cabecera BENJAMIN CLEMENTINE

LA MAR DE MÚSICAS: CRÓNICA 2

Interesante pero un tanto esquivo. Así se había mostrado Noruega, el país invitado en esta vigésima edición, en los primeros días de La Mar de Músicas. Pero fue llegar la cuarta jornada y todas las dudas se ahuyentaron con las olas. El caso es que sus sugerentes discos no hacían presagiar un concierto tan imponente como el que ofreció Ane Brun. La cantante, guitarrista, compositora y performer de Molde afincada en Estocolmo ya había trabajado con el productor Valgeir Sigurdsson (Björk, CocoRosie, múm, Bonnie ‘Prince’ Billy) y abierto una gira internacional para Peter Gabriel. Buenas credenciales pero expectativas aún superadas, en buena medida gracias a la soberbia banda/colectivo por la que se hizo acompañar: los Tonbruket de Dan Berglund (exbajista del Esbjörn Svensson Trio) y el genial teclista Martin Hederos (The Soundtrack of Our Lives).

 

Ane Brun

Todos juntos han logrado armar un directo de gran envergadura e impacto, que oscila entre el neofolk escandinavo y el post-rock-jazz experimental, con instrumentación sobrecogedora, voz excepcional, magnetismo escénico -con bailes inspirados por la mismísima mujer mariposa, Loie Fuller- y originalidad, insisto, imprevista. Desde esa inquietante doble batería con que abrió el concierto (‘The light from one’) hasta la no menos hechizante ‘Lullaby for grown ups’ y en general todo un concierto en el que la mayoría del público -excepto los conocedores de la identidad del festival- había acudido para ver a Russian Red. Como puente entre ambos directos Ane invitó a Lourdes para cantar juntas el clásico ‘Alfonsina y el mar’ y el hit ochentero de Cyndi Lauper ‘Girls just want to have fun’.

 

Ane Brun y Russian Red

Es aquí cuando llega el apartado ‘conclusiones precipitadas de un crítico no sesudo’, algo inevitable cuando se disfruta de un festival extenso, aunque en realidad más bien la constatación de una realidad: los músicos (y el público) españoles somos más simples que una carreta. Nos sacan de la estrofa-puente-estribillo y nos mareamos. Russian Red no es una excepción, aunque la madrileña parezca tener ambición artística como prueba su traslado a Los Ángeles. Pero, por más que haya aumentado su intensidad guitarrera, por más que intente bajar su factor pijo-moñas, sus canciones no dejan de ser eso: simples, ramplonas, nada audaces. Bien cantadas por una linda voz pero ‘normaleras’ hasta la desazón. Algo que se hizo especialmente elocuente al actuar tras la citada Ane Brun, quien le devolverá la cortesía en Estocolmo y de quien, si es inteligente, debiera aprender.

 

Russian Red

 

 

Antes, en el pequeño mágico escenario de La Catedral -que, todo hay que decirlo, se le quedó muy pequeño-, Thomas Dybdahl redondeó el día en que nos conquistó Noruega. En la que era su primera actuación en España, este adorable singer-songwriter de voz delicada y quebradiza, autor de bellas partituras de alta sensibilidad razonablemente pop (y folk, y americana) alternó canciones de su última entrega (‘This love is here to stay’, ‘Lovestory’, ‘But we did’, la estupenda ‘Man on a wire’) con otras de trabajos previos. Siempre instrumentando sus armonías de modo original -por momentos tres teclados, en otros tres guitarras- y mostrando un encanto que acabó en clave bailable e inopinadamente medio funk.

 

Thomas Dybdahl

El martes era la noche del homenaje a Omara Portuondo, la gran dama de la canción cubana, además de habitual de los escenarios de Cartagena, donde había actuado años atrás ya a nombre propio, con su Buena Vista Social Club -la banda, que no orquesta, que de hecho la acompañó en directo- o asociada a grandes colegas ya desaparecidos como Compay Segundo, Rubén González e Ibrahim Ferrer. A estas alturas no hay secretos que la rumba cubana, el son, el bolero o el danzón guarden para la de La Habana, flanqueada/homenajeada en directo por invitados como Juan Perro, Marinah (Ojos de Brujo), la sección de cuerdas de la Sinfónica Región de Murcia o un coro con todos los niños del mundo. La organización le entregó su premio del festival y, bien, ya saben cómo son estas veladas: entre la emotividad extrema (muy bien llevados, pero la novia del filin tiene 83 años) y un cierto exhibicionismo emocional. Su interpretación hacia el final del bolerazo ’20 años’ -justo los que cumple La Mar de Músicas- a solas con el pianista Rolando Luca y el gran trombonista Jesús Aguaje Ramos, fue lo mejor de la noche.

 

Marinah, Juan Perro y Omara Portuondo

Tenía ganas de ver a Benjamin Clementine, la nueva esperanza negra de la corona británica, pese a tener solamente publicado un EP de tres canciones, ‘Cornerstone’. Se presentó a solas con el piano, lo que restó impacto a su directo, pero es cierto que el inglés de ascendencia ghanesa, quien emite en frecuencias cercanas al soul aunque con modos narrativos más propios del cantautor, tiene ese algo, esa cierta sensación especial de desequilibrio de los que pueden ser grandes. Cosa que, a día de hoy, todavía no es. Su presencia magnética -casi intimidante- y su voz vigorosa, aunque no especialmente melódica, le otorgan un poder de fascinación que debe explotar. El martes lo abrió Crudo Pimento, dúo de Murcia formado por Inma Gómez y el ‘molde raro’ Raúl Frutos, quienes asombraron a unos y asustaron a otros -los niños, ya que estaban programados en el apartado ‘La Mar Chica’- con su primitivismo ilustrado ciertamente original.

 

Benjamin Clementine

Martes de homenaje (a Omara) y miércoles de celebración, con todos los conciertos de acceso gratuito para festejar los 20 años de La Mar. Y claro, así las cosas, lo que procedía era la jarana y la algarabía juvenil. Marco -el Paseo del Puerto- acotado ante la enorme cantidad de gente que acudió, tres veces más que a cualquier otro concierto. Ahí fue donde Goran Bregovic y Bongo Botrako se encargaron de destrozar las zapatillas de los presentes. Más los segundos que el primero, gran artista pionero de la popularización de la música balcánica en los noventa, pero cuyos directos tienen una singular característica: son todos idénticos. Dos de fanfarria y una suavita, lo repetimos varias veces y acabamos con el ‘Kalashnikov’, que mira que le salió bueno al bosnio.

 

Goran Bregovic

 

Los tarraconenses Bongo Botrako, adalides del nuevo viejo mestizaje con base en el ska y el reggae, ofrecieron un directo salteado de proclamas sociales y provocaron esguinces de tobillo con sus conocidos hits: ‘Revoltosa’, ‘Dinero no se come’, ‘Todos los días sale el sol, chipirón’… Uri Giné es un buen vocalista y, siendo muy generosos, su sonido puede remitir en algunos momentos a Los Fabulosos Cadillacs. Es una propuesta evidente, pero los chavales bailaron como si fuera el último día sobre la Tierra. Pues oiga, bien.

 

Crudo Pimento

En cualquier caso, lo mejor del miércoles llegó de la voz de María Rodés, quien, en escenario pequeño, mostró lo que es capaz de hacer con esa copla con la que un día se topó y, tras desnudarla y eliminar su caspa de grandilocuencia, sintetizó su esencia para transmutarla en post-copla. Sorprende lo que una voz de apariencia frágil y candorosa es capaz de transmitir al enfermar temas como ‘Tengo miedo’, ‘Tres puñales’ o esa ‘Manos vacías’ que popularizara Lola Flores y que aquí muere sin remisión. La música de María Rodés es como un cuadro de Paul Klee: primer plano aniñado y fondo terrible. Brillante también la consola mágica de Pional, crack absoluto de la electrónica nacional, quien se encargó de dar vida a los últimos zombies con una sesión elegante y de gran clase sin dejar de ser bailable. Están -él y su socio John Talabot- tres escalones por encima.

 

Pional

 

Fotos: Pablo Sánchez del Valle

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