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RICARDO VILLALOBOS: ALQUIMIA MINIMALICIOSA EN WOLVESTOWN

Según define el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua, alquimia es el conjunto de especulaciones y experiencias, generalmente de carácter esotérico, relativas a las transmutaciones de la materia, que tuvo como fines principales la búsqueda de la piedra filosofal y de la panacea universal. También se encuentra el siguiente significado: transmutación maravillosa e increíble. No me pregunten cómo ni por qué (el cuándo y el dónde lo encontrarán en la web de Electrosnow 2014), pero una sesión en directo del chileno Ricardo Villalobos podría representar una versión moderna de esas maravillas volátiles que fabricaban los alquimistas medievales entre fraguas y pucheros.

Y es que Ricardo Villalobos trabaja con materiales parecidos, no me digan. Sus pócimas minimaliciosas, como él mismo ha llegado a referirse con ingeniosa ironía al estilo en el que suelen encasillarle, léase, el borrosamente denominado minimal techno, producen similar efecto de transmutación, si no en la materia, que también (¡esos cuerpos sudorosos!… el suyo incluido: sus lógicas ojeras tras sesiones de hasta ocho horas ininterrumpidas le delatan), sí en las mentes del gentío danzante que se apelotona alrededor de este mago de los platos y los controladores.

Pero si alguien se lo pasa bien en directo, es el propio Ricardo Villalobos, jugando a integrar en sus sets sonidos de diversa procedencia con predominio de los ritmos exóticos (latinos o no), sobre espaciosas bases techno que va dosificando de aromas y colores en un crescendo sostenido que vuelve loco al transpirado público. Como un Ferrán Adriá del tempo (elijan ustedes el cocinero, pero tiene que ser bueno), y aquí llega el segundo símil del texto (pido perdón sin hacerme demasiadas ilusiones), Villalobos se desenvuelve con gesto grácil pero efectivo en la cocción de un clímax que llega poco a poco, a veces de repente, en secuencia de apariencia aleatoria (la improvisación es uno de sus fuertes).

El sudamericano de educación germánica suele ser el tipo más viejo del local (a mucha honra por lo que me toca), pero lo que interesa no es la estrella sino la luz que desprende. En esto se basa precisamente la democracia del techno: una ilusión en la que el receptor cree participar en mística sinergia con el emisor. Igual que el rock’n’roll, pero sin letras. Y allí sigue danzando Ricardo, entre vinilos, laptops y auriculares, en un non-stop erotic rhythm and sound que acaba envolviéndote, digamos que minimaliciosamente.

Entre fiesta y fiesta, este incansable chileno de 43 años también encuentra tiempo para crear en el estudio (temas propios y remezclas, ambas normalmente de extensísima duración). Si bien desde mediados de los años noventa Villalobos entregó numerosos maxis para sellos como Frisbee Tracks, Perlon o el propio Placid Flavour, su entrada triunfal en el panorama discográfico serio (aquel que solo considera digno de reseñar un álbum), se produjo con el recordado Alcachofa (Playhouse, 2003).

Sus trabajos, a menudo experimentales pero que siempre combinan magistralmente melancolía y hedonismo (quizás en parte consecuencia de la historia personal de su familia, que tras el golpe de estado de Pinochet tuvo que exiliarse en Frankfurt), desde entonces han mantenido un alto nivel de exigencia. El último hasta la fecha, Dependent And Happy (Perlon, 2012), nos muestra a un artista con las neuronas en perfecto estado, elaborando una nueva receta de techno orgánico (con mogollón de carbono, vamos), y sí, minimalista a pesar del hastío que transmite el manido término. Voces, xilófonos, glitches variados, un claxon, teclados, percusiones… El sonido de lo cotidiano que promulgara Herbert en su día, pero a 128 bpm… En 2007 declaró a la revista británica The Wire: “Los 128 bpm te sacan de tu tiempo normal, algunas veces, por supuesto, con la ayuda de ciertas “ayudas técnicas”, pero la principal ayuda técnica es la música”.  Gran eufemismo.

¿Qué convierte los ingredientes de Villalobos en pasto del minimal techno? La repetición, la construcción progresiva, la ausencia de melodía, el desarrollo subyacente, la simplificación estructural… Ustedes dirán, que son los expertos. O consulten la Wikipedia. Pero para aclararnos (o confundirnos) un poco más, en el caso de Ricardo Villalobos su techno minimalista no es serio, ni aburrido, ni fácil, ni edulcorado. Está basado en el desarrollo de estructuras que respiran en lugar de ahogarse en su propia repetición. Y eso es mucho. No estará asegurada la panacea universal, ni el hallazgo de la piedra filosofal, pero sí el placer terrenal de lo bueno y lo distinto. Lo mejor es escucharlo. Y si puede ser, bailarlo. Mientras el cuerpo aguante.

José Manuel Caturla

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