproximada.

Tras el verano, este juego tiene tantas variables que hacer cábalas de donde actuarán los cabezas de cartel soñados puede ser muy divertido, pero realmente poco efectivo (aunque todos sabemos que Shellac y DJ Coco estarán en el Primavera Sound, y que uno de los Gallagher y Aldo Linares estarán en el FIB), pero en febrero, cuando solo faltan algunas piezas importantes, el juego se pone mucho más interesante. El Primavera Sound ya ha mostrado su cartel por completo, y el resto de festivales tienen el cartel medio perfilado, solamente queda colocar la guinda.

Para esa privilegiada posición, el mercado ofrece ya pocas opciones, y no es necesario hacer un gran esfuerzo para enumerarlas. La cuestión se centra en desvelar si algún festival logrará traer a Jack White o Kanye West; si uno de los grupos de moda, como Royal Blood, vuelve a un festival, tras su presencia en el DCode, donde pasaron algo desapercibidos; si después de su buen concierto del FIB del año pasado, alguien aprovechará que The Libertines continúan en activo; si Pearl Jam volverán a un festival importante, aprovechando la cuota rockera que parece imponerse en una de las jornadas de los grandes eventos; o si Weezer, que sonaban para el Primavera Sound, vienen a nuestro país saliendo de su zona de confort americana, para presentar su único disco decente desde el “Green Album” de 2001.

Tras todo esto enunciado, si nos apetece, todavía podemos hacer muchas más cábalas, pero quizá menos factibles, como: la aparición de The Sonics, que han anunciado nuevo disco; o de Gorillaz, que parece que se reúnen de nuevo y fueron los protagonistas de uno de los conciertos más espectaculares de toda la historia del FIB; o tirando de viejas glorias, los siempre agradecidos Neil Young, Beach Boys o The Kinks, porque del sueño de ver a David Bowie es mejor que vayamos despertando, muchísimo más sencillo sería que el esquivo Morrissey retornara a la península.

Entre el resto de nombres barajables en cualquier quiniela, pocos artistas más serían reseñables a la altura de los anteriores o de los ya confirmados, lo que nos queda son grupos jóvenes de moda, viejas glorias que han dejado atrás sus mejores momento o apuestas de futuro que completarán las confirmaciones internacionales.

Respecto a los grupos nacionales, esta emoción comentada no existe, puesto que el triste declive del circuito por salas (la crisis, el IVA…) ha obligado a los artistas a aprovechar de forma algo excesiva (aunque lógica) cualquier evento, por pequeño que sea, para rentabilizar su trabajo. No es descabellado que aquel que se mueva un poco por la geografía española se encuentre a alguna de las bandas de más tirón comercial hasta en una docena de festivales. Incluso hay artistas que, tirando de hemeroteca, observamos que repiten en los festivales al menos cada dos años, y en ocasiones no dejan ni ese tiempo al barbecho. Esto no es algo opinable, es totalmente cierto y contrastable. El resto de bandas nacionales por debajo de ese primer escalafón mediático, luchan por repartirse un pastel que tiene el sabor de la mitad de cartel de los festivales de tamaño medio o de la cabeza de la ingente cantidad de festivales pequeños. El resto, ni que decirlo, hace lo que puede. Ya sea en luchando por el acceso a un evento importante en concursos de bandas o aprovechando la cuota, siempre existente, de la proximidad geográfica (el llamado apoyo a las bandas locales). Otro capítulo aparte merecerían los grupos que hacen gira de aniversario o la reunión de turno.

Confeccionen ustedes sus hipotéticos carteles, ya queda poco y parece sencillo, quizá el año que viene puedan ganar dinero si los empresarios de las máquinas de apuesta deportiva ven mercado en el colectivo de los festivaleros compulsivos.

Tienes toda la información de todos los festivales en: www.bythefest.com 

cabecera Charlatans

ASÍ FUE EL FIB 2014

JUEVES

El FIB celebra en 2014 dos décadas de vida, y su jornada inaugural resumió, quizá involuntariamente, la evolución que ha sufrido el festival en todo ese tiempo. La presencia de James, por ejemplo, podría entenderse como un vestigio de los años de crecimiento y consolidación del proyecto. La veterana formación británica ofreció el mejor concierto del día, combinando temas de su notable último trabajo, “La petite mort”, con clásicos como “Come Home”. Tim Booth sigue siendo un frontman con carisma y personalidad: En el segundo tema ya estaba en el foso, confraternizando con el público de las primeras filas, y no paró de bailar como un epiléptico durante todo el show. Maestros en el arte de contener la épica pop, pasaron de la melancolía bailable de “Curse Curse” a la euforia de su célebre “Sometimes”, rematando una actuación que fue de menos a más, se benefició de las puntuales apariciones de trompeta o violín y dejó claro que no piensan en la jubilación.

 

 

Mientras que James encarnan la filosofía que puso en marcha y definió el FIB, el resto del cartel fue paradigmático de la deriva hacia la que se ha dirigido el festival en los últimos tiempos. Volcado en satisfacer la demanda de un público de abrumadora mayoría británica, el escenario principal va siendo ocupado cada vez con mayor frecuencia por una serie de artistas de indudable atractivo para la juventud working class que viaja hasta la costa mediterránea buscando playa y fiesta, pero de interés musical más que dudoso. El caso más evidente es el de Ellie Goulding, estrella masiva en el Reino Unido que cultiva un pop de consumo en el peor sentido del término y que podría haber salido de Factor X o un programa similar. De hecho, parecía una Spice Girl de extrarradio, enfundada en unos shorts y una camiseta de aire poligonero ideales para sus gestos de inspiración gimnástica. Ni su intento de interludio acústico en un tono más intimista redime un show digno de una gala de premios MTV.

 

 

Más o menos como el de Tinie Tempah, rapero de muy bajo perfil que se presentó con Dj Charles y ofreció un set populachero en el que abundó el karaoke, el sonido pregrabado y un hedonismo que se traduce en letras que invitan a la fiesta y el baile, incluida una canción dedicada a Ibiza (“From Miami to Ibiza”). Un vacío que se extiende a su puesta en escena, más efectista que espectacular, y que incluyó ocasionales lenguas de fuego incapaces de esconder la endeblez del discurso sonoro al que acompañaban.

 

 

Cerrando la noche, otra muestra del FIB del presente, y seguramente del futuro: Chase & Status. El inicio del show fue prometedor, e incluyó elementos de ragamuffin, drum’n’bass o jungle, en la línea de Prodigy, pero el grupo (que esta vez sí lo era, ya que contaba con batería y guitarra) se lanzó rápidamente por la senda del house más ramplón, con abundancia de temas cantados en los que los vocalistas hacían acto de presencia virtual a través de la pantalla de vídeo situada al fondo del escenario. Tanto en su actuación como en las de Tempah y Goulding, la respuesta de la gente fue entusiasta, dejando patente el cambio que se ha operado en el público del festival.

 

 

A mitad de camino entre el FIB del pasado y el actual, unos Klaxons que salieron uniformados de blanco y ofrecieron un repertorio en el que solo hay dos tipos de canciones. Por un lado, melódicos medios tiempos dignos de una boy band. Por otro, temas en que se acercan al maltratado post-punk para vulgarizar su vertiente bailable del mismo modo que los blockbusters de Hollywood han pervertido los hallazgos de las vanguardias cinematográficas. En ambos casos, canciones sin argumentos, que inscriben a la banda en esa tradición cada vez más nutrida de grupos que parecen existir únicamente para actuar en festivales y ante grandes audiencias.

 

 

¿Y dónde encajan los españoles en este panorama? Pues en un segundo escenario ante el que apenas se agrupan un par de cientos de personas (siendo muy optimistas). Una pena, porque pese al calor y la hora (abrieron el festival), los madrileños El Pardo ofrecieron un concierto de art-punk de combate en el que no dejaron títere con cabeza. Sus armas son una sólida mirada crítica (musical e ideológica), unas letras que conectan tanto con el Rock Radical Vasco como con el 15-M y una capacidad asombrosa para traducir en canciones el descontento de un país que ya no aguanta más a su clase política. Completarían un gran programa doble con Triángulo de Amor Bizarro.

 

 

Era lógico que, tras la indómita descarga de El Pardo, las canciones de Mucho supieran a poco, si se nos permite el chiste fácil. Sonaron mejor, pero mostraron menos ideas. Con un cantante de tesitura vocal cercana a Iván Ferreiro y un repertorio anclado en el rock de los setenta (con algún eventual desarrollo psicodélico), podrían competir por ser la banda de apoyo de Leiva. Tremendamente anodinos, y muy poco afortunados en los comentarios entre canciones.

 

 

Tampoco convenció el rock progresivo de Persons, liderados por un vocalista demasiado impersonal, que a menudo evoca a The Doors desde los teclados. Solo en el tramo final, cuando mostraron sus filias kraut, lograron levantar el vuelo. En cuanto a Aurora, es la enésima banda granadina según el agotado, cansino, inmovilista y repetitivo canon indie español, mientras que GAF y La Estrella de la Muerte lograron crear seductoras atmósferas a base de rock cósmico y ensimismado, mantras hipnóticos y obsesivos que apenas despertaron el interés de unos pocos espectadores (españoles, se entiende, ya que los ingleses habían acudido en masa a ver a Ellie Goulding).

 

 

En el mismo escenario, Rafa Cervera demostró durante dos horas un sano eclecticismo y un exquisito buen gusto a la hora de seleccionar los temas de una sesión desengrasante y con cierto sabor nostálgico (abundaron los hits del pasado). Era su primera incursión en la cabina del FIB y dejó claro que pincha tan bien como escribe (como se puede comprobar en byTHEFEST). Y también formando parte de la escuadra española, el madrileño John Gray, que acompañado de percusión electrónica y ritmos pregrabados sirvió una ración de trip-hop con aliño soul que recordó al descafeinado Seal hasta que le dio por versionear “Everybody” (Backstreet Boys).

 

 

La primera jornada del vigésimo Festival de Benicàssim deja tras de sí muchas luces, como la más que notoria asistencia de público o el excelente sonido de ambos escenarios, pero también algunas sombras, ya que ha faltado materia prima musical de calidad en el cartel. Por delante, tres días en los que desfilarán por los escenarios nombres de relevancia suficiente como para que la balanza artística se equilibre.

 

VIERNES

La segunda jornada en el Festival de Benicàssim tuvo dos protagonistas destacados. Por un lado, Kasabian, cabezas de cartel que respondieron a su condición y arrasaron un recinto en el que se congregó más gente que el jueves, en torno a unas treinta mil personas. Por otro, la lluvia, que hizo acto de presencia en forma de tromba de agua hacia las 22.30 h., sin llegar a trastocar en exceso los planes organizativos (solo afectó al concierto de Automatics, que han sido reubicados el sábado), aunque inutilizó los proyectores y dejó sin imágenes las pantallas de todos los escenarios.

 

 

La tarde se desperezó con un par de bandas españolas que comparten algunas señas de identidad. El trío madrileño Los Claveles destila candor e ingenuidad, y su sonido de vocación amateur recorre el amplio espectro que va de los Modern Lovers al sello K Records, pasando por la nueva ola española, con la que también se emparenta en ocasiones el discurso de Kokoshca, que pese a su nombre (inspirado en el pintor austríaco), no practican el expresionismo, pero ofrecieron apuntes interesantes, aunque estuvieron algo dispersos en el arranque y fueron cogiendo confianza con el paso de los minutos. Flojea la voz femenina, pero es fácil empatizar con la espontaneidad de la banda.

 

 

Los encargados de abrir el escenario principal fueron Razorlight, que no levantaron grandes pasiones. Anclados en tics rock de los setenta (en ocasiones parecían Steppenwolf), con un vocalista que se ha estudiado a conciencia las inflexiones vocales de Bowie y unas canciones (como “Vice”) que siempre dejaban al descubierto su fuente de inspiración, invitaban a comprobar cómo recibiría un FIB mayoritariamente británico a los catalanes Manel. Y lo cierto es que fue el grupo estatal que más público ha congregado hasta el momento. Su folk-pop de tonalidades amables gozó del favor de la audiencia española y demostró su eficacia sin altibajos, pero también sin momentos especialmente climáticos, más allá de canciones como “Boomerang” o “Teresa Rampell”.

 

 

A diferencia del día anterior, el viernes comenzaron a solaparse los horarios y se hizo necesario tomar decisiones que, por ejemplo, nos impidieron disfrutar en toda su extensión de los interesantes The Parrots, atisbados casi de reojo camino del show de Tom Odell, un joven cantante y pianista que hace lo que puede por ponerse sensible e intenso, pero resulta demasiado convencional. Canciones como “Another love” destilan un romanticismo trasnochado que podría convertirle en el Elton John de su generación (lo cual no es necesariamente un halago), y que a nosotros nos empujaron a cambiar de escenario y buscar el rock directo y sin imposturas de Albert Hammond Jr.

 

 

El californiano de alma neoyorquina sonó potente y enérgico, y sorprendió a la audiencia (mayoritariamente local) versioneando “Ever fallen in love (with someone)”, de los Buzzcocks. El resto de temas (como “St. Justice”) los extrajo de sus tres discos en solitario, pero tampoco olvidó hacer escala en el repertorio de The Strokes (una contundente lectura de “One way trigger”). Muy solvente.

 

 

Era el turno en el escenario Maravillas de uno de los pesos pesados del día: El legendario Paul Weller regresaba a Benicàssim y lo hizo a lo grande. Con el siempre fiel Steve Craddock a la segunda guitarra y un par de baterías, el veterano músico inglés encaró un concierto en el que derrochó clase a raudales. Como era de esperar, se centró en temas de sus últimas grabaciones, como el rotundo “Wake up the nation”, pero ya en el primer tramo del show dejó caer la magnífica “My ever changing moods”, perteneciente a su época con The Style Council. En la parte central de concierto se enmarañó en unos desarrollos algo espesos, pero volvió por sus fueros en la parte final, donde incluyó un “Start!” con el que reivindicó el legado de los inmortales The Jam. Un concierto de altura durante el cual ya se vislumbraron los primeros rayos de un tormenta que respetó al modfather, pero que estalló en cuanto terminó su pase.

 

 

Los más perjudicados por la borrasca, aparte de los miles de espectadores que buscaron refugio en las carpas, fueron Of Montreal, que en ese momento estaban actuando en el escenario Trident. No se amilanaron, y tampoco su entusiasta público, que aguantó el chaparrón con actitud ufana y continuó celebrando una colección de canciones espléndidas, impermeables y decididamente escoradas hacia el pop con sabor disco. El suyo fue el triunfo de la clase media, justo antes de que el festival viajara en el tiempo y se plantara durante algunas horas en pleno 1966.

 

 

El primero que se instaló cómodamente en el pasado fue Jake Bugg. El músico británico volvía al FIB solo un año después de su anterior comparecencia. Y si en 2013 se plantó en el escenario con el único acompañamiento de su guitarra, esta vez lo hizo con toda su banda, con la que recreó un puñado de canciones (sobre todo, las de su disco debut) que evocan sin disimulo alguno el sonido del Bob Dylan convertido a la fe eléctrica. Sin grandes despliegues ni aspavientos de cara a la galería, el joven cantautor jugó bien sus cartas y convenció sobradamente, aunque en su caso da la sensación de que todavía está buscando una voz propia que, sin duda, le permitirá volver en años venideros.

 

 

No nos bajamos de la máquina del tiempo para cambiar de escenario y asistir al show de Tame Impala. Proyecciones, sonido y actitud de la banda entroncan con una concepción de la psicodelia que se pretende contemporánea (básicamente, por las conexiones con el resurgir del género responsabilidad de The Flaming Lips), pero que evidencia una innegable tendencia retro. Que una de las canciones que tocaron se titule “Feels like only go backwards” parece toda una declaración de principios, y no es descabellado asociar su sonido con los Pink Floyd más ensimismados. El singular falsete de Kevin Parker y la convicción con que interpretan el repertorio (con temas como “Mind mischief” o “Half full glass of wine”) evita que su actuación se reduzca a un mero ejercicio revisionista del periodo flower power.

 

 

De vuelta a la explanada principal del recinto, la enorme pantalla rosa al fondo del escenario mostraba una cuenta atrás cuyos últimos diez segundos coreó una masa enfervorecida de público para recibir a Kasabian, que habían ganado antes incluso de aparecer sobre las tablas. Con “48:13” recién publicado y la mayoría de la gente a la espera de su show, los de Leicestershire comenzaron no obstante sin echar el resto, para poco a poco ir aumentado la temperatura hasta terminar logrando el KO por agotamiento del contrincante. Si se tratara de valorar el carisma de su cantante (más bien escaso) o la calidad de sus canciones (muy discutible), habría pie para establecer un debate. Pero si el objetivo era convertir Benicàssim en una fiesta, lo consiguieron con eficacia incuestionable.

 

 

Temas como “Bumblebee” o “Stevie” fueron caldeando a la gente en un progresivo crescendo en el que abundó el dance rock de garrafón, que banaliza las aportaciones de bandas de mayor envergadura como Primal Scream, pero que cumple con su meta de hacer bailar a decenas de miles de personas como si no hubiera mañana. Tras hora y media de show, en el que sonaron hits como “Underdog”, “L. S. F. (Lost Souls Forever)” o “Empire”, el vocalista Tom Meighan se despidió invocando el clásico “All you need is love” (The Beatles) y dejó a la gente preparada para que se distribuyera por las carpas en busca de otros estímulos sonoros que le permitieran prolongar la noche hasta que el cuerpo (y el DJ correspondiente) dijera basta. El nuestro, consciente de que quedan dos jornadas más de festival, optó por una retirada estratégica.

 

SÁBADO

El FIB sigue su curso tal como empezó: Combinando artistas destinados a satisfacer al joven público británico con nombres de peso que entroncan con los veinte años de historia del festival. No obstante, a primera hora de la tarde los protagonistas siguen siendo los grupos españoles emergentes. El sábado, por ejemplo, le tocó abrir fuego a Skizophonic, formación de Benicàssim que se presentó de negro riguroso y tiró la casa por la ventana incorporando para ocasión tan señalada a tres coristas. Pop con la mirada puesta en la tradición británica clásica revitalizada en los noventa, ejecutado con solvencia y algún apunte original (el trombón).

 

 

También de la tierra, aunque de Valencia, Maronda inauguraron el escenario principal a pleno sol, circunstancia poco habitual pero que enlaza con la luminosidad de sus melodías pop de raigambre sesentera y vocación contemporánea. El grupo liderado por Pablo Maronda, que cuenta entre sus filas con Marc Greenwood (La Habitación Roja), Alfonso Luna (Tachenko) y Paco Beneyto (Midnight Shots) solventó el envite con notable.

 

 

Entre ambos, en el escenario FIB Club, Hominidae descargaron un repertorio crudo, en el que las guitarras acaparan el protagonismo ante la ausencia de bajo, y que contiene ingredientes como el garage y el post-punk. A pesar de que el proyecto de los madrileños está en proceso de desarrollo, su pase resultó bastante más atractivo que el de Telegram, una banda con excelente imagen (pantalones de pitillo, ropa a la moda) pero pocas canciones a las que hincar el diente. Sonaron apagados, y en general parecieron más aptos para protagonizar anuncios en revistas de moda que para mantener una carrera musical de interés.

 

 

Alto y claro: Triángulo de Amor Bizarro es una de las mejores cosas que le han pasado a la música española en los últimos años. Y sí, se están sobreexponiendo en exceso y pueden acabar pagándolo, pero incluso a las ocho de la tarde, ante unos cuantos cientos de espectadores, son capaces de poner a pleno rendimiento su turbina de distorsión y mala leche eléctrica para dar un nuevo puñetazo en la mesa. Canciones como “El himno de la bala” o “El fantasma de la transición” siguen siendo cañonazos infalibles.

En el otro extremo, Jero Romero apuesta por la sutileza y el sonido limpio, casi aséptico. Bien conjuntado con su banda, ofreció una ración de soft rock netamente americano que como ejercicio de estilo admite pocos reproches, pero no es capaz de despertar pasiones. La indiscutible corrección de su pulcra actuación no resultó demasiado estimulante.

 

 

El primer plato fuerte de la jornada, al menos a priori, llegaba con Katy B (que no es pariente de Mel B, aunque nombre e imagen pudieran llevar a equívoco), que salió al escenario acompañada de cuatro bailarinas con aspiraciones de cheerleaders y una banda (básicamente, laptops y teclados) en la que destacaba el contundente batería. A las chicas del público no les costó identificarse con una cantante que se acerca al R&B o el neosoul, pero a la que le vendría muy grande el calificativo de diva, sobre todo por las ramplonas derivaciones dance de su repertorio. En el show, de estética eurovisiva, tampoco faltó la balada sensiblera con acompañamiento de piano, y la sensación general fue la de estar contemplando a una aprendiz de Madonna a muchos años luz de su modelo.

 

 

Lily Allen, en cambio, maneja registros más sugestivos, empezando por una puesta en escena bastante más elaborada y organizada en torno a imágenes de biberones (una posible metáfora sobre el público al que se dirige su espectáculo). Se presentó acompañada de una banda solvente y el obligatorio cuerpo de baile, pero la baza que la diferencia de su predecesora sobre el escenario Maravillas es un repertorio que, sin permitir lanzar las campanas al vuelo, sí que muestra mayor versatilidad, incluyendo, por ejemplo, elementos caribeños (“Smile”). Unido a su carisma personal, fue suficiente para contentar a su legión de fans, aunque la mujer que realmente triunfó el sábado en el FIB lo hizo en un escenario secundario.

 

 

Porque si hay que conjugar la jornada en femenino singular, es obligatorio hacerlo destacando el concierto ofrecido por Cat Power. Desde que pisó las tablas, la otrora imprevisible Chan Marsall dejó claro que estaba dispuesta a ofrecer una actuación para el recuerdo. Abrió con “The greatest”, y pese a los problemas con los monitores, que fueron constantes, supo ganarse al público desde los micrófonos (ya que utilizó dos en diversas ocasiones), dejando en manos de su banda la tarea instrumental. Decisión muy acertada que, a diferencia de cuando se presenta al piano, le permitió desenvolverse a sus anchas por el escenario. Tan cómoda se sintió que hasta se permitió chapurrear en castellano. Una mujer especial que convirtió su actuación en uno de los momentos memorables de una edición en la que no abundan.

 

 

Por el mismo escenario habían pasado antes unos convincentes Manic Street Preachers, que dieron un concierto sólido en el que repasaron su extensa discografía, desde la inaugural “Motorcycle Emptiness”, hasta un final en el que destacaron la siempre eficaz “You love us” o “If you tolerate this, your children will be next”. A lo largo de su actuación, presentaron temas de su último disco, revisaron “Suicide is painless” (de la película “M.A.S.H.”), recordaron al desaparecido Richey James Edwards (autor de la letra de “Revol”) y despertaron el fervor patriótico de los galeses presentes entre el público con “Design for life”. El sonido, que empezó dubitativo, acabó por afianzarse y contribuyó a que su actuación fuera una de las destacadas de un día que tuvo como cabezas de cartel indiscutibles a The Libertines.

 

 

El telón del fondo, con la imagen de portada de su primer álbum, y la aparición de Carl Barât, con la guerrera roja que hicieron famosa en sus primeras fotos promocionales, no dejaban lugar a dudas: El concierto iba a ser pura nostalgia. Eso sí, los años no pasan en balde y lo que la urgencia y la inmediatez disimulaban hace una década es ahora más difícil de ocultar: The Libertines son una banda de reciclaje sonoro con algunas canciones resultonas y mucha leyenda negra, pero a gran distancia de poder enarbolar la bandera que les sitúe como un grupo de referencia. Lo que no ha cambiado es su atropellado sonido, casi destartalado, que fue ganando en robustez a medida que avanzaba un concierto sin sorpresas, que terminó con el batería Gary Powell al borde del escenario y entonando el “Y viva España” de Manolo Escobar. Por suerte, tal salida de tono fue olvidada rápidamente gracias a un bis que comenzó Pete Doherty en solitario recuperando “What became of the likely lads”, y que coronó luego el grupo al completo con las incontestables “Up the bracket”, “What a waster” y “I get along”. Cumplieron con su papel de estrellas de la jornada más por deméritos ajenos que por méritos propios, pero en el ambiente previo flotaba una posibilidad de estafa que el grupo se encargó de desterrar, dejando un buen sabor de boca.

 

DOMINGO

Según las cifras oficiales, facilitadas por la organización del festival, una media de treinta mil espectadores ha acudido diariamente al recinto de conciertos de Benicàssim, donde el jueves y el domingo dio la sensación de haber menos gente que el viernes y el sábado. En cuanto a la procedencia del público, un 55% ha sido de nacionalidad británica o irlandesa, un 40% españoles y el residual 5% restante, de otros países. La edición de 2015, que se celebrará del 16 al 19 de julio, mantendrá la filosofía de este año, aunque se anunciaron cambios sutiles sin especificar, destinados a la captación de nuevos públicos.

 

 

Toda esta información fue facilitada a los medios la mañana del domingo. Por la tarde, a las 18 h., los australianos Blank Realm se subían al escenario Trident para abrir la última jornada del festival a base de canciones con personalidad y de adscripción indie, aunque con detalles de guitarras pop que podían evocar a los Go-Betweens, el grupo de referencia en el género cuando se trata de las antípodas. Tras ellos, el FIB Club acogía a Jessica Sweetman, cantautora sin guitarra que a las primeras de cambio se descolgó con una poco afortunada versión de “Glory Box” (Portishead). No se puede decir que destaque entre la abundante nómina de songwriters femeninas que puebla la escena internacional, y se movió en unas coordenadas estándar que la sitúan más cerca de Sheryl Crow que de Suzanne Vega.

 

 

La tarde se iba desperezando y el público seguía siendo escaso, incluso en un escenario Maravillas que entró en juego a las 20 h., con el show de Drenge, un joven dúo de guitarra (y voz) y batería que parece vivir dentro de “Bleach”, el primer disco de Nirvana. Sonido grunge según los preceptos del género que, en todo caso, ejecutan con energía y convicción. Tanta, que parecen llegados directamente desde 1991. Y, por muchas ganas que le pongan, el retraso es de casi veinticinco años.

 

 

Del Seattle imaginario en que habitan Drenge pasamos al real con The Presidents of the USA, que proceden de la ciudad y decidieron jugar sobre seguro, rompiendo el hielo con una versión de “Kick Out The Jams” (MC5). Después llegarían hits como “Kitty” o “Lump”, un homenaje a Mark Sandman (el malogrado líder de Morphine) o su conocida relectura de “Video Killed the Radio Star” (Buggles). Divertidos, sacando el máximo partido a un bajo de dos cuerdas y una guitarra de tres, ofrecieron la ración de rock cazurrete y saltarín que nunca falta en un festival, y que sin acabar nunca entre lo más destacado del día, proporciona un agradable soplo de aire fresco.

 

 

Como en anteriores jornadas, el nivel del relleno del cartel que ameniza la espera hasta la llegada de los primeros espadas fue tremendamente irregular. Si el sábado los Manic Street Preachers protagonizaron el momento galés de este año, el domingo fueron Kodaline quienes enarbolaron el orgullo irlandés. Su inofensivo folk-pop, con eventuales derivaciones épicas a base de crescendos vocales, se cimenta en la guitarra acústica de su líder, Stephen Garrigan, que guió al público en “All I Want”, cierre con aire de himno que recordó a Coldplay.

 

 

El discreto debut de Nina Nesbitt en España tampoco pasará a la historia. Es otra cantautora acompañada de banda que combina sensibilidad acústica y eléctrica en canciones sobre vivencias personales relacionadas con trastornos sentimentales (“Peroxide”), que pueden interesar a un sector de público en un abanico de edades muy concreto, pero tienen por delante mucho camino que recorrer si pretenden dejar alguna huella en el futuro. En otras coordenadas sonoras (rock de corte urbano con alguna pincelada de blues) se mueve Hozier, aunque comparte con la Nesbitt la incapacidad para trascender. En ambos casos, su concierto se olvidaba a los pocos minutos de haber finalizado.

 

 

Con la comparecencia de Travis se iniciaba la sucesión de nombres de relevancia del día. Y lo cierto es que la banda escocesa despachó un concierto de sonido impecable y repertorio digno (“My eyes”, “Flowers in the window”), pero también dio la sensación de que no acabarían nunca. Sosos en grado superlativo, con cierto matiz mesiánico, se abonaron a la guitarra de doce cuerdas de su líder, el barbudo Fran Healy, para sacar adelante una actuación que nos hizo pensar que, sin ser ni mucho menos un grupo de referencia, atravesaron momentos mejores en el pasado.

 

 

Menos mal que la jornada se arreglaría por fin con M.I.A., que ofreció un show total, cuarenta y cinco minutos non stop que supieron a muy poco (resulta injustificable que su pase fuera tan corto) y en los que arengó al público, se paseó por el foso y se mezcló con las primeras filas, se contoneó al lado de sus dos bailarines y, sobre todo, disparó material de gran calibre con la ayuda de su DJ, en un formato típico del hip hop, aunque en su repertorio abunde la mezcla de géneros. Los visuales subrayaban el carácter reivindicativo de muchas de sus letras, mientras temas como “Bring the Noize” o “Boyz” se iban sucediendo sin pausa, enlazados unos con otros, sin dar tregua a la audiencia. La corta duración del show impidió escuchar bombazos imprescindibles como “Jimmy” o “Born free”, pero así y todo la británica de origen tamil no tuvo dificultades para coronarse como reina del FIB 2014, gracias también a un final en el que brillaron las celebradas “Paper Planes” y “Bad Girls”. Brutal.

 

 

Aún bajo los efectos de su actuación, nos plantamos en el escenario Trident para vivir una regresión al FIB de otros tiempos, aquel en que la escena inglesa se enseñoreaba del cartel sin necesidad de recurrir a vulgares productos de consumo rápido. Era pues el turno de Charlatans, que volvían a Benicàssim tras actuar en la primera edición y en la del décimo aniversario, y que optaron por lo más eficaz en estos casos: Tocar los hits. “Can’t get out of bed”, “The only one I know”, “Weirdo” o “North Country Boy” fueron cayendo una tras otra mientras Tim Burgess oteaba satisfecho a los miles de personas que bailaban al son de sus canciones, siempre con un pie en el sonido Madchester y otro en la herencia de los Rolling Stones. ¿Previsible? Por supuesto. ¿Poco arriesgado? Sin duda. ¿Eficaz? Absolutamente. Como en el caso de los Manic Street Preachers en la jornada del sábado, el suyo fue un concierto que hubiera pasado desapercibido enmarcado en otro cartel, pero la falta de propuestas musicales de auténtica relevancia que ha padecido el FIB este año termina por situarles entre los destacados.

 

 

Prueba de esa escasez de argumentos musicales de peso en el escenario principal fue el concierto de Paolo Nutini, un guapo vocalista que practica blue eyed soul poniendo en el asador toda la carne de que dispone: Una voz que rompe cuando es necesario, una banda competente en la que no faltan coristas y sección de metal, unas interpretaciones de gran intensidad emocional… Y, sin embargo, no pasa de ser un sosias de Rod Stewart para adolescentes con las hormonas en ebullición. Un artista prácticamente ignoto en España, que visitó de nuevo Benicàssim para complacer al público británico (como muchos otros de los presentes en el cartel).

 

 

Electrónica de after y disc jockeys de diverso pelaje esperaban a quienes desearan apurar las horas que le quedaban a un festival que tiene por delante el reto de enderezar un rumbo que comenzó a variar con la llegada de Vince Power, y que sigue más pendiente del turismo inglés low cost que de su propia historia. En cada una de sus apariciones públicas, Melvin Benn ha subrayado su intención de volver a hacer del FIB algo grande. Este año llegó con el tiempo justo y arrastrando problemas heredados, pero en 2015 tendrá que concretar con hechos sus buenos propósitos. Parece que la coincidencia de fechas con el Latitude Festival (Suffolk), que también dirige, permitirá traer a nuestro país a muchos de los artistas que pasen por allí, pero que en la rueda de prensa de balance del festival asegurara que los cabezas de cartel son la guinda del pastel, una frase que prioriza el carácter vivencial y de experiencia vacacional del festival por encima de su contenido musical, no invita a la tranquilidad. Sobre todo, porque la clase media exhibida en el cartel de este año tampoco permite que se dispare el optimismo. Dentro de un año, la solución.

Fotos: Liberto Peiró

The Libertines

CRÓNICA FIB 2014: SÁBADO

No hay dos sin tres. El FIB sigue su curso tal como empezó: Combinando artistas destinados a satisfacer al joven público británico con nombres de peso que entroncan con los veinte años de historia del festival. No obstante, a primera hora de la tarde los protagonistas siguen siendo los grupos españoles emergentes. El sábado, por ejemplo, le tocó abrir fuego a Skizophonic, formación de Benicàssim que se presentó de negro riguroso y tiró la casa por la ventana incorporando para ocasión tan señalada a tres coristas. Pop con la mirada puesta en la tradición británica clásica revitalizada en los noventa, ejecutado con solvencia y algún apunte original (el trombón).

 

Maronda

 

También de la tierra, aunque de Valencia, Maronda inauguraron el escenario principal a pleno sol, circunstancia poco habitual pero que enlaza con la luminosidad de sus melodías pop de raigambre sesentera y vocación contemporánea. El grupo liderado por Pablo Maronda, que cuenta entre sus filas con Marc Greenwood (La Habitación Roja), Alfonso Luna (Tachenko) y Paco Beneyto (Midnight Shots) solventó el envite con notable.

 

Telegram (Foto: Javier Rosa)

 

Entre ambos, en el escenario FIB Club, Hominidae descargaron un repertorio crudo, en el que las guitarras acaparan el protagonismo ante la ausencia de bajo, y que contiene ingredientes como el garage y el post-punk. A pesar de que el proyecto de los madrileños está en proceso de desarrollo, su pase resultó bastante más atractivo que el de Telegram, una banda con excelente imagen (pantalones de pitillo, ropa a la moda) pero pocas canciones a las que hincar el diente. Sonaron apagados, y en general parecieron más aptos para protagonizar anuncios en revistas de moda que para mantener una carrera musical de interés.

 

Triángulo de Amor Bizarro (Foto: Javier Rosa)

 

Alto y claro: Triángulo de Amor Bizarro es una de las mejores cosas que le han pasado a la música española en los últimos años. Y sí, se están sobreexponiendo en exceso y pueden acabar pagándolo, pero incluso a las ocho de la tarde, ante unos cuantos cientos de espectadores, son capaces de poner a pleno rendimiento su turbina de distorsión y mala leche eléctrica para dar un nuevo puñetazo en la mesa. Canciones como “El himno de la bala” o “El fantasma de la transición” siguen siendo cañonazos infalibles.

En el otro extremo, Jero Romero apuesta por la sutileza y el sonido limpio, casi aséptico. Bien conjuntado con su banda, ofreció una ración de soft rock netamente americano que como ejercicio de estilo admite pocos reproches, pero no es capaz de despertar pasiones. La indiscutible corrección de su pulcra actuación no resultó demasiado estimulante.

 

Katy B

 

El primer plato fuerte de la jornada, al menos a priori, llegaba con Katy B (que no es pariente de Mel B, aunque nombre e imagen pudieran llevar a equívoco), que salió al escenario acompañada de cuatro bailarinas con aspiraciones de cheerleaders y una banda (básicamente, laptops y teclados) en la que destacaba el contundente batería. A las chicas del público no les costó identificarse con una cantante que se acerca al R&B o el neosoul, pero a la que le vendría muy grande el calificativo de diva, sobre todo por las ramplonas derivaciones dance de su repertorio. En el show, de estética eurovisiva, tampoco faltó la balada sensiblera con acompañamiento de piano, y la sensación general fue la de estar contemplando a una aprendiz de Madonna a muchos años luz de su modelo.

 

Lily Allen

 

Lily Allen, en cambio, maneja registros más sugestivos, empezando por una puesta en escena bastante más elaborada y organizada en torno a imágenes de biberones (una posible metáfora sobre el público al que se dirige su espectáculo). Se presentó acompañada de una banda solvente y el obligatorio cuerpo de baile, pero la baza que la diferencia de su predecesora sobre el escenario Maravillas es un repertorio que, sin permitir lanzar las campanas al vuelo, sí que muestra mayor versatilidad, incluyendo, por ejemplo, elementos caribeños (“Smile”). Unido a su carisma personal, fue suficiente para contentar a su legión de fans, aunque la mujer que realmente triunfó el sábado en el FIB lo hizo en un escenario secundario.

 

Cat Power

 

Porque si hay que conjugar la jornada en femenino singular, es obligatorio hacerlo destacando el concierto ofrecido por Cat Power. Desde que pisó las tablas, la otrora imprevisible Chan Marsall dejó claro que estaba dispuesta a ofrecer una actuación para el recuerdo. Abrió con “The greatest”, y pese a los problemas con los monitores, que fueron constantes, supo ganarse al público desde los micrófonos (ya que utilizó dos en diversas ocasiones), dejando en manos de su banda la tarea instrumental. Decisión muy acertada que, a diferencia de cuando se presenta al piano, le permitió desenvolverse a sus anchas por el escenario. Tan cómoda se sintió que hasta se permitió chapurrear en castellano. Una mujer especial que convirtió su actuación en uno de los momentos memorables de una edición en la que no abundan.

 

Manic Street Preachers

 

Por el mismo escenario habían pasado antes unos convincentes Manic Street Preachers, que dieron un concierto sólido en el que repasaron su extensa discografía, desde la inaugural “Motorcycle Emptiness”, hasta un final en el que destacaron la siempre eficaz “You love us” o “If you tolerate this, your children will be next”. A lo largo de su actuación, presentaron temas de su último disco, revisaron “Suicide is painless” (de la película “M.A.S.H.”), recordaron al desaparecido Richey James Edwards (autor de la letra de “Revol”) y despertaron el fervor patriótico de los galeses presentes entre el público con “Design for life”. El sonido, que empezó dubitativo, acabó por afianzarse y contribuyó a que su actuación fuera una de las destacadas de un día que tuvo como cabezas de cartel indiscutibles a The Libertines.

 

The Libertines

 

El telón del fondo, con la imagen de portada de su primer álbum, y la aparición de Carl Barât, con la guerrera roja que hicieron famosa en sus primeras fotos promocionales, no dejaban lugar a dudas: El concierto iba a ser pura nostalgia. Eso sí, los años no pasan en balde y lo que la urgencia y la inmediatez disimulaban hace una década es ahora más difícil de ocultar: The Libertines son una banda de reciclaje sonoro con algunas canciones resultonas y mucha leyenda negra, pero a gran distancia de poder enarbolar la bandera que les sitúe como un grupo de referencia. Lo que no ha cambiado es su atropellado sonido, casi destartalado, que fue ganando en robustez a medida que avanzaba un concierto sin sorpresas, que terminó con el batería Gary Powell al borde del escenario y entonando el “Y viva España” de Manolo Escobar. Por suerte, tal salida de tono fue olvidada rápidamente gracias a un bis que comenzó Pete Doherty en solitario recuperando “What became of the likely lads”, y que coronó luego el grupo al completo con las incontestables “Up the bracket”, “What a waster” y “I get along”. Cumplieron con su papel de estrellas de la jornada más por deméritos ajenos que por méritos propios, pero en el ambiente previo flotaba una posibilidad de estafa que el grupo se encargó de desterrar, dejando un buen sabor de boca de cara a un domingo que dará por cerrado el vigésimo aniversario del FIB. Lo que ocurra, lo contaremos mañana.

Fotos (excepto las indicadas): Liberto Peiró

cabecera mia

FIB 2014: MANUAL DE USO

Pocos podían pensar en 1995, cuando el Velódromo de Benicàssim acogió la modesta primera edición del FIB, que dos décadas después el festival estaría conmemorando su vigésimo aniversario. Eso sí: la edición 2014 desprende mayor sensación de reinicio que de celebración. Buena señal, no obstante, a tenor de los augurios que se cernían sobre el festival en los últimos años (cambios en el accionariado, concuso de acreedores).

El responsable de reconducir el destino del FIB es Melvin Benn, nuevo director general de Maraworld, un hombre con experiencia y de trato cercano que ha tomado las riendas para, según sus propias palabras, “mantener a Benicàssim entre los festivales más importantes de Europa”. Su apuesta es a largo plazo, así que el futuro no peligra, y aunque este año el cartel todavía resulte algo irregular, es indudable que contiene nombres de interés. Además, será el único festival de nuestro país donde se pueda ver a Kasabian, tras su paso por Glastonbury. De manera discreta, el FIB también recupera este año algunas actividades previas, como los conciertos que se celebrarán en diversos enclaves de la localidad durante los días anteriores a un festival que espera recibir una media de treinta mil espectadores diarios durante las jornadas de viernes y sábado, las más fuertes de la programación.

 

 

Más allá de gustos, la presencia de Kasabian es una de las grandes bazas del festival. Los de Leicester no esconden sus cartas: Presentarán el reciente “48:13″ con el objetivo de que la chavalada baile. Y puede que lo suyo sea dance rock de garrafón, pero en su terreno son imbatibles: “Doomsday” es eficaz rave rock, “Treat” o “Eez-Eh” recuerdan a EMF, y en otros cortes conservan su ya característico estilo screamadelico. Tim Carter ha sustituido a Jay Mehler sin traumas y el grupo se dispone a rendir Benicàssim a sus pies. Lo conseguirán.

 

 

M.I.A., que actúa por primera vez en el FIB, ejerce de cabeza de cartel alternativa. La británica de origen tamil sigue siendo garantía de calidad y espectáculo. “Matangi” (2013), su última entrega discográfica, le ha devuelto todo el crédito, y su mezcla de pop, electrónica, banghra, hip hop y actitud de combate no dejan indiferente a nadie.

Otros que tiene disco nuevo y encajan como un guante en la filosofía del FIB son James. “La petite mort” les muestra en forma, y recuerda a los olvidadizos que son anteriores (y destilan más clase) que otros cultivadores del pop intenso y de ribetes épicos, como Coldplay o los escoceses Travis, que se traen bajo el brazo “Where you stand”, el disco que editaron el año pasado.

 

 

No faltarán ejemplos de historia viva del mejor pop inglés, como Paul Weller, siempre una garantía sobre el escenario, aunque en sus últimas entregas discográficas haya alternado la excelencia (“Wake up the nation”, 2010) con el desconcierto (“Sonik kicks”, 2012). Y hablando de historia: The Charlatans regresan al lugar del crimen veinte años después de participar en la primera edición del FIB. La banda de Tim Burgess se encuentra grabando nuevo disco, y nunca parece haber sido la favorita de nadie, pero sobrevivió a Madchester y al britpop facturando estupendos discos de pop bailable en los que ponía al día la herencia de los Rolling Stones o la psicodelia. Quizá no ofrecerán el concierto del año, pero será muy difícil que decepcionen.

 

 

En cambio, con Cat Power es cuestión de tener suerte. Ya no protagoniza los espectáculos lamentables del pasado en sus conciertos, pero su puesta en escena sigue teniendo mucho que ver con su estado de ánimo. Repertorio no le falta, y tiene clase de sobra, así que hay que confiar en que tenga un buen día. Lo mismo que con The Libertines, el comeback más sonado de este año. Las generaciones más jóvenes tendrán la oportunidad de verlos por fin sobre un escenario, y quienes asistieron a su bochornosa gira de 2002 (“too much junkie business”, que diría Johnny Thunders) podrán quitarse la espina. El otro regreso teñido de nostalgia será el de The Presidents of The USA (“Lump” o “Peaches” pondrán patas arriba el recinto), mientras que Of Montreal pondrán el toque de distinción pop y Manic Street Preachers la guerrilla rock.

 

 

En segundo plano, pero con argumentos musicales a tener en cuenta, nombres propios como los de Jake Bugg (que repite), Albert Hammond Jr (de The Strokes) o la controvertida Lily Allen, que ha sacado disco este mismo año (“Sheezus”) y se ha llevado collejas por todas partes, pero promete un vistoso show en directo. Tampoco conviene olvidarse de unos The Klaxons que lideraron la moda nu-rave y han sido capaces de sobreponerse a su desaparición (aunque no dejan de aparecer bandas imitándolos). Además, son de los que parecen nacidos para tocar en festivales.

Y habrá que prestar atención al rapero londinense Tinie Tempah, discípulo aventajado de Dizzee Rascal que, con solo un par de álbumes, ha puesto a la escena a sus pies. Se lo pueden preguntar a Chase & Status, que grabaron con él “Hitz”. Y ya que transitamos terreno bailable, no conviene dejar de lado el combinado de house, electro, dubstep y drum’n’bass de Sub Focus, un joven sobradamente preparado para convertir el recinto en una macrofiesta bien entrada la madrugada.

 

 

Además, el FIB suma decenas de bandas de perfil menos llamativo que, si bien es cierto que en algunos casos responden a la necesidad de captar público británico (parece el caso de Paolo Nutini, que ya estuvo en 2011 y aparece como destacado en el cartel), se ven compensadas con creces por una selección estatal en la que no falta el retorno histórico de rigor (Automatics), pero que también apuesta por bandas emergentes o al margen de la corriente general como The Parrots, Los Claveles, El Pardo, Juventud Juché, Maronda, GAF y La Estrella De La Muerte o El Último Vecino, además de los ubicuos Triángulo de Amor Bizarro y los castellonenses Skizophonic. Como siempre, hay razones de sobra para acudir al FIB.