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CABEZAS DE CARTEL ESPAÑOLES: UNA OPCIÓN EN AUGE

 

El ritual se repite año tras año: El público espera ansioso las primeras confirmaciones para saber qué estrellas internacionales visitarán los festivales españoles cada temporada. Desde que en nuestro país comenzaron a celebrarse eventos musicales al aire libre y de carácter masivo (hace más de dos décadas, pues el desaparecido Espárrago Rock granadino empezó a utilizar la fórmula antes de la llegada del FIB), el principal foco de atención son los artistas extranjeros, esos nombres que ocupan el mayor espacio en los carteles y suelen justificar la venta mayoritaria de abonos. No hay gran festival que se precie de serlo que no cuente con ellos: En 2014, Franz Ferdinand, The Black Keys y Phoenix en el Bilbao BBK Live; Arcade Fire, Pixies y The National en el Primavera Sound; Kasabian (de momento) en Benicàssim.

Otras propuestas de perfil medio han seguido el mismo camino, y ya no sorprende encontrarse a Damon Albarn en el SOS 4.8 (Murcia) o a Portishead en el Low de Benidorm. Los grupos internacionales obligan a aumentar los presupuestos, pero compensan la inversión porque arrastran a un público que en muchos casos no dispondrá de otra oportunidad para disfrutar de su directo. En tales circunstancias, los grupos españoles suelen formar parte del relleno del cartel, aunque las cosas han empezado a cambiar en los últimos tiempos.

Con Sonorama (Aranda de Duero, Burgos) y Contempopránea (Alburquerque, Badajoz) como pioneros indiscutibles, han empezado a surgir en nuestro país un buen número de festivales que fundamentan su atractivo únicamente en la presencia de grupos estatales. O que incluyen alguna banda internacional (ambos lo han hecho recientemente) que, en todo caso, nunca tendría categoría de cabeza de cartel en los grandes festivales (por donde, además, suelen haber pasado en ediciones anteriores). Esta fórmula, que permite ajustar mejor los presupuestos (aunque algunos cachés españoles se han puesto por las nubes), se ha revelado exitosa hasta el punto de propagarse por toda la geografía nacional.

Porque en el Arenal Sound de Burriana (que este año celebra su quinta edición) abundan los nombres internacionales de corte menor, pero son los de casa los que atraen a un público muy joven, con ganas de pasarlo bien y corear unos cuantos himnos en su idioma. Una situación inédita hace solo unos años, que es producto de la consolidación de un nuevo y controvertido star system español.

Se trata de una serie de grupos odiados por unos (que hablan de indie de marca blanca o fake indie) y defendidos por otros (que los ven como la única posibilidad de que nuevos públicos se interesen por el pop en castellano), que han logrado conectar con un sector importante de público y son capaces de congregar a varios miles de personas en cada concierto. Vetusta Morla, Love of Lesbian o Lori Meyers son los buques insignia de una corriente en la que también se puede englobar a Iván Ferreiro, Second, Supersubmarina, Izal, Cyan, Dorian, La Pegatina y mucho otros grupos que se han hecho un hueco importante en los gustos del público festivalero, fundamentalmente gracias al apoyo de medios como Mondo Sonoro o Radio 3 (ambos, no por casualidad, de acceso gratuito).

La constante presencia de algunos de estos nombres en los carteles de muchos festivales, así como la aparición de nuevas citas basadas en la misma filosofía sonora (una de las más recientes sería el San San Festival de Gandía) han propiciado que desde algunos sectores se diera la voz de alarma: Los carteles cada vez se parecen más, y a veces es difícil distinguir unos de otros (o el de un año con el inmediatamente anterior). Pero lo cierto es que el público no parece cansarse, y la prueba es que se trata de bandas que, además de copar la mayoría de festivales, protagonizan largas giras en invierno en las que de nuevo consiguen llenar los recintos cerrados. La gente, parece evidente, prefiere ver varias veces a un grupo que conoce antes que jugársela con otro del que aún no ha oído hablar. De ahí que los responsables de la reiteración de nombres sean tanto los programadores como el propio público, que por regla general demanda siempre lo mismo.

Así las cosas, a la hora de ofrecer alguna novedad, los festivales están empezando a echar mano de artistas de otros géneros o de carácter intergeneracional. Sonorama, por ejemplo, recurrió a Amaral en 2011. Entonces se entendió la jugada como una apuesta por un público más convencional, ajeno a la escena independiente, pero conviene no olvidar que muchos festivales cuentan con dinero público, y quienes pagan exigen también la presencia de algún artista con tirón mayoritario para justificar su inversión (de hecho, muchos festivales se han convertido en la alternativa moderna de las fiestas patronales). Lo curioso del caso es que el dúo zaragozano no solo triunfó, sino que vuelve este año y se ha convertido ya en presencia habitual en los festivales de verano. El mismo Sonorama anunció a Loquillo en 2013 y las crónicas lo coronaron como gran triunfador de la edición (por encima, incluso, de Belle & Sebastian), pese a que tampoco se ajustaba al perfil indie del evento.

Como todo el mundo sabe, ha sido el mismo festival el que este año ha roto la frontera generacional definitiva, al confirmar la presencia de Raphael como cabeza de cartel. Otra decisión polémica que ha generado un importante revuelo mediático, y que deja la puerta abierta a nuevas sorpresas en el futuro.

 

Eduardo Guillot

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