PRIMERA PERSONA JOHN COOPER CLARCKE PORTADA

PRIMERA PERSONA 2016: CRÓNICA SÁBADO

La segunda jornada del Primera Persona 2016 tuvo un arranque espléndido con la cápsula temática titulada “Narcos”, en torno al tráfico ilegal de drogas tóxicas en grandes cantidades, analizando el fenómeno desde la perspectiva del periodismo y la novela. Alberto Arce, Nacho Carretero y Juan Pablo Villalobos estuvieron impecables en sus presentaciones, y demostraron que, además de ser grandes conocedores del fenómeno del narcotráfico internacional (y en consecuencia periodistas muy, muy valientes), eran también divulgadores más que capaces con un micrófono en la mano. Me llamó poderosamente la atención el mapa de territorios y relaciones que trazó de principio Arce, donde destacaba la importancia en el paso de la droga de la carretera que sale de San Pedro Sula, la ciudad más grande de Honduras. El autor de “Novato en nota roja”, la crónica de los dos años que pasó como corresponsal de la agencia Associated Press en Tegucigalpa, dejó claro que Honduras ni genera ni consume, solo es una zona de paso. A partir de ahí, subrayó los vínculos que se generan entre el presidente del país del que sale la droga y el presidente del país que recibe la droga, y que, para que toda esa circulación enorme de droga se haga efectiva, la policía da su servicio. Un servicio que ha originado del orden del orden de 70.000 muertos. Toda la cúpula policial hondureña participa, mata y roba como si fuera un narco más. En ese punto, Arce tuvo un acceso un punto moralizador y panfletero, aunque del todo comprensible. Apuntó con su discurso al público y preguntó: “¿Los narcos son los que venden droga, o los que se la meten?”, concretando hasta el ejemplo extremo: “si esta noche después del Primera Persona nos hacemos unos tiritos, estaremos matando a doce hondureños”. Una canción cuyo estribillo rezaba “farlopa pa la tropa”  sobre un vídeo donde podía verse el juicio a un narco gallego que negaba con vehemencia ante la corte tener nada que ver con los 22.000 kg de hachís sobre los que le interrogaban dio la bienvenida al escenario a Nacho Carretero, autor de Fariña, un libro que acerca el foco de la droga a nuestra tierra. El propósito de su introducción era explicar la diferencia entre una señora que pastura vacas y 3.000 kg de coca que se encontraron hace poco en Pontevedra. Fascinante, ¿eh? Y así empezó a relatar que estas señoras son el germen del problema en Galicia. Ya en la posguerra, las mujeres del campo pasaban de todo en sus faldas por el río Miño.

NARCOS (Alberto Arce, Nacho Carretero y Juan Pablo Villalobos) / Foto: Miquel Taverna – CCCB

De ahí se llegó a la idea del contrabando de tabaco, más sustancioso, que en su momento fue liderado por Manuel Díaz, ‘El Ligero’, íntimo amigo de Fraga. Otro contrabandista primigenio fue presidente del Celta, un tipo que sobrevolaba Balaídos con su helicóptero cargado de tabaco de contrabando. Carretero expuso con una agilidad y un punto irónico de lo más distraído. Fácilmente, del tráfico de tabaco a gran escala se pasó al narcotráfico, y esa escalada de comercio ilegal opulento dio lugar a pasajes como el contrabando en marisco, que, anotó Carretero, explicaría la euforia que sienten algunos después de zamparse un crustáceo. De ahí el oportunismo del nombre de la Operación Nécora, la actuación policial que generó un proceso judicial con Garzón como cabeza visible. Garzón no acabó con el narcotráfico, pero sí con la impunidad de los grandes mariscales del narcotráfico, traficantes acaudalados que poseían pazos y clubes de fútbol y yates y helicópteros. Eso dio pie a chavales de perfil más bajo, los lancheros. Con todo, Galicia sigue siendo una puerta de entrada de la coca que se exporta de Colombia, vía las FARC, por ejemplo, y se sostiene a través de factótums como  “El Pastelero, un tipo al que hace poco cazaron con 3.000 kg de coca en Pontevedra. Ahí lo teníamos, de la señora de las vacas a la montaña de coca. Los merecidos aplausos y una ranchera dieron paso al momento de Juan Pablo Villalobos, brillante escritor mejicano, autor de novelas tan poderosas como “Fiesta en la madriguera”. Precisamente de ese volumen surge el fragmento que leyó su niño, Mateo: un texto que se inicia con un  recuento de pronósticos médicos en función de dos parámetros: la parte del cuerpo y el número de balazos. Villalobos logró escalofriarnos con un postulado que tituló “Imagina”, que acompañó con insertos de una conversación de whatsapp en la pantalla, en torno a los desaparecidos de su país, un relato de cómo México se muere por dentro del cuerpo a los mejicanos. Una vez los tres cronistas concluyeron sus presentaciones, se entregaron a un breve coloquio final, que determinó que, pese a que a menudo pase desapercibido en los medios de comunicación, el narcotráfico es un problema de dimensiones planetarias.

Aries / Foto: Miquel Taverna

Todo el universo siniestro de la droga se desvaneció cuando Isabel Fernández Reviriego, ARIES, apareció sobre el escenario como un rayo de luz. La fabulosa artista de Bilbao afincada en Vigo expresó con la simpatía que ya le conocemos su agradecimiento por estar en un festival tan inspirador, y describió en pocas palabras las consignas de su tercer disco en solitario, “Adieu or Die” (La Castanya), antes de lanzarnos a un recital de sonoridades de fantasía. Flotando sobre un mar de bases conformadas a base de samples de elementos de percusión y ruidos recolectados, la voz de ARIES navegó cada melodía con una fuerza deslumbrante. Su nuevo cancionero, que sumerge armonías sesenteras con capas electrónicas, representa uncuerpo musical fabuloso, donde todos los elementos se juntan con una finura extrema. Con un convencimiento contagioso, Isa interpretó maravillas como “En el océano”, “Lágrimas” y “La fuerza del sonido”, junto con algunas piezas de su anterior disco, “Mermelada dorada”, mientras la pantalla desbordaba imágenes sensacionales, que estallaban en colores y conjugaban elementos como animales, bailarines de aurrezku y pimientos. Con el pop de la época que va de 1964 a 1972 como referente, y la estampa enmarcada de Brian Wilson sobrevolando toda la actuación, ARIES embelesó a un auditorio que sonreía y se contoneaba al descubrirla. Ella también lo disfrutó, aunque en algún momento entre canciones confesó que se le hacía raro actuar allí, porque, bromeó, siempre toca en tugurios.

Dr. John Cooper Clarke / Foto: Miquel Taverna – CCCB

La primera sesión del sábado tuvo un cierre excepcional, y congregó a un público entusiasta. No era para menos, porque sobre las tablas del teatro del CCCB comparecía el sin par Dr. John Cooper Clarke, poeta y performancer punk que vivió sus días de gloria en los años 70 y 80, cuando publicó varios álbumes y acompañó con su voz a la banda The Invisible Girls. En todo caso, el paso del tiempo no es algo que afecte a un genio de este calibre. Con aire de dandy lumpen, raquítico, nervioso y extremadamente lívido, Cooper Clarke inició su verborrea veloz y sincopada declarándose como un existencialista. Enseguida se puso a recitar con atropello el primero de sus poemas, “Hire car”, con los versos de la pieza proyectados a su espalda, a toda pantalla. Las primeras risas del respetable animaron al prestidigitador de palabras quien, a cada tramo, estrangulaba con más fuerza el micrófono, y se acercaba y le escupía para declamar, por ejemplo, que se había casado con un monstruo del espacio exterior. En algún momento entre sorbos de agua declaró irónico y solemne que jamás escuchó ninguno de los discos que grabó, porque, además de que el contrato no obligaba a ello, ¿qué tipo de megalomaníaco haría algo así? Con un fondo de fotos de fachadas de las barriadas obreras del Manchester donde creció, el poeta recordó la jodida coyuntura política de la Inglaterra de los 80, cuando siempre estaba sin blanca, antes de atacar las rimas de esa oda a sus aceras del pasado, “Beasley Street”. Las carcajadas se desbordaron cuando argumentó la razón para ciertas fluctuaciones de peso: esa gente que engorda simplemente porque deja de usar narcóticos; “Get back on drugs you fat fuck!”, exclamaba. El tipo es tan jodidamente brillante que supo hacer aflorar aplausos incluso de sus gazapos, como aquel momento en que tuvo un leve acceso de amnesia, no encontraba el poema de turno entre sus notas, y acabó excusándose diciendo que no podía entender su propia letra, porque probablemente es adoptado. Mediado el show, todos los presentes participaban de un juego paralelo a la verborrea lírica del artista: tratar de buscar la correspondencia entre lo que pronunciaba al poeta en plena locución histérica con el texto proyectado a sus espaldas. No era fácil, porque el tipo no solo recitaba de memoria, ¡estaba reinventando sus versos constantemente y apenas coincidían algunas palabras entre lo pronunciado y lo escrito! Los traductores simultáneos enmudecían por momentos, era imposible seguir a aquel juggernaut de la rima punk. Con constantes referencias teatrales a ese tomo compilatorio de sus escritos,Anthologia”, Cooper Clarke atravesó con su espada de frases hirvientes la agresividad distante de un totémicoTwat”, recitó un día de San Valentín en reverso, cantó una oda cínica al “Health fanatic (…he makes you sick)” y se puso a perorar sobre el matrimonio, “I’ve fallen in love with my wife”. Cuando se dio cuenta de que se acercaba el final de la actuación, declaró irónico que le molesta que le recuerden el paso del tiempo: “No os voy a decir mi edad, pero os aseguro que ya no compro plátanos verdes”. Encendieron las luces, parecía que se iba pero regresaba. Y así siguió aglomerando sus versos y chanzas, hasta que su vendaval de palabras le llevó a “Evidently chickentown”, un clímax en verso con más ‘fucks’ juntos de los que has visto nunca en tu vida. Aplausos, joder.

Joan Marsé y Carlos Zanón / Foto Miquel Taverna – CCCB

En el primer pase de la cuarta sesión consistía en una entrevista a Juan Marsé, novelista icono de la Escuela de Barcelona, a cargo ni más ni menos que del escritor Carlos Zanón, tal vez su heredero más natural en las letras actuales. Zanón pareció un poco abrumado por tener que salir a introducir la charla hablando antes de él que es su mito, el autor de obras tan poderosas como “Últimas tardes con Teresa” o “Si te dicen que caí”. El joven autor recordó que fue su padre, tal vez no un consumado lector, quien le recomendó a Marsé, con una frase tajante: “Éste es bueno”. Además de rememorar la mitología creciente alrededor de Marsé, de quien se explicaba que se metía en todas las peleas posibles, Zanón se detuvo a señalar la coincidencia de que tanto su padre como el del maestro Marsé fueron taxistas. En una ocasión, el padre de Zanón llevó a Vargas Llosa en su taxi, y ambos comentaron el hecho de que el hijo del taxista también fuera escritor. Con su florido acento peruano, el escritor pronunció algo del estilo: “Qué bonito llegar a la verdad a través de la mentira”; las cosas que dice Vargas Llosa. El padre de Zanón le replicó: “Mi hijo también escribe, pero le digo que se deje de tonterías y que estudie”. Con los aplausos, Juan Marsé entró por fin en escena. Al parecer, Marsé le había advertido previamente a Zanón que no le preguntara nada sobre literatura o el trabajo, así que, una vez sentados los dos escritores, el más joven decidió comenzar consultando por la disyuntiva entre fondo o forma. La réplica de Marsé fue exquisita, quejándose en concreto del fondo de su butaca, que le estaba hundiendo y succionando de mala manera. Entre aplausos, le cambiaron el asiento. Entonces Marsé recordó que lo que de verdad siempre quiso ser fue pianista pero no pudo entrar en el conservatorio porque no tenía el bachillerato. También confesó que todo lo que se escribe en ficción parte de recuerdos reales, y que empezó a leer consumiendo literatura de quiosco, novelas de aventuras como “El Coyote”. Cuando llegó a sus retinas la “literatura de calidad”, novelas de R.L. Stevenson, o las policíacas de Hammet y Chandler, el Marsé chico todavía no tenía noción de que aquello era serio. Entonces Zanón le anunció que le iban a pasar la escena de una película, y Marsé replicó fastidiado (y divertido): “Espero que no sea ninguna adaptación de mis novelas”. Pero no, se trataba de una película de los años 40, “El signo del zorro”. A partir de un breve diálogo del film, el escritor rememoró la sensación de ser el culo del mundo que se vivía en aquella época en este país, y cuán reveladora fue aquella secuencia de la película, donde de repente hablaban de un profesor de esgrima de Barcelona. Aquello fue una revolución. De alguna manera, la deriva de la conversación llevó a una anécdota jugosa de la juventud de Marsé: cuando de joven visitó a Salvador Espriu en su casa de los jardines de Gràcia y el escritor le leyó de principio a fin “La pell de brau” antes de ser publicado. Espriu llevaba los poemas todavía escritos en unos tarjetones diminutos, con letra muy menuda. Del siguiente extracto de cine, un pasaje de “Distrito quinto”, Marsé se abstrajo por entero del fondo que buscaba Zanón, para quedarse, esta vez sí, del todo con la forma. Su réplica en forma de hachazo definitivo consistió en dejar claro que el cine español tiene un problema congénito no resuelto: que el sonido es siempre malísimo.

Jordi Puntí / Foto Miquel Taverna – CCCB

Después de un encuentro literario tan cómplice y estimulante, y acercándose la medianoche, destempló un poco el ambiente la conferencia“Hoteles, aviones y juzgados. O un intento de novelar la vida y milagros de Xavier Cugat”, donde el escritor Jordi Puntí relató su fascinación por el mítico músico de Girona Xavier Cugat. El suyo fue un repaso biográfico muy estricto y protocolario, que apelaba a un libro que todavía está por publicarse.

The June Brides / Foto: Miquel Taverna – CCCB

El fin de fiesta del Primera Persona 2016 lo sirvieron unos maestros de la animación, The June Brides, una banda genuina de pop británico que alcanzó su cénit creativo hace tres décadas. Con todo, sus viejas canciones revitalizaron al personal hasta niveles de euforia espectaculares. Salvado algún problema inicial con el sonido, el grupo liderado por Phil Wilson y Simon Beesley movió a la audiencia hasta el punto de apartar las butacas de las primeras filas, con tal de dar espacio a unos bailes de lo más entregados y posers. “Every conversation” elevaba a los numerosos fans en saltos cómplices y las manos se alzaban señalando las palabras clave del estribillo. La conjugación de trompetas y violines confería al concierto un aire festivo y un candor inigualable, y la escena desprendía tanta alegría que podía llegar a producir alergia. Los veteranos músicos se mostraron amables y agradecidos, emocionaron a propios extraños con su canción lenta sobre Londres,This time”, y prometieron sueños mejores al ritmo de hitos como “Ten miles”, escrita por Wilson en los albores Creation Records, más alguna joya con aire de northern soul contagioso. Aquello fue un festival: el trompeta iba un poco beodo y proporcionaba fraseos de viento desacomplejados y formidables, la banda se entregaba a cada compás con una efusividad formidable, y el público vibraba hasta el punto de ebullición. A aquellas horas ya nadie se acordaba de la charla sobre narcos de la tarde, ni de cuántos hondureños la palmaban con cada tirito en el lavabo.

Las primeras filas de público bailando con The June Brides / Foto: Miquel Taverna – CCCB

Texto Albert Fernández

Portada: John Cooper Clarke / Foto: Miquel Taverna – CCCB

PRIMERA PERSONA 2016: CRÓNICA VIERNES

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