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SOS 4.8 2016: CRÓNICA SÁBADO

Acabo de llegar a casa. Mi cabeza sigue sonando a rayos y me acabo de dar cuenta de que me he cabreado con mis colegas. El problema, como diría mi madre, ha sido el alcohol: hace muchas horas que llegó ese momento en el que el alcohol te coloca en una órbita diferente al que no bebe. Y el que no bebía era yo. He rechazado minis y polvos blancos. He soltado: “¡QUE ESTOY TRABAJANDO, COÑO!”. Cómo me han jodido esas risas que los cabrones no han podido ahogar. En concreto, mi colega Chemi me ha escupido que él ha llegado tarde porque ha tenido que arrancar cinco almendros y que eso sí que es un trabajo y no ver conciertos y luego escribir sobre ello. Menudos cabrones. Por lo visto, al final me he puesto brusco. Voy a quitarme estas putas zapatillas.

Te cuento: esto empezó hace 13 horas.

Son las cuatro menos diez y llego al Auditorio Víctor Villegas con los dedos bañados en salsa de yogur y la cabeza llena de incógnitas y algún prejuicio. En mi cabeza suenan estas frases: ¿Santiago Auserón con la Orquesta Sinfónica de la Región de Murcia? ¿Qué va a hacer? ¿Con la Sinfónica? Ufff, esas movidas con orquestas suelen ser insoportables. Me lavo las manos y entro en la sala y me siento. Aparece Santiago Auserón y flipo. El tío demuestra clase sin abrir la boca: viste un traje granate y una cara de ¿qué pasa? Soy el maestro y he venido a dar clase que tira para atrás. Lo suyo con la Orquesta Sinfónica es el primer concierto del proyecto “Vagamundo”, canciones de toda su trayectoria vestidas con traje y pajarita. Auserón se refiere a sí mismo como “un músico callejero” y entiendo que esto va de unir arte popular con alta cultura. A mí se me ocurren pocos tipos capaces de emprender esa odisea: el que fuera líder de Radio Futura canta con pasión y teatralidad unas historias que siguen sonando frescas. Y luego está lo del magnetismo. Auserón lleva una hora rodeado de 20 músicos. Bien: pues es imposible mirar a nadie –ni a nada- que no sea él. El tío es John Wayne comiéndose el plano. Suena una versión majestuosa de “No más lágrimas” y un señor acaba de ver la luz y grita como un converso: “¡ESTO ES MÚSICA, SÍ SEÑOR!”. Y yo me río, pero el señor iluminado tiene razón.

Santiago Auserón y la Orquesta de la Región de Murcia / Foto Javier Rosa

Salgo del auditorio. Llego al escenario Jägermeister y me encuentro a The Purple Elephants. La banda murciana ha publicado su primer largo, “Danza Funeral” (Son Buenos), hace pocos meses. Se supone que mezclan blues-rock y psicodelia, pero suenan a hijo de Henry Hill haciendo ¡PIUM, PIUM! Con la boca. Si rascas las gafas de sol y los amplis a toda hostia, te encuentras con la más desoladora nada. Se saben el discurso, pero les sobra brocha gorda y les falta sutileza. Y blues, mucho blues. De ahí nace su problema más visible: es imposible defender una actitud sin canciones. En ese caso, te conviertes en un niño que quiere demostrar que es súper chungo. Y no te cree ni dios. The Purple Elephants ganarían mucho si apostaran por el menos-es-más. Especialmente en el apartado vocal: Jorge Bayle se convertirá en un buen cantante cuando deje de correrse con su propia voz. Con todo, tienen un pepino llamado “We will ride the moon until the end” –ahí sí hay blues- que les muestra el camino.

Me doy una vuelta por el recinto y decido salir al aparcamiento del Eroski. O, como lo llaman los místicos estos días, LA PUTA BABILONIA. El aparcamiento del Eroski, situado a doscientos metros del recinto, es la zona de calentamiento. Miles de personas encajan sus culos en maleteros abiertos y hablan sobre el festival, sobre la fiesta y, qué demonios, sobre la vida. Solo te digo que acabo de ver a un tío sacar una silla de plástico de su Citroen 308. Ha murmurado: “Pues venga, a echar la tarde”. El comentario que vuela es que se nota el bajón de público hasta en el parking. Por suerte, nunca faltarán esas familias que hacen la compra los sábados por la tarde como si eso fuera deporte olímpico. Miro el reloj y decido volver al recinto del festival. Voy a ver a My Expensive Awareness. En la zona de Dj’s suena Lori Meyers y a mí se me revuelve algo oscuro dentro: para un año que los granadinos no vienen, alguien contrata a un pinchadiscos melancólico.

My Expensive Awareness ganan peso cuando se dejan de hostias y guitarrean como cabrones. El resto del tiempo se contonean alrededor de las fórmulas psicodélicas, causando algún que otro bostezo. Aún están muy tiernos, pero tienen una sección rítmica que es para dejarlo todo y cruzar el Atlántico montado en ella. Ahí se puede construir cualquier cosa. Durísima. Y entonces, como si esto fuera de picos y valles –no va de eso, ¿no?- llega el turno de Blonde Redhead. Lucía, mi novia, acaba de aparecer. Me saluda y suelta: “¿Pero no estabas en un concierto?”. Esa frase resume la actuación de Blonde Redhead. He visto pocas bandas tan de recepción de dentista. Ese hilo de fondo, esa intrascendencia extrema, me pone realmente nervioso. No sé ni qué pretenden, -¿shoegaze, pop de bostezo?- pero si los tiros van de provocar que el oyente piense en razones por las que el ser humano merece extinguirse, dan en el clavo. Madre del señor.

Blonde Redhead

Lucía me saca de ese infierno de anuncio de compresas y me arrastra al Estrella Levante. Ojo, evento: toca Amaral. Se pueden hacer millones de lecturas sobre qué significa que los maños toquen en un (supuesto) festival de música independiente, pero hay un hecho irrebatible: Amaral tiene diez o doce canciones incontestables. Ellos lo saben y las esparcen con inteligencia a lo largo de un repertorio en  el que abunda su material más reciente. Y entonces me encuentro a mí mismo cantando “Salir corriendo” y diciéndole a Lucía: “Pues…lo están petando”. Igual me paso, pero Amaral tienen un directo redondo. Y que a ti también te gusta “Como hablar”, por mucho que la cantes con esa superioridad moral que, honestamente, no sé de dónde te sacas.

Amaral

Me vuelvo al Inside para ver a Second. Se me ocurren pocas bandas más solventes y profesionales que los murcianos. El problema es qué significa que los primeros adjetivos positivos que te sugiera una banda sean solvente y profesional. Quiero decir: sé que Second son unos músicos de la hostia y que sus discos están producidos por manos maestras, pero solo me provocan indiferencia. Cuando Sean Frutos llega a los estribillos y yo debería apretar los puños y apretar el morro, bostezo. Me superan su afectación y su artificio. Si esto fuera de técnica y no de emociones, sería incapaz de ponerles una pega. El problema es que no.

Entonces llega el turno de The Libertines. Los ingleses se reunieron en 2014 y, desde entonces, no paran de girar. Han editado un álbum decente, “Anthems for doomed youth” (2015, EMI), pero su tabla de salvación siguen siendo las canciones que facturaron hace una década, cuando mezclaron poesía victoriana y punk. A mí me flipan: solo los Strokes fueron tan definitorios en esa edad en la que te haces persona. Así que me he rodeado de colegas borrachos para ver a una de las bandas de mi vida. En directo, los Libertines siguen siendo un tiro. Tienen claro que fueron más grandes cuando llevaban las uñas negras que cuando se lavaron: sueltan esas sucesiones de acordes que parece que no van a ningún sitio y acaban materializándose en canciones –“Death on the stairs”, “What Katie did”, “Time for heroes”- que te llegan al alma. Mi colega Dani me coge del pescuezo y señala el escenario. “Mira –suelta- Doherty y Barât, y aquí, tú y yo”. Veo pasar mi vida por delante y abrazo a Lucía y aprieto el morro para parecer un tipo duro. La banda se pira y yo le pregunto a todo dios que qué tal el concierto, porque qué voy a decir yo si tengo un grupo de colegas en el que la expresión “Nada, tío, escucha a los Libertines” significa: “¡Agárrate a lo que nunca te ha fallado, cabrón!”.

Y ahí viene lo de mis colegas. Ellos siguen emocionados y yo, como haciéndome el profesional, digo: “Venga, venga, dejadme, que tengo que ir a ver a Of Montreal”. En qué momento: mis colegas se enfadan y Of Montreal suenan a grupo de fin de festival. Anodinos, inofensivos…expertos en ese twee pop reinante que te promete la luna y no te da más que disgustos. Ni siquiera te quema los pies. Pero entonces sueltan una locura titulada “The past is a grotesque animal” y me cago en dios. ¿Qué ven mis ojos? ¿De verdad Kevin Barnes ha agarrado el micrófono con algo parecido a mala hostia? ¿Qué es eso que oigo? ¿Nervio? ¿Garra? ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí! Es como si Barnes se hubiera dado cuenta de que no puede ir por la vida siendo un pánfilo. Supongo que no era necesario, pero ha merecido la pena tragarse los macarrones crudos para probar la guindilla.

O quizá es que se han enterado de que después de ellos tocan Los Bengala. El dúo maño es de las bandas más marranas que uno puede ver en este país. Punk, garaje, rugidos, rock and roll, excitación sexual…lo suyo va de dejarse de hostias y mover el culo. Me encuentro a mí mismo con la boca abierta, como si esta música fuera bendita. Después entiendo que Los Bengala derrochan lo que ha faltado en esta edición del SOS: nula afectación, sentido del humor, alma, actitud y garra. Tocan “No hay amor sin dolor” y cantamos y nos gritamos unos a otros: “¡Coño, era esto!”.

El caso es que acabo de llegar a casa y tengo la cabeza como un bombo. La segunda jornada del SOS 4.8 ha superado –tanto en público como en el nivel de las actuaciones- a la primera. Ha sido un festival irregular con algunos picos muy buenos, pero quizá de una intensidad insuficiente. Yo me siento como si me hubiera comido 12 hamburguesas de un euro. Creo que he tragado tanta música sin digerirla que voy a dormir abrazado al retrete. Deseadme suerte.

Texto: Santini Rose

Foto de portada: Javier Rosa / SOS 4.8

SOS 4.8 2016: CRÓNICA VIERNES

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