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MALA RODRÍGUEZ: RIMAS Y LEYENDAS

El hip hop, unido en sus orígenes de manera indisoluble a la comunidad afroamericana, llegó a nuestro país como un fenómeno pasajero. En 1989, un recopilatorio titulado Madrid Hip Hop censaba algunas formaciones (D.N.I., Estado Crítico, Sindicato Del Crimen) que adoptaban los rasgos más epidérmicos del género (estética, grafiti, rap). La multinacional Ariola no tardó en unirse a la moda con “Rapin’ Madrid”, donde aparecían Sweet, Código Mortal o Jungle Kings. Pero la escena no cuajó, quedando para el recuerdo los reportajes fotográficos de Miguel Trillo y la aparición de Def Con Dos, que se miraban en Beastie Boys (representantes blancos del estilo y con ascendente hardcore).

No fue hasta mediados de los noventa cuando las maquetas de una nueva generación de raperos comenzaron a llamar la atención por asumir de una manera más seria los presupuestos iniciales del género. El zaragozano Kase O, los sevillanos SFDK o el madrileño Club de los Poetas Violentos configuraron una escena hip hop de sólidas bases, con infraestructura discográfica propia (los sellos Zona Bruta, Yo Gano/Tú Pierdes, Avoid) y que iría creciendo con nombres como los de 7 Notas 7 Colores, Violadores del Verso, VKR, Solo Los Solo, La Puta Opepé o Mala Rodríguez, una jerezana (de nombre real, María Rodríguez Garrido) que debutó a los veinte años con un maxi independiente titulado A jierro, cuyo potencial fue detectado de inmediato por la industria. Así, Universal ya participa en la edición de “Lujo ibérico” (2000), su primer álbum, que hace historia en el incipiente hip hop español,  logrando el disco de oro y convirtiéndose en el álbum más vendido en la historia del género en nuestro país. Al ritmo de Tengo un trato, un hit de alcance inmediato, había nacido una estrella que lo tenía todo para no ser flor de un día. Musicalmente, asumía la herencia flamenca y la incorporaba a un repertorio (producido por Supernafamacho y Jota Mayúscula) que se beneficiaba de su flow costumbrista. A otro nivel, su imagen de mujer de rompe y rasga añadía al cóctel un interesante elemento sensual y provocativo, que explotaría en la portada de “Alevosía”, su segundo álbum, publicado en 2003.

Editado en solitario por Universal y mezclado en Nueva York, el álbum prolonga la racha, alcanzando de nuevo el disco de oro y apuntalando el carácter problemático de Mala Rodríguez, que ve como el videoclip de “La niña” (la historia de una menor traficante de drogas) resulta censurado en algunas cadenas de televisión. Alevosía también le granjeará su primera nominación al Grammy Latino, que no obtiene (aunque se resarcirá posteriormente) y una repercusión mediática que revierte en su participación en películas como “Yo soy la Juani” (Bigas Luna).

Sin embargo, el verdadero salto en su trayectoria se produce en 2007, cuando graba “Mala suerte con el 13″, en colaboración con el dúo Calle 13, y abre su música a influencias caribeñas. El giro, que también incorpora elementos de R&B, se completa en su tercer trabajo discográfico, “Malamarismo”, grabado entre Miami, Los Ángeles, Las Vegas y Puerto Rico, con bases de Griffi (Sólo Los Solo) y colaboraciones de Julieta Venegas y Tego Calderón. Un disco que busca romper fronteras (se edita en Estados Unidos, Argentina, México o Chile) y muestra a la andaluza más calmada, quizá como consecuencia de su reciente maternidad, producto de su relación con el rapero cubano Reynor Hernández, también conocido como Mahoma.

El eclecticismo del álbum genera algunas reticencias entre los puristas del hip hop, pero La Mala reivindica su derecho a evolucionar desde sus primeros pasos en la escena underground de Sevilla hasta una posición internacional lograda sin claudicar, creciendo como intérprete y sumando ritmos y estilos a su particular modo de entender el hip hop en español.

En mayo de 2010 llega “Dirty bailarina”, que cuenta con producción del estadounidense Focus (Christina Aguilera, Jennifer López, Eminem). Parte de la crítica lo saluda como su trabajo más pop, y quizá sea cierto, pero sus letras siguen afiladas y desafiantes, mientras los efluvios R&B la aproximan a las tendencias de la escena global a costa de un porcentaje de medios tiempos más elevado que nunca.

En ese sentido, el reciente “Bruja” se puede interpretar como una venganza, el regreso del hip hop por la puerta grande, avanzado por un single demoledor (“33″) que es toda una declaración de principios, y confirma que la andaluza no ha dicho aún su última palabra. En un mundo de hombres, se ha convertido en una reina intocable, una mujer hecha a sí misma que utiliza sus propias armas para mantenerse en la cumbre. El escenario es suyo, y volverá a demostrarlo en Viña Rock, Territorios Sevilla y Cultura Inquieta.

Eduardo Guillot

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