YOUSSOU

LA MAR DE MÚSICAS: CRÓNICA 1

Cumplir veinte años, cuando de un festival se trata, es sinónimo de buena salud. Justo los que celebra La Mar de Músicas en una edición que tiene a Noruega como país invitado -una característica del festival de Cartagena-. Cierto que aquello que ya ni llamamos crisis fue menguando su duración, que llegó a ser de tres semanas consecutivas, pero no menos veraz que hay alta densidad -entre tres y seis conciertos diarios, en diferentes ubicaciones- durante los nueve días de que consta este año el que es uno de los más prestigiosos eventos europeos de world music.

 

Buen ambiente en Cartagena

Youssou N’Dour fue el encargado de la velada inaugural en el escenario principal del Parque Torres. El amigo africano -cinco visitas a La Mar de Músicas- llegó con un objetivo: homenajear a Nelson Mandela, quien hubiera cumplido 96 años estos días, aunque al final sus conciertos acaban siendo más un homenaje a la África más pulida, melódica y aseada. Vestido de blanco inmaculado y acompañado por una frondosa banda de trece piezas, incluyendo al acrobático bailarín Moussa Sonko, el capo de Senegal -posee en Dakar un estudio de grabación (Xippi), una emisora de radio (Futurs Médias), un periódico (L’Observateur), una discográfica (Jololi), un club nocturno (Thiossane) y hasta una red de acceso a internet- ofreció la mejor versión de sí mismo. Esto es, una buena selección de ese repertorio suyo en el que el pop hipermelódico se deja mecer por la repetitiva, tribal e imparable rítmica del mbalax, la música originaria de la etnia wolof y que el propio N’Dour dio a conocer a la comunidad internacional. ‘Souvenir’, ‘New Africa’ y ‘Birima’ fueron los mejores momentos de un concierto en el que no faltó su archiconocida ‘Seven seconds’. La verdad es que suena abrumadoramente bien, un concierto de gran dinámica.

Youssou N’Dour

 

De sorprendente cabe calificar la propuesta de Bugge Wesseltoft, quien actuó previamente en el auditorio El Batel, uno de los edificios más vanguardistas e imponentes de la Comunidad de Murcia. Y no porque no estemos acostumbrados a la fusión en el ámbito del jazz, sino porque el noruego y su bien enunciada OK World Ensemble ofreció una suerte de mapamundi acústico con base en el jazz (percusiones indias, guitarra flamenca a cargo de Josemi Carmona, aromas de Mozambique, hipnotismo vocal libanés) en una especie de socialismo sonoro en el que nadie brilla salvo el conjunto. ¿Müller, Götze, Lahm, Kroos, Hummels, Neuer, quién fue el bueno de Alemania? Pues algo así (vale, me paso, pero esa es la onda). Nada que ver con el habitual guiri que se arrima al flamenco porque le suena exótico (¿alguien ha pensado en Björk? Pues no fue la única). También puntuó bien el onubense Arcángel, con su peculiar registro alto y su flamenco erudito y nada racial, sin ese ‘desgarro’ tan a menudo fingido y que acaba con el cantaor levantándose de la silla en pleno “arrebato”. Hasta que incorporó a un coro de siete voces búlgaras y se acabo ahogando en el Mar Negro.
La primera jornada del festival finalizó en el Castillo Árabe con la amena sesión de electrónica moderadamente pop de los noruegos Ost & Kjek (Queso y Galleta), precedidos por el percusionismo animoso pero poco ilustrado de los tanzanos Jagwa Music.

 

Nils Petter Molvaer

La velada del sábado estuvo marcada por los extremos. Primero, la decepción; después, la algarabía justificada. La primera corrió por cuenta de Nils Petter Molvaer, trompetista noruego de gran clase y exquisito fraseo, deudor del mejor Miles Davis, además de pionero de la fusión de jazz y electrónica. Sus discos son brillantes, pero olvidó las claves del directo: ofrecer esa sensación de ocasión única. Vino con la única compañía de un bonito Mac, con el que disparó unas bases que siempre dieron la sensación de estar fuera de plano con su trompeta y no supo cómo arreglar un descosido que acabó en descomunal roto. Para colmo, su tímido directo en el recoleto escenario de La Catedral se vio ‘armonizado’ por el coro “Jesús te ama” procedente de una multitudinaria manifestación de cristianos por las calles de Cartagena. Fijo que los multan.

 

Calle 13

Lo de Calle 13 es un escándalo, de puro bueno. El primer concierto -y único hasta ahora- que agotó anticipadamente el aforo justificó las expectativas. Dirigidos por el multiinstrumentista Eduardo Cabra -alias Visitante-, el de los puertorriqueños fue un directo trepidante, colorista, apasionado, reivindicativo, de alta energía y rítmica frenética, manejado por una solvente y nutrida formación (once músicos en escena, entre ellos la vocalista Ileana Cabra), generoso en duración (dos horas) y con un René Pérez -alias Residente- que es un puro volcán en erupción. Y eso que aseguró tener déficit de atención. Por cierto, su hijo, a quien dedicó ‘Respira el momento’, debía nacer ayer u hoy. Ya conocen la propuesta: base de rap y permeabilidad a casi todo (folk latino, rock, raggamuffin, cumbia, etc). También le cantan al sexo y a la fiesta, pero además de por el lado acústico, rítmico y de celebración, su música conecta por el lado ideológico con un mensaje que propugna el panamericanismo y el cambio social. Mientras a esa misma hora Esperanza Aguirre hacía el ridículo intentando dar lecciones a Pablo Iglesias en televisión, el espíritu rebelde de los que han dicho basta a las mentiras y la corrupción sobrevolaba Cartagena. De verdad que fue una experiencia singular.
La noche cerró con los directos en el Castillo Árabe de los colombianos Systema Solar, bailable muestra de algo así como rítmica indígena con indie panamericano, y la épica indierock de los murcianos Audio’s Pain, felizmente acompañados en el turntablism por el productor Maski Pérez, de la crew El Klan de los Dedeté.

 

Olafur Arnalds

Tres conciertos saludaron al domingo. Los dos primeros en El Batel, en una suerte de velada Scandinavian Woods ciertamente irregular. El islandés Ólafur Arnalds ofreció una propuesta bella y delicada, argumentada por piano -el suyo-, sección de cuerdas y programación sutil, tan calma, frágil y ensoñadora que más que jugar con el silencio, directamente se sumergió en él. Micropop de cámara -el minimalismo es noise rock a su lado- que evoca parajes infinitos, seguramente tan helados como ese ‘For now i am winter’ sobre el que giró el directo. Gustó mucho, sobre todo a los que no se durmieron. Después apareció Erlend Øye y todos los indies de Murcia y provincias limítrofes se relamieron. Empezó tirando de bonitas melodías pop un tanto naíf, pero poco a poco su freakismo de instituto le fue llevando a algo más apropiado para celebrar un cumpleaños infantil que para un festival serio. Me fui antes de que me llenaran de tarta de arándanos. Decepcionante hasta bordear el sonrojo.

 

Erlend Øye

La del domingo, en cualquier caso, era la noche de Ray Davies. El Parque Torres se llenó de ingleses, pero ante mi sorpresa, el exlíder de The Kinks no despertó gran expectación entre los nativos, de modo que un tercio del aforo quedó libre. Hay que decirlo pronto y claro: Mr. Davies está mayor y su concierto por momentos pareció caerse ante el aliento escaso del londinense. Lógico cuando se tienen setenta años, por otra parte. Sigo pensando que los Rolling Stones de hoy son hologramas. Pero qué diablos, este señor recobró el tono, se vino arriba, bromeó con su acento cockney y se soltó tal selección de himnos de los sesenta -prácticamente todo el repertorio fue de The Kinks- que por momentos daban ganas de pellizcarse. Tomen aire: ‘I need you’ –en la apertura-, ‘Where have all the good times gone’, ‘I’m not like everybody else’, ‘Dedicated follower of fashion’, ese ‘Waterloo Sunset’ que refleja como ninguna el espíritu de Londres y que interpretó en dos ocasiones, ‘Till the end of the day’, las rockeras ‘All day and all of the night’ y ‘20th Century Man’, la psicodélica ‘Days’, la megacoreada ‘Lola’ y adiós con ‘You really got me’. Pues sí, tocado de salud pero allí nos tuvo realmente el gran Ray. Y además un día diremos aquello del ‘yo estuve allí’. Ya les sigo contando dentro de unos días, que a La Mar de Músicas le queda cuerda aún.

 

Ray Davies

 

Fotos: Pablo Sánchez del Valle

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