king gizzard & the lizard wizard 09 _Garbine Irizar PORTADA

PRIMAVERA SOUND 2017: CRÓNICA JUEVES

Texto: David Blutaski

Portada: King Gizzard & The Lizard Wizard / Foto: Garbiñe Irizar

Aunque esta crónica trata sobre lo sucedido el jueves del Primavera Sound 2017, no podemos –y no debemos- dejar de comentar lo que disfrutamos con “Dancefloor Meditations” de Jarvis Cocker y Steve MacKey, gracias al Hidden Stage de Heineken, la jornada anterior. Fue lo único que llegamos a ver el miércoles gratuito del Fórum, pero ya que era una oportunidad de disfrutar de un espectáculo singular, hicimos un esfuerzo que valió la pena. No teníamos una idea clara de lo que iba a tratar esta actuación, pero quizá eso la hizo más especial. Para nada fue una pinchada de esas tan desgraciadamente de moda de músicos en formato dj set, fue una lección locutada sobre los elementos que componen la música de baile y su evolución histórica. Otra cosa también tenemos clara, de no ser por la hipnótica voz de Jarvis, pocos hubiéramos aguantado impertérritos, como hicimos, la densa hora y media de bajos y beats y poco más de media docena de canciones.

Jarvis Cocker y Steve MacKey en el Hidden Stage de Heineken

Bueno, ya el jueves, a una hora no demasiado temprana –échenle la culpa al Boogie-, empezamos nuestro recorrido musical en el escenario Pitchfork con la intención de ver a una de las artistas de moda, Alexandra Savior, porque la irrupción de esta chica, con su disco de debut “Belladona of Sadness”, ha sido toda una agradabilísima sorpresa. Esta jovencísima songwriter de Portland vale un Potosí por sí misma, pero es indudable que ver su nombre relacionado al de Alex Turner le ha reportado una cuota de fama mucho mayor, y de forma más rápida, que cualquier artista primerizo en sus circunstancias – ha colado un tema trabajado con el monkey en la banda sonora de la segunda temporada de True Detective y su nombre aparece en los créditos de “Miracle Aligner” del último trabajo de The Last Shadow Puppets-. Para nosotros, además de escuchar los aterciopelados temas de su disco, era importante ver cómo se desenvolvía en el escenario, y la suficiencia, tranquilidad y desparpajo con la que se mostró ante nosotros, acabó por derribar cualquier atisbo de prejuicio que pudiéramos tener ante la posibilidad de estar asistiendo al enésimo hype. Su delicada y dulce presencia contribuyeron a que su voz profunda, hipnótica y ensoñadora, entrara en nosotros como cuchillo caliente en mantequilla; actualmente, solo Lana del Rey es capaz de transformar en hermosos, paisajes tan áridos, algo que por otro lado ya estableció como marca personal una tal Dusty Springfield hace unas cuantas décadas.

Alexandra Savior / Foto: Alba Rupérez

Tras “la Savior”, queríamos ver a otra personal e interesante voz femenina, “la Jacklin”. Esta vez, en el otro escenario pequeño al otro lado de la escalera del gran puente de hormigón –el Adidas-, pintaron más bastos que oros. Julia Jacklin acaba de publicar un catálogo magnífico de canciones místicas, que ondulan desde el folk contemporáneo más delicado hacia el indie folk mínimamente rockero y áspero que están empezando a practicar algunas nuevas voces – como su compatriota Courtney Barnett-, pero la forma que dio a su repertorio no nos pareció de lo más acertado. Empezar con todas tus canciones de folk intimista, teniendo cuatro o cinco excelentes temas algo menos adustos, que intercalados pueden mantener la atención de un público de festival, es un riesgo. Por supuesto que todas las canciones de la tímida Julia fueron agradables, pero si para los que veníamos con su disco como lección aprendida el remonte final del concierto fue un alivio, imagínense para los que no se lo esperaban. Bueno, bien está lo que bien acaba, ¿no?

Como suele pasar en este enorme festival, a Broken Social Scene les vimos de refilón de camino a otro sitio, pero lo suficiente para constatar lo mucho que atrae la épica mayúscula y el barroquismo pop a los canadienses, que aunque tienen a Arcade Fire como tótem, estos compatriotas también practican con fruición. Bueno, a quién íbamos realmente a ver era Solange en el quinto pino –el escenario Mango, uno de los grandes-, que volvía al Primavera Sound con un recién publicado “A Sea in the Table”, que aúpa a la hermana pequeña de Beyonce un peldañito más arriba, algo que es totalmente merecido. La verdad es que el paso de los canadienses a la americana no podía ser más significativo y más agradable, sutil pero impactante, como si el r’n’b reivindicativo aprovechara la frontera no defendida más larga del mundo para robarle las gallinas a sus vecinos del norte. Esta mujer tiene presencia, personalidad, música y mensaje. Verla es un gozo. Ah, dicho esto, nosotros somos de los que nos perdimos a Arcade Fire en su concierto sorpresa en la lomita verde de la zona norte del festival. En nuestro viaje entre escenarios vimos a mucha gente agolpada en un sitio no habitual, pero no nos dimos por aludidos y seguimos nuestro recorrido. Uno no puede estar en misa y repicando, y menos cuando no te avisan para la misa.

Solange / Foto: Sergio Albert

Como somos masocas, pero presumimos de criterio, decidimos que a pesar de tener a Bon Iver a punto de empezar a nuestras espaldas, nuestro siguiente punto de interés estaba en el extremo más alejado en el concierto de The Molochs –nos cuentan que acertamos de pleno-. Estos cinco tipos californianos interpretan un rock de cadencia lánguida pero soleada, muy 60s, que puede recordarnos Allah-Las, otra banda de “El Estado Dorado” que también estuvieron, como ellos, en el sello Innovate Leisure. Bueno, puede recordarnos a la banda comandada por Miles Michaud, pero The Molochs tienen mucho más garbo, sus canciones son más enérgicas y, aunque rezuman en ocasiones de ese sabor añejo y dylaniano, su propuesta en directo nos pareció algo más atractiva –no piensen que no nos gustan Allah-Las, no, no es eso, por el amor de Dios-.

The Moloch / Foto: Dani Cantó

El renacimiento de The Afghan Whigs es una de las mejores noticias para los amantes del rock de alma soul, de carácter brumoso y testiculínico. Ya estuvieron hace pocos años en el Primavera Sound certificando la validez de su retorno, y en esta ocasión han vuelto para hacer patente que, aunque la sombra de sus tres últimos discos de los 90 es alargada, son capaces de sacar nuevos trabajos dignos herederos de aquellas joyas, como es el caso de su reciente “In Spades”. Empezaron con temas nuevos, apabullándonos con cuatro guitarras, con un muro sónico abrumador, con actitud y garra, pero fue con “Debonair” cuando desataron el éxtasis de los numerosos fans congregados. Así se las gasta Greg Dulli y su panda, te aplastan, te arrastran y te ponen dónde ellos quieren. Nadie se puede quejar de que la gran mayoría del concierto fueran temas de su nueva época, porque supieron encajar “Gentleman” o “John The Baptist” entre su nuevo material, supieron elevar la potencia de unas guitarras majestuosas sumando metales y cuerdas, supieron darnos descanso con baladas negroides con Dulli al piano, y supieron rematarnos con esa joya que es “Faded”, introduciéndola como una versión de Bonnie Raitt. Una auténtica catarsis.

Gregg Dulli de The Afghan Whigs / Foto: Nuria Ríus

Nos apetecía mucho ver a Kate Tempest, pero la rapera británica estaba a punto de finalizar y ver a Slayer en un escenario grande de un festival de este perfil era demasiado goloso como para perdérnoslo. Puede que algún fan despistado de Bon Iver sufriera un colapso nervioso, pero la verdad es que la cantidad de público que se congregó para ver a estos pioneros del trash metal era más que sorprendente. Es cierto que algunas campañas de moda les han puesto de moda entre un público moderno y alejado a su target habitual, pero quitarle mérito a la banda y al pedazo de espectáculo que ayer dieron sería totalmente injusto.

Slayer / Foto: Sergio Albert

Las guitarras hirientes, en todas sus acepciones, habían tomado carrerilla y con The Black Angels se estableció una velocidad de crucero que se mantuvo en nuestra andadura por el festival hasta el final de la noche –somos de esos que sacrificaron a Aphex Twin. Sí, de esos-. La psicodelia garagera de estos texanos es impactante, encima si les ponen en bandeja una pantalla en la que proyectar su lisérgica iconografía y un escenario de sonido potente pero claro, pueden noquearte. Dieron uno de los conciertos de más punch de la jornada y fueron la antesala perfecta para una de las bandas que más apetecían del festival, King Gizzard & The Lizard Wizard.

The Black Angels / Foto: Garbiñe Irizar

Estos locos australianos se han ganado ser una de las bandas más comentadas del planeta. No hacen más que revivalizar un género exprimido hasta la saciedad, pero al contrario que sus lánguidos y artys compatriotas Tame Impala, King Gizzard tiran de crudeza y experimentación. Pueden llevarte en volandas con un ritmo kraut, exaltarte siendo unos sucios garageros y mientras tirar de una psicodelia adrenalínica que puede hacerte volar a una velocidad supersónica cercana a mach 5. Empezaron con “Rattlesnake” y formaron un set que casi estaba centrado en exclusiva en sus tres últimos discos –circunscritos a los últimos trece meses, señores-, en el que tuvieron sus momentos álgidos en canciones como “Gamma Knife” o “Cellophane” –con la que cerraron-, pero que su mejor virtud fue el éxtasis continuo. Si hay que poner un pero al concierto es que si le ponen un sonido tan bajo –aunque de calidad exquisita- a Swans, Michael Gira va a bajar del escenario a partirle la cara a alguien.

King Gizzard & The Lizard Wizard / Foto: Garbiñe Irizar

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