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FESTIVALES EN EL CINE: “MONTEREY POP”

Decía una vez el director Amos Poe, autor de un documental musical tan insigne como “Blank generation”, que cuando los músicos a los que se está filmando tienen suficiente carisma, magnetismo o fotogenia (llamémosle como queramos) es absurdo querer ser tú más protagonista detrás de la cámara que ellos delante. Es decir, que si el artista que toca en directo ya está dando lo mejor de sí mismo, no hace falta grabarlo inventándose planos raros, utilizando 15 cámaras con ángulos distintos o enfangándose a posteriori en un montaje complicadísimo que, al final, sólo servirán para dejar un testimonio más confuso y menos fidedigno de lo que ha sucedido en el escenario.

Amos Poe ponía de ejemplo para ilustrar esta reflexión a D. A. Pennebaker. Según él, cuando este director filmaba a Bowie (en el mítico concierto “Ziggy Stardust & The Spiders from Mars”) o a Hendrix y a Otis Redding en “Monterey pop”, era tan consciente de la excepcionalidad de lo que estaba inmortalizando en imágenes, que le bastaba con plantar la cámara delante del escenario y a correr (y a lo mejor un par de operadores más a los lados del entarimado para capturar algún recurso). O sea, que se viera bien al músico y basta. Como en la cocina, pues: si la materia prima ya es de altísima calidad ¿para qué enmascarar y/o desgraciar el sabor original con otros aderezos?

Sirva este testimonio de Amos Poe (que, como todo, también se podría discutir o matizar) como ejemplo de la dimensión canónica de “Monterey pop”. De alguna manera, esta película sobre el Monterey International Pop Music Festival, que tuvo lugar en California del 16 al 18 de junio de 1967, ha quedado como el paradigma del clasicismo en este tipo de grabaciones de actuaciones en directo durante un festival de música. En su sencillez, en su nitidez y en su honestidad está su pegada. Porque, además, es que es muy cierto: las actuaciones de Jimi Hendrix y Otis Redding te golpean, aún vistas hoy, con toda la fuerza de lo genuino. El bolo del primero es célebre: en Monterey fue donde Hendrix le prendió fuego a su guitarra mientras tocaba una versión de “Wild thing”. En el del segundo, una de las primeras veces en el que un artista soul se presentaba ante un público mayoritariamente blanco, lo único que se inflama son las cuerdas vocales de Otis (impresionante el telele final de “Try a little tenderness”), justo medio año antes de su llorada muerte. Tan inigualables fueron estas dos actuaciones legendarias que, años más tarde, aparecerían aisladas y completas en video y en DVD, “Jimi plays Monterey” y “Shake! Otis at Monterey” (el lujoso boxset de Criterion “The Complete Monterey pop festival” las incluía como extras en la edición del 2002).

Pero, obviamente, en “Monterey pop”, la película, no sólo aparecen Hendrix y Otis Redding. También se recogen actuaciones (a canción por artista, mayormente) de Simon & Garfunkel, Jefferson Airplane, Janis Joplin y The Big Brother Holding Company (que firmaron su primer gran contrato con Columbia tras su volcánico pase), The Who, Eric Burdon & The Animals y hasta Ravi Shankar. Tampoco es esta la lista completa de todos los artistas que tocaron en el festival: Lou Rawls, Laura Nyro, Moby Grape o Buffalo Springfield, a pesar de actuar en el evento, no acabaron saliendo en la foto de D. A. Pennebacker. Si salen, por eso, algunos ilustres músicos de la época de refilón, como David Crosby de The Byrds celebrando las bondades acústicas del equipo de sonido del festival mientras ensayan o Brian Jones de The Rolling Stones (que cayeron del cartel por un marrón con la ley en EE UU que tenían Mick Jagger y Keith Richards) paseando y confundiéndose entre el público o presentando a algunos grupos en plan maestro de ceremonias accidental. Y puestos a jugar a la especulación, podríamos aventurar que si las cancelaciones de The Kinks (problemas de pasaporte) y The Beach Boys (Brian Wilson colapsado en plena grabación de “Smile”) no se hubieran producido, quizá ahora estaríamos hablando de otra película, no muy diferente en lo cinematográfico, pero seguro que más rica musicalmente todavía.

En cualquier caso, “Monterey pop” ya está bien, muy bien, como está. Si llevan razón las malas lenguas que dicen que el único talento como documentalista de D. A. Pennebaker es estar en el lugar adecuado en el momento justo, esta película no puede ser más representativa. Justo un año después de perseguir a Bob Dylan en Inglaterra para realizar “Don’t look back”, el retrato más intenso y certero de un músico enfrentado a los efectos secundarios de la fama que jamás se haya realizado, Pennebaker volvía a erigirse como el mejor observador de las transformaciones socio-culturales de su tiempo. Porque “Monterey Pop” es el acta notarial de aquel verano empapado en LSD en el que los jóvenes de EE UU se pusieron flores en la cabeza, se aprendieron el significado de la palabra psicodelia y acudieron en masa a ver tocar en directo durante tres días a los grupos de rock más excitantes de 1967. ¿Manifestación contracultural de toda una generación o simples ganas de pasárselo bien? Qué más da. Las imágenes están ahí. Y cincuenta años después, más que ser juzgadas, piden y merecen ser disfrutadas.

Joan Pons

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