Mykki Blanco Sónar

No diga fiesta, diga Mykki Blanco

Crónica del jueves en Sónar de Día

Vigésima edición. No es cualquier cosa, veinte años ofreciendo música, arte y vanguardia. La cola de las acreditaciones está más poblada que en otros eventos de este tipo. Hay muchas barbas, muchos tatuajes, muchos acentos distintos. Con la pulsera anclada a la muñeca me adentro en el recinto, se siente la palpitación de la música, DJ Tutu hace entrar en trance a los primeros en llegar. El plano del Sónar Village se abre cuando salgo del edificio principal; el Sol golpea con fuerza, muchos asistentes se refugian en la sombra. Se nota que hay una gran afluencia de público internacional, sus pieles están sufriendo pero ellos no lo saben. Mañana lo sabrán. Gemma Planell (Tutu) sonríe desde la cabina, sus beats ofrecen un espectáculo apropiado para el momento y el espacio, groove y sonidos sintéticos para dejarse llevar lentamente, no hay prisa, todo acaba de empezar. Ciertas reminiscencias cósmicas en su música hacen muy real el nombre del lugar, Plaça Univers. A continuación viene Fantastic Mr. Fox, que levanta muchos brazos en el aire y arranca bailes por doquier. Es productor desde los 14 años, a lo mejor por eso tiene ese aplomo y esa expresión concentrada en el escenario. Parece ese tipo de artista que crea de una forma casi científica; el resultado es un trabajo muy personal y muy reconocible.

La siguiente parada es Oddisee, esta vez en Sónar Dôme. Menuda fiesta. Actitud de misa góspel, flow a raudales, una explosión funky tremenda. El rapero y los músicos que le acompañaron lo dieron absolutamente todo en su actuación. Lástima que hubiese poco público porque fue pura vida. Divertidísimo, un directo lleno de energía. De la vitalidad de Oddisee a la oscuridad de Liars en Sónar Hall, un contraste interesante, eso es lo bueno de los festivales con un amplio espectro de géneros. Que puedes pasar de estar saltando a pleno Sol, a oscilar y asentir con la cabeza en un pabellón poco iluminado a ritmo de electrónica turbia y post-rock. Las enormes cortinas rojas de la sala revisten todo de un aspecto de cabaret punk. Liars le saben sacar partido, casi ni se les ve entre el humo, son siluetas que se recortan contra la luz azul. Salgo al Sónar Village de nuevo como si saliese de una madriguera y me encuentro que está todo hasta arriba. Llenísimo. La razón: Gold Panda. El calor continúa castigando sin piedad pero a nadie le importa. Mucha gente descamisada pasándolo bien. Desde luego, Sónar es un reflejo de la vanguardia a todos los niveles, desde la tecnológica -con representación en Sónar+D-, a la estética. He visto cosas que vosotros no creeríais, que decía el replicante. Sébastien Tellier toma el relevo. Parece un profeta loco, un beatnik. Es buenísimo. Se le quiere, se nota en el ambiente. Sus canciones son cantadas por todos. Busca latas por el suelo para bebérselas, pero están casi todas vacías. Su pop envuelve, es agradable, sensual, cautivador. Uno de los grandes momentos del jueves.

Al atardecer, viene el plato fuerte. Sónar Hall de nuevo. A oscuras, mucha expectación. Hay una buena cola de fotógrafos para entrar al foso. Desde ahí aguardamos a que alguien entre en escena. Un DJ aparece como un ninja en una bomba de humo. De pronto, una sombra pasa delante de nosotros. Según dice nuestro pase, queda totalmente prohibida la utilización de flash. Ya. Un valiente dispara uno y ya no hay vuelta atrás, y el que aparece en cada uno de los destellos, a menos de un metro de nosotros, es nada más y nada menos que Mykki Blanco. El inicio de su show es brutal, va de aquí para allá con su voz underground y sus brazos largos moviéndose sin parar, disparando sus rimas contra el público que está fascinado. Menudas rimas. Las letras de Blanco son para prestarles atención. De vez en cuando coge el pie de micro y hace algo con él: bien se crucifica, bien lo monta, bien lo utiliza como proyectando su miembro viril. Es un ciclón y nunca tienes claro si es una coreografía lo que hace o una performance que improvisa. Probablemente lo segundo. Alguien le lanza un globo de colores con el que acaba practicando algo obsceno que le vale una ovación. Engancha un tema con otro a la perfección, no da tregua. De forma inesperada salta del escenario y empieza a correr entre el público. Luego vuelve y para estupor del seguridad, pide a la gente que suba con él. Pero no uno ni dos, aquello parece el salto de La Reja. Con todos esos invitados, que tienen cara de momento de fama, sigue el show, que tras unas canciones más, termina con él saltando de nuevo y quedándose definitivamente entre el público, que no lo puede creer. Le cogen, lo zarandean, intentan tocar su cuerpo sudoroso. Está encantado. Un tipo muy, muy amable, y un artista sensacional. Sonríe a diestro y siniestro, está en éxtasis. Se ha metido a todos en el bolsillo. No es para menos, Mykki Blanco es una anomalía maravillosa.

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