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SONORAMA: MANUAL DE USO

La noticia corrió como la pólvora por las redes sociales. Raphael al Sonorama. Mientras unos lo celebraban con exagerada alegría, otros se rasgaban las vestiduras por aquel latrocinio al universo indie. Pocos recordaban que por anteriores ediciones ya habían desfilado Loquillo, Jaime Urrutia, Coque Malla o Bebe. Y que si el festival se caracteriza por algo, sobre todo en sus últimas ediciones, es por su declarado eclecticismo. Hasta dos charangas (Los Chones y Los Sobrinos de la Tía Damiana) forman parte del cartel de este año, junto al metal de Ciconia o el rock urbano de Morlon, por citar algunos ejemplos.

 

Raphael: “I want you for the Sonorama army”

 

La oferta del Sonorama es inabarcable. Conciertos desde las doce de la mañana hasta sesiones de DJ’s bien entrada la madrugada. No hay que olvidar que uno de los objetivos del festival es fomentar el turismo en la zona, y por eso se realizan actividades complementarias como visitas a bodegas o catas de vino. La morcilla tiene el mismo peso que un hit contagioso. Y cuantas más horas de programación haya, más beneficios se generan. Sin embargo, este menú musical desmesurado corre el riesgo de despersonalizar el certamen y acabar convirtiéndolo en un Arenal Sound para treinta-cuarentañeros. Pero no adelantemos acontecimientos indeseables, saquemos el bisturí y tracemos una hoja de ruta con objeto de encontrar razones suficientes para acercarse a Aranda de Duero del 13 al 16 de agosto.

 

 

Los Planetas son el primer cabeza de cartel que se subirá al escenario. Auténticos tótems del indie patrio, llevan cuatro años sin entregar material nuevo, ocupando su tiempo en proyectos paralelos (uno de los cuales, Los Pilotos, también estará en el Sonorama) y celebrando el vigésimo aniversario de su disco debut, “Super 8”, motivo que justifica de sobra su presencia. Más cuestionable es la de Amaral (que ya estuvieron en 2011), con sus melodías de cartón piedra y su versión pop del AOR de toda la vida. Con “Ratonera”, canción de adelanto del disco que sacarán en septiembre, han vivido su momento de gloria revolucionaria, porque de valores musicales poco se habló.

 

 

Cut Copy aterrizarán casi directos del Lollapalooza, para poner a bailar a todo el personal con su electrónica con estribillos pop. La licencia es facilona, pero seguro que los australianos ayudan a liberar la mente de más de uno. Raphael es el cuarto nombre con letra grande del festival. Aunque algo acomodado y viviendo de rentas (el año pasado publicó “Mi gran noche” y este 2014 editará “De amor & Desamor”, álbumes ambos en los que revisita algunos de los mejores momentos de su carrera), la abrumadora colección de hits de su repertorio y su particular y arrolladora puesta en escena vaticinan uno de los momentos álgidos del certamen. Será interesante comprobar cómo se comportan ese mismo día otros grupos que tiran de la grandilocuencia y el manierismo del linarense, pero con peor fortuna, como Elefantes o Egon Soda (la lista es mayor al día siguiente, con Amaral, Izal o Second), y si Niños Mutantes comparten interpretación del “Como yo te amo” con él.

 

 

La primera fila del indie nacional, aquella que lo emparenta con los inicios del Sonorama, luce radiante gracias a El Columpio Asesino, que con su inquietante “Ballenas muertas en San Sebastián” han sobrevivido (y con nota) al inesperado éxito de “Toro”, que les podría haber condenado al conformismo facilón; a León Benavente y su rock agridulce de guitarras melancólicas, con letras militantes, que ha superado sus propias expectativas y con un sólo trabajo ya se codean con los grandes; a Nacho Vegas, siempre un valor seguro en estas citas, a pesar de lo dividida que ha dejado a la parroquia con “Resituación”, su último disco; a Tachenko, infalible su pop festivo y adherente lleno de pequeños clásicos, en la mejor tradición de los grupos de los sesenta; o a Parade, incansable corredor de fondo que sigue maridando, como pocos, la ciencia ficción y las buenas canciones.

 

 

Lejos han quedado los años en que la presencia extranjera la componían nombres como Brett Anderson, The Divine Comedy, Teenage Fanclub, Mogwai, !!! (Chk Chk Chk), Ocean Colour Scene, Asian Dub Foundation, Ash, James, Ivy o, justo hace una edición, Belle & Sebastian. Ahora son propuestas más humildes, pero no por ello exentas de interés. El portugués David Fonseca encabeza el pelotón. Todo un fenómeno de masas en su país (gracias, en parte, a su pasado en el grupo Silence 4), que aquí no acaba de despegar, a pesar de los estupendos argumentos que conforman sus seis discos en estudio. A mitad de camino entre David Byrne y Roy Orbison, pero sin perder de vista a Bowie y a Chris Isaak, este crooner del siglo XXI debería ser uno de los tapados de la presente edición. Los franceses Exsonvaldes, con sus chispeantes composiciones, capaces de mantener el equilibrio entre The Cure y Phoenix, y el hiperactivo canadiense, Jay Malinovski, que actualiza con acierto el legado sonoro de Paul Simon, deberían aparecer en fosforescente en vuestro bloc de notas.

 

 

No suele ser el pop muy bien tratado en los festivales. Por eso, que en estos cuatro días confluyan algunas de las propuestas más interesantes (y prometedoras) de la escena nacional, es un punto a favor del Sonorama. Doble Pletina llegaron poco a poco, sembrando estupendas canciones en discos de pequeño formato, para acabar entregando un LP, “De lo concreto a lo general”, al que no le sobra ni un acorde. Prohibido perderse ese momento del directo en el que incorporan una sierra como un instrumento más. En parecidos términos (de calidad, no de experimentación en el escenario) podríamos referirnos a Maronda, con dos impecables discos llenos de melodías luminosas, letras trabajadas y cuidados detalles. Desde Murcia, Nunatak inciden en las composiciones radiantes, más jugosas cuando coquetean con la familia de Stuart Murdoch (trompetas incluidas) que cuando se adentran en terrenos folk. Lo de Pómez es power pop de toda la vida, pero resuelto con el punto justo de admiración por Teenage Fanclub, y Ricardo Vicente sigue ejerciendo, con solvencia, de trovador costumbrista actual.

 

 

La letra pequeña, como suele ser costumbre, acapara algunos de los momentos más excitantes de esta cita. La música indie goza de buena salud en nuestro país, al menos creativamente hablando. Unos cuantos de esos grupos, que están llamados a tomar el relevo generacional, se subirán al escenario del Sonorama. Buen momento para testar su futuro. Cosmen Adelaida son nuestros Yo la Tengo (salvando, por supuesto, las numerosas distancias) y, como ellos, lucen una tremenda habilidad para facturar frescura sonora, sin perder un ápice de personalidad y dejando en la cuneta cualquier comparación con las vacas sagradas de la escena. Belako son la última sensación. Insultantemente jóvenes, van camino de batir todos los récords de actuaciones en festivales. Post-punk para mover la cintura, con tonos melancólicos y tan arrolladores como los Pixies en sus mejores (y ya lejanos) tiempos. Para irreverencia la de Juventud Juché. Se les pueden buscar las etiquetas que se quieran, pero su desvarío musical es tan difícil de acotar como de no seguirlo rítmicamente. Canciones que no superan los tres minutos, un cantante que recuerda al Poch más desatado y punk con todos los prefijos y la energía que se puedan imaginar. El discurso introspectivo de Fira Fem, el garage-pop de Terrier y el folk con personalidad de Wilhelm and The Dancing Animals también deberían ser incluidos en la carpeta de favoritos. Además, el festival permite echar una ojeada a la cantera: John Berkhout (cercanos a Fleet Foxes y Tame Impala), Nothing Places (entre las melodías clásicas y los devaneos experimentales, con la ventaja que supone ser hijo del productor y ex-Esclarecidos Suso Saiz) y Barbott (chispeantes canciones aún demasiado deudoras de sus patrones) destacan de la amplísima nómina de grupos noveles, con excesiva presencia local.

 

 

El eclecticismo del que hablábamos al principio también tiene sus nombres propios en el Sonorama, ideales para curiosos sin prejuicios y para aquellos que no van a tiro fijo a los festivales. Los Hermanos Cubero y su jota hillbilly, una oportunidad para acercarse a la música popular sin pagar el peaje de la modernidad. La micropoetisa Ajo, acompañada de Judith Farrés, con uno de sus cautivadores recitales. Fetén Fetén o el abrazo a las mil músicas que en el mundo han sido (del tango a la habanera, pasando por el pasodoble o el calipso) con la garantía Mastretta. SCR, un rock power trío de la vieja escuela, sin poses y con temas que suenan como truenos recién caídos. Crudo Pimento, rock de raíces y bluegrass sin complejos. Y Jose Domingo, que hereda la mediterraneidad de su tío Pep Laguarda y la baña con psicodelia y aromas andalusíes.

 

 

Si después de estas recomendaciones no hay ninguna que se ajuste a tus gustos, tal vez deberías tomarte el pulso para comprobar que sigues vivo.

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