Logo-FIB

¿UNA IMAGEN VALE MÁS QUE MIL CANCIONES?

La de 2005 fue, posiblemente, la edición del Festival Internacional de Benicàssim que más veces apareció en los medios de comunicación por cuestiones extramusicales. El aterrizaje de Vince Power para compartir la gestión del mismo con los hermanos Morán, el fallecimiento de un joven irlandés en la zona de acampada, la presencia de Oasis (sic) como uno de los cabezas de cartel y, sobre todo, la campaña publicitaria del certamen, así lo demuestran. En esta, se asociaba el color verde de uno de los escenarios con el cine de destape. Juanito Navarro protagonizó un spot dirigido por Nacho Vigalondo, entonces de plena actualidad porque el año anterior había sido nominado al Oscar por su cortometraje “7.35 de la mañana”. Casualidad o no (no hay que olvidar que acababa de morir el Dr. Jiménez del Oso, paladín de lo sobrenatural), ese mismo 2005, El Dioni había sido una de las imágenes del Sónar.

No eran ejemplos aislados. Parecía que una ola trash había inundado las agencias de publicidad del país aquel año. Cruzcampo vs Karina, Páginas Amarillas vs rumba patillera o Balay vs Rocío Jurado. Impregnados o no de esa pátina aceitosa, lo cierto es que ambos festivales optaron por epatar con la imagen que proyectaban, más allá de la relación que tuviera con el producto que ofrecían. El FIB no debió quedar muy satisfecho (aunque repercusión mediática tuvo), porque viró su política de marketing y los dos años siguientes confió a los responsables de Muchachada Nui tal labor, para acabar, progresivamente, dando protagonismo en su imagen a los grupos que componían el cartel, dejando los experimentos para otra ocasión.

El caso del Sónar era distinto. No era la primera vez que se aventuraba por tales vericuetos. Sus campañas de publicidad siempre habían marcado la diferencia (y lo siguen haciendo hoy en día). Fueron pioneros en arriesgar y la edición de cada año se veía amplificada por el impacto que producían. El mensaje traspasaba todos los targets potenciales del certamen y, aunque pareciera increíble, un festival especializado en música electrónica estaba en boca de todo el mundo, aunque la mayoría no tuviera ni idea de quienes actuaban. Eso sí, tuvieron que pasar tres ediciones desde su nacimiento para que se soltaran la melena. Y así, en 1997, unos señores mayores (los padres de los organizadores) se convertían en la imagen de uno de los adalides de la modernidad en nuestro país. Si eso podía resultar provocador (además de tremendamente viral cuando aún no existían las redes sociales), los años siguientes no levantaron el pie del acelerador. Las gemelas con poderes paranormales; la familia católica de inspiración “aznariana” que se orinaba encima, Diego Armando Maradona o aquellos seres imposibles, mitad humanos, mitad animales, que llegaron a salir en el programa “Cuarto Milenio” (y uno de los cuales aspiró a representar a España en Eurovisión), fueron cogiendo el relevo protagonista. Detrás, siempre, Sergio Caballero, codirector del Sónar y responsable de la imagen del festival, artífice de estos cócteles de humor, crítica social y surrealismo, que incluso en dos ocasiones (“Finisterrae” y “La distancia” en 2010 y 2012 respectivamente) se convirtieron en largometrajes.

Una película, curiosamente también, es lo que el Primavera Sound ha empleado este año para desvelar su cartel. Si ya sorprendieron en la edición anterior con su terapia, por entregas, para dejar de ser hipster, en esta ocasión volvieron a hacer pleno con una producción muy cuidada que a medida que avanzaba la historia, desvelaba los nombres de los grupos. El Primavera es de los festivales que mejor entienden el concepto de “hacer marca” y por eso, y a diferencia de las campañas del Sónar, siempre interrelacionan la ficción que crean con los contenidos del certamen.

Pero el Sónar y el Primavera Sound son excepciones en un sector que se ha vuelto cada vez más conservador en el aspecto de la imagen. Puede que la crisis haya tenido algo que ver, y puesto que se invierte un dinero en unos cabezas de cartel y en un nutrido grupo de secundarios, no quieren que cualquier ruido interfiera en la información que debe llegar al futuro público. Sin embargo, a medio camino entre unos y otros, hay un conjunto de festivales que apuestan porque se les reconozca visualmente, convencidos de que esa identificación se puede traducir en abonos adquiridos por indecisos y debutantes o, simplemente, para reforzar un discurso que va más allá de la música.

 

El Funtastic Drácula Carnival es un buen ejemplo de ello. El ilustrador Luis Demano lleva dos años encargándose de su imagen, pero antes lo hicieron Pablo de la Cruz o Mik Baro y, salvando las características propias de cada autor, las coordenadas eran las mismas. Se trata de un festival en el que prima el garaje, el rock and roll, el r’n’b o el punk y eso tiene que quedar reflejado. Es casi dogma de fe que así sea, porque su objetivo debe ser explicar, a primera vista, en qué consiste. Por ello, y más en este caso en que los géneros musicales tienen una iconografía muy particular, es imprescindible la militancia sonora en el responsable del diseño.

Otro certamen que tiene una línea visual muy marcada es el Festival de Jazz Vitoria-Gastéiz, que en los últimos años ha alternado dos líneas gráficas tan diferentes como las de Mauro Entrialgo y Mikel Urmeneta (Kukuxumusu), pero manteniendo una coherencia discursiva fuera de dudas. En este caso, y puesto que desde el mismo nombre del encuentro ya se deja claro el tipo de sonidos que se van ofrecer, la imagen acaba desarrollando en el público una sensación de “pertenencia a algo” más que de pura información. Ir al festival o lucir alguno de sus diseños (en camisetas, gorras) les reafirma en unos gustos y códigos que creen representa la música que escuchan. Una identificación (presente en otras citas como el Viña Rock, también con trabajos de Urmeneta, o el Festival do Norte, por citar dos ejemplos) que reconocen porque nace de ellos y no les viene impuesta, como el término “fiber” y sucedáneos. Los festivales no son ajenos a ese sentimiento y por eso cuidan especialmente esos detalles.

Habrá quién dirá que lo importante de un festival es su cartel y no la imagen que proyectan de sí mismos. Y no le faltará razón, pero que levante la mano el que nunca se haya comprado un disco por el diseño de su portada.

Rafa Rodríguez Gimeno

valora la calidad de este contenido
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (Aún no hay valoraciones)
Loading...Loading...
0 comentarios

Escribe tu comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Agradecemos tu participación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

5 + uno =

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>