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LA RATONERA DE AMARAL

Nunca se había hablado tanto de Amaral como en las últimas semanas. Como sabe cualquiera que habite en España, el videoclip de “Ratonera”, single de avance de su próximo álbum, ha desatado una auténtica tormenta en las redes sociales. Una tormenta en un vaso de agua, todo hay que decirlo. Y que ha servido, básicamente, para que defensores y detractores del dúo volvieran a enrocarse en sus posiciones. Porque si el objetivo era provocar otro tipo de reacción en la opinión pública o generar un debate de cariz político, es obvio que no ha ocurrido, más allá de unas declaraciones de Alicia Sánchez-Camacho, que aconsejó a Amaral no frivolizar con la política. Curiosamente, tal afirmación llegaba después de que la líder del PP catalán se negara a comparecer en una comisión de investigación por el caso “Método 3″, motivo por el que Iniciativa per Catalunya le ha reclamado que presente su dimisión como senadora, al entender que no puede representar a la cámara quien no atiende sus requerimientos y no cumple las obligaciones del Estatut. Así es como Sánchez-Camacho da ejemplo, sin frivolizar.

 

También ha sido sorprendente la polarización de la opinión en torno al grupo. Y, especialmente, comprobar que sus más fervientes acólitos (en la calle, pero también en la prensa erigida en abogada de oficio) no dudan en defender que Amaral diga lo que quiera en sus canciones (faltaría más), pero tuercen el gesto cuando alguien se permite enjuiciar al grupo, cuyo trabajo, no lo olvidemos, es de ámbito público, y por tanto está sometido a la opinión de cualquiera. Una curiosa manera de defender la libertad de expresión.

 

Pero a lo que vamos. En “Ratonera”, Juan Aguirre y Eva Amaral asumen como propio el discurso del clip realizado sin ningún tipo de indicación previa por Alberto González Vázquez, conocido artísticamente como Querido Antonio, colaborador de Muchachada Nui y El Intermedio, entre otros, que había publicado previamente una historieta de humor cuestionando la existencia de Juan Aguirre. Un video (aunque técnicamente se ajuste más a la definición de power point) en el que aparecen numerosos cargos políticos como víctimas de la actual crisis y con aspecto de haber recibido una paliza. Quizá por eso Cristina Talegón (PSOE) ha comentado que incita a la violencia, aunque no da la sensación de que nadie se haya lanzado a las calles a propinar puñetazos a los políticos, ni se corea la canción en ambientes “antisistema”. Eso sí, pudimos comprobar nuevamente que los medios dieron la noticia según su costumbre de barrer para casa. El País elegía la imagen del magullado Rajoy, mientras La Razón optaba por la de Rubalcaba. Los brazos mediáticos de uno y otro lado, funcionando según lo previsto.

 

Se podría argumentar que esa acogida mediática (en primera página de todos los digitales) demuestra claramente la escasa eficacia ideológica del clip (los mensajes realmente peligrosos no pasan ciertos filtros), pero desde algunos foros se ha destacado el acto de valentía que supone por parte del grupo escribir una canción como “Ratonera”. No deja ser una reflexión de una ingenuidad impropia de personas adultas. Juan Aguirre y Eva Amaral han compuesto la canción que han querido, y están en su derecho. Es un acto de expresión artística, no de valentía. Y, por cierto, pocos se han molestado en ofrecer una lectura meramente musical de la canción, quizá porque no está a la altura esperada. Pero nadie en España les va a encarcelar por lo que dicen. Ni por lo que se ve en el video, que ha sido el detonante de la polémica. Porque la letra de la canción, a excepción de algún verso aislado, podría hablar de un cura pederasta. Son las imágenes las que ponen en contexto las palabras. Y lo único que hacen es compartir un sentimiento que es abrumadoramente mayoritario en la sociedad española. Como cuando Alejandro Sanz se sumó al “No a la guerra”, después de que lo hicieran varios millones de ciudadanos (y ni entonces, ni ahora, el asunto afecta a su contratación institucional, entre otras cosas porque son artistas que no la necesitan). Mientras tanto, el rapero Pablo Hasél se enfrenta a una pena de dos años de cárcel por el contenido de las letras de sus canciones, sin lugar preferente en primera plana y sin que nadie se rasgue las vestiduras por la libertad de expresión. La diferencia radica, probablemente, en que es más fácil obtener la aprobación popular por medio de productos artísticos que banalizan o glamourizan los temas de discusión. Es la técnica de Hollywood, y una buena muestra podría ser “Leaving Las Vegas”, versión sublimada de la vida del escritor John O’Brien, que fue lógicamente recompensada con un Oscar para Nicholas Cage (y no, el ejemplo no está escogido al azar).

 

Amaral ya hablaban de “Revolución” en 2006 (en el álbum “Pájaros en la cabeza”). Aquella canción quizá tendría otra lectura si hubiera aparecido ahora (del mismo modo que las de “Deriva”, el nuevo disco de Vetusta Morla, se están interpretando en función de la coyuntura social actual). Tampoco conviene olvidar las declaraciones de Juan Aguirre a raíz de la cita de “Sin ti no soy nada” en el Parlamento por parte de Rubalcaba o el tema “Como un martillo en la pared”, que algunos consideran inspirado en el 15M, y que seguramente pasó desapercibido por no contar con un video polémico. Esta vez, sin embargo, se pone el acento en el compromiso que han adquirido con la realidad que les rodea, como si fuera la primera vez. Y el grupo acapara la atención de un modo que ninguna campaña publicitaria pagada hubiera conseguido.

 

Pero, como se ha señalado, el debate generado por “Ratonera” no se centra en la política. Y casi ha sido mejor, porque el discurso de la canción resulta difuso, peligroso (todos los políticos son iguales) y, sobre todo, muy ambiguo. El debate, en realidad, se ha centrado en los propios Amaral. No se pone en solfa a la clase dirigente, sino que se plantea por enésima vez la eterna cuestión de si el arte debe o no ser comprometido. Amaral tienen todo el derecho del mundo a expresar lo que consideren oportuno, del mismo modo que Alberto González Vázquez ha decidido que entre los retratados en el video no debían aparecer banqueros ni empresarios. Ni el rey. Y pese a la gran visibilidad mediática de Amaral (es importante que alguien tan famoso tome partido, se ha dicho), la controversia se ha limitado a unos cuantos artículos de prensa (como este) y, claro, a las redes sociales, que han viralizado el clip de manera masiva y gratuita.

 

Así pues, política aparte, resulta más interesante situar “Ratonera” en la verdadera encrucijada en la que se encuentra Amaral: La de conjugar éxito y credibilidad. Desde sus comienzos, el dúo ha querido demostrar que comparte el espítiru independiente, y que su impacto masivo no es más que un accidente, porque ellos siguen siendo “uno de los nuestros”, signifique lo que signifique tal expresión. La persecución de una imagen de autenticidad y la búsqueda de un reconocimiento ajeno al mundo de las radiofórmulas es una constante en la carrera del dúo zaragozano, que incluso cuando todavía permanecía en el anonimato buscaba estrechar lazos con la escena alternativa, como pone de manifiesto la colaboración de Fernando Alfaro en “1997″, una canción incluida en su primer disco en cuya letra, además, se citaba al poeta beat Allen Ginsberg. Años después también grabarían “Gente abollada” para “Family Album II” (2007), un recopilatorio de homenaje a Surfin’ Bichos.

 

Inesperadamente, “Una pequeña parte del mundo” (2000) convirtió a Amaral en fenómeno de masas gracias a “Como hablar”, y parece que el éxito creó en ellos la necesidad de legitimarse frente a otros públicos. Entre ellos, también el de los festivales, ya que no es casual que este año sean el único foro escogido para tocar en directo, incluso a costa de rebajar presuntamente su caché. Antes habían girado como teloneros de Bob Dylan, incluían un guiño a “Blitkrieg Bop” (Ramones) cuando tocaban en directo “Subamos al cielo” o versioneaban “Universal”, de Lagartija Nick. Gestos a los que hay que sumar otros, como la creación de Antártida, su propio sello discográfico independiente (una vez que Virgin-EMI había puesto toda su maquinaria promocional al servicio de su conversión en estrellas), o la grabación de maquetas con Scott Litt (Nirvana, R.E.M.), aunque al final se siguiera encargando de producir sus discos Cameron Jenkins, mucho más convencional y previsible. Los detalles que denotan la búsqueda de autenticidad de Amaral son incontables: Otros ejemplos son la colaboración del guitarrista Peter Buck en “Doce palabras” (lejos quedaba la de Álvaro Urquijo en su LP debut) o la incorporación a su banda de directo de Jaime García Soriano (guitarra) y Toni Toledo (batería), miembros de Sexy Sadie (lo cual, por cierto, dice tanto de Amaral como de los mallorquines).

 

Numerosas estrategias enfocadas en la misma dirección: Mantener una imagen de credibilidad entre sectores alejados del mainstream (es decir, del sistema). En ese sentido se puede interpretar también la elección de “All Tomorrow’s Parties” (The Velvet Underground) como tema de apertura de sus actuales conciertos. Porque nunca les ha faltado buen gusto musical, pero eso no garantiza (y no son el único caso) que las canciones de su cosecha tengan que llegar necesariamente al público con el que comparten sus preferencias personales. Y eso seguirá siendo muy difícil mientras Amaral suenen como si a Ana Belén la respaldara una banda de rock. Ojo, no es una afirmación con intención peyorativa (ni la más mínima), sino la percepción que mucha gente tiene al escuchar sus canciones.

 

Esa batalla por legitimar su autenticidad no la van a ganar nunca, pero es algo que no debería importarles. Muchos desearían estar en su lugar, así que no valen remordimientos, mala conciencia ni ansia por ganarse el respeto de según qué sectores. No se puede tener todo. Y Amaral tiene mucho. Además, haciendo lo que les apetece. La mayoría se conformaría con eso.

Eduardo Guillot

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