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MAD COOL FESTIVAL 2016: CRÓNICA SÁBADO

Ya lo puedo decir sin invocar al mal fario: ¡No nos hemos hundido en el Estanque de Tormentas de la China sobre el que pisábamos mientras veíamos los conciertos grandes! La verdad es que yo confiaba plenamente en ello, estaba tranquilo, hace años El Gran Wyoming era médico, pero yo era aparejador, y la mayoría de libros de resistencia de materiales que tenía en mi casa estaban firmados por Intemac –al igual que el informe técnico del montaje del Mad Cool Festival – y los tíos me parecían muy listos, tanto que me costó varios cursos entenderlos y aprobar. Aunque nadie quiere morir, también es cierto que es mejor hacerlo en un concierto que de una muerte banal –a Gaudí le atropelló un tranvía que iba a 10 km/hora -.

Esta última jornada era la más interesante sencillamente por una razón: el primer y único concierto de Neil Young en festival en nuestro país desde hacía bastante. Y bueno, sin necesidad de comparar a The Who o Jane’s Addiction con Neil Young, al menos el canadiense saca nuevos discos y cambia de espectáculos, aunque el grueso de sus conciertos sigan siendo sus clásicos.

Acorté la siesta para emprender el retorno a la Caja Mágica para ver a The London Souls. Este dúo de New York practica un magistral e incendiario rock pesado repleto de riffs y de soul, mucho más ledzeppelianos que The White Stripes y mucho más bluseros que The Black Keys, una auténtica joya. Ya tienen tres discos, pero entre el segundo y tercer disco frenaron su progresión, ya que tuvieron que parar por las lesiones que sufrió su cantante por culpa de un atropello. Les veremos la semana próxima de gira por salas, algo que es casi un milagro en bandas que pasan por festivales. No se los pierdan si pasan por su ciudad, háganme caso.

El relevo en el otro escenario grande – The London Souls tocaban en el Matusalem, el segundo exterior en tamaño- lo tomó un Gary Clark Jr. que solamente con “Bright Lights” ya nos tenía ganados. Fue un claro ejemplo de lo que fue el concierto, salió a interpretarla solo con cadencia blues ultrasensual y fue acoplando todas las piezas hasta un climax orgásmico; seis o siete minutos de canción que nos dejaron con la boca abierta. Este texano tiene solamente cuatro discos de estudio, todos bastante espaciados en el tiempo, pero ha participado en toda clase de grandes eventos y tocado con las mayores estrellas del firmamento musical, cosa que se nota en el escenario, porque tiene el control, de su show y de nosotros. Si el año pasado decíamos que Curtis Harding en el FIB estaba sobrado de calidad y rezumaba sensualidad, Gary Clark Jr. está unos peldaños por encima. El escenario principal ya presentaba una gran afluencia a las siete y media de la tarde, está claro que el artista norteamericano lo merecía, pero la edad de muchos de los presentes, y el nombre en sus camisetas, indicaba que ya había mucha gente guardando sitio para ver a Neil Young.

Por huir un poco del sol dominante y cruel, y porque en los escenarios cubiertos tocaban un par de las bandas que más nos interesaban, tanto por su música como tener una propuesta diferente al resto del cartel, nos fuimos a la sombra. Así que me encaminé a ver a DIIV o a Woods, todavía sin saber a cuál entraría.

Uno de los solapes menos entendibles y más crueles del festival era este, el de DIIV con Woods. Habiendo viejas glorias, grupos comerciales, electrónica indie y algunos grupos alternativos interesantes, no entiendo como no se pueden programar propuestas diferentes al mismo tiempo, en vez de hacer que toquen bandas que seguro que comparten público; algo así como programar solamente a dos DJs y hacer que pinchen en recintos diferentes los dos al mismo tiempo.

Finalmente me decidí por DIIV, porque me parecen fantásticos y tienen un nuevo disco tremendo, además a Woods ya les vi el año pasado en el Vida Festival. DIIV dijeron que era la última actuación de su gira por Europa y que no habían tenido tiempo de probar sonido, pero pronto lograron afinar la apisonadora sónica que les caracteriza. El único pero fue el volumen, escaso para una propuesta que debe empujarte como un viento de 150 km/h. Dream pop pasado por el filtro shoegaze, krautrock hipnótico y unos punteos de guitarra, que conducen la melodía de muchas canciones, cercanos al post rock son las herramientas que manejan como pocos. Si con “Oshin” me gustaron, con “Is The Is Are” me han conquistado. A punto de acabar, y mientras ellos se divertían jugando y correteando sobre el escenario, me marché para coger sitio en el escenario de Neil Young. Al salir del Stage 4 había una larga cola de gente que quería entrar y no podía, los crueles aforos. No es de recibo que un festival tengas tres escenarios en los que no puede entrar ni el 20% de las personas que han comparado entradas. ¿Tan poco confías en los artistas que programas en estos escenarios? Superado el tema del pago con la pulsera, esta es la herida sangrante que el Mad Cool Festival necesita resolver para una segunda edición.

DIIV

La expectación para ver a Neil Young & Promise of the Real se palpaba en el ambiente, se veía a gente que solamente había acudido al festival para este concierto y muchos jóvenes parecían curiosos por entender qué nos hacía estar tan nerviosos y emocionados esperando que saliera al escenario el viejo y huraño oso canadiense. En la espera vimos como unos operarios colgaban del techo unos enormes monitores –ya sabemos de la obsesión de Young con el sonido- y como unas chicas ataviadas de granjeras hacían una pequeña performance esparciendo semillas por el escenario y regando unas margaritas que había en algunos puntos estratégicos de un set el que había un desvencijado piano que parecía tener doscientos años y un pequeño órgano de iglesia.

Vista del Escenario Principal al comienzo del concierto de Neil Young

Neil Young salió al escenario solo para interpretar el set acústico que lleva haciendo durante toda la gira; nos desarmó con los primeros acordes de “After de Gold Rush”, nos hizo brotar las primeras lágrimas con “Heart of Gold” y “The Needle and the Damage Done” y señaló a la luna antes de invocar a “Mother Earth”. Ya con la banda que es Promise of the Real, formada por los hijos de su amigo Willie Nelson, empezó a desgranar el mejor country rock que nunca ha existido; “From Hank to Hendrix”, “Human Highway” o “Alabama” no fueron más que lecciones magistrales.

Si con las primeras canciones en acústico se hizo una pequeña criba de gente joven desubicada, con los primeros cortes en el que el rock progresaba y se extendía, otros tantos dejaron espacio para que avanzáramos unas filas hacia el mito viviente. “Down by the River” despertó el espíritu de los Crazy Horses, “Like a Hurricane” elevó nuestra alma en una espiral y “Rockin in the Freeworld” sonó a himno más que nunca. Las canciones podían durar 15 minutos, podían subir, bajar, apagarse, extenderse en los solos o en las progresiones, pero solo terminaban cuando Neil quería; su banda le seguía y le entendía a la perfección, demostrando ser el complemento perfecto. Saludaron y se marcharon después de dos intensas horas, pero salieron a hacer un bis a petición popular, algo que en los festivales solo se permite a gente tan grande como Neil Young. Pero Neil Young no es de hacer concesiones y en vez de hacer algo sencillo y efectista, nos regaló una intensa e interminable “Love and Only Love”. Tremendo.

Al terminar, toda la banda, incluido Neil, se juntaron en corro cogidos por los hombros y mostraron su felicidad saltando, incluido Neil. Para mí es uno de los mejores conciertos que he visto en mi vida.

Neil Young

Tras esperar a que el bueno de Neil terminara lo que había venido a hacer, salieron los escoceses Biffy Clyro en el escenario contiguo. Perdónenme sus fans –antes de empezar a tocar había miles de personas aguardando su concierto- , pero a Biffy Clyro ya no me los creo. Han suavizado tanto sus melodías, suenan tan de estadio, tan coreables, que a mí me aburren. Una banda que hace más de una década parecían ser unos maestros del post-hardcore, ahora suenan grandilocuentes y edulcorados. Está claro que son auténticos virtuosos, que tienen un espectáculo demoledor, pero eso no lo es todo. Lo dicho, lo siento pero no.

Ya solamente quedaba la franja de dos actuaciones para marcharnos todos a casa y elegimos no tentar a la suerte y enfadarnos por no poder entrar en uno de los pabellones y quedarnos en modo descompresión con Two Door Cinema Club y Capital Cities. Los norirlandeses Two Door Cinema Club son unos clásicos en los festivales de nuestro país, con sus dos primeros discos les hemos visto en el FIB –el tercero saldrá en octubre- y siempre hemos tenido la misma sensación: si esto es el futuro del pop comercial, yo prefiero XXX (pongan en las XXX la muerte horrenda que prefieran). Está claro que todos hemos bailado alguna vez con “What You Know”, “Something Good Can Work”, “I Can Talk” o “Sun”, lo mismo que con “Safe and Sound” de Capital Cities, pero oigan, es lo que ponen en las discotecas “indies”. Aunque su indietrónica y su synth pop son agradables, demuestran lo equivocados que están todos aquellos que reniegan del pop de los 80, aquello era mucho mejor.

Este fue el final para un ambicioso nuevo festival que, a pesar de las quejas, nos deja cosas muy positivas. Entre las primeras, el caos del primer día por el fallo del sistema de pago, las largas colas en las escasas barras, y otros temas menores fáciles de solucionar y que solamente son fruto de la novatada. Lo que más preocupa y tiene peor solución es lo del aforo de los escenarios cerrados, que les pregunten a los fans de Caribou. Por la parte positiva, el espectacular recinto con dos escenarios grandes que rivalizan, y tal vez ganan, la comparación con cualquiera de nuestro país, y el haber conseguido programar a dos cabezas de cartel como The Who y Neil Young, y otros importantes nombres como Band of Horses o Jane’s Addiction. Espero que el año que viene se mantengan las cosas buenas (que son muchas) y se solucionen los pequeños problemas, yo seguramente estaré aquí de nuevo para verlo.

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