MARTIRIO

LA MAR DE MUSICAS: CRÓNICA 3

Finalizó la vigésima edición de La Mar de Músicas y lo hizo dejando un buen sabor de boca. Nueve concentradas jornadas consecutivas para un total de cuarenta conciertos, con Noruega, país invitado, protagonizando en realidad solo ocho de ellos. De entre los apartados paralelos -La Mar de Arte, de Letras y de Cine- destacó este último. Pero, analizados ya los dos previos, vayamos con un último tercio de festival que bajó un poco la calidad de sus prestaciones.

El público respondió a las propuestas del festival

 

La actuación más esperada del viernes era la de Joan As Police Woman. Aclaro el punto de partida: la había visto en directo dos veces, con motivo de las giras de sus dos primeros álbumes, y en ambas ocasiones me compré el disco para que me lo firmara. Quiero decir. En los días previos, Joan Wasser había declarado a Rafa Cervera en byTHEFEST que su giro hacia el soul tenía que ver con la expulsión de su tristeza para abrazar algo parecido a la felicidad. Bien, pues si la felicidad era esto, que me quede desgraciado. Ni rastro de la otrora elegante y enigmática cantautora indie-folk-rock quien, tras abrir con un par de moderadamente interesantes temas de su última entrega (‘What would you do?’ y ‘Holy City’), se zambulló sin miramientos en una especie de burda psicodelia de tripi chungo, tan plomiza, densa y repetitiva como carente de cualquier giro inesperado. Que en su flojísima banda de tres piezas estuviese un minimizado Parker Kindred, baterista que ha tocado con Jeff Buckley, Antony Hegarty y con la propia Wasser en sus inicios, solo se me ocurre justificarlo apelando a que sufrieran un golpe de calor. O a que no se supiera las canciones. La actitud de Joan As Police Woman -entre apática y enfadada, como con ganas de escapar pronto de allí- solo fue empeorada por la propia estética de la neoyorquina de adopción, tan indescriptiblemente hortera que solo se me ocurre compararla con Sole Giménez. Para llorar. Al acabar, se llevaron todo el caterin del camerino, incluidas las cajas de botellines de agua. Me da que debe haber caído en las garras de alguna secta hippie o algo raro. ¡Que alguien la ayude a salir!

 

Joan as Police Woman

Esa misma noche, el auditorio del Parque Torres estaba repleto -la entrada era gratuita- de un público no habitual que había acudido a ver a Rozalén, cantautora albaceteña criada musicalmente en Murcia que está teniendo bastante éxito comercial y cuyos fans no callaron ni un solo minuto durante el show previo, batiendo todos los récords en cuanto a falta de respeto (y miren que la marca estaba cara). Rozalén llenó el recinto, pero lo cierto es que no pintaba nada en un festival del prestigio de La Mar de Músicas. La suya no es una canción de autora original ni compleja, pero sí sincera, correcta, luminosa y con acento positivo, lo que le ha valido una notable popularidad, sobre todo entre las chicas y el colectivo homosexual. Invitó a un par de artistas murcianos, Jamones con Tacones (‘Mi mongola favorita’) y Road Ramos (‘Sin almendros’), le cantó al amor (‘Comiéndote a besos’) y afirmó que ‘Las hadas existen’. Es muy maja. Los africanos Debademba -entre Ali Farka Touré, el blues de Chicago y extrañas gotas de flamenco- y la noruega de excelente registro vocal Mari Boine -Laponia también existe, aunque sus armonías sean más raras que ‘Juego de tronos’- completaron la jornada del viernes.

 

Mari Boine

Los grandes protagonistas del sábado eran los históricos y coyunturalmente resucitados Les Ambassadeurs, una de las dos grandes bandas de Bamako (Mali) en los años setenta -la otra era la Super Rail- y la menos tradicional de las dos. Con Salif Keita al frente, el asunto no podía ir sino de afropop. El príncipe albino es quien manda, mientras que de los otros dos supuestos vértices de la formación, Cheik Tidiane Seck y sus fraseos de sintetizador jazz-prog-rock, que por momentos recordaban a un Joe Zawinul desatado, adquiere mayor relevancia que un Amadou Bagayoko (Amadou et Mariam) extrañamente relegado a un discreto rol de guitarrista sin más. Pese a contar con algunos miembros de la formación original -el bajista Sokou Diabaté, el teclista Idrissa Soumaoro-, en realidad se trató más de un homenaje a aquellos Ambassadeurs que moldearon el sonido de una época y un lugar. Su rítmica repetitiva incide sobre los pies y se disfruta cual cóctel afrutado de poca graduación. La Maravillosa Orquesta del Alcohol había ofrecido un buen concierto por la tarde en el centro de la ciudad, mientras que la argentina La Yegros cerró la velada con una propuesta no especialmente lograda que aúna electrónica con cumbia y chamamé.

 

Les Ambassadeurs

La de cierre, el domingo, fue una jornada extensa. Joe Driscoll con Sekou Kouyate rompieron el silencio de la tarde, antes de que Martirio, acompañada por su hijo Raúl Rodríguez, ofreciera su sentido y simpático homenaje a Chavela Vargas, consistente en pasar al compás flamenco algunas de las canciones popularizadas por la mexicana nacida en Costa Rica. Ya fueran composiciones de José Alfredo Jiménez (‘Las ciudades’), de Álvaro Carrillo (‘Luz de luna’, el canto a la segunda oportunidad de ‘El andariego’), de la brasileña Dolores Duran (esa sublimación del amor que es ‘La noche de mi amor’) o clásico oaxaqueños como ‘Sandunga’ o ‘La llorona’. Finalizó transformando ‘La bien pagá’ en ‘The paid so well’). Su concepto chándal-lágrima para explicar la depresión postruptura ya justificó el precio de la entrada.

 

Martirio

De Amaral poco cabe decir que no se sepa. Tan solventes como de costumbre, la banda liderada por Eva Amaral y Juan Aguirre, en cuyo directo cada vez tiene más peso el exSexy Sadie Jaime G. Soriano, reventó el aforo del Parque Torres con una selección de sus grandes éxitos, la presentación de algún inédito (el dance rock de ‘Cazador’, la plácida ‘Nocturnal’) y un final de corte social aguerrido, con ‘Ratonera’ y la nuevamente vigente ‘Revolución’, entremezclada con su versión del ‘Héroes’ de Bowie. Sin reproches.

 

Amaral y la multitud

Con todo, lo mejor estaba por llegar. Y lo hizo de la mano -de la voz, de los bailes, del morro, de la actitud provocadora y de la capacidad de seducción- de Adanowsky. Entre el glam-rock de los setenta (el guitarrista parecía el mismísimo Mick Ronson) y el disco-funk más húmedo, el hijo menor de Jodorowsky ofreció un repertorio basado en ‘Ada’, su último álbum: ‘Crossing the line’, ‘Dancing to the radio’, la estupenda ‘Sexual feeling’ o la calentorra ‘Would you be mine?’, en la que aprovechó para dejar su huella de carmín en los labios de medio auditorio. Mucha ambigüedad y mucho petardeo gay, pero solo besó a chicas, eh. Bien arropado, con una estética espectacular y con un discurso del todo orgánico -nada de electrónica-, el público disfrutó y bailó hasta la extenuación una fiesta de despedida que finalizó con la breve pero interesante sesión del noruego Lindstrøm.

 

Adanowsky

 

Fotos: Pablo Sánchez del Valle

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